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viernes, 5 de junio de 2020

Había estado mirando dentro sus obsesivamente ordenados cajones, cuando encontró una vieja foto de él. ¿Cómo había llegado allí? No lo sabía; no tenía la mínima importancia ya, ¿o sí?

Pensó cuando lo conoció. Aquel solitario y taciturno lobo estepario. Un moderno Don Quijote en lucha con míticos molinos de viento. Toda una ficción, una de tantas. Una de las que se sirvió para derribar esa gran muralla que ella había construído a su alrededor. Esa coraza con la que se protegía y que se había forjado decepción trás decepción. Sin embargo, volvía a temblar con aquella imagen entre sus manos. No como antes, no de pasión ni nada que se le pareciera. En todo caso de rabia. Odiaba la persistencia de la memoria en recordarle cuánto la había herido. Y continuaba preguntándose ¿para qué? Después de todo, no habían habido promesas ni juramentos que infringir. Sólo el deseo de un abrazo, de esos que quitan el frío del alma. Pero claro, él no era quien ella creía conocer, jamás hubiese podido ser ese alguien que tanto insistía en decir, era ella en su vida. Porque decía querer llevarla hasta su cielo y no hacía más que caminar en su propio infierno de mentiras.

De todos modos ella no había buscado venganza ni revancha alguna, no caería tan bajo, ni perdería su tiempo. Simplemente y sin ninguna piedad, le dió lo que él más temía... lo hizo parte de su olvido.



Este relato pertenece al reto: "Sinfonía de las Artes", organizado por Ginebra desde su blog "Variétés".

Para la propuesta elegí para cada rama del arte:
Pintura: "La persistencia de la memoria", de Salvador Dalí
Escultura: "La piedad", de Miguel Ángel
Literatura: "El lobo estepario", de Hermann Hesse
Música: "Somebody", de Depeche Mode (aquí he usado la traducción literal: 'alguien')
Danza: "Don Quijote", act II por la Royal Opera House
Arquitectura: "La gran muralla", ubicada en China
Cine: "Revenge", de Tony Scott con Kevin Costner y Anthony Queen (aquí también he usado la traducción literal: 'venganza')


Gracias a ti, Gin, una vez más por la propuesta y por todo el trabajo y amor que pones en cada uno de nosotros y de nuestros textos.


(Lee el resto de los participantes aquí!)

jueves, 9 de abril de 2020

Ginebra


No sé cuánto tiempo es que la conozco.
No recuerdo con exactitud cuál fue el momento en el que el batir de sus alas golpeó mi ventana.
Ella... tan etérea y llena de contrastes.
Tímida y fuerte; vulnerable e inmensa, a la vez.
Ella... una hermosa libélula.
Ella... una fuerte guerrera.
Ella... Ginebra.


Con todo mi cariño, siempre.
Muchísimos besotes!

sábado, 8 de junio de 2019

Recordando[te]


El aroma de la tarta de manzanas había invadido toda la cocina. Ese día Laura se había levantado temprano, casi al alba. El sol entraba tímido por las ventanas, el otoño comenzaba a hacerse presente. Suspiró, sin querer que los recuerdos la invadieran. Arregló las sábanas de su cama, hacía años que era una tarea de lo más fácil. Bajó al jardín, dejando que la hierba aún con el rocío, le mojara los pies. Fue cuando vió las manzanas, parecía una propuesta. Sonrió. Volvió a entrar a la casa, controló de tener todo lo necesario y comenzó a cocinar la tarta. Escuchó los pasos de Abril, se había despertado.

No había podido casi dormir en toda la noche, la ansiedad la estaba consumiendo. En pocos días partiría para Buenos Aires de forma definitiva y su madre se quedaría allí, sola. Abril no entendía esa terquedad de parte de su madre, ¿qué la retenía allí? Nada. Eran años que su padre se había ido y ella no había vuelto a tener otro hombre; ni siquiera un amigo le conocía. Su madre era una bella mujer aún, y se merecía ser feliz. Laura decía que lo era, allí, entre esos muros, con sus cosas... sus fantasmas. Abril se levantó apenas escuchó rumores en la cocina, seguro su madre se habría puesto a cocinar.

