domingo, 29 de noviembre de 2015

Vecino ...final.

¿Te parece si cenamos aquí? –me preguntó mientras colocaba un mantel y dos vasos comunes sobre la mesita que se encontraba delante del sofá.
Sí, por mí no hay problema... –e iniciaba a relajarme. ¿Puedo encender la televisión?
Puedes hacer todo aquello que desees... –me respondió sonriendo hasta con los ojos.

Cenamos cómodamente sentados en el sofá, conversando y escuchando música en la televisión; pero comencé a sentir un poco de frío e, involuntariamente, temblé. Esperé que Daniele no lo notara, porque pese al cansancio quería seguir allí con él más que cualquier otra cosa. Pero él se giró, tomó una manta de detrás del sofá y me cubrió, abrazándome.
¿Mejor? –me preguntó acercándose a mi rostro.
Sí, mucho mejor... –inicié a responder. Gracias, pero…
Tranquila, te he dicho que estás en tu casa... –dijo y no dejaba de mirarme a los ojos. ¿Qué deseas?
¿Cómo? –tuve miedo de no entender qué quería decir realmente.
¿Quieres un té? –respondió sonriendo de lado. Siempre viene bien un té…
Ahhh… Sí, claro. –y por un momento me sentí confundida. Este hombre parecía un adolescente a ratos. Había hablado sin parar, yendo y vieniendo, mostrándome cosas, explicándome de su trabajo. Loco, rematadamente loco …pero encantador.
Pero me da cosa separarme de ti y no será cuestión de llevarte conmigo... –susurró casi a mi oído.

Entonces, no hagas nada y…, quédaTe. –ironicé en el “te” final, poniendo cara de niña y abriendo mucho mis ojos.
Perfecto, porque no deseo más que besarte... –agregó. Y ha de ser sí o sí…
¿Seguro? –lo desafié más que preguntarle.
¿Dudas? –y su mirada se clavó tan incisivamente en mí que sentí incendiarme la piel y la sangre.

No esperé a que él hiciera algo. Simplemente me senté a hojarcadas sobre sus piernas, tomé su rostro entre las manos y lo besé. Noté sus manos en mi espalda, quietas primero, recorriéndola después. Mi lengua no dejaba de saborear cada rincón de su boca, lo hacía lentamente. Mordisquié su labio y subí por su mandíbula, besándolo, hasta su lóbulo, que lamí. Pasé mis dedos entre los cabellos de su nuca y llevé su cabeza hasta mi seno. Daniele era tan hábil…, cuidadoso en sus movimientos…, se notaba su experiencia. Suavemente me recostó sobre el sofá y…


Desperté en su habitación..., en su cama y el perfume del café invadió mis pulmones …otra vez. No encontré mi ropa por lo que me puse su camisa y descalza fui hasta la cocina.
¡Buenos días dormilona! Mmmm… Tu perfume...  –saludó Daniele girándose apenas entré y depositando un pequeño beso en mi boca.  Estaba probando tu nueva máquina de café… ¿cómo lo quieres?


jueves, 26 de noviembre de 2015

Hoy quiero escribirte. Sí, a vos...
Sé que no hace falta, que vos me conocés mejor que nadie, pero lo necesito. Necesito poner en palabras lo que tantas veces hubiese querido decirte.
Necesito pedirte disculpas porque tal vez no fui todo aquello que vos esperabas. Disculpas, por no haber perseguido esos sueños que habíamos construido. Por haberme quedado escondida detrás de mil excusas. Por todas esas veces que no exploté, y callé..., callé por no lastimar, y terminé lastimándote a vos. Y me llenaba, me llenaba de angustia y de lágrimas reprimidas, para vaciarme luego… Y así continué por mucho tiempo.
Necesito pedirte disculpas porque no te dí el valor que vos merecías. Por haber aceptado las miradas de los otros, dejando que dijieran quién era..., cómo era. Pedirte disculpas por amar a todos menos a vos, o al menos no amarte lo suficiente. Porque siempre puse a los demás por delante tuyo…
Pero vos sabés que cambié, y si lo hice, fue por vos; porque finalmente te vi… Y así, me vi…
Me vi en esos ojos oscuros, tan grandes cuando se asombran, tan chiquitos cuando se emocionan. Me iluminé con esa sonrisa, me sentí plena en ella. Y ya no vi sólo tus defectos, pude ver lo bueno…, pude ver la belleza. Por primera vez me enamoré de esa imagen, me enamoré de esa mujer que veía en el espejo…

Y empecé a amarte… A amarme.




