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jueves, 21 de mayo de 2020

¿Cuándo ha sido el primero? ¿Te acuerdas?

Sí, obvio que me acuerdo. El primero fue cuando debía volver a mi casa y vos no querías. Me pediste que me quedara con vos, te quitaste la cadenita del cuello con aquella medalla que aún conservo.

Era fácil, las primeras veces no se olvidan.

Pues yo también recuerdo la segunda; la tercera; la cuarta... y la vez que decidiste volver, que me elegiste. También aquella en la que angustiada te conté lo que pasaba y me dijiste que era la mejor noticia que podía darte. Recuerdo la vez que te ví con ella en los brazos y me dijiste: “gracias”. O la vez que me sorprendiste con aquella canción que escribiste para mí y la cantaste por la radio. Recuerdo todas y cada una de las veces. Aquellas después de pelear como gatos –y es que yo soy tremenda cuando me enfado, lo sé– y todas las veces luego que dabas “el brazo a torcer”, demostrándome que yo soy más importante que tener razón. O una de las últimas, cuando después de tanta espera lo hice aliviada y feliz sobre tu pecho. Porque soy una mujer de buena memoria y porque ¿cómo podría olvidar veintisiete años de encuentros y desencuentros; de búsquedas y hallazgos; de aciertos y errores; de construcción constante? ¿Cómo podría olvidarme del amor y de todas las veces que éste me ha hecho suspirar? ¿Cómo? No podría. No deseo hacerlo. Quiero continuar a sorprenderme, a emocionarme, y a suspirar. Como esta mañana, cuando pensé lo habías olvidado y, con un beso y un simple “feliz aniversario, te amo” susurrado sobre los labios, has hecho que yo suspire de nuevo.






(Este microrrelato pertenece a los "Relatos Jueveros"
y esta semana la convocatoria fue hecha por Mónica desde su blog: "Neogeminis".
Te invito a leer el resto de los participantes aquí!)

jueves, 26 de marzo de 2020

Metamórfosis


En el momento que entró a la habitación y lo vió, todo desapareció y volvió a aquel fin de semana de algunos meses atrás.

A última hora se había decidido y comprado los pasajes del tren. Ale como siempre tenía trabajo por hacer, para adelantar. Ella ya no estaba segura que eso le molestase, era mucho tiempo que ella y Ale no compartían más que silencios incómodos y  sexo rutinario. Tal vez fue por eso, o por el aburrimiento, pero no pensó demasiado cuando se inscribió a esa chat. Sólo deseaba que alguien la escuchara.

Así fue que lo conoció a él. Al principio había sido raro, como que ninguno de los dos confiaba en el otro. Cuando ella le preguntó el nombre, él se limitó a decir: “Puedes llamarme Sandro” y ella pensó que no sería su verdadero nombre. Entonces tampoco le dijo el suyo. Pasaron semanas hasta que comenzaron a relajarse y conversar realmente. Se daban los ‘buenos días’, como un ritual mágico para enfrentar mejor la jornada. Se contaban desde los detalles más banales hasta las intimidades más inconfesables. Así y todo, había un límite invisible; sin decirlo con todas las letras, habían entendido que ambos tenían pareja, que si bien amaban, algo no estaba funcionando. Por eso ella se sorprendió cuando él propuso de encontrarse. Se negaba a creer que todo no fuera más que un simple deseo hacia lo nuevo, lo desconocido, lo prohibido. Pero aquel viernes, cuando por enésima vez Ale permanecía ajeno a ella, refugiándose en un trabajo que ambos sabían podría esperar; se decidió y le dijo que sí. Al fin y al cabo era sólo un encuentro, un café sin compromiso a ninguna continuación que no se deseara.

Debió admitir que se desilucionó cuando Sandro no le propuso esperarla en la estación central, sino hacerlo en un bar anónimo en el centro de aquella ciudad que ella conocía tan bien. Había optado por el mismo hotel de siempre, y fue allí que se dirigió primero; dejaría el pequeño bolso y la ansiedad, si era capaz. Tomó el metro hasta el centro y lo esperó en aquella esquina pensando si lograría reconocer. Ninguno de los dos había querido enviarse fotos, no las creían necesarias, no buscaban algo físico por lo cual poco importaba cómo tenía el cuerpo. ¿Sería verdad eso? ¿Y entonces por qué estaba tan nerviosa? Los minutos pasaban y él no llegaba. Y, ¿si él la hubiese reconocido y se hubiese marchado? ¿Qué haría? No quería pensarlo. Pidió un tè, le daría más tiempo para pensarlo, esperarlo.

