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sábado, 8 de junio de 2019

Recordando[te]


El aroma de la tarta de manzanas había invadido toda la cocina. Ese día Laura se había levantado temprano, casi al alba. El sol entraba tímido por las ventanas, el otoño comenzaba a hacerse presente. Suspiró, sin querer que los recuerdos la invadieran. Arregló las sábanas de su cama, hacía años que era una tarea de lo más fácil. Bajó al jardín, dejando que la hierba aún con el rocío, le mojara los pies. Fue cuando vió las manzanas, parecía una propuesta. Sonrió. Volvió a entrar a la casa, controló de tener todo lo necesario y comenzó a cocinar la tarta. Escuchó los pasos de Abril, se había despertado.

No había podido casi dormir en toda la noche, la ansiedad la estaba consumiendo. En pocos días partiría para Buenos Aires de forma definitiva y su madre se quedaría allí, sola. Abril no entendía esa terquedad de parte de su madre, ¿qué la retenía allí? Nada. Eran años que su padre se había ido y ella no había vuelto a tener otro hombre; ni siquiera un amigo le conocía. Su madre era una bella mujer aún, y se merecía ser feliz. Laura decía que lo era, allí, entre esos muros, con sus cosas... sus fantasmas. Abril se levantó apenas escuchó rumores en la cocina, seguro su madre se habría puesto a cocinar.

La tarta estaba lista, bastaba se enfriara un poco. Laura deseaba mimar un poco más de lo normal a su hija esos días. Pronto su niña, ya no más niña, partiría hacia la tierra de sus orígenes. Sonreía con lágrimas en los ojos pensando en las vueltas que tiene la vida. Ella había llegado allí de pequeña, y pese a que le costó mucho al principio, fue allí donde hizo su vida, donde construyó todo lo que era. Y ahora Abril, su única hija, elegía hacer el viaje de regreso. Volvió a suspirar, ¿cuántos eran ya esta mañana? ...había perdido la cuenta. Tomó la tarta y la cortó, se enfriaría más rápido. Se sentía el aroma de su ingrediente secreto, en todos esos años Abril nunca lo había adivinado, y eso que era fácil. Pero Laura se lo había escrito; en realidad, eran meses que le estaba preparando un libro especial, sus mejores recetas. Había comprado un cuaderno con tapas de cuero y le había hecho grabar su nombre; allí había escrito, con su mejor caligrafía, las recetas preferidas de Abril. Todos los pasos, los pequeños trucos y, obviamente, los ingredientes secretos que ella misma usaba. Sabía que era un regalo que su hija apreciaría, más ahora que estaría tan lejos.

Antes de bajar a desayunar, decidió ir hasta el desván, no sabía porqué su madre cambiaba todo de lugar constantemente; y las valijas que siempre habían estado en el garage, ahora debía buscarlas allí donde no le gustaba demasiado entrar.

De repente Laura escuchó pasos en el desván, seguro Abril había ido a buscar las valijas. Su hija siempre había sido muy impaciente, como si no hubiese podido bajar a desayunar y luego ocuparse de ello.

No recordaba la última vez que había entrado al desván y debía admitir que su madre se había hecho allí un bonito rincón. Tenía sus revistas de decoración que siempre había guardado; sus antiguas cajas de hilos, esas que habían pertenecido a la abuela; y sus libros, todos sus libros. Había colocado una alfombra y un mullido sillón. ¿Cuándo era que había hecho todo eso? Miraba todo como si fuera que había aparecido allí por magia. Un objeto llamó su atención, se acercó a la librería para verlo mejor, cuando notó que su madre estaba detrás.

Buenos días... –dijo Laura abrazando a su hija. Hubieses podido bajar a desayunar, que luego ya hay tiempo para las valijas.
Buenos días mamá... ya sabes que no puedo estarme quieta. –respondió Abril girándose y dándole un beso en la mejilla. ¿Qué es esto? Nunca había visto este cofre, ¿de dónde lo has sacado?

Por un momento a Laura le pareció que el tiempo se detenía. Ese era su espacio, así lo había armado, poniendo atención a cada objeto y detalle que allí se encontraba. Y ese cofre estaba entre sus cosas más preciadas. Guardaba en él un secreto desde hacia años, una eternidad le parecía. La emocionaba pensar a aquellos años en los que él le escribía cada día; sus correos era lo primero que abría al despertar. Ya luego sus letras la acompañaban durante todo el día. Él había sido una presencia más allá de cualquier distancia.

