La marquesa me había
recomendado de no aceptar la cita; ella conocía más que bien el carácter del
Vizconde. El hecho de haberme querido encontrar en su residencia personal,
habría debido hacerme cambiar idea, pero ya había dado mi palabra, y no era yo una
de hacer marcha atrás.
Llegué puntual, y me
sorprendió que fuera el mismo Vizconde quien me abriera la imponente puerta de
entrada. Dijo de haber dado órdenes a la servidumbre para que nuestro encuentro
sea lo más privado posible. No sabía si lo que sentía era miedo o una creciente
curiosidad. Era inegable su buena educación, su clase, su encanto. Esto último
me costaba admitirlo; pero su perfume y el leve roce de sus manos, lograba
confundirme.
La cena transcurrió de
manera serena, más allá de todos mis prejuicios hacia el Vizconde. Él, como si
esa noche hubiese olvidado quien era y lo que era, hacía que le hablara de mí y
me escuchaba atentamente. Tanto que dejé de verlo como siempre había hecho,
ahora sólo era un niño travieso en el cuerpo de un hombre.
Y ese hombre me estaba
atrapando. Sus ojos negros me penetraban. Su oscuridad invadió cada célula de
mi cuerpo y de mi mente, minuto trás minuto durante la cena. Por eso, cuando
llegó la hora de marcharme, y se acercó a mí, creí se despediría y en cambio...
Él susurró a mi oído
una palabra, una sola palabra que lo cambiaría todo. Sólo pronunció: “Quédate” y desde
ese instante nada fue igual.
Es el número 16: ¿Cuál es el personaje que más odias de la literatura?
Narra una cita con él/ella en la que acabas muy enamorada.
El personaje es el Vizconde de Valtmont, de "Las amistades peligrosas" de Pierre Choderlos de Laclos)
