lunes, 27 de febrero de 2017

Decidido... lo hago. –dije a mí mismo dándome coraje.

Cinco... Total ¿qué puede salir mal?
Cuatro... Creo estar preparado, he visto cómo lo hacen, y yo puedo también.
Tres... ¿Y si va mal? Lo volveré a intentar, eso es.
Dos... Me tiemblan las piernas, tal vez debería esperar otra ocasión.
Uno... No, no, es ahora o nunca...

Y la besé.

Aún lo recuerdo. Después de hacer la cuenta atrás para mis adentros, le toqué el hombro y al darse vuelta, le robé un beso. Lo había visto hacer miles de veces en las telenovelas que miraba mi madre por las tardes, no podía ser tan complicado. Recuerdo también, haber rogado no me diera un bofetón delante de todos los demás. Y es que desde el primer día que la había visto, supe era la niña más bonita que jamás habría conocido. Sus dos coletas de bucles perfectos, con esos lazos rojos que tanto resaltaban en sus cabellos oscuros. Sus ojos, negros, pero mágicamente iluminados. Y su sonrisa, no había día que ella no sonriera. Ella. fue la razón por la que ese año no falté un sólo día.

Debe ser verdad aquello de que el primer amor nunca se olvida, pues yo tenía sólo seis años, el primero en aquella escuela. Y ella... ella es la niña más bonita que yo jamás he conocido.


(Este relato pertenece a los "52 retos de 'El libro del Escritor'".
Es el número 16: Crea un relato que gire en torno a una cuenta atrás.)


viernes, 24 de febrero de 2017

#VDLN - 33

"Te extraño, pero no como un objeto para llenar un espacio.
No es algo físico o emocional.
Te extraño, y esto no significa que esté triste o vací@.
No es un reproche ni una súplica.
Simplemente te extraño porque Tú eres la única prueba de que existo."
(Efraim Medina)



miércoles, 22 de febrero de 2017

Ahí va otra vez...

Apenas se ha levantado y ya se ha metido bajo la ducha. No que yo tenga algo en contra a lavarse, pero creo que ella exagera. Sin mencionar la temperatura del agua... sólo ella puede soportarla tan elevada. Algunas veces me he quedado allí dentro, a observarla, y es como estar en una sauna. Pero me divierte. Me divierte escuchar como canta en cada momento, me divierte mirarla mientras se viste para su rutina diaria. Me divierte como trata de simular cuanto le gustaría trabajar de algo que le permitiese llevar tacones altos. Aunque no entiendo ese gusto por trepar en esos zancos. Para mí es más bella cuando está descalza, como yo, y bailamos juntos en el salón.

Ahora sale apurada para su trabajo, y tal vez eso que no se despida de mí debería molestarme. Pero no, en eso nos parecemos. No importa cuánto tiempo antes nos estemos preparando, cuando salimos de casa es “a las disparadas”... Y volvemos del mismo modo, en mi caso para echarme a descansar en el mejor sitio del sofá, y esperarla.

Disfruto de verla cocinar. Me quedo mirándola hasta que entre risas me da a probar lo que prepara. Hay veces que se complica tanto, aunque entiendo no sea fácil ponernos a todos de acuerdo en esta casa. Igual, el momento que más adoro, es a la noche. Cuando está sola y me llama a su lado. Es como un ritual, ella me llama repetidas veces, hasta que llego a su habitación. Me coloco a su lado y la miro, entonces ella me hace unos mimos. Luego se da la vuelta, y se prepara para dormir; y yo me ubico por detrás de sus piernas. Y, aunque no pueda verla, sé que sonríe. Lo sé porque murmura mi nombre... “Gatón...” y yo le respondo ronroneando, como siempre.



(Este relato pertenece a los "52 retos de 'El libro del Escritor'"
Es el número 34: Escribe un relato de un animal como protagonista que actua de narrador contando las costumbres raras que tienen los humanos.)


lunes, 20 de febrero de 2017

Juntos, y con él entre sus brazos, dejó de creer que la vida le estaba cobrando una deuda que no le pertenecía, y finalmente se sintió plena... feliz.


