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jueves, 28 de mayo de 2020

El invierno había convertido a la ciudad en un lúgubre muestrario de tonalidades grices. El cielo, plomizo, parecía a punto de llorar y, sin embargo, me encantaba caminar cuando era así. Perder mi mirada en las calles del puerto cuando los rayos iluminaban el horizonte. ¿Serían acaso un presagio? Tal vez hoy finalmente lo vería; lo encontraría cara a cara. Sólo así, mirándolo a los ojos, podría entender el porqué de aquel gesto para conmigo, aún si esa respuesta ya no importase.

Mis pasos, lentos, no tenían eco, el asfalto los absorbía. Como yo había hecho con mi rabia todo ese tiempo. Cruzaba a la gente pero ellos no me veían. Nunca lo hicieron, ¿por qué ahora tendría que ser diferente? En cambio, yo sí los veía. Veía cómo se arrastraban cual muertos vivientes; ellos y sus desilusiones; ellos y sus apatías; ellos y sus hipócritas satisfacciones; ellos y sus traiciones. Ellos, que como él, iban tan impunes en eso que llamaban vida.

Y ahí estaba; sentado en el bar de siempre. En cierto modo, me encantaba que fuera tan rutinario, me haría las cosas más fáciles. Esperé a que saliera y lo seguí. Ya era de noche y él caminaba distendido hacia nuestra casa. Había visto su sonrisa, debía admitir que no había perdido una pizca de su atractivo. Colocó las llaves en la puerta, me pegué a su espalda y entré con él.

Cuando finalmente me dejé ver, me encantó lo que me transmitía su mirada. El terror en sus ojos hizo que sonriera. Podía sentir la adrenalina corriendo por sus venas sin saber qué pensar ni qué hacer. Inmóvil, con la frente perlada de sudor, incapaz de modular algo con sentido. Apoyé mi mano en su pecho, lo atravesé. Podía sentir el latir de su corazón. Entonces me acerqué a su oído...

Te dije que no debías hacerlo... que vendría por ti... –le susurré. Esta vez, ni la muerte nos separará.

Continué a sonreir mientras me iba, llevándome la única cosa de él que siempre había deseado tener.

 

 

 

(Este microrrelato pertenece a los "Relatos Jueveros"

y esta semana la convocatoria fue hecha por Mag desde su blog: "La trastienda del Pecado".

Te invito a leer el resto de los participantes aquí!)


jueves, 16 de mayo de 2019

Hoy al llegar a casa sentí su ausencia más que nunca. Definitivamente ella había sido el amor de mi vida. Lo era. Aún hoy, ahora, lo es, estoy seguro.

Recuerdo el día que entró por primera vez en mi panadería. Se había mudado hacía poco al barrio. Nadie sabía nada de ella, yo menos, pero no me importó. Me bastó ver cómo se movía su falda al compás de sus tacones. La brisa que jugaba con la solapa de su camisa, mostrando su escote. Abierto lo justo, un poco más hubiese sido indecentemente provocador. Quise atenderla yo mismo, casi podía adivinar qué me pediría. No era de dulces, de hecho quiso unos pancitos con semillas.

Deberías probar estos... –le dije ofreciéndole unos grisines con sésamo.
Gracias... –me respondió tímidamente, pero sonriendo de una manera que hizo que el resto de las personas allí dentro desaparecieran al instante. ¿Cuánto le debo?
Nada. –le dije mientras le colocaba todo dentro una bolsa y me aseguraba que llevara la tarjetita del local con los números de teléfono. Es un regalo de bienvenida al barrio, faltaría más.

Volvió a sonreír, sonrojándose apenas. Eso me volvió loco, y supe que existía el amor a primera vista. Se giró, saludó y se marchó.

Continuó a venir dentro la panadería día tras día después de esa primera vez. Llevaba siempre lo mismo, y siempre la atendía yo personalmente, colocándole en la bolsa alguna nueva especialidad para que probara. Parecía una danza de cortejo y seducción. Hasta que un día junté coraje y la invité a salir.

¿Qué te parece si esta tarde cuando cierro aquí, te paso a buscar por donde me digas y nos vamos a comer y tomar algo por ahí? –pregunté casi sin tomar aliento, temía que si hacía alguna pausa no sería capaz de terminar.

La ví que dudaba y no entendía porqué, en definitiva no le estaba proponiendo nada malo.

Podría ser... –me respondió finalmente. Vendré yo hasta aquí, lo prefiero; dime a qué hora.

No me pareció lo más correcto, ni muy caballero de mi parte, pero se lo dejaría pasar por esa vez, ya luego tendría tiempo de que entendiera.

