jueves, 31 de diciembre de 2015

"Qué tu próximo año esté lleno de magia,

...y sueños y buena locura.

Espero que leas algunos buenos libros

y beses a alguien que piense que eres maravilloso.

Y no te olvides de hacer un poco de arte,

escribir, o dibujar, o construir, o cantar,

o vivir como sólo tú puedes.

Y espero, que en algún momento del próximo año,

puedas sorprenderte a ti mismo.”

(Neil Gaiman)




Fin de una etapa...
Fin de un ciclo ...
Fin de Año...
Tiempo de reflexiones...
Tiempo de balances...
Mi deseo es que sea siempre más lo bueno;
que las sonrisas sean más que las cicatrices;
y que estas últimas nos sirvan para aprender,
para no volver a cometer los mismos errores.
Que el próximo año sean 366 posibilidades;
de cumplir sueños, de realizar proyectos;
que podamos continuar a compartir,
compartir letras y tiempo,
en la arena de mi playa,
en el calor de tu casa...
Momentos únicos... juntos.
Mi beso... mi abrazo... y mi mejor sonrisa
para vos, para desearte:

¡¡¡Feliz Año Nuevo!!!



miércoles, 23 de diciembre de 2015



Llega la hora...
Todas la lucecitas se encienden...
Y con ellas cada momento vivido.




Rescato lo bueno y brindo por ello...
Por quien supo estar con una palabra,
con una caricia, o con un abrazo.
Por quien llenó mis días de luz,
y de sonrisas compartidas.
Por quien supo tener paciencia,
y aceptar mis sombras.
Por quien siempre me habló de frente,
sin vueltas y sinceramente.
Por quien puso melodías,
y supo escuchar en los silencios.
Por quien ya no está
pero dejó su imborrable huella.

Y ahora te dejo mi regalo...


En él están todos mis mejores deseos,
no sólo para hoy, para todos y cada uno de tus días.
Mi abrazo más sincero,
mi mirada más franca,
y mi mejor sonrisa.
La promesa que, siempre que me necesites,
allí estaré...
y sino puedo ayudarte,
te escucharé y sostendré tus manos.
Y un pedacito de (mi) Alma,
para seguir juntos, pisando la arena de esta playa.




Feliz Navidad!!!




jueves, 17 de diciembre de 2015

Yo,
el brillo de tu luna.
Vos,
la luz de mi sol.

Mi cuerpo,
tu posible condena.
Tu amor,
mi segura salvación.

Yo,
la arena que bañan las aguas de tu mar.
Vos,
el cielo que alcanzan las cimas de mis montañas.

Mis ojos,
tus estrellas muertas.
Tus brazos,
mis espacios vivos.

Yo... Vos...
Vos... Yo...
Un ahora...
Y un siempre.




domingo, 13 de diciembre de 2015

Ahora que sé que te irás,
ahora que siento la despedida,
ahora inicio a extrañar[Te].

Y haría una valija para irme contigo.
Pondría la fuerza de mis piernas para buscarte,
y la de (mi) Alma para encontrarte.
Pondría todas mis sonrisas,
esas que te hacen pensar, que siempre se puede intentar una vez más.
Pondría la tibieza de mis manos para sostener las tuyas,
y el calor de mis labios para besar donde necesitamos.
Pondría los recuerdos, los mejores,
mi perfume a jazmines y el tuyo a madera.
Pondría certezas que borren todas y cada duda,
y amor del bueno, del que todos deseamos, del que tenemos.

Pondría todo esto, y me iría,
no importa dónde,
me iría donde sea, pero contigo.




jueves, 10 de diciembre de 2015

Un día te cansas...

Te cansas de que los únicos sueños sean aquellos que haces con los ojos cerrados, y en las pocas horas que logras dormir por las noches.
Te cansas que los proyectos para el futuro sean esos oxidados recuerdos, que un día iniciaste a colocar en los cajones de tu alma.
Te cansas de esas sonrisas forzadas, de esa rabia contenida, de esa alegría perdida.

Entonces, un día abres una ventana y el viento golpea en tu cara. Cierras los ojos y piensas a cuando te quedabas mirando la Luna desde la terraza. O la puesta del Sol desde la hamaca de la plaza. Y decides.