Nada, Abril... un cofre donde guardo algunas cosas de tiempo atrás... –dijo Laura en un tono de voz casi inaudible.
¿Puedo ver? ...sabes que soy curiosa. –preguntó su hija, y sin esperar la respuesta abrió el cofre. Mira... tus aretes de plata!! ...sólo te los había visto en fotos.

Abril sacó una a una las cosas del cofre, sin notar el temblor en las manos de la madre, ni las lágrimas que amenazaban en inundar sus ojos. Allí estaban esos aretes que había usado día a día por tantos años; una servilleta de un bar en Buenos Aires con el sobrecito de azúcar aún intacto; un viejo billete de tren; una carta que ya no se leía porque se había borrado la tinta, y donde sólo quedaba la inicial que la firmaba. Esa G que para Laura era un tatuaje en el alma. Aquel otoño en Buenos Aires había cambiado su vida. Él lo había hecho. Volver luego a su casa, a su trabajo, a su rutina, a su marido, había sido la desición más difícil de toda su vida. Pero él había siempre dejado las cosas en claro, no podían, no debían. Y aún sabiendo que fue lo correcto, no pasó un instante sin recordarlo. Ni siquiera cuando tiempo después de su regreso, él dejó de escribirle. Había desaparecido tan rápido como había llegado, y ella no tenía modo de saber, de preguntar. Y así fue como intentó comenzar a olvidarlo, metiendo una a una las cosas que la unían a él dentro ese cofre, 

Sin embargo, cómo hubiese podido siquiera pensar en olvidarlo, si cada vez que veía los ojos verdes de su hija era como si lo tuviese delante.

sábado, 25 de mayo de 2019

Se subió al auto sin pensarlo demasiado, y antes de ponerlo en marcha, controló por enésima vez el maquillaje, ahora en el espejo retrovisor. Se preguntaba en qué momento había tenido la brillante idea de volver, ¿a caso no se encontraba bien ella así como estaba? Pero le había dicho a él que lo haría, se lo había prometido, y si algo siempre le había gustado, era cumplir con su palabra.

Arrancó; no eran demasiado los kilómetros que la separaban de aquella casa, pero tampoco deseaba encontrarse en medio al tráfico de aquellos que elegían salir a pasear un domingo a la mañana. Él le había contado que todo era prácticamente igual, las mismas costumbres, las mismas tradiciones. Aunque no había profundizado mucho sobre el tema, como si él evitara ponerla de frente a la realidad. Pero no hacía falta, ella ya sabía lo que encontraría. Imaginaba ya el rostro de su tía cuando abriera la puerta de la casa. No lo creería. Después de todos esos años, diecisiete para ser exactos, donde sólo había reinado el silencio. Ella no le había contado ni a su madre que pensaba volver, y es que sentía que no lograría comprenderla. Hacía ya tiempo que había dejado de librar batallas que no eran suyas, y mucho menos, continuaría a combatir enemigos ajenos. Estaba preparada; preparada para los reproches, al fin y al cabo, serían los de siempre, segura que eso tampoco había cambiado. Le parecía ya oír esa voz que marcó su infancia, diciendo lo egoísta que era; que con qué coraje se presentaba allí hoy y, sobre todo, para qué, qué buscaba.

El paisaje de los costados de la autopista continuaba a pasar como si nada y ella probaba a respirar para serenar toda la agitación que comenzaba a invadirle el cuerpo. Cada tanto se cruzaba con imágenes de todo lo que había sido y no podía dejar de preguntarse cómo había llegado a tanto. En definitiva, había sido ella a dar el portazo y alejarse lo más posible. Y ahora volvía. Es que diecisiete años no son pocos; ella había crecido, había vivido tantas cosas y aprendido que, tal vez, no todo era blanco o negro. Ya no era esa veinteañera rebelde, que quería llevarse el mundo por delante y que estaba segura de poder lograrlo. Ahora era una mujer adulta, y una que necesitaba cerrar ciertos círculos. No pretendía disculpas de nadie, no era eso. Sabía que los errores habían sido de ambas partes, aunque esto no le fuera jamás reconocido. No importaba. Ya estaba allí.

Estacionó frente a la casa; todo se veía exactamente igual, como si el tiempo no hubiese pasado. Sólo faltaba que tres niños salieran corriendo por el costado. Gritando, sonriendo, jugando. Tembló y por un momento pensó en escapar otra vez. Respiró profundamente, bajó del auto y sonó a la puerta.

Un momento... ya llego... –la inconfundible voz de su tía le gritó desde adentro.

Dos minutos después la puerta de la casa de su nonna se abría y su tía se la quedaba mirando emocionada. Ninguna de las dos lograba pronunciar una palabra, y por todo gesto se abrazaron.