Pese a toda mi simpatía y mis esfuerzos por hacerla sentir cómoda, ella mantenía la distancia. Sentía que había algo que la hacía desconfiar. No me importaba, me había enamorado y la conquistaría. Ella terminaría amándome, sabía que lo haría, no podía ser diferente.

Pasaban los días, las semanas, y continúabamos a salir aquí y allá, pero nuestra situación no cambiaba demasiado. Yo le había demostrado más de una vez lo que sentía y hubiese jurado que era más que obvio. Como cuando casi la obligué a ponerse mi chaqueta para que no anduviese tan destapada por la calle, no deseaba se enfermara tampoco. O como cuando le quité el cigarrillo de la boca, diciéndole que no debería fumar, sería un pecado arruinarse de ese modo la salud.

Esa noche no decía nada, sólo me observaba. No supe decifrar esa mirada, pero la noté cabreada. No deseaba pelear y la convencí para ir hasta la panadería. Era domingo y a esas horas ya estaba cerrada hacía rato, y hasta el martes a la madrugada sería toda para nosotros.

Me costó. Al inicio no quería, no entendía el sentido, deseaba terminar la velada allí y basta. No podía permitirlo.

Vamos niña, que no te pongas así, que sólo quiero cuidarte... –le decía mientras entrábamos al local. Tú sabes que me he enamorado de ti... que haría lo que fuera por ti...
Mario, por favor... termínala ya... –dijo con cierto fastidio y mirándose alrededor. Creo que esto ha llegado demasiado lejos.
¿Lejos? –pregunté perplejo. Pero si esto apenas ha iniciado mi niña.
Odio que me llames así... –dijo dándose la vuelta. No soy tu niña, soy una mujer adulta y libre... ya te lo he dicho Mario, ya he pasado por muchas y no volveré a cometer ciertos errores, no deseo enrollarme, ni contigo ni con nadie...
Pero ¿qué dices dulzura? –le dije mientras me acercaba para abrazarla. Te he dicho, te amo y nada ni nadie podrá separarnos.
Basta Mario... –y trató de soltarse de mis manos que la sujetaban con fuerza por los brazos. Tú no estás bien... apenas nos conocemos y hemos salido unas cuantas veces, pero nada más... ni amor ni nada... esto acaba aquí... creo que me marcharé, he siempre querido vivir en la playa...

(...)

No recuerdo exactamente qué pasó después. Todo había sido sólo un mal entendido. Ella no se daba cuenta cuánto la amaba, y yo sólo deseaba cuidarla.

Habían pasado unos meses desde aquella noche. A último momento había decidido cerrar la panadería y tomarme unos días de vacaciones. Ya de madrugada, apagué los hornos y le dejé un mensaje en el celular a la señora que me ayudaba en el local.

“María, me tomaré unos días de descanso, los necesito como me dice siempre usted. No se preocupe por nada, he dejado todo limpio en la panadería. Me iré a la casa del mar. Nos vemos a la vuelta.
Mario.”

Y hoy, entrando a casa sentí su ausencia. Ella, que aún sin quererlo, lo había sido todo, que todavía hoy era todo para mí, me hacía falta. Pero yo no me equivocaba, nada ni nadie podría separarnos porque yo la amaba, la amo. Sonreía mientras pensaba en ello y agregaba un poco de mi arena especial a la pequeña pecera marina. En definitiva, a ella le gustaba el mar y ¿qué no haría yo por hacer feliz a mi niña?





(Este relato pertenece al Reto: "Fuego en las palabras" del mes de Mayo;
blog "Crónica de la loca que cazaba nubes"... te invito a visitar el blog y su dueña, Rebeca.)

domingo, 9 de septiembre de 2018

Se miraba las manos. La tierra se había mezclado con la sangre, cubriéndolas de una manera que parecía imposible lavarlas. Pero debía hacerlo, no podía detenerse ahora. Debía terminar con todo eso. Con el agua fría, la sangre volvió a brotarle de debajo de las uñas. Porque sí, la sangre era suya; se había herido al terminar de excavar. Había olvidado qué dura podía ser la tierra de allí donde había decidido enterrarlo. Sin embargo, no podía ser en otro lugar, y no podía haberlo hecho ningún otro. Ahora estaba sola, definitivamente sola. Las lágrimas comenzaron a rodar por su rostro.

Hacia ya algunos años que Pedro había decidido marcharse. Luego de todo lo vivido, lo compartido juntos. Él había dicho que no era allí donde deseaba estar. No era su “lugar en el mundo”. Que irónico le resultaba recordar sus palabras. Le había pedido de seguirlo en nombre del amor entre ellos; pero no, no podía. No hubiese jamás podido abbandonarlo. Él no lo hizo.