Sólo un año antes se marchaba sin un destino preciso. Cerraba la puerta, dejando el amor también detrás de ella. Estaba vencida, vacía, y ya no tenía nada, nada le quedaba. Sin pensarlo demasiado, cruzó el océano y terminó en una isla. Luego de diez días ya había encontrado un pequeño apartamento que descendía directamente a la playa; y un trabajo de ayudante de cocina en el mesón del pueblo, no pagaban demasiado pero le bastaba para las boletas y sus cosas. Lo único que había pedido es no ser llamada por su nombre, quería borrar, olvidar su vida anterior, de ahora en más, para todos ella sería Jazmín.

Jazmín... niña... –Clara, la dueña y cocinera del mesón, la había tomado bajo su ala como a una hija. ¿Ya te marchas?
Sí, Clara, se ha hecho tarde y mañana quisiera ir temprano a dar una vuelta por el faro. –respondió con su mejor sonrisa.
Es que niña... –tomó las manos de ella entre las suyas. Llevas más de tres meses trabajando para nosotros y aún no te has quedado nunca a comer ni nada.
Ya sucederá Clara... –y le acarició suavemente su redondo rostro. No pienso escapar a ningún lado.
Jazmín... –su mirada la conmovía. Es que no tienes amigos, ni has querido conocer a nadie... Eres joven y guapa, mi niña, mereces ser feliz.
Ainsssss Clara... –sus ojos iniciaban a colmarse de lágrimas retenidas. Mi querida Clara, hace tiempo que he dejado de esperar, la felicidad no es para mí... Pero estoy bien, estoy serena, de verdad, no debes preocuparte.
Pues me preocupo en cambio... –apoyó su índice sobre la punta de la nariz de ella. Y prométeme que mañana domingo vendrás a estar aquí con nosotros.
Está bien, Clara, tú ganas... Pero ahora me marcho, sino mañana... –volvía a sonreírle.
Sí, sí... vete ya... pero recuerda, mañana almorzarás con nosotros. –le besó la frente y la observó hasta que giró en la esquina.

Al día siguiente hizo lo que había planeado, fue hasta el faro. Apoyó su bicicleta y subió a lo más alto. Le gustaba observar el horizonte, y recordar. Pasaron unos cuantos minutos cuando decidió que era hora de ir hacia el mesón, ayudaría a Clara a preparar. Fue a recoger su bicicleta cuando observó que había otra sobre la suya, sujeta por una cadena. Miró a su alrededor y sólo logró ver a un hombre que estaba por entrar al mar.

¡Ey... ey...! –gritaba con toda su voz, mientras alzaba una mano.

Él se giró hacia donde venían los gritos, alzó también su mano y corrió adentrándose en el mar. Jazmín no podía creerlo, ¿por qué justo a ella debía tocarle un imbécil de ese tipo? Caminó hasta donde estaba la ropa de ese hombre, maldiciendo a cada paso. Esperó casi media hora a que él saliera del agua.

¿Es tuya la bicicleta con la cadena delante del faro? –preguntó sin más y con tono fastidioso.
Buenos días para comenzar... mi nombre es... –pero ella no lo dejó terminar.
No me interesa tu nombre... –lo interrumpió de mala manera. Con tu cadena has sujetado la rueda de la mía y llevo más de media hora de atraso en mis ocupaciones.
Pues no lo he hecho intencionadamente... –por alguna extraña razón él sonreía.
Ya... imagino que no. –dijo alzando los ojos al cielo. El tema es que llevo apuro, ¿puedes abrir la bendita cadena, por favor?

Y comenzó a caminar nuevamente hacia el faro, él debió correr detrás. Apenas abrió la cadena, Jazmín montó en su bicicleta y se marchó. Él sólo logró gritar un “¡A la próxima!”, a lo que ella alzó la mano sin siquiera girarse.

Disculpa el retraso, Clara... –dijo entrando al mesón. Un idiota encadenó su bicicleta a la mía, allí al faro.
Nada mi niña, no es nada... –y le dió un abrazo. Lo importante es que ya estás aquí. Ve dentro y avisa a los otros de tu llegada.

Todo estaba listo. Jazmín salió de la cocina con las cestas del pan, cuando se encontró defrente con Clara y...

Jazmín, te presento mi sobrino Tiago. –la cara de sorpresa de ella era increíble.
O si quieres el idiota que encadenó su bicicleta a la tuya... –y sonrió de lado, mientras Clara los miraba divertida.