No llegó. Y ella se sintió tan tonta. Pagó la cuenta y caminó sin rumbo, por suerte la ciudad siempre ofrece mil distracciones. Le sonó el móvil en el bolsillo. Un mensaje de Sandro que le advertía, tarde, que por un contratiempo de último momento no podría acudir a la cita. Lo remetió en el bolsillo sin siquiera responder. En un impulso, para no pensar más, entró a una muestra de arte. Y fue justo cuando se detuvo frente a ese cuadro que la estremeció y serenó a la vez, que decidió responderle.

Fue su último mensaje. Luego canceló también su cuenta de chat. Al otro día volvió a casa, a su vida de siempre pero con la convicción de que algo debía cambiar. No buscó fuera, reconstruyó dentro. Y ahora, ahora que todo finalmente era como siempre había deseado, ese cuadro la llevaba a un punto que creía haber olvidado.

Ale... Ale... Alessandro... –él desde la cocina no la escuchaba.

Eyyy... ¿qué pasa? –preguntó Ale mientras entraba al cuarto y la abrazaba por la espalda.

¿Y ese cuadro? –tenía miedo de girarse y verle a los ojos. ¿De dónde ha salido?

¿Te gusta? –susurró. Hace unos meses me hablaron de él, y cuando lo ví, simplemente me enamoré... otra vez.

Ninguno de los dos se movió, ni dijo más nada. No hacía falta.

"Metamórfosis de ángeles en mariposa", Salvador Dalí (1973)

(Este microrrelato pertenece a los "Relatos Jueveros"
y esta semana la convocatoria fue hecha por Mağ desde su blog: "La Trastienda del Pecado".
Te invito a leer el resto de los participantes aquí!)

sábado, 25 de mayo de 2019

Se subió al auto sin pensarlo demasiado, y antes de ponerlo en marcha, controló por enésima vez el maquillaje, ahora en el espejo retrovisor. Se preguntaba en qué momento había tenido la brillante idea de volver, ¿a caso no se encontraba bien ella así como estaba? Pero le había dicho a él que lo haría, se lo había prometido, y si algo siempre le había gustado, era cumplir con su palabra.

Arrancó; no eran demasiado los kilómetros que la separaban de aquella casa, pero tampoco deseaba encontrarse en medio al tráfico de aquellos que elegían salir a pasear un domingo a la mañana. Él le había contado que todo era prácticamente igual, las mismas costumbres, las mismas tradiciones. Aunque no había profundizado mucho sobre el tema, como si él evitara ponerla de frente a la realidad. Pero no hacía falta, ella ya sabía lo que encontraría. Imaginaba ya el rostro de su tía cuando abriera la puerta de la casa. No lo creería. Después de todos esos años, diecisiete para ser exactos, donde sólo había reinado el silencio. Ella no le había contado ni a su madre que pensaba volver, y es que sentía que no lograría comprenderla. Hacía ya tiempo que había dejado de librar batallas que no eran suyas, y mucho menos, continuaría a combatir enemigos ajenos. Estaba preparada; preparada para los reproches, al fin y al cabo, serían los de siempre, segura que eso tampoco había cambiado. Le parecía ya oír esa voz que marcó su infancia, diciendo lo egoísta que era; que con qué coraje se presentaba allí hoy y, sobre todo, para qué, qué buscaba.

El paisaje de los costados de la autopista continuaba a pasar como si nada y ella probaba a respirar para serenar toda la agitación que comenzaba a invadirle el cuerpo. Cada tanto se cruzaba con imágenes de todo lo que había sido y no podía dejar de preguntarse cómo había llegado a tanto. En definitiva, había sido ella a dar el portazo y alejarse lo más posible. Y ahora volvía. Es que diecisiete años no son pocos; ella había crecido, había vivido tantas cosas y aprendido que, tal vez, no todo era blanco o negro. Ya no era esa veinteañera rebelde, que quería llevarse el mundo por delante y que estaba segura de poder lograrlo. Ahora era una mujer adulta, y una que necesitaba cerrar ciertos círculos. No pretendía disculpas de nadie, no era eso. Sabía que los errores habían sido de ambas partes, aunque esto no le fuera jamás reconocido. No importaba. Ya estaba allí.

Estacionó frente a la casa; todo se veía exactamente igual, como si el tiempo no hubiese pasado. Sólo faltaba que tres niños salieran corriendo por el costado. Gritando, sonriendo, jugando. Tembló y por un momento pensó en escapar otra vez. Respiró profundamente, bajó del auto y sonó a la puerta.

Un momento... ya llego... –la inconfundible voz de su tía le gritó desde adentro.

Dos minutos después la puerta de la casa de su nonna se abría y su tía se la quedaba mirando emocionada. Ninguna de las dos lograba pronunciar una palabra, y por todo gesto se abrazaron.