Pasa... pasa... –dijo su tía mientras casi la empujaba dentro. Tu nonna está en la cocina, porque supongo que es a ella a quien quieres ver, ¿no?
Sí... –respondió en un susurro. Sé que es la hora del almuerzo, y no quiero molestar...
¿Qué dices? –respondió su tía deteniéndose de golpe. Ella no entenderá nada, pero se pondrá contenta de que alguien haya venido a visitarla.

¿Alguien? ...se preguntó para sus adentros. Estaba allí, preparada y lista para la lluvia de ataques que le caería encima. Entró en la cocina; ahí estaba ella, su nonna. Parada de espaldas no la había visto, estaba concentrada girando lo que sin dudas sería el estofado; pese a los años, ese perfume era inconfundible. No podía decir nada, en un segundo había perdido la voz, sólo pudo toser.

Hola nena... no te escuché entrar... –dijo la anciana girándose con la cuchara de madera en la mano. Has llegado justo en tiempo, ¿te quedas a almorzar?

Ella seguía muda, inmóvil en mitad de ese espacio lleno de recuerdos. Su tía apareció por detrás, y como si supiera que estaba a punto de caer, la sujetó por la cintura.

Mamá... ¿viste quién vino a visitarte? –preguntó su tía sin soltarla.
La nena... –respondió la anciana. La amiga de Fer... ¿se queda a comer?

La escuchaba y era como que el tiempo transcurría en cámara lenta, nada tenía sentido; y a la vez, todo comenzaba a encajar perfectamente. Por ello él le había hecho prometer que iría hasta allí. Le había hecho entender que se lo debía, sino a otra persona, a ella misma. Su nonna ya no recordaba todo, había olvidado muchas cosas, entre esas, a ella.

No supo de dónde sacó la fuerza pero permaneció allí el tiempo del almuerzo y una larga sobremesa. Se sentó junto a su nonna; la cual se pasó todo el tiempo contándole su vida. Le habló de su nono, de su madre, de sus nietos, hasta de ella misma. Se sorprendió que a pesar del muro que había alzado entre las dos, ella estuviera tan informada de su vida. Así y todo, no la reconoció en ningún momento, ni siquiera cuando le repitió por décima vez su nombre.

Nena... yo ahora me voy a dormir la siesta, ya estoy grande para aguantar tantas horas en pie... –comenzó a decir su nonna soltándole la mano que había sujetado por todo el almuerzo y acariciándole el rostro. Tienes unos ojos hermosos, una mirada con luz... espero vuelvas otro día...

Seguro... –respondió ella. ¿Por qué no?

No pudo evitar romperse en llanto. Ella estaba preparada para todo, para los reproches, para las recriminaciones... para todo, menos para lo que había pasado. Menos para que su nonna no la reconociera, menos para no poder disculparse. Menos para darse definitivamente cuenta que, tal vez, ya era demasiado tarde para volver.

martes, 7 de mayo de 2019

El dueño del tiempo


Él estaba ya cansado.
Existía desde el inicio y ¿qué había obtenido? La mayoría eran quejas. Que era huidizo; que se escapaba de las manos como un puño de arena; que en los buenos momentos nunca alcanzaba, o que era eterno en aquellos malos.
Basta. Ya no podía más. ¿Por qué nadie veía todo lo bueno de su presencia y permanencia? ¿Por qué simplemente no disfrutaban y aprovechaban? Él se iría como había venido. Mejor que eso, porque se llevaría su cofre lleno de recuerdos, de memorias, de sueños cumplidos.
Khrónos había decidido marcharse, ¿y ahora?





(Este microrelato pertenece a la iniciativa "Escribir jugando"
y ésta es organizada por Lídia desde su blog: "El Blog de Lídia".
Ésta es la propuesta para el mes de Mayo.)

domingo, 21 de abril de 2019


Hoy, exactamente ahora, son cuarenta y tres... ni uno más ni uno menos.
Quince mil seiscientos noventa y cinco días con cada una de sus noches.
Trescientas setenta y seis mil seiscientas ochenta horas vividas plenamente.
Veintidós millones seiscientos mil ochocientos minutos de experiencias, emociones, recuerdos.
Y ¿ahora? ...ahora sigo, porque no importan los años siempre tendré un sueño por cumplir.


En una noche porteña de 43 años atrás,
comenzaba esta aventura llamada vida...
...y aún queda mucho por bailar ¿vienes?