Aún recordaba cuando había llegado a esa cabaña, en medio a las montañas; creyendo que ya nada, nadie le quedaba. Y allí estaba él. Tan serio, tan duro en sus modos, tan acostumbrado a vivir solo. Que hubiera podido negarse a que ella se quedara; hubiera podido enviarla lejos, a la capital, darla en adopción. Pero no lo hizo.

Él le había dado la única cosa de valor que un ser necesita: amor. Entonces, ¿cómo hubiese podido ella dejarlo a su suerte por correr detrás de Pedro? No, no hubiese podido jamás ser tan egoísta. No con él. No con quien la había hecho ser la mujer que era. No con su abuelo. Menos sabiendo que él estaba enfermo, muriendo.

Él no se lo había dicho, pero ella lo supo. Hacía meses que ya no era el primero a levantarse; y sus pasos se habían vuelto pesados. Su espalda ya no era tan rígida, como si de repente llevara el peso de una vida sobre ella. Cuando Pedro se marchó, vió la angustia en su mirada. Le dolía, sabía lo que había entre ellos. Lo había visto nacer y crecer todos estos años. Desde el primer día que Heidi había llegado allí y se había encontrado con Pedro, supo que terminarían juntos. Y ahora él era una carga para ella, aunque ésta lo negara repetidamente.

Pocos meses después, él ni siquiera salía de la cama; y era Heidi a encargarse de todo. En primer lugar de su abuelo. Pese a los dolores, que ya no le daban tregua, y éste se negaba a que llamara a un médico. Se había pasado una entera existencia a no tener nada que ver con ellos, -y con nadie más, a decir verdad-, que no iniciaría ahora que ya nada podía hacerse. Su temor era que convencieran a Heidi de internarlo en alguna clínica de la capital; y así morir en el único sitio en el que deseaba hacerlo.

Los dolores se habían vuelto insoportables. Había adelgazado tanto que sobre la cama padecía la sombra del gran hombre que había sido. Sin embargo, el corazón se resistía a dejarlo marchar.

Una noche, en uno de esos pocos momentos de lucidez que aún le dejaba la enfermedad, se lo pidió. Ella lloró todas las siguientes horas, pero cuando llegó la mañana, se secó las lágrimas, se levantó y le preparó la taza de leche caliente. Le agregó una segunda cucharada de miel para disimular el sabor. Lo ayudó a tomarla, y permaneció a su lado hasta el final; sosteniendo su mano.

(Este relato pertenece a los "52 retos de 'El libro del Escritor'".
Es el número 19: Piensa en tu personaje de infancia favorito, y haz que haya cometido un asesinato.
Describe cómo ha llegado a matar.)

miércoles, 30 de mayo de 2018

Me detengo a pensar ¿cuánto cuesta la libertad?, ¿cuánto ha costado al ser humano el derecho a expresarse?

Desde el inicio de los tiempos, el hombre ha matado al hombre. No por hambre, no por necesidad, no por pasiones, simplemente por ambición. Ambición de poder. Ninguna muerte es justificable, ninguna. Sin embargo, creo que podríamos comprender aquellas cometidas por actos de locura; movidas por borrascosos amores; o, en el improbable caso de supervivencia. Pero ¿los asesinatos por imponer una ideología?, ¿por el mero hecho de doblegar a otro a principios e ideales que no comparte?; ¿por supremacía? No. No es comprensible; no es justificable; no es mínimamente admisible. Sencillamente no. Bajo ninguna circunstancia, y bajo ningún pretexto.

“Una muerte es una tragedia; la de millones, una estadística”. Una cita que se le adjudica nada más y nada menos que a Iosif Stalin. Este dictador soviético, que fue el responsable de veinticinco millones de muertes aproximadamente, sin contar todos las otras consecuencias de su comando. Pese a ello, no es el peor (¿o debería decir el mejor?). Adolf Hitler fue el responsable directa e indirectamente de casi cuarenta y dos millones de muertes; y, bajo el régimen comunista en China, en manos de Mao Zedong, las muertes alcanzan hasta aproximadamente setenta millones. ¿Es necesario hablar de Benito Musolini en Italia, o de Franco en España?, ¿o basta mencionar a "Tito" en la ex Yugoslavia?; ¿o enumeramos las dictaduras en sudamérica y sus cientos de miles de “desaparecidos”? No, no creo haga falta, porque estaríamos haciendo estadísticas, y una tragedia, una sola muerte, es un precio demasiado alto por la libertad de poder decir, de poder gritar, aquello que se piensa, aquello que se siente, aquello en lo que se cree.

Sé que estas letras no son un relato, y tampoco cumplen con el objetivo del reto, pero me resulta imposible hacer ironía con ciertos temas; éste es uno. Y, sinceramente, tampoco me interesa aprender a hacerla. Por respeto a toda esa estadística; a cada una de esas tragedias.