Pasa... pasa... –dijo su tía mientras casi la empujaba dentro. Tu nonna está en la cocina, porque supongo que es a ella a quien quieres ver, ¿no?
Sí... –respondió en un susurro. Sé que es la hora del almuerzo, y no quiero molestar...
¿Qué dices? –respondió su tía deteniéndose de golpe. Ella no entenderá nada, pero se pondrá contenta de que alguien haya venido a visitarla.

¿Alguien? ...se preguntó para sus adentros. Estaba allí, preparada y lista para la lluvia de ataques que le caería encima. Entró en la cocina; ahí estaba ella, su nonna. Parada de espaldas no la había visto, estaba concentrada girando lo que sin dudas sería el estofado; pese a los años, ese perfume era inconfundible. No podía decir nada, en un segundo había perdido la voz, sólo pudo toser.

Hola nena... no te escuché entrar... –dijo la anciana girándose con la cuchara de madera en la mano. Has llegado justo en tiempo, ¿te quedas a almorzar?

Ella seguía muda, inmóvil en mitad de ese espacio lleno de recuerdos. Su tía apareció por detrás, y como si supiera que estaba a punto de caer, la sujetó por la cintura.

Mamá... ¿viste quién vino a visitarte? –preguntó su tía sin soltarla.
La nena... –respondió la anciana. La amiga de Fer... ¿se queda a comer?

La escuchaba y era como que el tiempo transcurría en cámara lenta, nada tenía sentido; y a la vez, todo comenzaba a encajar perfectamente. Por ello él le había hecho prometer que iría hasta allí. Le había hecho entender que se lo debía, sino a otra persona, a ella misma. Su nonna ya no recordaba todo, había olvidado muchas cosas, entre esas, a ella.

No supo de dónde sacó la fuerza pero permaneció allí el tiempo del almuerzo y una larga sobremesa. Se sentó junto a su nonna; la cual se pasó todo el tiempo contándole su vida. Le habló de su nono, de su madre, de sus nietos, hasta de ella misma. Se sorprendió que a pesar del muro que había alzado entre las dos, ella estuviera tan informada de su vida. Así y todo, no la reconoció en ningún momento, ni siquiera cuando le repitió por décima vez su nombre.

Nena... yo ahora me voy a dormir la siesta, ya estoy grande para aguantar tantas horas en pie... –comenzó a decir su nonna soltándole la mano que había sujetado por todo el almuerzo y acariciándole el rostro. Tienes unos ojos hermosos, una mirada con luz... espero vuelvas otro día...

Seguro... –respondió ella. ¿Por qué no?

No pudo evitar romperse en llanto. Ella estaba preparada para todo, para los reproches, para las recriminaciones... para todo, menos para lo que había pasado. Menos para que su nonna no la reconociera, menos para no poder disculparse. Menos para darse definitivamente cuenta que, tal vez, ya era demasiado tarde para volver.

lunes, 15 de abril de 2019

Día y noche


El último tímido rayo de sol iluminaba su rostro. Ese día también llegaba a su fin; podía posar el libro y prepararse. Comenzaba su momento favorito: la noche.


Se había pasado casi cuarenta años intentando ser la hija perfecta, la nieta perfecta, la amiga perfecta, la madre perfecta, la mujer perfecta... y ya estaba bien. De ahora en más, sería la perfecta imperfecta. Conocía sus –pocas– virtudes y sus –muchos– defectos, y finalmente se había aceptado, aún con sus pequeñas debilidades. Por fin, amparada en la oscuridad de la noche, podía maullar como la gata que sentía latir dentro suyo.




(Este microrelato pertenece a la iniciativa "Escribir jugando"
y ésta es organizada por Lídia desde su blog: "El Blog de Lídia".
Ésta es la propuesta para el mes de abril.)

jueves, 4 de abril de 2019

La última vez

Estaba allí sentada mirando la gente pasar pero no viendo nada. No sabía cuánto tiempo llevaba ahí, ni cómo había llegado. Ni siquiera recordaba muy bien el porqué, en realidad, se encontraba en esa situación. O sí. Por eso no sabía tampoco si partir e irse de una vez y para siempre; o si levantarse y volver definitivamente; o si esperar, continuar a esperar. Pero, ¿esperar qué? ¿esperar a quién?

La verdad era que hacía meses que esperaba. Esperaba que se diera cuenta; esperaba despertar no sintiéndose insatisfecha; esperaba escuchar algo más que meras insinuaciones. Esperaba y esperaba. Creo se había pasado más de media vida esperando. Como si la responsabilidad de lo que le sucedía hubiese podido dársela a algún otro; nunca a sí misma.