La tarta estaba lista, bastaba se enfriara un poco. Laura deseaba mimar un poco más de lo normal a su hija esos días. Pronto su niña, ya no más niña, partiría hacia la tierra de sus orígenes. Sonreía con lágrimas en los ojos pensando en las vueltas que tiene la vida. Ella había llegado allí de pequeña, y pese a que le costó mucho al principio, fue allí donde hizo su vida, donde construyó todo lo que era. Y ahora Abril, su única hija, elegía hacer el viaje de regreso. Volvió a suspirar, ¿cuántos eran ya esta mañana? ...había perdido la cuenta. Tomó la tarta y la cortó, se enfriaría más rápido. Se sentía el aroma de su ingrediente secreto, en todos esos años Abril nunca lo había adivinado, y eso que era fácil. Pero Laura se lo había escrito; en realidad, eran meses que le estaba preparando un libro especial, sus mejores recetas. Había comprado un cuaderno con tapas de cuero y le había hecho grabar su nombre; allí había escrito, con su mejor caligrafía, las recetas preferidas de Abril. Todos los pasos, los pequeños trucos y, obviamente, los ingredientes secretos que ella misma usaba. Sabía que era un regalo que su hija apreciaría, más ahora que estaría tan lejos.

Antes de bajar a desayunar, decidió ir hasta el desván, no sabía porqué su madre cambiaba todo de lugar constantemente; y las valijas que siempre habían estado en el garage, ahora debía buscarlas allí donde no le gustaba demasiado entrar.

De repente Laura escuchó pasos en el desván, seguro Abril había ido a buscar las valijas. Su hija siempre había sido muy impaciente, como si no hubiese podido bajar a desayunar y luego ocuparse de ello.

No recordaba la última vez que había entrado al desván y debía admitir que su madre se había hecho allí un bonito rincón. Tenía sus revistas de decoración que siempre había guardado; sus antiguas cajas de hilos, esas que habían pertenecido a la abuela; y sus libros, todos sus libros. Había colocado una alfombra y un mullido sillón. ¿Cuándo era que había hecho todo eso? Miraba todo como si fuera que había aparecido allí por magia. Un objeto llamó su atención, se acercó a la librería para verlo mejor, cuando notó que su madre estaba detrás.

Buenos días... –dijo Laura abrazando a su hija. Hubieses podido bajar a desayunar, que luego ya hay tiempo para las valijas.
Buenos días mamá... ya sabes que no puedo estarme quieta. –respondió Abril girándose y dándole un beso en la mejilla. ¿Qué es esto? Nunca había visto este cofre, ¿de dónde lo has sacado?

Por un momento a Laura le pareció que el tiempo se detenía. Ese era su espacio, así lo había armado, poniendo atención a cada objeto y detalle que allí se encontraba. Y ese cofre estaba entre sus cosas más preciadas. Guardaba en él un secreto desde hacia años, una eternidad le parecía. La emocionaba pensar a aquellos años en los que él le escribía cada día; sus correos era lo primero que abría al despertar. Ya luego sus letras la acompañaban durante todo el día. Él había sido una presencia más allá de cualquier distancia.

Nada, Abril... un cofre donde guardo algunas cosas de tiempo atrás... –dijo Laura en un tono de voz casi inaudible.
¿Puedo ver? ...sabes que soy curiosa. –preguntó su hija, y sin esperar la respuesta abrió el cofre. Mira... tus aretes de plata!! ...sólo te los había visto en fotos.

Abril sacó una a una las cosas del cofre, sin notar el temblor en las manos de la madre, ni las lágrimas que amenazaban en inundar sus ojos. Allí estaban esos aretes que había usado día a día por tantos años; una servilleta de un bar en Buenos Aires con el sobrecito de azúcar aún intacto; un viejo billete de tren; una carta que ya no se leía porque se había borrado la tinta, y donde sólo quedaba la inicial que la firmaba. Esa G que para Laura era un tatuaje en el alma. Aquel otoño en Buenos Aires había cambiado su vida. Él lo había hecho. Volver luego a su casa, a su trabajo, a su rutina, a su marido, había sido la desición más difícil de toda su vida. Pero él había siempre dejado las cosas en claro, no podían, no debían. Y aún sabiendo que fue lo correcto, no pasó un instante sin recordarlo. Ni siquiera cuando tiempo después de su regreso, él dejó de escribirle. Había desaparecido tan rápido como había llegado, y ella no tenía modo de saber, de preguntar. Y así fue como intentó comenzar a olvidarlo, metiendo una a una las cosas que la unían a él dentro ese cofre, 