(Este relato pertenece a los "Relatos Jueveros" y esta semana
la convocatoria fue hecha por H... Perla Gris desde su blog "Et lux in tenebris lucet...".
Te invito a leer el resto de los participantes aquí!)




jueves, 19 de noviembre de 2015

Muchos se preguntan, se cuestionan, se preocupan por un posible más allá ¿Tendremos al fin la recompensa, la nada, la reencarnación? …Yo no.
Yo no me pregunto, ni me cuestiono, ni me preocupo. ¿Por qué? Simple… Porque la recompensa yo la tuve acá.
Acá nací de ella, que me enseñó el valor de la verdad. Y de él, que me enseñó que significa amar más allá de todo.
Acá crecí con el mejor compañero de juegos, con mi eterno cómplice. Con quien aprendí el significado de compartir. Quien es todos mis verbos incondicionales.
Acá me sumergí en el océano, jugué con sus olas y enterré mis pies en la arena.
Acá me llené los pulmones de esos perfumes que adoro; el de eucaliptos del bosque en el que jugaba con mi abuelo, el de jazmín que había en el patio de la casa en que crecí.
Acá conocí esas personas maravillosas que llamamos “amigos”… Algunos pasaron y basta; algunos están y estarán siempre. E, indiscutiblemente, todos me dejaron algo.
Acá conocí a quien supo mirarme a los ojos, y ver más allá. A quien supo hablarme, y no sólo con palabras. A quien supo escuchar mis silencios. A quien inventó caricias para mí.
Acá… Acá te conocí a vos, y con vos…
Acá cumplí el milagro de volverme eterna… Con ella, mi mejor creación. La luz de sus ojos iluminó el camino, el nuestro. Su sonrisa curó cada mal, recompuso las piezas de cada uno, de ambos.
Y ahora que ella ya anda sola, es acá y con vos que yo continuo. Con quien me hace volar sin que mis pies dejen de tocar el suelo. Con quien sostiene mi mano …y también mis caderas.
Acá… Todo fue…, es acá. Por eso no importa qué hay al final del arcoiris, si hay o no un “allá”, porque la recompensa ya la tuve acá…

Y si hay, estoy segura que nos volveremos a encontrar.




(Este relato pertenece a los "Relatos Jueveros" y esta semana
la convocatoria fue hecha por Casss desde su blog "El balcón de Cas".
Te invito a leer el resto de los participantes aquí!)



martes, 17 de noviembre de 2015

Donde se encuentra el alma ...final.

¿Vamos? –preguntó ella entre desafiante y espectante.
Obviamente... –respondió sonriendo de lado. ¿Dónde me llevas?
Por ahí... –e inició a caminar. Ahhh, por cierto, mi nombre es Alma.

Por una extraña razón Leo lo supo. Llevó su mano al bolsillo y sacó la tarjetita del negocio que horas antes había visitado. “Donde se encuentra el alma”. Definitivamente, destino. Se apuró hasta alcanzarla.

Habían pasado algunas horas. Alma no paró de hablar, pero a Leo le gustaba oirla. Le gustaba ese modo en el que se sonrojaba su rostro y cómo probaba a cubrirse con sus manos. Esa forma de mirarlo, como si lo que estuviese contando fuera lo más interesante del mundo. Y esa manía de mordisquearse el labio.
Interesante esto del “Street Food”... –comenzó a decir Leo y ya le brillaban los ojos. Aunque si después del regalo, había imaginado un clásico plato de la cocina italiana…
No tenía con qué... –respondió apurada Alma, un poco nerviosa por la observación.
¿Y sería muy atrevido de mi parte pedirte un verdadero “espresso”? –preguntó Leo acercándose a su oído. Es que me ha dado curiosidad esa nueva máquina que me has contado tienes.
Atrevido, sí…, pero terriblemente tentador... –dijo Alma mordiéndose el labio nuevamente.

Pasaron delante del negocio, Leo no dijo nada, y subieron. Todo el primer piso era su departamento, amueblado con el mismo buen gusto del negocio. Los espacios eran abiertos, grandes y luminosos.
Este es mi refugio... –dijo Alma y con la mano le mostraba el alrededor. Ponte cómodo…
¿Segura? –respondió Leo con picardía en los ojos.