Nadie pareció darse cuenta. Ni el hombre de traje, que haciéndose el interesante la observaba y sonreía de lado; ni la mujer que estaba a su lado, notablemente fastidiosa. Mucho menos la niña que jugaba de manera distraída casi sobre sus pies. Pero ella sí; ella lo supo desde el inicio.

Se puso en pie, sujetó su cabello en la nuca, acomodó su bolso en el brazo izquierdo; y comenzó a caminar. Se marchó de allí sin mirar atrás. Las puertas automáticas se abrieron y tomó aire a pleno pulmón, casi como si tuviese que viajar lejos. Y es que, en cierta forma, así era. Comenzaría el viaje más largo: el viaje de su propia vida. Esta vez ya no dejaría que nadie más condujera; lo haría ella misma. Sólo ella.

Habían existido muchas primeras veces; pero ésta no sería la crónica de otra de esas que nunca, al final, se concluyen. No. Ésta era, sin dudas, la crónica de su última vez. La última vez que ella había dejado las riendas de su propia vida en manos de alguien más. Ahora, finalmente, lo único que algunos verían, sería su espalda mientras se alejaba.

(Este relato pertenece a los "Relatos Jueveros"
y esta semana la convocatoria fue hecha por Neogéminis desde su blog: "Neogéminis".
Te invito a leer el resto de los participantes aquí!)

jueves, 28 de marzo de 2019


Después de años se había reunido toda la familia. “Demasiado tiempo”, añado mentalmente, casi como hablando conmigo misma. Pero había valido la pena trabajar tanto, superar los malos momentos, todo por verlos sonreír como esa noche. Aún si debía aguantar esas canciones de reggaeton que los chicos se empeñaban en poner a todo volumen. Recuerdo la sensación de que nada hubiese podido empañar esa felicidad... pronto descubriría lo equivocada que estaba.


(Este microrelato pertenece a “Reto: 5 líneas” propuesto por Adella Brac.
Las palabras son las de los meses de Enero-Febrero-Marzo:
añado, familia, demasiado/canciones, felicidad, trabajar/sensación, aguantar, malos.)

lunes, 24 de diciembre de 2018


Hoy es Nochebuena y este año será un poco especial. Como si fuera el guión de una película propia de estas fechas, cuando suenen las doce campanadas estaré en un aeropuerto esperando el vuelo que me haga encontrar con mi familia.

Finalmente, luego de tantos años nos volveremos a reunir todos. Sé que los planes han cambiado, y es que hay cosas que escapan a nuestro control; pero, pese a todo, también sé que estaremos bien, que seremos felices.

Por un instante cierro los ojos, y me acuerdo de las navidades en la casa de mis nonos. ¡Cómo me gustaba ayudar a armar el árbol! Era un día donde sin dudas se respiraba la magia... y me detengo a pensar cuánto me gustaría repetir, al menos una vez, ese momento, donde la única prioridad parecía ser colocar la estrella en la punta de aquel pino.

Sonrío. Lo hago mientras imagino que estarán armando la gran mesa, donde cada uno habrá preparado algo. Se prenderán las velas, y sus luces se confundirán con las del árbol. Los regalos estarán todos debajo del pino, esperando la medianoche, y esas manos que ansiosas los abran transformando a todos en niños por algunos instantes.

Y me emociono, porque en esos momentos todo queda envuelto en un clima de serenidad y amor. Rodeados de la gente que se ama, más allá de cualquier diferencia pudiese existir. Aquellos seres que nos “tocaron”, y esos otros que elegimos. Y también aquellos que ya no están físicamente, pero sí en nuestros corazones, y por los cuales, seguramente, alzaremos la mirada al cielo deseándoles una muy:
...lo mismo que te deseo a vos.

Sí, a vos que pasás cada vez por aquí y me dejas tu huella;
a veces en forma silenciosa y otras, bien marcada en la arena.
A vos, que cuando me notas con el ánimo un poco bajo,
no demoras en dejarme tu abrazo y tu cariño.
A vos, que compartes mis alegrías y me estimulas a mejorar cada vez.
A vos, que en esta playa nos acercamos y derrotamos cualquier distancia.
A vos, que no importa en qué creas, mientras lo hagas,
te deseo una magnífica noche
y que mañana –y los días que le siguen a éste–,
nos volvamos a encontrar.

(Por motivos que seguro comprenderás,
me resultará un poco difícil conectarme en estos días,
más precisamente, hasta fines de enero.
Las futuras entradas están todas programadas
y, aunque ya sabes que no hay obligaciones,
siempre te estaré esperando...
...y en cuanto pueda, te estaré visitando.
Smu@ckssssssssssssssssss!