El almuerzo fue entretenido. Ella logró relajarse y él no era el imbécil que creía. Clara se alzó para buscar el postre y Jazmín dijo que iniciaría a llevar los platos a la cocina. Fue levantarse y comenzar a recoger, que sintió todo darle vueltas. No hizo en tiempo a decir ni hacer nada que se desplomó al suelo. Cuando despertó estaba en una de las camas del hospital, con Clara sosteniéndole la mano.

Niña... qué susto nos has dado... –dijo acariciándole el rostro.
Es que... ¿que han dicho los médicos? –no podía retener las lágrimas. ¿Ya... lo he perdido?
No Jazmín... –le secaba el llanto. Ha sido sólo una baja de presión... Tú y el bebé están bien... pero, ¿cómo no me has dicho que estabas embarazada?

Jazmín inició a llorar desconsoladamente, y comenzó a contar toda su historia a Clara. Todas las veces que se ilusionó, y todas las veces que irremediablemente quedó hecha pedazos. Hasta esa última, de la que no pudo reponerse, y cuando decidió dejarlo todo porque nada le quedaba.

Pero mi niña, ahora... –Clara finalmente comprendía el peso que había cargado ella estos meses.
Ahora nada, Clara... –dijo tragando saliva y secándose ella misma las lágrimas. No puedo hacerle esto otra vez... Porque lo perderé, y no podría ver apagarse esa luz en sus ojos de nuevo. No Clara, no puedo hacérselo, enfrentaré todo sola...
Tú no estás sola, Jazmín... me tienes a mí, y ahora está Tiago también... –trataba de calmarla.
¿Él sabe? –preguntó ella tímidamente.
Sí, los médicos creyeron fuese el padre... –y ella inició a llorar nuevamente. Shhh... serénate ahora... todo se solucionará, ya verás.

Las semanas pasaban y el vientre de Jazmín crecía a simple vista. Clara la mantenía ocupada pero lejos de la cocina. Y con Tiago se habían vuelto buenos amigos, él la acompañaba en sus caminatas por la playa y sus paseos hasta el faro. Estaban allí, al terminar de las 35 semanas, cuando ella continuaba a fijar el horizonte.

¿Por qué no lo llamas... no lo buscas? –preguntó él observándola.
No puedo, Tiago... –su voz se quebraba. Él no habrá perdonado el que lo haya dejado, no de ese modo.
Pero si supiera que tendrá un hijo... –no se atrevía a preguntar aquello que realmente deseaba saber.
Es lo mismo... lo conozco y no creo haya entendido mis razones. –no quería llorar. Ni creo las entienda ahora.
Jazmín... tú sabes que yo me he... –ella le cubrió la boca con su mano.
Shhh... no lo digas, por favor... –la mirada de Tiago se clavó en la suya. Lo siento... yo nunca he dejado de amarlo.

Pese a todo, Tiago la abrazó contra su pecho, consolándola y consolándose. Teniéndola así fue que sintió como el cuerpo de ella se aflojaba. De repente, sus piernas y pies se mojaron. Jazmín había roto bolsa y se desvanecía. Tiago la tomó en brazos, la cargó en su automóvil y la llevó urgente al hospital.

Pasaron unas horas antes que el médico saliera de la sala operaciones. Ambos se encontraban bien. El bebé era un niño sano; pero ella había perdido mucha sangre en el parto y eso la hizo entrar en coma.

Abrió los ojos y vió a alguien sentado a su lado, sosteniendo su mano. No lograba distinguir quién era; los párpados le pesaban y tenía sed. Se movió apenas y volvió a caer dormida. Entonces sintió su mano acariciarle la frente.

Sissí... amor, despierta... –reconocía esa voz, pero no podía ser, estaba soñando. Sissí... despierta, soy yo, ya estoy aquí.
Alex... –no lograba mantener los ojos abiertos. No puede ser...

Después de 10 días Jazmín, había despertado. Llamaron a los médicos. Ya habría tiempo de contarle cómo fue que Clara lo buscó y lo contactó. Él nunca había dejado de buscarla, y apenas supo dónde estaba, tomó el primer avión hacia la isla. Sólo al llegar al hospital supo el estado de salud de su mujer. Y que había sido padre. Fueron Clara y Tiago quienes le contaron todo lo que Jazmín, su Sissí, había pasado.

Fueron días de largas conversaciones, primero en el hospital, luego en el apartamento de ella, más tarde en las caminatas por la playa mientras Clara se ocupaba de su nieto postizo. Costó, pero finalmente lo consiguieron, ambos se amaban profundamente.