(Este (no)relato pertenece a los "52 retos de 'El libro del Escritor'".
Es el número 26: ¿Qué pasaría si un dictador de tu elección fuera en realidad, el bueno?
Intenta ofrecer un relato irónico -por favor- sobre cómo se defendería ante el mundo.)

domingo, 11 de marzo de 2018

Allí estaba, otra vez en ese bar. Observándolo mientras entraba y se sentaba frente a mí. Su clase, sus modos. Habían pasado algunos años pero él continuaba a ser un hombre de apariencia fascinante. Tenía ese no sé qué por el cual las mujeres, sin importar la edad, giraban la cabeza. Y ese había sido el comienzo de todos los problemas. Su porte; ese modo todo suyo de ser siempre dueño de la situación, de hacer que una mujer se sintiera una princesa, pero poniéndola a sus pies.

Me había costado unos meses acercarme a él. Debí tener mucho cuidado, nunca me gustó ser yo la del rol de cazadora, y con él menos que menos. Pero debía ponerme en situación de ser su botín. Sabía sus gustos, sabía sus debilidades, sabía con qué podía tentarlo, seducirlo. Sólo debía ser yo. Sólo debía ser lo que había sido ella.

Una mirada atrapante, profunda. Una mente curiosa, inquieta. Una pizca de inocencia en esa sonrisa tímida. Y el cazador fue cazado. Agradecí no notara el parecido y su falta de memoria auditiva. Ahora estaba allí, delante mío, desplegando todos sus encantos, mientras le sonreía, no por el instante, sino por lo que sabía que vendría.

Me invitó a su departamento, finalmente. Acepté, entre complacida y repugnada. Entraría allí, donde todo había iniciado, donde todo había terminado. Sus manos quitaron cada una de mis prendas de forma magistral, como seguramente había hecho con ella. Estaba excitada, sabía que en poco apagaría mi hambre, mi sed. Tomó unas esposas, unas de las cosas con las que le gustaba jugar. Lo miré fijo, y él cambió la oscuridad de mi mirada por pícaro atrevimiento. Lo excitó mi osadía, su erección me lo decía, y se dejó hacer.

Lo esposé al cabezal de la cama. Allí, donde tantas otras veces había sido otra la presa. Donde ella lo había sido. Ya no se lo veía tan poderoso.

Con estos jueguitos una niña podría enamorarse... –dije mientras la suave piel de mis muslos rozaba su vientre.
Que suerte que tú no eres una niña entonces... –respondió sonriendo de lado.

Aún se sentía muy seguro. Entonces le vendé los ojos, me apoyé a su pecho y lo besé. Necesitaba que confiara, no podía arriesgarme a ninguna duda.

Tienes razón, hoy estoy yo en tu cama, y no una niña... –susurré en su oído. Pero no siempre ha sido así, ¿o no?
¿De qué hablas? –murmuró. ¿No estarás celosa?
¿Celosa? –casi me reí a carcajadas, más por los nervios. No, no son celos, es certeza. Certeza que nunca te ha importado quién metías en tu cama, ni qué sentimientos despertabas...
¿De qué carajo hablas? –decía mientras empezaba a moverse debajo de mi cuerpo.
Hablo de una niña a la que enamoraste... por la cual hiciste de todo para meterla en tu cama... por capricho, por sacarte el gusto... sin importarte nada... –continuaba a decirle mientras él ya se lastimaba las muñecas. Y esa niña te creyó... creyó en tus palabras... y vos la envolvistes en tus perversiones, en tus juegos... ni siquiera te frenaste cuando te advertí...
Suéltame... no sé de qué hablas... –no lograba gritar, o no quería; moviéndose tanto, se quitó la venda de los ojos, y por un instante, vi su sorpresa. ¿Me advertiste? ¿Cuándo?
Esa niña te creyó y se involucró... esa niña no se dió cuenta que para vos era todo un juego... y busqué tu número y te llamé... te advertí que ella era una niña, y se estaba enamorando... te pedí de no herirla... pero no te frenaste... –mi voz era tan fría como la sangre que me corría por las venas y no me detuvo ni siquiera el terror de su mirada delante de la navaja que ahora tenía en mis manos. Por eso te digo que es certeza... certeza que te he advertido, y que te he dado tiempo... pero no me has escuchado... y todo se transformó en dolor... el dolor de esa niña que se sintió usada, dejada... un dolor que llevó a esa niña al abismo, a la desesperación... y mi dolor, por no poder ayudarla, rescatarla, salvarla... mi dolor cuando la perdí, cuando perdí a mi niña...

Y mientras el filo cortaba su orgullo, y mis manos esta vez se mojaban del rojo de su sangre, volví a acercarme a su oído.