(Este microrelato pertenece a “Reto: 5 líneas” propuesto por Adella Brac.
Las palabras son las de los meses de Abril: sueño - millones - cada.)

jueves, 28 de febrero de 2019

Para siempre...


“(...)
¿Cuánto tiempo es para siempre? –preguntó Alicia.
A veces sólo un segundo... –respondió el Blanco Conejo.
(...)”

No dejaba de pensar en ese fragmento de “Alicia en el país de las maravillas”. En realidad, hacia casi dos meses que vivía en modo autómata. Se levantaba, iba a trabajar, volvía a ocuparse de su casa, y no hablaba, no hablaba con nadie. Es decir que no hablaba de lo ocurrido, sentía que no tenía con quién hacerlo. Nadie cercano a ella había sido capaz de abrazarla y dejar que llorara, creyeron que era mejor decirle las frases comunes que se usan en estas situaciones. Lo único que habían conseguido es que ella se aislara aún más.

En las horas libres, o ponía música y se dedicaba a pintar; o se sumergía en un libro. Cualquier cosa, menos escribir de ello. Por alguna extraña razón, no lograba exhorcizar ese dolor con las letras, como siempre había hecho...

...al menos hasta el momento que esa pregunta de Alicia cruzó su cabeza. Ella podría responder igual y a la vez tan diferente. Porque podría decir con minucioso detalle cuánto tiempo había durado la esperanza. Cuánto la silenciosa incertidumbre que se escondía detrás de una puerta. Y cuánto la demoledora certeza de la realidad. Tal vez ella podría ser menos exacta con el tiempo que dura la angustía, porque a ésta le gusta jugar a intermitencias. Pero, como dijo el Blanco Conejo, para siempre a veces es sólo un segundo.

El segundo en el cual cruzaron sus miradas. El segundo en el que escuchó su risa. Aquel en el que su voz la llamó por primera vez. O en el que sus manos acariciaron las suyas. El segundo en el que la emoción le explotó en el pecho con el que hoy sabe, fue el último “te quiero”.

Para siempre, sólo un segundo o cientos de miles guardados en tantos y tantos recuerdos.

(Este relato pertenece a los "Relatos Jueveros"
y esta semana la convocatoria fue hecha por Ame desde su blog: "Ame...".
Te invito a leer el resto de los participantes aquí!)

domingo, 9 de septiembre de 2018

Se miraba las manos. La tierra se había mezclado con la sangre, cubriéndolas de una manera que parecía imposible lavarlas. Pero debía hacerlo, no podía detenerse ahora. Debía terminar con todo eso. Con el agua fría, la sangre volvió a brotarle de debajo de las uñas. Porque sí, la sangre era suya; se había herido al terminar de excavar. Había olvidado qué dura podía ser la tierra de allí donde había decidido enterrarlo. Sin embargo, no podía ser en otro lugar, y no podía haberlo hecho ningún otro. Ahora estaba sola, definitivamente sola. Las lágrimas comenzaron a rodar por su rostro.

Hacia ya algunos años que Pedro había decidido marcharse. Luego de todo lo vivido, lo compartido juntos. Él había dicho que no era allí donde deseaba estar. No era su “lugar en el mundo”. Que irónico le resultaba recordar sus palabras. Le había pedido de seguirlo en nombre del amor entre ellos; pero no, no podía. No hubiese jamás podido abbandonarlo. Él no lo hizo.

Aún recordaba cuando había llegado a esa cabaña, en medio a las montañas; creyendo que ya nada, nadie le quedaba. Y allí estaba él. Tan serio, tan duro en sus modos, tan acostumbrado a vivir solo. Que hubiera podido negarse a que ella se quedara; hubiera podido enviarla lejos, a la capital, darla en adopción. Pero no lo hizo.

Él le había dado la única cosa de valor que un ser necesita: amor. Entonces, ¿cómo hubiese podido ella dejarlo a su suerte por correr detrás de Pedro? No, no hubiese podido jamás ser tan egoísta. No con él. No con quien la había hecho ser la mujer que era. No con su abuelo. Menos sabiendo que él estaba enfermo, muriendo.

Él no se lo había dicho, pero ella lo supo. Hacía meses que ya no era el primero a levantarse; y sus pasos se habían vuelto pesados. Su espalda ya no era tan rígida, como si de repente llevara el peso de una vida sobre ella. Cuando Pedro se marchó, vió la angustia en su mirada. Le dolía, sabía lo que había entre ellos. Lo había visto nacer y crecer todos estos años. Desde el primer día que Heidi había llegado allí y se había encontrado con Pedro, supo que terminarían juntos. Y ahora él era una carga para ella, aunque ésta lo negara repetidamente.