Siete... –dijo Alex. Desde ahora, siete es el número perfecto.
Nuestro hijo... –respondió ella. Él es perfecto, e infinito.



(Este relato pertenece a los "52 retos de 'El libro del Escritor'"
Es el número 14: Describe una historia cuyo punto de partida comience con el final de toda la trama.)



viernes, 17 de febrero de 2017

#VDLN - 32

"Y te digo aún: cualquier cosa suceda contigo y conmigo,
de cualquier modo se desarrollen nuestras vidas,
no sucederá jamás que, 
en el momento en el cual tú me llames seriamente
y sientas de tener necesidad de mí,
yo me encuentre sord@ a tu apelo.
Jamás."
(Hermann Hesse)




miércoles, 15 de febrero de 2017

Nada, no le queda nada.
Así se sentía; nada le había quedado, nada tenía, nada era. Vacía. De una forma inconmensurable, inexplicable.
Siempre había creído en lo relativo de los números. Todos desean ser los número uno en lo suyo, pero si recibes un uno en tu examen, ya no es lo mismo. Pues eso le había pasado a ella. Seis, siempre le había gustado ese número, no le parecía ni mucho ni poco, una media, “la mitad más uno”. Sin embargo, ahora se había transformado en demasiado.
Seis; seis veces había creído, se había ilusionado, había fantaseado. Y seis veces había terminado destruída, en mil pedazos, con el alma rota y el cuerpo desgarrado. Las tres primeras veces fue de forma natural. Era joven, recién casada, un gran amor que daba sus frutos. Y una y otra vez todo se hacía añicos.
Luego llegaron los tratamientos. No fue fácil. Estaban las inyecciones, los horarios, los cuidados desmedidos. Y, aunque sabía que no debía, que todas las probabilidades estaban en contra, allí estaban de nuevo las ilusiones, los sueños. Todo puntualmente hasta el tercer mes. Nada había por hacer, parecía como si su cuerpo no deseara aquello por lo que tanto estaba luchando. Pero fue el seis, fue el número seis que la rompió, y de una forma que no pudo más recomponerse.
Había superado el fatídico tercer mes, pero no quiso ilusionarse; es más, se negaba a decir qué estaba pasando. Luego de superar el sexto mes, no pudo ocultarlo más. Y en realidad, no deseaba hacerlo. Por primera vez en mucho tiempo, volvía a mirar hacia adelante con esperanza. Dejó que él pintara la pequeña habitación, y una noche hasta hablaron de posibles nombres.
Una mañana despertó y supo que algo no andaba bien. No había indicios físicos ni ninguna prueba real, pero ella lo sabía. Insistió hasta que la llevaron a la clínica. Los mismos médicos no supieron decir mucho. Simplemente el corazón había dejado de latir. Simplemente... ¿qué tenía aquello de simple? Quedó allí hasta que hicieron lo que debían hacer.
Había pasado un año. Todos los rastros de esas seis veces habían desaparecido. La pequeña habitación ahora era un estudio. Sin embargo, cuando ella miraba en los ojos de él, veía el mismo vacío que sentía dentro. Y también lo supo. Supo que a veces el amor no alcanza, que el dolor te vence, y que no todas las historias tienen final feliz. Entonces decidió. Sabía que él no lo entendería, y que si lo hablase trataría de detenerla, y lo lograría. Y eso terminaría por destruirlos a los dos. Al menos uno de ellos merecía ser feliz, él debía tener la posibilidad de recomenzar.
Esa noche hicieron el amor como nunca, hasta en un momento habría podido dudar de lo que estaba por hacer. Pero no. Esa madrugada, mientras él aún dormía profundamente, le dejó una carta sobre la mesilla de noche, y se marchó sin decir a dónde. Sabía que él no la perdonaría. Aún así, cerró la puerta a su espalda, tomó aire e inició a caminar sin mirar atrás.
Ahora sí pensó: "Nada, no me queda nada"...


...o al menos eso creía ella.