Alma sirvió el café... Lo tomaron y las horas seguían pasando. Ella sentía de conocerlo desde siempre. Conversaban animadamente, provocándose ambos, hasta que sonó el celular de ella, que se apartó para responder.
Hola… no, estoy en casa… no, no… cierra tú con tus llaves… sí, ok, nos vemos mañana en algún momento… sí… yo también te quiero… chau... –se giró para explicar: Era mi madre… el negocio de aquí abajo es mío y es la hora de cierre…
Bueno… me marcho, así te dejo con tus deberes... –dijo Leo simulando no haber escuchado la conversación.
Absurdamente a Alma se le detuvo el corazón, al fin y al cabo era un desconocido pero… Lo vió acercarse lentamente hasta ella, parándose a escasos centímetros de su rostro.
Podría también quedarme, sólo debes pedírmelo... –y con su mano le alzó el mentón.
Si basta tan poco... –dijo Alma temblando. Quédate…
Leo apoyó sus labios en los de ella, suavemente, apenas los rozaba. Mirándola a los ojos, los delineó con su lengua. Alma suspiró y cerró los ojos. Él siguió besándola, hasta llegar al lóbulo de su oreja.
Si quieres que me frene, dilo ahora... –susurró Leo.
No lo hagas… no te frenes... –pronunció Alma pasando su mano por la nuca de él, acercándose a su boca.

Él la alzó en brazos y ella lo rodeó con sus piernas a la altura de sus caderas. Siguieron besándose en aquellos pocos pasos que los separaban de la cama. Ahí, Alma se dejó caer de espaldas mientras observaba a Leo quitarse la ropa. Y él lo hacía lentamente porque le gustaba verla ruborizar, lo excitaba. Se quedó mirándola por algún segundo y luego comenzó a recorrerle las piernas, hasta llegar al cierre del jeans, que bajó despacio mientras sus ojos se clavaban en ella. Alma temblaba, jamás había deseado a alguien tanto. Leo continuó a desvestirla; se acercó a su oído en el momento de quitarle el sujetador.
Ahora seré yo a morderte los labios... –Leo mordisqueó su lóbulo, bajo por su cuello e inició a tormentar sus pezones. Primero uno y luego el otro. Alma pasó sus manos por la nuca de él, que bajó por su vientre hasta su sexo, donde se perdió saboreándola. Ella arqueó la espalda y pronunciando su nombre le pidió que la hiciera suya. Leo volvió a trepar hasta su boca, que besó hasta casi quedar sin aire.
Yo ya soy tuyo... –susurró él en el momento que la pasión inundaba las entrañas de ella.
Bebió su aliento, cada uno de sus jadeos; pues, aunque ella no lo dijiera, sabía que ya era suya, de él. Se convulsionaba sobre ella, penetrando suave, dejando que lo inundara por completo, mientras sentía las uñas de ella clavarse como garfios en su espalda. Le comía la boca, como si eso le diera fuerza. La atrapaba entre sus brazos, presionándola contra su pecho. Le daba su aliento, parecía no querer perderla.

Leo le dejó espacio para que recuperara la respiración, pero no cesó en mimarla, abrazarla, besarla… Él también necesitaba recobrar la calma después de tanta intensidad; pero en algún momento se quedaron dormidos. Y cuando los primeros rayos del sol se colaron por la ventana, Alma dormía sobre el pecho de Leo. Apenas se separó un poco, no deseaba despertarlo; y se detuvo algunos minutos para observarlo. Se lo veía tan sereno, tan bien ahí donde estaba, como si ese lugar le perteneciera desde siempre.

Siempre… El lugar donde se encontraba el alma… Su Alma.





jueves, 12 de noviembre de 2015

Dos días desde que había enterrado a mi hermano. No teníamos contacto desde hacía años, pero era mi hermano gemelo. Muerto, así, al improviso, aún me resultaba difícil de creer. Un accidente habían dicho. Pues ahora no podía pensar a ello; debía ordenar sus pertenencias. Su celular inició a sonar y por un momento no supe qué hacer. Finalmente respondí.