Sin embargo, cómo hubiese podido siquiera pensar en olvidarlo, si cada vez que veía los ojos verdes de su hija era como si lo tuviese delante.

domingo, 12 de mayo de 2019


Siempre me sentí diferente.
No me gustaba seguir las normas
y las únicas reglas eran las mías.
Creí que aquello nunca cambiaría
y temblé el día que supe pasaría.
La mayoría decía era una locura,
una más de las mías,
una que arruinaría mi vida.
Sin embargo, desde ese primer instante
mi alma ya vibraba diferente;
y cuando sin apenas aliento
te apoyaron en mi pecho,
mis alas se abrieron
comenzando el más magnífico vuelo.


(Estas letras pertenecen a la iniciativa, "El sombrero loco", propuesta por Gin;
y hoy, que aquí se festeja el Día de la Madre, se las dedico a mi hija, el motivo de todo...

...si así lo desean, AQUI pueden leer a los otros participantes.
Y un GRACIAS enorme a Gin, por todo, todo lo hermoso que nos ofreces día a día.)

jueves, 11 de abril de 2019


He llegado tarde, lo sé... pero apenas ví la propuesta de este jueves,
la inspiración me llegó pensando en ti, Gin...
...así que, aún con un poco de retraso, espero te guste tu regalo;
yo te digo otra vez "gracias", por ser y estar, de verdad;
eres un ser espléndido y es un honor ser tu amiga.



(Este texto/imagen pertenece a los "Relatos Jueveros"
y esta semana la convocatoria fue hecha por Mag desde su blog: "La trastienda del Pecado".
Te invito a leer el resto de los participantes aquí!)

viernes, 23 de noviembre de 2018

#VDLN - 123

Disfrutando aún de la hermosa propuesta de Gin, "La llamada",
me ha venido esta canción en mente...



miércoles, 21 de noviembre de 2018

Parecía increíble que en pocas horas la vida de alguien pudiese cambiar de esa manera. Habían pasado sólo cuarenta y ocho horas desde cuando había recibido la llamada que marcaría el final de algo que, tal vez, ni siquiera había comenzado.

Había decidido quedarme en la playa a ver el atardecer. Nadie me esperaba en casa; no que me arrepintiera de las decisiones que había tomado en mi vida, pero... en fin, aún suspiraba pensando a una vida en pareja. Mejor dejaría de pensar tanto, y disfrutaría de esa última tarde de verano.

¿Puedo sentarme a tu lado? –una voz grave me quitó de la nube gris de mis pensamientos. Una vez me dijieron que los grandes espectáculos hay que disfrutarlos en buena compañía.

Miré hacia ambos lados; quedaba poca gente acá y allá, y sonreí por lo que estaba por hacer. La mujer racional que siempre había sido estaba por terminar, como ese día.

¿Por qué no? –y no pude evitar alzar una ceja. Habiendo tan pocos lugares libres en la playa.
Mmmmm... –dijo conteniendo evidentemente una carcajada. Atractiva e irónica, una combinación letal para un hombre como yo.

Entonces ambos comenzamos a reír. Él se sentó a mi lado y hablamos durante horas; perdiéndonos el atardecer. Nos levantamos de la arena cuando ya era de noche y mi piel mostraba los signos del frío. Seguimos conversando en un bar, delante de unos cafés; a lo largo de las calles que recorrimos hasta mi casa, y una hora en el portal de ésta. Me contó de su vida y yo de la mía. Del fracaso de su pareja y yo que ni siquiera había tenido una relación tan larga como para considerar fracaso a la ruptura de ninguna de ellas. Me habló de cuanto le gustaba su trabajo y yo de que era dueña de una agencia de viajes. No había pasado un día y parecía que nos conocíamos de una vida entera.

Por eso no me pareció raro planificar un viaje juntos veinte días después de habernos conocido. Para su cumpleaños iríamos a Venecia; ambos adorábamos Italia, y él insistía en querer que conociera Roma de su mano. Todo era perfecto, un sueño. Todo... al menos hasta que sonó el despertador.