Pocos meses después, él ni siquiera salía de la cama; y era Heidi a encargarse de todo. En primer lugar de su abuelo. Pese a los dolores, que ya no le daban tregua, y éste se negaba a que llamara a un médico. Se había pasado una entera existencia a no tener nada que ver con ellos, -y con nadie más, a decir verdad-, que no iniciaría ahora que ya nada podía hacerse. Su temor era que convencieran a Heidi de internarlo en alguna clínica de la capital; y así morir en el único sitio en el que deseaba hacerlo.

Los dolores se habían vuelto insoportables. Había adelgazado tanto que sobre la cama padecía la sombra del gran hombre que había sido. Sin embargo, el corazón se resistía a dejarlo marchar.

Una noche, en uno de esos pocos momentos de lucidez que aún le dejaba la enfermedad, se lo pidió. Ella lloró todas las siguientes horas, pero cuando llegó la mañana, se secó las lágrimas, se levantó y le preparó la taza de leche caliente. Le agregó una segunda cucharada de miel para disimular el sabor. Lo ayudó a tomarla, y permaneció a su lado hasta el final; sosteniendo su mano.

(Este relato pertenece a los "52 retos de 'El libro del Escritor'".
Es el número 19: Piensa en tu personaje de infancia favorito, y haz que haya cometido un asesinato.
Describe cómo ha llegado a matar.)

lunes, 3 de septiembre de 2018

24 Retos de Lectura - #16


Reto 16:
Los clásicos nunca envejecen. Vete a por una novela de aventuras de las de siempre.
Elección: “El corsario negro”, de Emilio Salgari

Sinopsis:
Novela de aventuras que combina una historia bélica, con amor y sentimientos de venganza. Este relato da inicio a una serie compuesta por cinco obras. Salgari no se refiere a sus personajes como a los tradicionales piratas, que saquean, matan y destruyen con su típica fama de hombres crueles carentes de valores. Hablan más bien de hombres valientes que luchan por la justicia, que creen en el honor, la honestidad y el valor de la palabra.

Cuando leí el reto que tocaba esta vez, enseguida mi memoria me llevó a la biblioteca de mis nonos. En ella había una colección de libros de aventuras; así, como los de la imagen de más arriba, de tapas amarillas. Y recuerdo muy bien éste que he elegido, porque quién sabe porqué, nunca lo había leído.

Obviamente conocía al autor, Emilio Salgari; me encantaba Sandokan, no sólo he leído el libro, sino que he visto la serie repetidas veces. Por eso no me sorprendió la forma de presentar a los personajes. El mismo Conde Emilio de Roccanera, es decir, el Corsario Negro; que más allá de todo, es un hombre de principios. Con él es que comienza el libro, con él y con su sed de venganza por la muerte de sus hermanos en manos de Wan Guld, el gobernador de Maracaibo. Y todo no hubiera sido muy diferente de cualquier otra historia de aventuras, sino fuera porque se cruzó con una hermosa mujer de ojos grises, que lo conquistó al instante.

La genialidad del libro, la del mismo autor, ha sido, sin duda alguna, crear una historia con muchísima acción; con diálogos más que interesantes, con sangrientos duelos y batallas navales; con una romántica historia de amor... cuidando los detalles y todo el resto.

Un libro simple, que no te llevará mucho tiempo leer; y que tal vez, como ha pasado conmigo, te haga volver a la infancia.

A la próxima!

viernes, 15 de junio de 2018

#VDLN - 100

¿Quién dijo que el fútbol es sólo cosa de hombres?
No voy a entrar en los clásicos debates sobre derechos y capacidades, todos ya sabemos cómo son y somos; de lo que pueden y podemos... y es una obviedad que como hay hombres a los que este deporte les es totalmente indiferente, existen mujeres, -la que les escribe, por ejemplo-, a las que les apasiona.
Y justamente, para nosotr@s, que nos gusta ver los 90 minutos de este juego del Esférico (papá no te rías!!), hace unas pocas horas comenzó uno de los eventos más esperados: el Mundial.
Para quien no pudo, o no quiso, ver la fiesta inagural, debo decir que se han perdido un hermoso espectáculo; con la actuación de nada más ni nada menos que de Robbie Williams... (que dicho sea de paso, esto para las chicas: ¿han visto qué bien le han pasado los años a este muchacho? 😛)
Igualmente, por esta ocasión, en este Viernes Dando La Nota, les traigo una canción que para mí es "Mundial", que me quedará por siempre en la memoria y en el  ♥... y que, algo que pienso en este preciso instante, es la muestra -personal- que tal vez las cosas ya estén escritas en algún lado, y que todo tiene un porqué...