Si?… Hola... –dije con un tono poco convencido.
Gastón! …finalmente te encuentro mi amor! –era la voz de una mujer. Necesito verte… Ya.
Disculpame pero... –comencé a decir, pero ella me interrumpió.
No hay tiempo para explicaciones Gastón… Nos vemos en una hora debajo del muelle. –y cortó.
No entendía. ¿Quién era esa mujer? ¿Y qué tenía que ver con Gastón? Para responder, la única solución era ir y encontrarla.

Llegué. Allí se encontraba esta hermosa mujer; me acerqué sin saber aún bien qué diría. Ella se me arrojó al cuello y me besó. Sentí su lengua buscando la mía con avidez. No pude resistirme y respondí al beso. Mis manos se enredaron entre sus cabellos, sujetándola. Tal vez miedo a que advirtiera que no era Gastón.
Amor… pensé que él te había matado... –y su voz temblaba. No hubiese podido irme sin ti.
Ni lo pienses, él no llegará a mí …amor. –ni siquiera sabía su nombre.
Gastón, sabes que mi marido no se dará por vencido... –y sus ojos se llenaban de lágrimas. Sabes de qué es capaz… El bebé… Nuestro bebé… Esa caída no fue un accidente. Y no es por el dinero que le robamos, él nunca me hubiese dado el divorcio.
Sentía como un puño cerrándome el pecho. No fue un accidente, lo habían matado. Habían asesinado a mi hermano.

Pues cálmate... Déjame pensar… –y la abracé.
Debemos escapar como habíamos planeado... –e inició a llorar nuevamente. Tengo miedo…

Dejé que hablara. Le pregunté como si no lo hiciera; necesitaba saber qué pasaba realmente, juntar toda la información.
Y entonces, decidí.

A los días su marido recibió un sobre con fotos del cadáver de Gastón, su certificado de defunsión, y una grabación con su voz …la mía.
Si está escuchando esto, significa que ha logrado matarme, pero no a ella. Y espero que eso le baste, porque es el último daño que le hará. Dentro el sobre están los papeles del divorcio. Fírmelos y déjela ir. Es el único modo que las pruebas de mi asesinato queden ocultas. Sino, ella se marchará igual y usted irá a prisión. Recuerde que fui su mano derecha y no todos sus secretos se fueron conmigo.

48hs más tarde ella estaba sentada en un avión rumbo a alguna isla perdida del Pacífico …junto a mí, Gastón.





(Este relato pertenece a los "Relatos Jueveros" y esta semana
la convocatoria fue hecha por El Demiurgo desde su blog "El Demiurgo de Hurlingham".
Te invito a leer el resto de los participantes aquí!)




domingo, 8 de noviembre de 2015

Vecinos II

Planta baja ¿no? –preguntó él sin dejar de observarme.
Sí, sí, obvio... –respondí nerviosamente.
Pero el ascensor, en vez de bajar inició a subir. Daniele pareció sorprenderse y comenzó a presionar el botón de nuestro piso y el de la planta baja, con mucha ansiedad.

Noooo, espera que... –inicié a decir, pero ya era demasiado tarde. Bloquearás el ascensor… Hecho.
Ohh… No lo sabía. –respondió con un tono por demás tranquilo.
Bien… Ahora sí llegaré definitivamente tarde al trabajo... –dije por lo bajo. Y sin ni siquiera haber podido tomar café.
En cuanto salgamos de aquí, si quieres, puedo llevarte hasta tu trabajo. –se ofreció acercándose un poco.

Lo pensé unos segundos, y si bien no era de aceptar pasajes de desconocidos a esas horas sería complicado conseguir un taxi para no perder más tiempo.
Gracias…, me harías un gran favor. –respondí mirándolo a los ojos.
Es el mínimo después que te bloqueé conmigo aquí. –dijo sonriendo y no pude evitar morderme el labio.

Diez minutos más tarde el ascensor finalmente comenzó a bajar. Apenas se abrieron las puertas nos encontramos con Matilde.
Nos habíamos quedado bloqueados. –le dije alzando los ojos al cielo.
Menos mal... –comenzó a decir ella mirando a Daniele, pero él la interrumpió.
Menos mal que estaba usted aquí abajo para salvarnos, Matilde. –dijo él guiñándole un ojo y saliendo detrás mío.
Me indicó su auto en el garaje. Subimos y le dije dónde trabajaba. El auto olía a nuevo. Ese perfume a cuerina se mezclaba con el suyo y… Miraba por la ventanilla esforzándome en pensar en otra cosa.
Luego de veinte minutos habíamos llegado.
Acá…, acá está bien. –dije señalando el edificio donde trabajaba.
Se ve importante. –observó desde su lado.
Soy solo una secretaria. –agregué. Bueno… Gracias del pasaje…
Ya te dije, era el mínimo... –respondió sonriendo de lado. E igualmente, fue todo un placer.
No sabía si despedirme dándole la mano o un beso, por lo que me bajé despidiéndome con un simple “Chau…”.