Buenos días... –una voz titubeante llamaba a mi celular personal. ¿Agencia de viajes?
Sí... buenos días... –respondí con algo de perplejidad. ¿Quién habla?
Ahhh... me disculpe, no me presenté... soy la señora... –y se detuvo, tal vez dudó. Mi nombre es Carmen, y encontré su número en el celular de mi marido... Paolo.

El mundo acababa de detenerse. No así mi cabeza; que pasó lista de cada instante que habíamos compartido, de cada mínimo detalle. ¿En cuál de ellos se me había escapado el hecho que él continuaba casado? ¿Cómo había podido ser tan imbécil de creerle? Ni siquiera podía culparlo de algo, ¿de qué podría... de serme infiel? En medio de todo ese desastre que se estaba por desencadenar, tuve que taparme la boca para no soltar una carcajada.

Silvia... Silvia... –una voz del otro lado del celular me traía de nuevo a la realidad. ¿Sigue usted ahí?
Sí... sí... me disculpe... –respondí tratando que mi voz fuera lo más serena posible. Estaba controlando mi agenda porque no recordaba quién era su marido... pero ahora sí; ha venido a consultar por un viaje.
Pues entonces, ¿me podría pasar usted la dirección de la agencia para hablar sobre ello de persona? –me interrumpió.
Sí, por supuesto... –debía mantener la calma. Apenas terminemos con la llamada le paso todos los datos por mensaje, ¿de acuerdo?
Sí, gracias... –dijo sin más. Tenga usted muy buenos días.
También usted, hasta pronto... –saludé y cerré el celular, me esperaría un largo día.

Finalmente había llegado la noche, y yo ya estaba cerrando la agencia. No veía la hora de llegar a mi departamento, ducharme, y meterme debajo de las sábanas, para no pensar. Deseaba sólo dormir, un mes de ser posible.

He llegado justo a tiempo... –la voz de él sonó por detrás de mi espalda.
Paolo... no te esperaba... –dije tratando de sonreír.
Quería sorprenderte... –susurraba mientras sus manos rodeaban mi cintura. Pasar un rato contigo...
Wooww... qué idea estupenda... –respondí pero él no notó la ironía, yo sabía qué buscaba. Justamente estaba pensando en pasar por lo de mi hermano a dejarle copia de las llaves de la agencia para que se ocupe en mi ausencia... en una semana nos vamos de viaje, sería una buena ocasión para conocerlo, ¿qué dices?
Ufff... sería genial... pero es que tengo una reunión de trabajo y terminaré tarde... –mintió, la expresión de su rostro lo delataba. Esta semana será un caos, debo dejar todo listo antes de viajar... me entiendes, ¿no?
Sí, claro... por supuesto... no te preocupes... –mentí yo también. Ya tendremos tiempo de relajarnos y disfrutar.

Él se fue a su inventada reunión; y yo me fui a casa. Tenía que preparar la ropa, decidir el calzado para las vacaciones, todo lo que debía meter en la valija; después de todo sólo faltaba una semana para el viaje.

Era la hora, había sido una de las primeras a embarcar, y eso porque al final había elegido hacerlo en business class. Sabía que él llegaría a último momento, porque le había dado el horario equivocado. Nos encontraríamos allí... o eso le hice creer.

Señoras y señores, soy James Hernandéz, el comandante de este avión para el vuelo de hoy que los llevará a la maravillosa ciudad de Acapulco... –mientras escuchaba esa voz y me imaginaba ya nadando en el maravilloso océano Pacífico, sabía que Paolo se debía estar sentando, sorprendido, al lado de su mujer en un vuelo directo a Venecia, un viaje carísimo, pagado todo con su dinero...

Algunos podrían decir que lo mío fue una venganza, yo en cambio, que cada uno tiene lo que se merece... y yo merecía mucho más que uno como él.


(Este relato responde a la propuesta de Gin, "La llamada".
Te invito a hacer 'click' sobre el título de la propuesta y leer a todos los que participan.
Y no dejo de agradecer el enorme trabajo y la dedicación de Gin... infinitas veces, gracias!!)

lunes, 18 de junio de 2018

Hacia sólo quince días que estaba trabajando allí, pero todo se había vuelto tan rutinario, que comenzaba a aburrirse. Sólo a su jefe se le habría podido ocurrir colocar cámaras de seguridad en la biblioteca. Era una pequeña ciudad, ¿qué podría pasar que necesitara de vigilancia constante? Y, sobre todo, ¿por qué él debía pasarse las tardes enteras a ver lo que sucedía, cuando eso significaba no ver nada?