"...♫ Tal vez no será una canción
a cambiar las reglas del juego
pero quiero vivirla así esta aventura
sin fronteras y con el corazón en la garganta.

Y el mundo en un carrusel de colores
y el viento acaricia las banderas
llega una emoción y te lleva lejos
y desata la locura en un abrazo.

Noches mágicas
persiguiendo un gol
bajo el cielo
de un verano italiano.

Y en tus ojos
deseo de ganar...
Un verano
Una aventura más.

Aquel sueño que comienza desde niño
y que te lleva siempre más lejos;
no es una fábula y de los vestuarios
salen los muchachos y somos nosotros.

Noches mágicas
persiguiendo un gol
bajo el cielo
de un verano italiano.Noches mágicas
persiguiendo un gol
bajo el cielo
de un verano italiano.Noches mágicas
persiguiendo un gol
bajo el cielo
de un verano italiano.
Una aventura gol! ♫..."


viernes, 25 de mayo de 2018

#VDLN - 97

"La contradicción no es una señal de falsedad,
ni la carencia de contradicción una señal de verdad."
(Blaise Pascal)



...día contradictorio,
de buenos recuerdos y no tantos,
de lágrimas y sonrisas,
de todo y nada...
...porque soy y no soy.

domingo, 1 de abril de 2018

Son las ocho de la mañana de un domingo. A pesar de ello se levantan de un salto de sus camas. No es que ellos sean muy creyentes, pero en algunas fechas especiales, cumplen con algunas de esas tradiciones las cuales su familia consideran importantes. La misa del domingo de Pascuas es una de ellas.

Se visten en cuestión de minutos, y antes de salir, toman esa taza de leche con Nesquick que nunca falta. Caminan pocos metros, en esas calles que los han visto crecer, y se encuentran con sus amigos. Nadie dijo que cumplir con ciertos deberes no podía ser divertido. Veinte minutos después ya están entrando en la Iglesia. No que quedara lejos, pero entre charlas y bromas, se extiende cualquier camino. El cura los mira de reojo, pidiéndoles en forma silenciosa de comportarse como deben; ya los conocen demasiado bien.

Poco más de una hora luego, todo había terminado, y ellos volvían a casa. En realidad, iban a la casa de su nonna. “La Nonna” de todos se diría, hasta sus amigos la llamaban así. Algo que a ella, la ‘mujercita’ de la familia, la hacía enfadar; nunca le había gustado demasiado compartir los afectos. Entraron por el jardín, corriendo y gritando, como hacían siempre. El nonno ya había comprado las medialunas, y sólo los estaba esperando. El más pequeño tomó una en cada mano y fue hacia el garage.

Desde que al nonno le habían prohíbido conducir, se deshizo del auto y el garage se había convertido en el centro de juegos. El primo mayor ya había llegado, y los esperaba mientras escuchaba música y pintaba sobre una de las paredes. Ella prefirió quedarse en la cocina, adoraba ver a su nonna preparar el almuerzo. Los fideos caseros ya estaban sobre la mesa, y el perfume del “tuco” invadía cada rincón. Sabía que la torta era dentro la heladera, y no la abría para no caer en la tentación de deslizar un dedo sobre la crema.

Finalmente llegaron los que faltaban; mamá, papá y la tía. Esta última acompañada de un enorme huevo de chocolate. Todos se sentaron a la mesa, entre risas y conversaciones. Era el domingo de Pascuas de 1991. Un domingo como tantos otros había habido antes. Uno como jamás volverían a tener otro. Pero ellos no lo sabían. Ellos eran felices y no lo sabían.

(Este relato pertenece a los "52 retos de 'El libro del Escritor'".
Es el número 47: Relato de tema libre pero descriptivo, sin un sólo diálogo.)

domingo, 4 de febrero de 2018

Finalmente abría los ojos. Me sonrió y yo sentí como si respirara por primera vez después de mucho tiempo.

Ya no sabía cómo sentarme. Ni en qué concentrarme para no pensar en las horas que ella llevaba sin despertarse. Sentí una especial admiración hacia la mujer que se encontraba en la otra parte de la habitación; llevaba días en mi situación. Y también un poco de compasión. Había cambiado el turno de las enfermeras, y volvían a entrar para controlarla.

Todo está bien mamá... –dijo sonriéndome y mi fastidio fue evidente; no quería que nadie más volviera a llamarme así hasta que ella despertara.