Para cuando volví a casa era ya de noche, había tenido que recuperar las horas de retraso de la mañana. Delante de la puerta de mi departamento había una caja, con un moño rojo y una tarjeta.
“Para que nunca más salgas de casa sin tu café. Daniele.”
Era una cafetera eléctrica con timer. Había siempre deseado una así, pero no podía aceptarla… Ni siquiera nos conocíamos.

Fui hasta su departamento y toqué timbre.
Un minuto... –gritó y enseguida abrió la puerta, dándome un beso en la mejilla como si me esperara. Estaba descalzo y llevaba sólo un pantalón de algodón. ¡Hola! …veo que has recibido mi regalo.
Hola… Sí,lo recibí y venía a decirte gracias pero... –comencé a decir hasta que me interrumpió.
Pasa… Pasa… No te quedes allí… -y se dirigió para dentro. Estoy cocinando y no quiero se me pegue la paella.
Ahh... –y ese perfume que llegaba de la cocina hizo que cerrara los ojos y me relamiera los labios. No quisiera molestarte, es sólo que no puedo aceptar el regalo.
¿Por qué no? –dijo asomándose desde la cocina. ¿Quieres quedarte a cenar? Hay suficiente para los dos. –agregó y sonrió.
En ese momento, sin saber muy bien por qué, una chispa encendió mis ojos y sonreí yo también.

Hecho… ¡Mesa para dos! –escuché que decía mientras yo apoyaba la caja junto a mis cosas en el comedor. Sabiendo que la noche había apenas iniciado.






jueves, 5 de noviembre de 2015

Enamorando(Nos)

Había decidido que no se enamoraría más. Como si eso se pudiese decidir.
Basta ya de “sos maravillosa pero te quiero como amiga” …o “sos tan especial que te merecés algo mejor”.
Por eso cuando llegó ni siquiera lo notó, es más, lo ignoró completamente. Esa era una noche entre amigos, y él sólo era un “extra”. Siguió divirtiéndose, bromeando de las terribles películas que habían elegido para esa noche…, hasta que decidió  encenderse un cigarrillo y sentarse en un rincón.

¿Puedo? -le preguntó ella mientras apoyaba sus piernas sobre las de él.
Por toda respuesta alzó una ceja y sonrió de costado.
Comenzaron a conversar.
Él, tan diferente a todos los que había conocido. Su voz, tan profunda que la acariciaba sin quererlo. Sus ojos color miel se clavaban en los de ella, tanto que parecía verla dentro.
La noche dió paso al día, y con él la hora de marcharse.
No te vayas… Quiero seguir charlando con vos... -mencionó él mientras tomaba sus manos, seguro que no se las apartaría.
No puedo, sino entro en casa no podré salir por un tiempo... -respondió ella sin querer soltarse.
Tiene esto... -y sacándose su medalla del cuello, la colocó en el de ella. Así tendré un motivo para volver a verte.
Apenas rozó sus labios y se fue.

Ella había decidido que no se volvería a enamorar…, y ya era demasiado tarde.

Pasaron quince días sin noticias de él. Nada. Ni una llamada ni un mensaje. Y ya maldecía por lo repetida de la historia.
Ese fin de semana tocaba cumpleaños de un amigo. Y ahí estaba él. Fue verlo y temblarle las rodillas. Pero no lo haría notar; si algo a ella siempre le sobró, era orgullo.
¿Podemos hablar? -preguntó él casi a su oído. Demos una vuelta.
Vamos... -respondió ella simulando indiferencia.
Te pensé mucho estos días... -inició a decir él antes que ella lo interrumpiera.
Lo simulas bien... -respondió ella con el tono más irónico que pudo.
Es que es complicado de explicar... -continuó él.
Ella ya se imaginaba lo que venía …o no.

Por toda explicación, él la tomó por la cintura y le comió la boca de un beso.