Decides tirar esas flores que se han marchitado a la espera de tiempos mejores.
Decides que es hora de leer esos libros los cuales has dejado que junten polvo por mucho tiempo.
Decides recoger los deseos olvidados, la felicidad pretendida, la esperanza reencontrada.
Decides armar la valija, la llenas con todas esas ilusiones nuevas, y partes.

Partes para recomenzar.


(10 de abril 2003)





(El 10 de abril de 1912 partió desde el puerto de Southampton el Titanic
...lamentablemente nunca llegó a su destino.
Yo lo hice 91 años después y recomencé.)




(Este relato pertenece a los "Relatos Jueveros" y esta semana la convocatoria
fue hecha por Dorotea desde su blog "Lazos y raíces".
Te invito a leer el resto de los participantes aquí!)




domingo, 6 de diciembre de 2015

Y cuando me anclas a tu cuerpo,
tú dejas de ser nave,
para convertirte en mi puerto seguro.
Y te caliento la carne, la sangre y hasta los huesos,
me (re)enseñas a volar sujeta a tus caderas
en este juego [con]sentido que a veces olvido.




jueves, 3 de diciembre de 2015

"Lo sé, pero me las ingenio para negarlo."

Y ésta era su frase preferida.

Tantas veces había leído sus palabras ...había pensado en sus gestos.

Una y otra vez, repetidamente, casi como si fuera una tortura. Un pequeño acto de masoquismo.

Todo le decía que jugaba.

Todo, menos su corazón y su alma. Ellos seguían con esa estúpida convicción de creerle.

Entonces ella repetía esa frase: “Lo sé, pero me las ingenio para negarlo.”

Y ella jugaba a que creyeran que le creía.




(Este relato pertenece a los "Relatos Jueveros" y esta semana la convocatoria
fue hecha por  Mónica desde su blog "Neogéminis, El extraño mundo de Neo".
Te invito a leer el resto de los participantes aquí!)




domingo, 29 de noviembre de 2015

Vecino ...final.

¿Te parece si cenamos aquí? –me preguntó mientras colocaba un mantel y dos vasos comunes sobre la mesita que se encontraba delante del sofá.
Sí, por mí no hay problema... –e iniciaba a relajarme. ¿Puedo encender la televisión?
Puedes hacer todo aquello que desees... –me respondió sonriendo hasta con los ojos.

Cenamos cómodamente sentados en el sofá, conversando y escuchando música en la televisión; pero comencé a sentir un poco de frío e, involuntariamente, temblé. Esperé que Daniele no lo notara, porque pese al cansancio quería seguir allí con él más que cualquier otra cosa. Pero él se giró, tomó una manta de detrás del sofá y me cubrió, abrazándome.
¿Mejor? –me preguntó acercándose a mi rostro.
Sí, mucho mejor... –inicié a responder. Gracias, pero…
Tranquila, te he dicho que estás en tu casa... –dijo y no dejaba de mirarme a los ojos. ¿Qué deseas?
¿Cómo? –tuve miedo de no entender qué quería decir realmente.
¿Quieres un té? –respondió sonriendo de lado. Siempre viene bien un té…
Ahhh… Sí, claro. –y por un momento me sentí confundida. Este hombre parecía un adolescente a ratos. Había hablado sin parar, yendo y vieniendo, mostrándome cosas, explicándome de su trabajo. Loco, rematadamente loco …pero encantador.
Pero me da cosa separarme de ti y no será cuestión de llevarte conmigo... –susurró casi a mi oído.

Entonces, no hagas nada y…, quédaTe. –ironicé en el “te” final, poniendo cara de niña y abriendo mucho mis ojos.
Perfecto, porque no deseo más que besarte... –agregó. Y ha de ser sí o sí…
¿Seguro? –lo desafié más que preguntarle.
¿Dudas? –y su mirada se clavó tan incisivamente en mí que sentí incendiarme la piel y la sangre.