Ahhh... y gracias, gracias con todo mi  ♥)

viernes, 14 de diciembre de 2018

#VDLN - 126

"Me gustan las personas que aún en la oscuridad,
se nutren de luz e irradian su brillo al mundo.
Esos descarados que sonríen gratis,
sin razón y porque sí.
Los que celebran la lluvia sin miedo a mojarse
y aprecian el frío por sentir el calor de un abrazo.
Me gustan las personas simples porque tienen la sabiduría
de aquel que no carga el peso innecesario de las cosas,
y alimenta su alma de todo lo vivido.
Me gustan aquellos pocos que no son lo que poseen,
sino lo que dan.
Me gustan los locos que tienen el coraje de vivir la vida,
como si nunca los fuera a alcanzar la muerte."
(Mind of Brando)

lunes, 22 de octubre de 2018


Estábamos en las afueras de la ciudad, estaba segura. No habían pasado ni diez minutos desde cuando el vehículo donde me encontraba había tomado la ruta nord, la misma que atravesaba toda la llanura. Otros tal vez no se hubiesen dado cuenta, pero yo sí. Yo reconocía cada sonido, cada aroma u olor, cada mínimo detalle. Yo era ciega.

A los pocos meses de nacer, mis padres se dieron cuenta que tenía problemas. Pero no pudieron hacer nada, antes de los seis años ya vivía en la más absoluta oscuridad. Igual eso no fue un obstáculo, al contrario; fue lo que me permitió conocer el mundo de una forma diferente al resto, de una manera más profunda. Por eso sabía que habíamos ido hacia el noroeste. El aire era seco, y por la época del año, fin del verano, olía a grano maduro.

También sabía, que de las tres personas que estaban conmigo en el auto, dos eran hombres; y la tercera, la que conducía, era mujer. Era ésta la que mandaba sobre los otros, era la que daba las órdenes; pese a que hablaba poco, casi nada. Como si tuviese miedo a que reconociera su voz. Como si me hiciera falta. Supe inmediatamente quién era; la mezcla del perfume de su piel y el de sus cabellos, era inconfundible. A pesar de los años que habían pasado de la última vez que estuvimos juntas, jamás habría podido olvidarla.

Fue por ese motivo que intuí dónde estábamos yendo; y el porqué. Y sabía, que fuera lo que fuera que tenían planeado, si no escapaba en los próximos minutos, estaría muerta al terminar el día.

Quisieron detenerse en la estación de servicio. La única en kilómetros y kilómetros de nada, sólo tierra. Lo recordaba porque allí paraba papá cuando íbamos a la casa del campo.

“Si no aprovechas ahora Cris, luego no me detengo hasta llegar...”, decía siempre mi padre tratando de parecer severo. Aunque ambos sabíamos que no era así. Al llegar, ella venía a mi encuentro. Su piel perfumaba a jazmines y su pelo a agua de lluvia. Flora, su mamá, decía que así brillaba más. En el mes que pasaba allí, aparte de encargarse de la casa y las comidas como siempre; me preparaba el baño, y también a mí me lavaba la cabeza con agua de lluvia. Como si yo también fuera su hija.

Mi madre permanecía en la ciudad. No le gustaba el campo, decía; y argumentaba que allí no había nada... sin embargo, a mí me parecía todo lo contrario. Nada era lo que allí faltaba.

Pedí ir al baño. Hacía años que no pasaba por allí, y esperaba que no hubiese cambiado mucho desde entonces. Tenía suerte, aunque suene irónico. Todo permanecía exactamente igual. El baño era una letrina un poco apartada, y las maderas posteriores de la casilla seguían estando flojas. Las separé tratando de no hacer ruido y pasé entre ellas. Si algo debía agradecer a mi madre era el físico delgado; al menos eso, algo es mejor que nada.

Debía correr a sud, donde pasaba el arroyo y estaban los tubos de descarga. Me escondería allí. Ninguno podría creer que una ciega pudiese hacerlo. Lo que no sabían es que no era la primera vez. Aún recuerdo cuando había sido. La última que mi madre vino a la casa del campo. Creo que sus gritos histéricos se oyeron hasta en la ciudad.

“Nunca nadie me había humillado de esta forma...”, le gritaba a mi padre en el camino de vuelta, cuando eran menos de veinticuatro horas que habíamos llegado al campo. Yo tenía apenas doce años, y esa vez Flora nos había recibido con una niña de meses en sus brazos. La furia de mi madre fue instantánea. Y a mi padre no le quedó más remedio que llevarla de regreso a la ciudad. De haber sabido que discutirían de ese modo, no hubiese elegido acompañarlos. Por eso me escapé. Corrí por el campo hasta el arroyo, y me escondí en el gran tubo de desagüe. Horas le llevó a mi papá encontrarme. Esta vez esperaba que ninguno más lo hiciera.