Esta vez no olvidarás mi voz, porque será lo último que oirás... –el rostro de mi niña en sus últimos minutos cruzó por mi mente. Tendrías que haberme escuchado... tendrías que haberme creído... te lo advertí, yo por mi hija mato...

(Este relato pertenece a los "52 retos de 'El libro del Escritor'".
Es el número 20: Un relato que acabe "Yo por mi hija mato".)

jueves, 1 de marzo de 2018

24 Retos de Lectura - #04

Reto 4:
Azul, tu libro tiene que ser azul. En el tono que sea, pero que la portada sea de color azul.
Elección: “Brújulas que buscan sonrisas perdidas”, de Albert Espinosa

Sinopsis:
“Jamás nos mentiremos... Escúchame bien, eso implica algo más que ser sincero... En este mundo mucha gente es falsa... Las mentiras te rodean... Saber que existe un archipiélago de personas que siempre te dirán la verdad vale mucho... Quiero que formes parte de mi archipiélago de sinceridad...
Saber que puedes confiar en la otra persona, que nunca te mentirà, que siempre te dirá la verdad cuando se lo pidas, no tiene precio... Te hace sentir fuerte, muy poderoso...
Y es que la verdad mueve mundos... La verdad te hace sentir feliz... La verdad creo que es lo único que importa.”

Nunca había elegido un libro por el color de su portada, y no fue fácil, porque debían coincidir lo que se me pedía con el que despertara mi interés. De repente encontré “Brújulas que buscan sonrisas perdidas” y fue instantáneo... tenía que leerlo.

Un libro que habla de segundas oportunidades. El protagonista, un hombre ya adulto, con sus historias, sus dificultades, hace retorno a la casa familiar para cuidar de su padre enfermo. Un padre que no ha sido de los mejores, un padre que por muchos motivos, lo ha marcado, un padre que él pensaba haber dejado en su pasado cuando abandonó esa misma casa a la que ahora regresa.

Un libro con un lenguaje íntimo, claro, directo. Una narración que te invita a reflexionar costantemente, a bucear en un profundo mar de emociones. Un libro que no podés perderte.

“(...) Que si el cuerpo come cosas que no son sanas y las convierte en velocidad y en energía... el alma puede llegar a hacer lo mismo con las malas experiencias del corazón. Que de todo eso se puede aprender... (...)”

A la próxima!

(Nota: la sinopsis fue sacada del sitio: megustaleer)

domingo, 25 de febrero de 2018


Habían pasado semanas y aunque le producía dolor, debía hacerlo. Abrío el cajón dentro su armario, donde él guardaba su ropa cuando se quedaba en la casa. Tenía miedo, no sabía si estaba preparada para dejarlo ir.

Ella no era de preguntarse los porqué; aún así, todo le quedaba latiendo en el pecho, dándole vueltas en la cabeza. Todo había sido tan de repente. Tiempo. Eso era lo que les había faltado, tiempo.

Tomó la valija roja, esa que él le había comprado para el viaje a Europa, ese que no habían podido hacer. Podía recordar sin dificultad cada una de sus palabras cuando se lo propuso. Las caminatas por las callecitas de Paris que tan cuidadosamente había planificado. Y el paseo en góndola por Venecia que ella dijo no podía faltar.

Una a una quitaba sus prendas y las colocaba en la valija. Y allí, en el fondo del cajón, la encontró. Su camisa, llena aún de su perfume, la llevó a esa noche. Esa noche en la que en sus brazos dejó caer las apariencias, ya no le importó qué podían pensar o decir. Y bailaron; bailaron sin vergüenza, al ritmo de esa melodía que luego los llevó entre las sábanas. Ella cerró los ojos, aspiro su camisa, y volvió a sentir sus caricias recorriéndola. Llevó sus propias manos al cuello, allí donde él había dejado tatuados sus besos. Aún temblaba, aún le quemaba la sangre cuando sus labios pronunciaban su nombre.

No lo había podido retener. No había sido su culpa, sabía que él hubiese querido seguir, pero el impostor ganó la batalla. Y les había faltado tiempo. Tiempo para tantas y tantas cosas. No, no lo había podido retener, pero sí se quedaría con su camisa; porque aún no podía, no estaba lista para dejarlo ir del todo.



(Este relato pertenece a los "52 retos de 'El libro del Escritor'".
Es el número 12: Esta semana toca un relato con una canción
o poema como tema central de tu texto.
Canción elegida: "No te pude retener", Vanesa Martin.)

domingo, 11 de febrero de 2018

Se despertó en mitad de la noche, sin saber muy bien porqué. El silencio lo rodeaba. Miró hacia el lado izquierdo de la cama, el lado de ella; allí estaba su taza de té y el libro que aún no terminaba. No recordaba el motivo, pero se encontraba solo. Se alzó, y fue hasta el cuarto de su niña; ella tampoco estaba.