No esperé a que él hiciera algo. Simplemente me senté a hojarcadas sobre sus piernas, tomé su rostro entre las manos y lo besé. Noté sus manos en mi espalda, quietas primero, recorriéndola después. Mi lengua no dejaba de saborear cada rincón de su boca, lo hacía lentamente. Mordisquié su labio y subí por su mandíbula, besándolo, hasta su lóbulo, que lamí. Pasé mis dedos entre los cabellos de su nuca y llevé su cabeza hasta mi seno. Daniele era tan hábil…, cuidadoso en sus movimientos…, se notaba su experiencia. Suavemente me recostó sobre el sofá y…


Desperté en su habitación..., en su cama y el perfume del café invadió mis pulmones …otra vez. No encontré mi ropa por lo que me puse su camisa y descalza fui hasta la cocina.
¡Buenos días dormilona! Mmmm… Tu perfume...  –saludó Daniele girándose apenas entré y depositando un pequeño beso en mi boca.  Estaba probando tu nueva máquina de café… ¿cómo lo quieres?


jueves, 26 de noviembre de 2015

Hoy quiero escribirte. Sí, a vos...
Sé que no hace falta, que vos me conocés mejor que nadie, pero lo necesito. Necesito poner en palabras lo que tantas veces hubiese querido decirte.
Necesito pedirte disculpas porque tal vez no fui todo aquello que vos esperabas. Disculpas, por no haber perseguido esos sueños que habíamos construido. Por haberme quedado escondida detrás de mil excusas. Por todas esas veces que no exploté, y callé..., callé por no lastimar, y terminé lastimándote a vos. Y me llenaba, me llenaba de angustia y de lágrimas reprimidas, para vaciarme luego… Y así continué por mucho tiempo.
Necesito pedirte disculpas porque no te dí el valor que vos merecías. Por haber aceptado las miradas de los otros, dejando que dijieran quién era..., cómo era. Pedirte disculpas por amar a todos menos a vos, o al menos no amarte lo suficiente. Porque siempre puse a los demás por delante tuyo…
Pero vos sabés que cambié, y si lo hice, fue por vos; porque finalmente te vi… Y así, me vi…
Me vi en esos ojos oscuros, tan grandes cuando se asombran, tan chiquitos cuando se emocionan. Me iluminé con esa sonrisa, me sentí plena en ella. Y ya no vi sólo tus defectos, pude ver lo bueno…, pude ver la belleza. Por primera vez me enamoré de esa imagen, me enamoré de esa mujer que veía en el espejo…

Y empecé a amarte… A amarme.




(Este relato pertenece a los "Relatos Jueveros" y esta semana
la convocatoria fue hecha por H... Perla Gris desde su blog "Et lux in tenebris lucet...".
Te invito a leer el resto de los participantes aquí!)




jueves, 19 de noviembre de 2015

Muchos se preguntan, se cuestionan, se preocupan por un posible más allá ¿Tendremos al fin la recompensa, la nada, la reencarnación? …Yo no.
Yo no me pregunto, ni me cuestiono, ni me preocupo. ¿Por qué? Simple… Porque la recompensa yo la tuve acá.
Acá nací de ella, que me enseñó el valor de la verdad. Y de él, que me enseñó que significa amar más allá de todo.
Acá crecí con el mejor compañero de juegos, con mi eterno cómplice. Con quien aprendí el significado de compartir. Quien es todos mis verbos incondicionales.
Acá me sumergí en el océano, jugué con sus olas y enterré mis pies en la arena.
Acá me llené los pulmones de esos perfumes que adoro; el de eucaliptos del bosque en el que jugaba con mi abuelo, el de jazmín que había en el patio de la casa en que crecí.
Acá conocí esas personas maravillosas que llamamos “amigos”… Algunos pasaron y basta; algunos están y estarán siempre. E, indiscutiblemente, todos me dejaron algo.
Acá conocí a quien supo mirarme a los ojos, y ver más allá. A quien supo hablarme, y no sólo con palabras. A quien supo escuchar mis silencios. A quien inventó caricias para mí.
Acá… Acá te conocí a vos, y con vos…
Acá cumplí el milagro de volverme eterna… Con ella, mi mejor creación. La luz de sus ojos iluminó el camino, el nuestro. Su sonrisa curó cada mal, recompuso las piezas de cada uno, de ambos.
Y ahora que ella ya anda sola, es acá y con vos que yo continuo. Con quien me hace volar sin que mis pies dejen de tocar el suelo. Con quien sostiene mi mano …y también mis caderas.
Acá… Todo fue…, es acá. Por eso no importa qué hay al final del arcoiris, si hay o no un “allá”, porque la recompensa ya la tuve acá…

Y si hay, estoy segura que nos volveremos a encontrar.