Después de 23 años juntos Ella aún se emociona al recordarlo...


(Este relato pertenece a los "Relatos Jueveros" y esta semana
la convocatoria fue hecha por Alfredo desde su blog "La Plaza Del Diamante".
Te invito a leer el resto de los participantes aquí!)




domingo, 1 de noviembre de 2015

Donde se encuentra el alma II

Yo nunca busco nada y es justamente cuando encuentro todo. -respondió él, sonriendo de lado. Igualmente, me interesa esta biblioteca, así como está…, incluidos los libros.
Pues tiene muy buen gusto; esta biblioteca de roble es hermosa. -dijo la señora entre seria y divertida. Pero lamentablemente los libros son sólo elementos decorativos, no están a la venta. Son de mi hija también.
Entonces tendré que hablar con ella…, creo que podremos llegar a un acuerdo. -se pronunció muy seguro de si mismo.
Se ve que no conoce a mi hija. -mencionó la señora, y extendiéndole una tarjeta del local agregó: Si aún está por acá, puede probar a pasar más tarde, ella no tiene horarios los sábados. Sino aquí tiene sus números telefónicos para llamarla.

Ya estaba en la calle. Caminaba hacia su primera parada “obligada”. Sin él su día no podía darse por iniciado. Entró en la cafetería y ordenó su expreso doble sin azúcar y con un poco de crema…, para llevar. Le gustaba ir saboreándolo mientras paseaba por las calles del barrio. Seguramente también iría hasta los puestos de venta de libros, siempre encontraba algo interesante. Pasó por delante del Jardín Botánico y pensó: “Tantos años viviendo aquí y nunca he entrado a visitarlo…, ya lo haré.

Salió del negocio con una extraña sensación en el cuerpo. No lograba dejar de imaginar cómo sería la dueña de ese espacio. Es que un hombre podía hacerse mil fantasias, un poco por esos muebles decorados con tantos detalles personales; un poco por esos libros tan particulares y expuestos sin más; y un poco porque sí, porque sin conocerla, esa mujer ya lo intrigaba. Pensaba en ella cuando se detuvo frente a los puestos que venden libros.



Estaba terminando el café en el preciso instante que se paró a ver los cajones de viejas ediciones de libros, así podría revisar uno a uno. Y lo vió. Allí estaba él. Ese hombre no pasaba inadvertido ni siquiera queriendo hacerlo. Pese a su look juvenil, se veía una cierta madurez. En sus rasgos bien marcados; en los detalles bien cuidados; y, sobre todo, en sus modos. Pero ella no iría en su búsqueda, no era de esas; si tenía que ser sería. Comenzó a sonar su celular; “número privado”…, se lo quedó mirando, seguramente sería por trabajo. Cerró sin responder, eran sus horas esas. Si estaban interesados volverían a llamar.

Nadie respondía al celular, probaría más tarde. Seguiría viendo esos libros de viejas ediciones. Se acercó a esa mujer que parecía la representación de la primavera, que hojeaba un recetario de cocina italiana en idioma original.
¿Entiendes el italiano? –y hasta a él le pareció una pregunta muy estúpida para iniciar conversación.
De un hombre como usted me hubiese esperado otro tipo de pregunta. –dijo ella con tono provocador. Ya el hecho de tratarlo de usted había sido el punto de partida.
Touchè… No te conozco, y aunque eres una bella mujer, no soy de aceptar ningún tipo de provocación. –decía sin dejar de fijarla a los ojos. Esos, oscuros e infinitos.

Ella sonrió. La invadió una sensación que no probaba desde hacía mucho tiempo… De golpe se sintió viva. Sintió una llama, un bullir en el estómago. El gusto de la seducción, de ese juego exquisito; y de haber encontrado un adversario a su altura. El dueño del puesto avisó que iba a cerrar. Ya era la hora del almuerzo.
Perfecto…, me llevo este. –dijo entregándole el libro de cocina italiana.
¿Me dejas que te lo regale? –oyó que le decía a sus espaldas, acercándose a su oído.
Solo si usted acepta mi invitación a almorzar... –le respondió girándose para fijarlo a los ojos y desafiarlo…, otra vez.
Hecho. –pagó el libro y se lo dió diciendo: Por cierto, soy Leo…, piacere.

Ella sólo volvió a sonreir.