La calma, de repente fue rota por un estruendo tremendo. No veía nada, sólo había escuchado el ruido a vidrios rotos. Como un autómata, sus pasos lo llevaron al garage. Lo encontró abierto. Nada parecía fuera de lugar, a excepción del peluche favorito de su hija. Estaba en el suelo, en la entrada, manchado de sangre. No comprendía. Sin pensarlo tomó las llaves de su camioneta y salió a buscarlas, debían estar juntas. Debían. Tenía que haber una explicación. Pensó en ir a la policía pero, ¿qué les diría?. No sabría explicar qué sucedía. Y ellos no lo ayudarían a buscarlas.

Las calles estaban congeladas, nada atípico para ser invierno. El sol comenzaba a despuntar, pero era demasiado débil, no podía contra la persistente niebla que cubría todo. Estaba solo. Parecía que el pueblo se hubiese vaciado. Por ello notó enseguida el vehículo que había comenzado a seguirlo. Se mantenía a una cierta distancia, pero no le perdía de vista ni un momento.

No sabía cuánto tiempo llevaba manejando, se sentía cansado, por momentos los ojos cedían y se cerraban. Pero cada vez que miraba al espejo retrovisor, distinguía las luces del vehículo que lo seguía. Aún estaba allí. Pensó en detenerse y afrontarlo; pero no podía perder tiempo, necesitaba encontrar a sus mujeres.

Tomó el camino hacia la montaña y comenzó a subir. Ya no sabía dónde buscarlas. Aceleró, a pesar que las condiciones climáticas no eran las mejores para conducir así. Será por eso que no lo vió, no vió nada delante de él. Pero chocó, y perdió el control de la camioneta. Cayó por el barranco. Dió un par de vueltas, el golpe contra los pinos paró la caída al abismo. No sabía cuánto tiempo estuvo inconsciente, despertó con la voz de un desconocido.

Señor... señor... tranquilo, han tenido un accidente... –continuaba a repetir el hombre. Ya está llegando la ayuda.
Tengo que buscar a mi mujer y a mi hija... –escuchó su propia voz pronunciar esas palabras como sonidos ajenos.
Tranquilo... ya llegan a ayudarlos... estarán bien... –no comprendía porqué usaba el plural.

Giró la cabeza hacia atrás y vió la rama de un árbol atraversando la camioneta; faltaba la puerta. Miró por el espejo de lado, y notó la nieve manchada de rojo sangre. No podía ser de él, pero ¿de quién más? ...él iba solo en la camioneta.

(...)

Se despertó en mitad de la noche, sin saber muy bien porqué. El silencio lo rodeaba.

(Este relato pertenece a los "52 retos de 'El libro del Escritor'".
Es el número 10: Describe una pesadilla que hayas tenido, pero en tercera persona.
Y sin expresar sentimientos. Ahhh...se me olvidaba: es de terror.)

domingo, 21 de enero de 2018

“Sé que has sido tú... siempre has sido tú.”

Lo único que decía esa nota; ese estúpido e insignificante pedazo de papel que encontró una vez más en medio a sus pertenencias. Era la cuarta vez que le sucedía ese mes. Miró a su alrededor, mientras cerraba el puño con el anónimo dentro. Nadie. No veía a nadie, ni lograba escuchar algún sonido. Se apresuró a esconderlo en el bolsillo de su pantalón, no correría el riesgo de arrojarlo al cesto y que alguien lo encotrara. Terminó de guardar sus cosas, alzó los cinco cuadernos que corregiría esa noche y se dirigió hacia el patio. No entendía qué era todo ese alboroto en el centro del recreo. Y se asustó cuando escuchó a dos de sus colegas gritar que llamaran a la policía. Como pudo, se abrió paso entre el grupo de los más grandes, hasta que llegó donde todos miraban sin poder apartar la vista. Por un instante la sangre se le congeló en las venas, se petrificó frente al espectáculo que había delante de sus ojos, y sin darse cuenta, dejó caer todo al suelo.

Vió a Ana correr hacia allí con un pedazo de tela en la manos, y cubrir el cuerpo de un niño. Sin ser consciente de sus movimientos, sus pasos lentamente se acercaron al centro del patio; y lo reconoció. Reconoció los rubios cabellos de Matias, y su mano, con ese brazalete de cuero que él mismo le había regalado luego de la tarde pasada juntos. No podía ser real, no nuevamente. No era posible encontrarse otra vez en esta situación.