(Este relato pertenece a los "Relatos Jueveros" y esta semana
la convocatoria fue hecha por Casss desde su blog "El balcón de Cas".
Te invito a leer el resto de los participantes aquí!)



martes, 17 de noviembre de 2015

Donde se encuentra el alma ...final.

¿Vamos? –preguntó ella entre desafiante y espectante.
Obviamente... –respondió sonriendo de lado. ¿Dónde me llevas?
Por ahí... –e inició a caminar. Ahhh, por cierto, mi nombre es Alma.

Por una extraña razón Leo lo supo. Llevó su mano al bolsillo y sacó la tarjetita del negocio que horas antes había visitado. “Donde se encuentra el alma”. Definitivamente, destino. Se apuró hasta alcanzarla.

Habían pasado algunas horas. Alma no paró de hablar, pero a Leo le gustaba oirla. Le gustaba ese modo en el que se sonrojaba su rostro y cómo probaba a cubrirse con sus manos. Esa forma de mirarlo, como si lo que estuviese contando fuera lo más interesante del mundo. Y esa manía de mordisquearse el labio.
Interesante esto del “Street Food”... –comenzó a decir Leo y ya le brillaban los ojos. Aunque si después del regalo, había imaginado un clásico plato de la cocina italiana…
No tenía con qué... –respondió apurada Alma, un poco nerviosa por la observación.
¿Y sería muy atrevido de mi parte pedirte un verdadero “espresso”? –preguntó Leo acercándose a su oído. Es que me ha dado curiosidad esa nueva máquina que me has contado tienes.
Atrevido, sí…, pero terriblemente tentador... –dijo Alma mordiéndose el labio nuevamente.

Pasaron delante del negocio, Leo no dijo nada, y subieron. Todo el primer piso era su departamento, amueblado con el mismo buen gusto del negocio. Los espacios eran abiertos, grandes y luminosos.
Este es mi refugio... –dijo Alma y con la mano le mostraba el alrededor. Ponte cómodo…
¿Segura? –respondió Leo con picardía en los ojos.

Alma sirvió el café... Lo tomaron y las horas seguían pasando. Ella sentía de conocerlo desde siempre. Conversaban animadamente, provocándose ambos, hasta que sonó el celular de ella, que se apartó para responder.
Hola… no, estoy en casa… no, no… cierra tú con tus llaves… sí, ok, nos vemos mañana en algún momento… sí… yo también te quiero… chau... –se giró para explicar: Era mi madre… el negocio de aquí abajo es mío y es la hora de cierre…
Bueno… me marcho, así te dejo con tus deberes... –dijo Leo simulando no haber escuchado la conversación.
Absurdamente a Alma se le detuvo el corazón, al fin y al cabo era un desconocido pero… Lo vió acercarse lentamente hasta ella, parándose a escasos centímetros de su rostro.
Podría también quedarme, sólo debes pedírmelo... –y con su mano le alzó el mentón.
Si basta tan poco... –dijo Alma temblando. Quédate…
Leo apoyó sus labios en los de ella, suavemente, apenas los rozaba. Mirándola a los ojos, los delineó con su lengua. Alma suspiró y cerró los ojos. Él siguió besándola, hasta llegar al lóbulo de su oreja.
Si quieres que me frene, dilo ahora... –susurró Leo.
No lo hagas… no te frenes... –pronunció Alma pasando su mano por la nuca de él, acercándose a su boca.