No sé cuánto tiempo había pasado, sólo sabía que ya era de noche. Ni los hombres ni la mujer habían venido por mí. Se los oía un poco, -bastante-, inexpertos. Seguro habían escapado también ellos. Siempre había creído en eso que la venganza es un plato que se sirve frío. Y, para ser sincera, una vez que algo se enfría, pierde importancia, inclusive la venganza. Aunque era evidente que ella no se había enfriado. Había pasado solamente un mes desde que mi madre, como única propietaria desde la muerte de mi papá, vendiera la casa del campo. Sin importarle dejar en la calle a una anciana y enferma Flora. No había tenido suficiente tiempo para solucionar la situación antes de este maldestro intervento de ella, su hija... mi hermana.

Cris... Cris... –la voz de él me sacó de mis pensamientos. ¿Dónde estás?
¡Amor! –grité saliendo del tubo que me había servido de escondite.
¡Por Dios! –gimió casi mientras sus brazos me sujetaban con fuerza; no hizo falta que me dijiera que había temido perderme para siempre. Amor, ¿estás bien? ...ha sido una suerte que tu madre recordara la vez que habías escapado por el campo...
Sí... una verdadera suerte tener una madre así... –respondí con cierto sarcasmo en la voz. ¿Ella dónde está?
Ha preferido esperar en casa, ya sabes cómo es... –me dijo sin dejar de abrazarme. Ya la llamarás al llegar... y también me tendrás que decir cada detalle para saber quiénes te han hecho esto.
Mi amor... –susurré, y respiré profundo. No reconocí nada, ni a nadie... no tengo ni idea de nada... sólo quiero volver a nuestra casa, nada más.

Mentí. En definitiva, si de algo estaba segura, es que los hijos no deben pagar las culpas de los padres. Y eso era lo que ella había hecho toda la vida, y no sería yo a hacerle pagar algo más.

(Este relato pertenece a los "52 retos de 'El libro del Escritor'".
Es el número 24: Te han secuestrado y eres ciego. Tienes una hora para salir o estás muerto.)

miércoles, 17 de octubre de 2018

Sonó el despertador y no deseaba levantarme, estaba tan bien debajo del edredón. Su perfume había quedado en toda la cama, pero él se había ido. Era un amigo, alguien especial, con derechos -¿o esos eran míos? ...vaya una a saber-, pero era ocasional. No quería, por ningún motivo, que eso cambiara. Habían pasado muchos años, más de veinticinco, desde que me había enamorado tan perdidamente que hubiese dejado todo, mi vida entera. Pero no, él eligió marcharse y ya nada tuvo sentido. Me prometí que no volvería a creer en palabras bonitas, y así hice.

El aroma del café recién hecho invadiendo cada rincón de mi casa, fue el motivo perfecto para finalmente iniciar la jornada. ¡Qué gran invento lo de la cafetera con timer!, ¿qué sería de mí sin ella? Por suerte no tenía que preocuparme de ello. Fui al baño sin ningún apuro, tenía tiempo esa mañana. Todo estaba en su sitio, exactamente como yo lo había dejado la noche anterior. Una de las ventajas de vivir sola; aunque si... No, no debía pensar en ello.

Me vestí de forma casual, mi trabajo comenzaría casi al mediodía, debía sólo pasar por los tribunales para cerrar una de las causas que estaba llevando. Eso también se había convertido en algo rutinario, muy lejos de lo que alguna vez había imaginado. Y pensar que él no deseaba que estudiara abogacia; según su opinión debía apuntar a algo creativo o a la enseñanza... al final, hubiese terminado dándole la razón. Suspiré. Tomé mi café al vuelo y salí del departamento, ya lavaría cuando regresara, total...

Como siempre, me encargué de tenerme ocupada todo el día. No sé porqué pero últimamente me costaba volver al departamento y estar sola. Todas mis amigas estaban en pareja y con niños, parecía una epidemia. Mitad de semana y nadie estaba disponible para una cena o unas copas. Tal vez debería haber pensado en conseguirme una mascota, alguien que me espere en casa y se alegre con mi regreso. Decidí dejarme de tonterías, llamé para que me trajeran algo de cenar, miré un poco televisión y me fui a dormir sin más.

Ti ti ti ti... ti ti ti ti... ti ti ti ti...
Mmmmmmmm... ese despertador... –su voz aún dormida me susurraba en los oídos. ¿Lo apagás vos o debo hacerlo yo... de nuevo?

Sentí el calor de su cuerpo junto al mío, y una de sus manos bajo el edredón acariciaba mi espalda.

¿Soñabas? ...parecía que te quejabas. –me preguntó, dándome un beso en la frente. Vamos... levántate que preparo el desayuno, en cualquier momento se despierta tu hija.