Veinte años atrás, cuando él mismo no era más que un adolescente a punto de terminar su liceo; formaba parte de una colonia. Acudían niños los cuales sus padres trabajaban y no podían ocuparse de ellos. Él les ayudaba con las tareas escolares, y actividades lúdicas. Fue allí que descubrió su vocación. Pero todo terminó una mañana, cuando llegando al centro lo encontró cerrado, y su viejo profesor acompañado por dos policías, era llevado de allí sin más explicaciones que una mirada fúgaz, y cómplice. Él sabía no eran ciertas las acusaciones, lo sabía bien; pero no entenderían. Nadie podría entenderlo. Por eso calló. Y ahora la misma pesadilla. Un horrible deja vù. Sólo que esta vez no podría marcharse de allí como si nada hubiese pasado. Esta vez estaba solo, nadie pagaría por sus pecados. Sobre todo, porque alguien sabía, lo había visto, visto dentro. Y había llegado la hora de enfrentar a los monstruos, de enfrentarse con él mismo y lo que había hecho.

(Este relato pertenece a los "52 retos de 'El libro del Escritor'".
Es el número 13: Alguien le deja anónimos a un profesor de primaria.
Aparece el cadáver de un niño en el patio, narra qué ha pasado.)

viernes, 1 de diciembre de 2017

#VDLN - 72

Para ciertas luchas, todos los días deberían ser el "día D"
(haz click sobre la imagen para saber más sobre el tema...)

domingo, 5 de noviembre de 2017

El Club de los 5: Noviembre


  • Serie: "Vikings"
Vikings es una serie canadiense de género histórico. Está ambientada en el siglo IX d.C. y cuenta las aventuras de un guerrero vikingo: Ragnarr Loðbrók.
Originalmente, esta serie fue creada como "miniserie", pero su éxito fue tal, que han hecho 4 temporadas ya transmitidas.

  • Libro: "Que la muerte te acompañe"
Un libro de Risto Mejide, del cual no conozco demasiado para ser sincera. Lo que sí sé es que es un personaje con muchos contrastes, como los tiene el mismo libro. Una historia original, con la cuota de sarcasmo necesaria para que resulte interesante. Un final que sorprende... aunque no siempre esto es positivo. Y la pregunta es: ¿vos hasta dónde irías por amor?

"(...) Enamorarse es fuego. Un proceso que todo lo quema y todo lo consume, sobre todo a quien lo profesa. Como toda autocombustión, afortunadamente no dura para siempre. Nadie sobreviviría mucho tiempo a esa ceguera, a esa falta de cordura, a esa cerrazón. Pero tampoco sabríamos cicatrizar sin haberla sufrido nunca. ¿Quién no ha sido nunca pirómano por amor? ¿Quién no ha fingido poder controlarlo? ¿Quién no ha negado lo que era evidente? En esta hoguera de las banalidades, la madera que más prende es la fantasía, las llamas se tiñen todas de rojo pasión, el humo que nos ciega resulta extremadamente tóxico, y hay que andarse con ojo, pues los celos son sus cenizas. Estar enamorado, en cambio, es aire. Oxígeno. Inspiración. Llenar el corazón de sangre nueva. Sacarlo a tomar el fresco. Abrir sus ventanas y dejar que corra el aire, que entre la luz. Todo huele a nuevo, a necesario, y a conveniente. En esta apartada orilla se respira mucho mejor, dónde va a parar. Como toda brisa, al principio es totalmente inofensiva, pero si se nos va de las manos y dejamos que venga racheada, puede estar anunciando tormente o incluso acabar en huracán. Por eso es importante que se levante con cierta frecuencia a un ritmo constante, lindo y suavesito. Que empuje, sí, pero que no despeine. Querer es tierra, posesión y pertenencia. Delimitación, frontera y exclusión. O quieres conmigo o quieres contra mí. Hectáreas de deseos mezquinos y egoístas. Por eso es peligroso querer mucho y sin control, porque aquello que quieres, tarde o temprano, te acabará poseyendo. Las vallas son muy frequentes cuando se quiere así. Rígidas normas y controles de seguridad, vigilancia veinticuatro horas en forma de leyes morales y miedo, mucho miedo a perder lo que uno tiene. Lo que a este amor le falta es justo lo que lo acabará estrangulando: su libertad. Por eso, amar es agua. La combinación estable y perfecta entre la energía del hidrógeno y la vida del oxígeno. Unidos pero flexibles. Cohesionados, pero adaptables. En otra palabra, contradictorios. Fluir sin voluntad de correr, liberar con intención de atrapar, vivir el futuro como si acabase ayer. Peligros, todos los que te puedes imaginar: la tensión superficial, que mantiene una impermeabilidad ficticia; las corrientes, que nos pueden arrastrar sin darnos cuenta adonde no queremos estar; y la temperatura de ebullición, porque aunque no lo parezca, si te descuidas, también esto puede hervir...y evaporarse. (...)"