Él la alzó en brazos y ella lo rodeó con sus piernas a la altura de sus caderas. Siguieron besándose en aquellos pocos pasos que los separaban de la cama. Ahí, Alma se dejó caer de espaldas mientras observaba a Leo quitarse la ropa. Y él lo hacía lentamente porque le gustaba verla ruborizar, lo excitaba. Se quedó mirándola por algún segundo y luego comenzó a recorrerle las piernas, hasta llegar al cierre del jeans, que bajó despacio mientras sus ojos se clavaban en ella. Alma temblaba, jamás había deseado a alguien tanto. Leo continuó a desvestirla; se acercó a su oído en el momento de quitarle el sujetador.
Ahora seré yo a morderte los labios... –Leo mordisqueó su lóbulo, bajo por su cuello e inició a tormentar sus pezones. Primero uno y luego el otro. Alma pasó sus manos por la nuca de él, que bajó por su vientre hasta su sexo, donde se perdió saboreándola. Ella arqueó la espalda y pronunciando su nombre le pidió que la hiciera suya. Leo volvió a trepar hasta su boca, que besó hasta casi quedar sin aire.
Yo ya soy tuyo... –susurró él en el momento que la pasión inundaba las entrañas de ella.
Bebió su aliento, cada uno de sus jadeos; pues, aunque ella no lo dijiera, sabía que ya era suya, de él. Se convulsionaba sobre ella, penetrando suave, dejando que lo inundara por completo, mientras sentía las uñas de ella clavarse como garfios en su espalda. Le comía la boca, como si eso le diera fuerza. La atrapaba entre sus brazos, presionándola contra su pecho. Le daba su aliento, parecía no querer perderla.

Leo le dejó espacio para que recuperara la respiración, pero no cesó en mimarla, abrazarla, besarla… Él también necesitaba recobrar la calma después de tanta intensidad; pero en algún momento se quedaron dormidos. Y cuando los primeros rayos del sol se colaron por la ventana, Alma dormía sobre el pecho de Leo. Apenas se separó un poco, no deseaba despertarlo; y se detuvo algunos minutos para observarlo. Se lo veía tan sereno, tan bien ahí donde estaba, como si ese lugar le perteneciera desde siempre.

Siempre… El lugar donde se encontraba el alma… Su Alma.





jueves, 12 de noviembre de 2015

Dos días desde que había enterrado a mi hermano. No teníamos contacto desde hacía años, pero era mi hermano gemelo. Muerto, así, al improviso, aún me resultaba difícil de creer. Un accidente habían dicho. Pues ahora no podía pensar a ello; debía ordenar sus pertenencias. Su celular inició a sonar y por un momento no supe qué hacer. Finalmente respondí.

Si?… Hola... –dije con un tono poco convencido.
Gastón! …finalmente te encuentro mi amor! –era la voz de una mujer. Necesito verte… Ya.
Disculpame pero... –comencé a decir, pero ella me interrumpió.
No hay tiempo para explicaciones Gastón… Nos vemos en una hora debajo del muelle. –y cortó.
No entendía. ¿Quién era esa mujer? ¿Y qué tenía que ver con Gastón? Para responder, la única solución era ir y encontrarla.

Llegué. Allí se encontraba esta hermosa mujer; me acerqué sin saber aún bien qué diría. Ella se me arrojó al cuello y me besó. Sentí su lengua buscando la mía con avidez. No pude resistirme y respondí al beso. Mis manos se enredaron entre sus cabellos, sujetándola. Tal vez miedo a que advirtiera que no era Gastón.
Amor… pensé que él te había matado... –y su voz temblaba. No hubiese podido irme sin ti.
Ni lo pienses, él no llegará a mí …amor. –ni siquiera sabía su nombre.
Gastón, sabes que mi marido no se dará por vencido... –y sus ojos se llenaban de lágrimas. Sabes de qué es capaz… El bebé… Nuestro bebé… Esa caída no fue un accidente. Y no es por el dinero que le robamos, él nunca me hubiese dado el divorcio.
Sentía como un puño cerrándome el pecho. No fue un accidente, lo habían matado. Habían asesinado a mi hermano.

Pues cálmate... Déjame pensar… –y la abracé.
Debemos escapar como habíamos planeado... –e inició a llorar nuevamente. Tengo miedo…

Dejé que hablara. Le pregunté como si no lo hiciera; necesitaba saber qué pasaba realmente, juntar toda la información.
Y entonces, decidí.

A los días su marido recibió un sobre con fotos del cadáver de Gastón, su certificado de defunsión, y una grabación con su voz …la mía.
Si está escuchando esto, significa que ha logrado matarme, pero no a ella. Y espero que eso le baste, porque es el último daño que le hará. Dentro el sobre están los papeles del divorcio. Fírmelos y déjela ir. Es el único modo que las pruebas de mi asesinato queden ocultas. Sino, ella se marchará igual y usted irá a prisión. Recuerde que fui su mano derecha y no todos sus secretos se fueron conmigo.