Sólo sonreí. Finalmente había despertado, ¿o era ahora que estaba soñando?

(Este relato pertenece a los "52 retos de 'El libro del Escritor'".
Es el número 41: Lo siento, pero vas a tener que acabar un relato
con 'un sueño de Resines'.)

Feliz cumpleaños, amor...
...y todo el resto queda entre vos y yo  ...♥

lunes, 8 de octubre de 2018

Salí a caminar como todas las mañanas. Necesitaba despejar mi mente, limpiar mi alma; para ello existía un sólo sitio: el mar. Me preguntaba cómo continuar, si valdría la pena hacerlo. Tal vez sería sólo cuestión de rendirse, y dejar que esta nave, que ya llevaba años navegando, naufragara sin más pena, y con ninguna gloria. Las olas mojaron mis tobillos, y pensé que sin embargo, podría también imitarlas. Ellas, que aún rompiéndose una y otra vez sobre la playa, no dejan de intentarlo.

Frené mis pasos, y respiré profundo. Observé la playa, estaba desierta, a excepción de un anciano. Llamó mi atención con sólo verlo. Permanecía sentado sobre el muro de la rambla y miraba el mar como si buscara algo más allá del horizonte. Y hablaba.

Hablaba con un portaretrato que tenía a su lado. La curiosidad pudo más que mi educación, por lo que me acerqué lentamente.

Amor... está casi por comenzar el otoño y la playa está casi desierta... –dijo el señor a la fotografía de una hermosa mujer. Pero hay un sol que te encantaría... seguramente te sentarías sobre la arena con uno de tus libros, mientras escuchas el mar.

No pude evitar oírlo y al hacerlo, los ojos se me llenaron de lágrimas. Él levantó la mirada y me vió, sonrió ante mis lágrimas.

Me disculpe, no deseaba ser indiscreta... –le dije mientras secaba mi rostro.
Buenos días... ¿Usted lo dice por mi conversación con ella? –me respondió sonriendo y señalando la fotografía que tenía a su lado.
Sí... –la vergüenza me hizo bajar la mirada. Es que me ha llamado la atención verlo aquí... solo.
Yo no estoy solo... estoy con ella, mi esposa... con Ida. –volvió a sonreír y tomar el portaretrato. Por cierto, mi nombre es José, ¿y el suyo?
Me llamo Claudia; y he venido a la playa a pensar un poco, es que... –me callé, no quería incomodar al pobre hombre.
¿Sabe?, a mi esposa también le gustaba venir hasta aquí a reflexionar, decía que el mar le daba consejos... –comenzó a contarme José. Vino aquí cuando nos conocimos y nos dimos nuestro primer beso, teníamos apenas diecisiete años... y también vino aquí cuando a los veinte yo me fui a la guerra y ella descubrió estar embarazada... No quiero imaginar cuántas veces más ha venido; sin dudas, lo ha hecho cuando le confesé la cosa más fea que había hecho, y el mar le debe haber dicho algo bonito, porque Ida me perdonó y fueron nuestros años mejores...
Ayyy José, como quisiera que para mí fuera así de sencillo como escuchar a las olas... –le respondí mientras mis pies empezaron a jugar en la arena.
Claudia... Claudia... si algo me ha enseñado el mar, y sobre todo, mi amada Ida, es la calma, todo es mucho más simple de como nos parece... –me dijo y esta vez ví correr las lágrimas por su rostro. Míreme a mí... siete años atrás pensé que todo se habría terminado, y sin embargo, ella no me ha dejado un sólo instante, porque para escuchar no necesita abrir los oídos, sino el alma...

En ese instante lo supe. Supe qué debía hacer, porque supe qué quería. Yo deseaba lo que Ida y José habían tenido, lo que tenían. Y ahora tenía que ponerme en movimiento.

Gracias José... de todo corazón le agradezco sus palabras, no imagina cuánto me hayan ayudado... –le dije con la voz ahogada por la emoción.
Me alegra mucho oír eso, pero nada tiene que agradecerme... –volvió a sonreír y podría jurar que una luz especial lo rodeaba.

Nos despedimos con un abrazo, y con la promesa que la próxima vez que nos viéramos, tomaríamos juntos un café. Salí casi corriendo a casa, y estaba feliz. Por primera vez en mucho tiempo, estaba feliz.

Nunca más volví a ver a José, aunque hay quien dice que lo ha encontrado en otras playas, sentado frente al mar con el retrato de su amada entre las manos.