  • Descubrimiento: "Jigsaw de Microsoft"
Siempre me gustaron los puzzles, los rompecabezas, y mientras más piezas mejor. Más allá de lo que se pueda pensar, me relajan, porque me concentro sobre eso y no existe nada más. Pero por cuestiones de espacio y económicas, no compro todos los puzzles que me gustarían... porque cuando lo armo una vez, no lo hago una segunda, es como que pierdo el entusiasmo. Y entonces descubrí "Jigsaw" y ya los hice casi todos... si te gustan los puzzles, tenés que probarlo.

  • Trailer: "Gifted"


  • Cita:
"Porque nadie muere mientras permanece vivo en el corazón de alguien."
(Autor desconocido)


Hasta la próxima!

lunes, 7 de agosto de 2017

Cerró su puerta, dió la vuelta y subió al auto. Se miró en el espejo retrovisor, se peinó el pelo con las manos y volvió a poner en marcha.

A veces me haces enfurecer, juro... –continuaba a decir Francesco. Pero te amo, por Dios si te amo, cucciola.

Su mano se deslizaba por la rodilla de Nadia, mientras conducía sin una destinación precisa. No tenía ni idea dónde ir ni qué hacer. Era tarde, ya eran algunas horas que había pasado la medianoche. Sin embargo, Francesco miraba a su novia, sentada a su lado y pensaba que estaba tan bella como siempre. El exagerado calor de estos días hacía que ella vistiera ligero, demasiado para el gusto de él.

De verdad no creo sea como dices tú, Nadia... –dijo Francesco en tanto que bajaba la ventanilla de su lado y encendía un cigarrillo. No son celos, ni yo te considero mi propiedad como tú dices. Pero soy más grande y con más experiencia, y sé cómo piensan las muchachos de tu edad. Seguro que ese amiguito tuyo creía poder decir así porque tú en cierta forma lo has permitido, le has dejado pensar que tenía alguna posibilidad contigo...

Ya se veían las primeras luces del día. Francesco no se había detenido en toda la noche, tampoco su temblor. Se rompió en llanto.

Te juro cucciola, te juro que nunca quise llegar a esto... –pronunciaba mientras las lágrimas corrían por su rostro. Pero te amo y no puedo soportar que me llames maníaco posesivo, que digas que soy un enfermo de celos, o que lo mío no es amor, sólo porque a veces alzo un poco la voz pero es que...

Francesco no podía más. Detuvo el auto frente a la comisaría, con Nadia a su lado. Mejor dicho, el cuerpo sin vida de ella. La había estrangulado horas antes, en un acto irracional y sin ningún tipo de justificación, menos en nombre del amor.


(Este relato pertenece a los "52 retos de 'El libro del Escritor'".
Es el número 13: Escribe un relato inspirado en una noticia que hayas leído esta semana.
Ésta es la noticia -haz click si deseas leerla-.)

domingo, 11 de junio de 2017

Habían pasado apenas unas pocas horas y ella estaba decidida a ir a buscarlo, sin importarle los riesgos ni las consecuencias. Nadie había podido darle una explicación de lo ocurrido y ella no se resignaría. Nunca lo había hecho, no sería ésta la ocasión para comenzar.

Juntaba unas pocas pertenencias, no tenía idea de cuánto le llevaría el viaje. Mientras, recordaba el día en que lo vió nacer. Se había pasado toda la noche entre dolores, hasta que finalmente, al surgir del sol, él vino a la luz y se lo apoyaron en su pecho. Ya desde ese inicio tuvo que luchar por su lugar. Su padre no quiso reconocerlo y ella se encontró sola con todo, y contra todos. Pese a ello, él había nacido con la sonrisa pegada en el rostro, y su destino marcado en la piel. Creció del mismo modo, con infinidad de carencias, pero no de amor; para eso estaba ella. Mientras ella estuviese, a él no le faltaría nada. Por eso no entendía qué había pasado, si ella no se había jamás ausentado. ¿Dónde era que se había equivocado? ¿Cuáles eran las señales que no había sabido interpretar? Necesitaba respuestas. De otro modo no sería capaz de continuar. Y él era el único que podría dárselas. Por eso no importaba hasta dónde debiera ir, pero llegaría a obtenerlas o moriría en el intento.

Mujer... ¿sabes a dónde vas? –escuchó una voz a su espalda en el momento que cruzaba el umbral de casa, rumbo a emprender su camino. No es casualidad si allí se esconde hasta el sol.

Su mirada estaba allí, en ese punto, al oeste, porque en el oeste se encontraban las ciudades de los muertos. Y porque una madre llegaría hasta donde sea para que alguien le explicara la razón de semejante pérdida.


(Este relato pertenece a los "52 retos de 'El libro del Escritor'".
Es el número 5: Usa la frase 'en el oeste se encontraban las ciudades de los muertos'
para hacer una compasición creativa.)


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