Parecía mucho más pequeña en esa camilla, y sus ojitos me decían que estaba asustada. Traté de calmarla. Continuaba a decirle que nada malo pasaría; y mientras más lo repetía, más trataba de convencerme. Lo mismo probó a hacer el anestesista, pero conmigo. Me senté en el pasillo. No podía pensar en nada, ni en nadie. La única persona que me importaba estaba allí dentro y yo no podía hacer absolutamente nada. El frío del mármol me caló hasta los huesos y, por primera vez en los últimos seis años, tuve miedo.

Despertó de golpe, gritando nuevamente, como si la hora de sueño hubiese intensificado su dolor. No fui la única a sobresaltarme, su llanto había penetrado los oídos de todos los presentes en la sala de espera. Entre lágrimas quiso ponerse en pie, pero no lo lograba, ni siquiera tenerse erguida. Supe que ya no era un simple malestar. Avisé al médico de guardia, que mandó a otra enfermera, mucho más joven, a acompañarnos al baño. No llegó. Comenzó a vomitar, tan fuertes eran sus espasmos que temí se me cayera de los brazos. De la nada ví aparecer al pedíatra. Su diagnóstico fue contundente: apendicitis. Y se estaba agravando.

Se me quedó dormida en brazos, se la veía tan serena. Seguro no sería nada, pero ya estábamos en la puerta del hospital, así que tanto valía entrar y que la vieran. Como siempre, la guardia llena de gente, a pesar de que habíamos superado la medianoche. Apenas ví a la enfermera en la recepción, pensé que hubiese tenido que dedicarse a otra cosa. Es que era la confirmación que los bizarros personajes televisivos tenían una fuente de inspiración en seres reales. Como ella dormía tranquila, dijieron que podíamos esperar. Fuimos hasta la sala, su respiración en mi cuello era pausada, casi una invitación a seguirla. Ganas no me faltaban, había sido un día demoledor; la mañana pasada a estudiar; luego, preparar el almuerzo y llevarla a ella a la escuela; de ahí a las prácticas, y antes de volver a casa, pasar por el Profesorado de nuevo. Cuando finalmente atravesé el umbral de casa, no me esperaba ni perfume a comida, ni dos bracitos que me apretaran fuerte las piernas, como de costumbre. Sólo su voz diciendo, casi en un susurro:

“Mamá... me duele mucho la panza.”

(Este relato pertenece a los "52 retos de 'El libro del Escritor'".
Es el número 02: ¿Recuerdas tu peor noche? Cuéntala desde el final hasta el principio.)

miércoles, 31 de enero de 2018

24 Retos de Lectura - #02

Reto 2:
La canción “20 de enero” de La oreja de Van Gogh, marcó a una generación completa. A ti te marcará porque el segundo libro de enero es un libro relacionado con la música. Ya sea la biografía de un cantante o una novela con un/a músico/a como protagonista. Incluso una novela con lista de reproducción en Spotify.
Elección: “Toda la verdad sobre las mentiras”, de José Antonio Palomares

Esta vez tuve que buscar, porque no tenía ningún libro que cumpliera con las características requeridas. Y como no soy una de biografías; busqué una novela. Ya cuando leí el título me gustó, no sé porqué... –¿a ustedes no les pasa?- ...te transcribo la sinopsis, a ver si te da curiosidad como a mí.

“No me preguntes por los afluentes más importantes de la Península, ni por las ecuaciones de segundo grado, ni por las Coplas a la muerte de su padre de Jorge Manrique. En cambio, recuerdo el intenso sabor del ColaJet de limón, la rugosidad de las costras en mis rodillas, la barriga de John Wayne en los westerns de Primera Sesión, la ansiedad por conseguir chapas que no estuvieran dobladas o la alegría de ver a Santillana marcar un gol. Recuerdo la manera exacta en que el aliento de mi padre olía a Soberano; y la frase favorita de mi madre: ‘¿Te crees que soy el bancospaña?’. Recuerdo que la felicidad era el primer mordisco del dónut en el recreo de las once. Quizá recuerdo todas esas cosas porque están entrelazadas con el momento en el que descubrí por fin toda la verdad sobre las mentiras de mi familia.”