48hs más tarde ella estaba sentada en un avión rumbo a alguna isla perdida del Pacífico …junto a mí, Gastón.





(Este relato pertenece a los "Relatos Jueveros" y esta semana
la convocatoria fue hecha por El Demiurgo desde su blog "El Demiurgo de Hurlingham".
Te invito a leer el resto de los participantes aquí!)




domingo, 8 de noviembre de 2015

Vecinos II

Planta baja ¿no? –preguntó él sin dejar de observarme.
Sí, sí, obvio... –respondí nerviosamente.
Pero el ascensor, en vez de bajar inició a subir. Daniele pareció sorprenderse y comenzó a presionar el botón de nuestro piso y el de la planta baja, con mucha ansiedad.

Noooo, espera que... –inicié a decir, pero ya era demasiado tarde. Bloquearás el ascensor… Hecho.
Ohh… No lo sabía. –respondió con un tono por demás tranquilo.
Bien… Ahora sí llegaré definitivamente tarde al trabajo... –dije por lo bajo. Y sin ni siquiera haber podido tomar café.
En cuanto salgamos de aquí, si quieres, puedo llevarte hasta tu trabajo. –se ofreció acercándose un poco.

Lo pensé unos segundos, y si bien no era de aceptar pasajes de desconocidos a esas horas sería complicado conseguir un taxi para no perder más tiempo.
Gracias…, me harías un gran favor. –respondí mirándolo a los ojos.
Es el mínimo después que te bloqueé conmigo aquí. –dijo sonriendo y no pude evitar morderme el labio.

Diez minutos más tarde el ascensor finalmente comenzó a bajar. Apenas se abrieron las puertas nos encontramos con Matilde.
Nos habíamos quedado bloqueados. –le dije alzando los ojos al cielo.
Menos mal... –comenzó a decir ella mirando a Daniele, pero él la interrumpió.
Menos mal que estaba usted aquí abajo para salvarnos, Matilde. –dijo él guiñándole un ojo y saliendo detrás mío.
Me indicó su auto en el garaje. Subimos y le dije dónde trabajaba. El auto olía a nuevo. Ese perfume a cuerina se mezclaba con el suyo y… Miraba por la ventanilla esforzándome en pensar en otra cosa.
Luego de veinte minutos habíamos llegado.
Acá…, acá está bien. –dije señalando el edificio donde trabajaba.
Se ve importante. –observó desde su lado.
Soy solo una secretaria. –agregué. Bueno… Gracias del pasaje…
Ya te dije, era el mínimo... –respondió sonriendo de lado. E igualmente, fue todo un placer.
No sabía si despedirme dándole la mano o un beso, por lo que me bajé despidiéndome con un simple “Chau…”.

Para cuando volví a casa era ya de noche, había tenido que recuperar las horas de retraso de la mañana. Delante de la puerta de mi departamento había una caja, con un moño rojo y una tarjeta.
“Para que nunca más salgas de casa sin tu café. Daniele.”
Era una cafetera eléctrica con timer. Había siempre deseado una así, pero no podía aceptarla… Ni siquiera nos conocíamos.

Fui hasta su departamento y toqué timbre.
Un minuto... –gritó y enseguida abrió la puerta, dándome un beso en la mejilla como si me esperara. Estaba descalzo y llevaba sólo un pantalón de algodón. ¡Hola! …veo que has recibido mi regalo.
Hola… Sí,lo recibí y venía a decirte gracias pero... –comencé a decir hasta que me interrumpió.
Pasa… Pasa… No te quedes allí… -y se dirigió para dentro. Estoy cocinando y no quiero se me pegue la paella.
Ahh... –y ese perfume que llegaba de la cocina hizo que cerrara los ojos y me relamiera los labios. No quisiera molestarte, es sólo que no puedo aceptar el regalo.
¿Por qué no? –dijo asomándose desde la cocina. ¿Quieres quedarte a cenar? Hay suficiente para los dos. –agregó y sonrió.
En ese momento, sin saber muy bien por qué, una chispa encendió mis ojos y sonreí yo también.

Hecho… ¡Mesa para dos! –escuché que decía mientras yo apoyaba la caja junto a mis cosas en el comedor. Sabiendo que la noche había apenas iniciado.