(Este relato pertenece a los "52 retos de 'El libro del Escritor'".
Es el número 06: Vete a tu diario -papel o digital- favorito y busca una noticia rara.
Escribe el relato como si fueras uno de los protagonistas.)

lunes, 17 de septiembre de 2018

24 Retos de Lectura - #17

Reto 17:
Este mes tienes, para la primera lectura, tema libre. Aunque te recomiendo que vayas a un estilo cómodo para ti.
Elección: “Al principio”-“In the beginning”, (título original) de Catherine Dunne; aunque esta vez me toca precisar algo: he leído la versión en italiano, “La metà di niente”, sin darme cuenta, sino hasta ahora, que no ha sido traducido al español... por lo cual desde ya pido disculpas a todo aquel que lea esta reseña. (Las traducciones de la sinopsis y demás, son hechas por mí.)

Sinopsis:
“Una mañana como tantas, en la cocina en desorden, en el aire punzante de una Dublin aún adormentada. Una mañana como otras, aquella en la cual Ben decide decir adiós a la esposa Rose, a sus tres hijos y a veinte años de vida juntos: ‘No te amo más’, le dice telegráfico, como conclusión de un breve diálogo. Rose no habla, no reacciona, no sabe ni siquiera qué sentir. Con esta escena se abre ‘Al principio’, la novela debut de Catherine Dunne, el diario lúcido y dramático de una mujer que, de un momento al otro, se encuentra sola, sin dinero y con una familia que mantener. Como en un album de fotografías, la nueva vida de Rose se alterna con visiones de la vida pasada, de sus sueños juveniles, de sus románticas ilusiones sobre el matrimonio. Pero entre lágrimas y desesperación, entre rabia y sentido de culpa, Rose se hace fuerte. Y, gracias a olvidados recursos, no sólo logra recoser la profunda herida de su alma, sino también a reencontrar una alegría de vivir y de sonreír, absolutamente nueva. Una novela intensa y atrapante, en la cual la autora, gracias a una increíble autenticidad del lenguaje y a una visión casi fotográfica de las situaciones y estrado de ánimo, nos regala un retrato, tan veraz y emotivo, como irónico y lleno de vivacidad, sobre una crisis de pareja vista toda al femenino.”

Vine a escribir la reseña de este libro con muchísima ilusión, y para ser sincera como siempre, me ha desanimado un poco –tanto- descubrir que no existe la versión en español. Y es que cuando leí que el reto que tocaba era tema libre, quise elegir uno de los cientos (sí, has leído bien...) de libros que tengo en mi ya famosa lista de espera... ¿quién se iba a imaginar que no estaba traducido en los idiomas más importantes? Porque tengamos en cuenta que el español es el segundo idioma más hablado al mundo, si no es importante éste, no sé cuál lo sea. En fin... igualmente te contaré de él.

Por comenzar, te diré que me gusta muchísimo más el título en italiano: “La metà di niente”, es decir, “La mitad de nada”, ¿y por qué? Simplemente porque le da más sentido a todo lo que vive y siente la protagonista con el correr de los días. Una mañana se levanta como siempre, comienza a hacer el desayuno para sus hijos y su marido, y éste, de punto en blanco la deja, sin más explicación que el hecho que la ha dejado de amar... así, de la noche a la mañana. Ella podría desesperarse, correr detrás de él, pedir explicaciones, buscar una reconciliación a toda costa... sin embargo, permanece inmóvil, y comienza un trabajo interior increíble. Su primera y principal preocupación es que sus hijos no queden traumatizados por el abandono del padre, para eso busca de mantener un orden, hasta una cierta “rutina” con ellos. Al mismo tiempo debe comenzar a preocuparse de la situación económica, ya que hasta ese momento era su marido que se ocupaba de todo, y ahora se había ido, los había abandonado sin más y sin poderlo ubicar de ningún modo. Ella se pregunta qué sabe hacer, y su primer respuesta es demoledora: ‘nada’. Hasta ese momento había sido la secretaria de su marido, la anfitriona de las cenas que él organizaba, la encargada de mantener el orden de la casa, la madre de sus hijos... “la mitad de una respetada y sólida pareja burgués.” ¿Y ahora? ...ahora simplemente era “la mitad de nada”. Obviamente no es verdad que ella no sabe hacer nada, sólo que siempre había pensado, creído, de sentirse realizada al lado de su marido, sólo y únicamente con ello.

Por esto, por la fuerza que muestra esta protagonista; fuerza que radica en admitir fallas, responsabilidades, en sobreponerse al golpe recibido, en saber buscar ayuda y apoyo, sea en sus hijos, que en sus amigos; es que yo recomiendo su lectura. Sobre todo a las mujeres, ya que muchas veces creemos que necesitamos de un otro para ser completas, creemos deber ser la mitad de... olvidando que ya estamos, somos completas, tanto como lo son ellos.

A la próxima!

(Nota: la sinopsis fue sacada del sitio: laFeltrinelli)

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