Aunque había una única cosa que interrumpía ese tedio, o mejor dicho, una única persona. Ella; Eleonora. Llegaba todos los días una hora después de que la biblioteca abría por la tarde; y permanecía allí hasta cinco minutos antes de que cerraran. Él no dejaba de observarla, desde que entraba e iba a la sección de historia, hasta cuando se levantaba y, sonriendo, se marchaba. La veía acomodarse el cabello y la falda; controlar sus apuntes y los botones de su camisa. Por eso, no escapó a su mirada, cuando aquel día, Eleonora pareció encontrarse, por casualidad, con su profesor. Vió cómo ella observaba de reojo cada movimiento de él. Cómo la experimentada mano de él rozaba la espalda de ella cada vez que se acercaba a explicarle algo. Y fue así, observando cada uno de sus movimientos, que vió cuando muy disimuladamente, Eleonora se dirigió hacia la sección privada, y su profesor por detrás suyo a pocos pasos.

Nunca había nadie en esa parte de la biblioteca; pero él, con la cámara de seguridad, tenía una buena visión del entero sector. Por ello pudo ver perfectamente cuando el cuerpo de Eleonora quedó atrapado entre los libros y el peso de su profesor. Por unos segundos dudó en llamar a su jefe, pero sólo hasta que vió cómo ella respondía a esa presión. Eleonora levantó su falda y rodeó con sus piernas la cintura de él. Sus manos se sujetaban a los hombros de éste, arañando su espalda, mientras sus dedos se entrelazaban en sus cabellos. No pudo evitar excitarse ante el espectáculo que observaba como inadvertido espectador. Fue evidente el movimiento del profesor al bajar la cremallera de sus pantalones. Y, aún si eran sólo imágenes sin sonido alguno, por la expresión del rostro de Eleonora, podía sentir sus gemidos mientras él la penetraba. La embestía contra la pared de libros, una y otra vez, hasta vaciarse dentro ella.

No podía decir cuánto tiempo era que estaba observando todo esto. Se quedó casi aguantando la respiración, cuando el profesor se acomodó la ropa y se marchó como si nada hubiese ocurrido; sólo dándole un beso en la frente. Y ella, la misma Eleonora, mientras bajaba su falda y, descaradamente, miraba hacia donde estaba la cámara, sonriendo. Estaba confundido, no entendía ese gesto, seguramente había visto mal. Pensaba en ello cuando la voz de su jefe lo sorprendió por detrás.

Algún día, todo lo que abarcan ahora tus ojos, será mío... –pronunció éste, más como una sentencia que como un deseo.

Ahora se explicaba el porqué de todo eso. Sonrió pensando al dicho que 'el Diablo sabe más por viejo, que por diablo'. Y por ello, éste era su jefe.


(Este relato pertenece a los "52 retos de 'El libro del Escritor'".
Es el número 31: Escribe una escena de sexo pero narrada por un mirón.
El relato igualmente, surgió por iniciativa de Gin para su propuesta 'Tentaciones'.)


*Te pido disculpas públicamente Gin, porque te tomas un enorme trabajo con todas nuestras letras y yo esta vez no he podido cumplir en tiempo... pero tampoco he querido dar por perdido este relato. ♥

jueves, 3 de mayo de 2018

Hay días en los que siento que todo me supera. Momentos en los cuales el tiempo parece escapar de mis manos inexorablemente, sin lograr hacer la mayor parte de los proyectos que me dan vueltas por la cabeza...
...entonces, inicio a visitar las casas de mis amigos. Y cuando llego a la de ella, sonrío.

Más de una vez he admirado su fuerza, sus ganas de hacer, su enorme generosidad para con todos los demás, sin mencionar el maravilloso don que tiene su pluma. Y obviamente ella, la maravillosa guerrera Ginebra Blonde, una vez más (me) ha dado muestra de todas estas virtudes suyas estando presente en el día de mi cumpleaños...