(Este relato pertenece a los "52 retos de 'El libro del Escritor'".
Es el número 23: Comienza un relato con "Nada, no le queda nada.")


viernes, 10 de febrero de 2017

#VDLN - 31

"Amar en absoluto es ser vulnerable.
Ama y tu corazón será arrancado y posiblemente roto.
Si quieres asegurarte de mantenerlo intacto,
no debes dárselo a nadie, ni siquiera a un animal.
Envuélvelo cuidadosamente, rodéalo con pasatiempos y pequeños lujos.
Evita todos los enredos.
Enciérralo, seguro en el ataúd o féretro de su egoísmo.
Pero en ese ataúd, seguro, oscuro, inmóvil, sin aire, cambiará.
No se romperá, se hará inquebrantable, impenetrable, irredimible.
Amar es ser vulnerable."
("The Four Loves", C.S. Lewis)



domingo, 5 de febrero de 2017

Me había levantado temprano, sé que no tenía porqué, pero me gustaba andar de aquí para allá por la casa en esas ocasiones. La mañana era cálida y mamá había abierto todas las ventanas, esa leve brisa hacía bailar las cortinas, y yo no pude evitar hacerlo entre ellas. La abuela ya había establecido su indiscutibile reino dentro la cocina, comenzaba a sentirse el perfume de sus manjares invadiendo cada rincón.

Subía y bajaba las escaleras buscando a mi padre, finalmente lo hallé en el jardín. Se giró a mirarme, su cigarro en la mano y sus ojos en los míos. No importaba que en pocos meses fuera a cumplir mis veinticinco años, él siempre me miraría como si fuera su niña pequeña. Lo abracé sonriendo, y escuché como tocaban a la puerta. Salí corriendo a ver quién era. No hizo falta llegar hasta allí, escuchaba la voz de mi madre emocionada... era Tetè, su mejor amiga. Diez años viviendo afuera con su familia, y había vuelto por primera vez a su Buenos Aires querido, y a pasar este día junto a nosotros.

¡Andy... por Diossss... qué grande estás! –me dijo dándome un abrazo que casi me deja sin aire. Mira quien vino también ¿te acuerdas de Nacho?

Él apareció por detrás de su madre y creo que mi corazón se detuvo por un instante. Estaba más alto, más grande, más guapo. Más verdes sus ojos, más negro su pelo... más él. Más hombre.

¿Cómo podría olvidarse, si lo perseguía por todos lados? –juro que a veces mataría a mi madre.
¡Mamá! –y no pude evitar sonrojarme. Hola... cuanto tiempo.

Esos años transcurridos hacían que la diferencia entre nosotros ya no pareciera tanta. Todos fueron para dentro, y yo no fui capaz de mover un pie. Nacho se quedó mirándome, y sonriendo.

Ahora no podré llamarte más Andy... –de sus ojos parecían salir chispas.
¿Y por qué? –temía su respuesta. Soy siempre la misma...
No, no lo eres... –se acercaba peligrosamente. Ya no eres aquella adolescente... eres una mujer... una hermosa mujer.
Tú... –la emoción ahogaba mi voz, mientras mi mano acariciaba el ángulo que formaba su mandíbula.
Yo... yo no he olvidado tu promesa. –tomó mi mano y la besó.

Él había sido el primero en besar mi boca realmente. No un beso de amigos, ni al pasar, como esos cuando jugabas a “Verdad o Penitencia”. Él me había enseñado a besar. Siempre había estado enamorada de Nacho, y no me importaba que fuera mucho más grande que yo. Cuando se fue, creí se me rompería el alma. Fui allí que le prometí esperarlo. Esperarlo todo lo que hiciera falta. Y ahora él había vuelto...



...año nuevo, viejos amores.




(Este relato pertenece a los "52 retos de 'El libro del Escritor'".
Es el número 1: Escribe un relato que comience en un día de Año Nuevo.) 


viernes, 3 de febrero de 2017

#VDLN - 30

"Escucha, he probado a escribir todo aquello que hay entre tú y yo,
todo aquello que pienso;
que pruebo;
que siento;
que espero;
que juro;
que quiero;
que engaño;
que creo haber entendido;
que sé no haber entendido;
y en cualquier caso que...
Luego he quitado todo aquello que no es esencial;
todo aquello que da miedo;
todo aquello que no es sincero;
todo aquello que no es verdadero;
todo aquello que no importa;
todo aquello que no cuenta;
todo aquello que puede ser mal entendido, contenido, mistificado, olvidado, perdido;
en fin, todo aquello que...
Al final quedó esto:
soy feliz cuando eres feliz;
estoy triste cuando estás triste.

Y cuando no estás, me haces falta."
("La lettera" - Carlo Lucarelli)