Creo que apenas se inicia a leer esta historia, se empatiza con este niño, con lo que nos va contando de lo que vive. Su día a día; su madre; su padre; su hermano menor; y la escuela, obviamente. Y si bien la primera impresión podría ser pensar que ‘todo tiempo pasado fue mejor’, creo yo que en realidad, es una visión de que ciertas cuestiones pasan de generación en generación. Hasta más allá del lugar donde hayas crecido. Yo me he visto reflejada en un sinfín de situaciones, aún si mi infancia transcurrió del otro lado del océano. No olvidaré jamás los naranjú del recreo, ni de cómo buscábamos de pegar las chapitas de Seven-up al asfalto; el perfume de mi Tata mezclado a sus Jockey Club; como no podían faltar esas frases dichas por mi padre que quedaron en la memoria familiar: “no llorés o te doy una razón para hacerlo”... y la música, que también estaban esas canciones de ‘Enrique y Ana’.
Un más que agradable descubrimiento que te recomiendo sin dudas. Y para no olvidarme del motivo de esta lectura, te dejo la playlist que el mismo autor creo para y por este libro: "Como escribir Toda la verdad sobre las mentiras".
A la próxima!


(Nota: la sinopsis fue sacada del sitio: megustaleer)

lunes, 17 de julio de 2017

8:00am. El teléfono sonaba y la voz en la secretaría telefónica empezaba a hablar.

“Buenos días Roxana. Hoy es jueves 13 de julio de 2017. Estás en tu habitación, en nuestra casa de Mercedes. En unos minutos entrará Clotilde con tu desayuno. Abre el armario que se encuentra a tu derecha y vístete. Si deseas salir al jardín, advierte a la misma Clotilde que sabrá cómo hacer, y abrígate, que hoy hace mucho frío. Si quieres llamarme, lo mismo, dirígete a Clotilde... Soy Mariana y estoy ya en el trabajo...”

Roxana se levantó de la cama, se miró al espejo y no se reconoció. El reflejo de esa mujer grande no podía ser ella. Como no reconoció la voz de Mariana, ella sólo era un niña.

Buenos días, señora. –saludó una mujer mientras abría la puerta de su cuarto. ¿Cómo se encuentra hoy?
Buenos días... Clotilde, ¿no? –respondió sin estar muy segura pero confiándose en el mensaje oído poco antes. Bien... me siento muy bien.

Las dos mujeres conversaban animadamente, poniéndose de acuerdo para el después. Mientras, la mirada de Mariana se perdía en la ciudad. Sentada en su oficina, frente al enorme ventanal del último piso de ese importante edificio, meditaba sobre lo ocurrido ese año. Finalmente había logrado ser una asociada de aquel reconocido estudio jurídico. Eso y la conspícua herencia recibida tras la muerte de su abuela, fue lo que le permitió reducir la condena de Roxana y quitarla del psiquiátrico donde estaba cumpliéndola. Habían pasado veinticinco años, y muchísimas horas de terapia psicológica, desde la tragedia que las había separado. Los médicos le habían dicho que el caso de Roxana era singular. No se trataba de Alzheimer ni demencia senil, parecía como si simplemente hubiese decidido olvidar esos últimos veinticinco años de su vida. Pero ella no. Mariana no había olvidado nada. Era una niña cuando había aprendido a callar; a hacer de cuenta que nada al afuera de su habitación, existía. Bastaba una mirada de Roxana, sólo quince años más grande, para que Mariana se refugiara allí. Así había crecido, bajo el ala protectora de ella. Así hasta el día que se convirtió en señorita con sólo doce años, y Roxana la protegió por última vez. Pese a todo el tiempo que había pasado, Mariana aún despertaba sudando en mitad de la noche; aún temblaba como una hoja cuando oía ciertos llantos, ahogados; aún no había logrado olvidar la imagen de “Papá” muerto en ese lago de sangre y a Roxana repitiendo como en trance “a ella no... no a mi niña...”. En cierto modo envidiaba a Roxana, había logrado cancelar todo de su memoria. Pero ella no, e igual se lo debía; por bien dos veces le debía la vida.

8:00am. El teléfono sonaba y la voz en la secretaría telefónica empezaba a hablar.

“Buenos días Roxana. Hoy es viernes 14 de julio de 2017. Estás en tu habitación, en nuestra casa de Mercedes. En unos minutos entrará Clotilde con tu desayuno. Hoy llueve, por lo que puedes aprovechar a quedarte en la cama un poco más. Soy Mariana y ya estoy en el trabajo...”, por un instante se hizo silencio y lo único que se escuchó perfectamente es como del otro lado, desde donde antes provenía la voz, tragaban saliva. “...te amo mamá, nos vemos esta noche.”


(Este relato pertenece a los "52 retos de 'El libro del Escritor'".
Es el número 7: Da voz a los recuerdos y ofrece una solución en forma de historia
para un personaje que pierde la memoria cada día.)


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