...gracias ...muchísimas gracias, de todo  ♥
porque, aunque no lo diga,
para mí es muy, muy importante.

domingo, 15 de abril de 2018

Al verla tal vez, no todos puedan comprender quién realmente tengan delante. Sus cabellos bañados por el sol, y sus ojos dulces como la miel, podrían hacer pensar en un ser frágil. Sin embargo, ella pertenece a un grupo de individuos privilegiados. Ella es de los que han sobrevivido.

Y ello no ha sido fácil. Fue la vida, que sin siquiera preguntarle o pedirle permiso, la ha convertido en la extraordinaria criatura que es hoy. Ha necesitado de coraje. Coraje para convertir cada herida en un punto de fuerza. Para que cada cicatriz fuera un recordatorio de lo vivido; de lo que podría haber sido y lo que ella ha logrado que no fuera. Todo aquello que había superado.

Ella ha librado cada una de sus batallas con pasión, la misma que siempre ha guíado su alma.
Ella, la que ha hecho de su voz, con la certeza de sus palabras, aquellas que surgían desde lo más profundo, su espada.
Ella, que en cambio, como escudo posee su natural esencia, templada en el fuego del día a día.
Ella, una mujer sin más armadura que la propia piel, con la cual sentir el latido; el proprio, y el del otro.
Ella, mujer y amiga.
Ella, sin dudas una guerrera de la vida.

Para vos, Gin, porque cuando se habla de "guerreras", me vienes siempre en mente...
smu@ckssssssssssssssssssss a montones!


(Este relato pertenece a los "52 retos de 'El libro del Escritor'".
Es el número 34: Tu protagonista tiene que ser una guerrera.)

miércoles, 21 de febrero de 2018

Reconocer(se)

Estacionó y bajó de su moto. Ni siquiera el viento en la cara pudo hacer que se olvidara de ella. Había conducido por horas, y a una velocidad poco recomendada. Sin rumbo, sólo con la imagen de su rostro por delante. Una vez había leído: “El alma libre es rara, pero la reconoces fácilmente cuando la ves.” Y él la había reconocido. En medio a toda esa gente, y a pesar de su hermoso antifaz... él la había reconocido.

No dudó un segundo; y, aún si la fiesta estaba terminando, fue tras ella.

¿Qué debo hacer para conseguir tu número de teléfono? –le susurró al oído.
¿Apuntarme con un revólver, tal vez? –respondió irónicamente ella, alzando una ceja, provocándolo.
No corazón, quiero que tú me entregues todo por tu propia voluntad. –le dijo muy seguro de sí mismo.

De repente imaginó la habitación de ese hotel que tanto le gustaba a unos pasos de allí, con vista al Canal Grande. La suite, con la bañera en un ángulo. Luz tenue y música suave. En la mesilla, las esposas y la vela. Y sobre la cama, ella. Donde pudiese observarla... domarla...  poseerla... amarla. Donde ella se concediera a cada uno de sus juegos; a cada una de sus perversiones; a cada uno de los placeres que él sabría darle.

Tan absorto estaba en sus fantasías, que no se percató de haber sido rodeado por sus amigos y que lo habían separado de ella. Sin saber siquiera quién era; sin saber dónde estaba. Esa sería su cruz, haberla finalmente encontrado, y perderla antes de tenerla.

...

No podía sacarse esa voz de la cabeza. Había durado un instante, pero cuanto servía para sacudirle todas las certezas. Aún no se explicaba, ni le perdonaba, que se haya alejado sin más, amigos o menos. Preguntó quién era, pero nadie le dió una respuesta concreta.

Caminaba por la calle sin saber muy bien dónde iba. Jugando y haciendo girar la llave de su departamento en la mano. Y sin dejar de darle vueltas a la piruleta en su boca; cuando lo vió. Bajaba de una moto, y lo reconoció. Sin pensarlo se le acercó, no dejaba de mirarlo.

3581119304... –le dijo mientras se le paraba delante. Por si aún te interesa...

Sonrió de lado, y la tomó por la cintura, sujetándola a su cuerpo. Las almas libres eran raras, pero él la había reconocido, y ella a él. Ahora se habían encontrado y no volverían a perderse.



(Este relato fue escrito para la iniciativa de Ginebra propuesta en su blog Variétés.
Luego es ella quien hace un estupendo trabajo de edición y presentación,
que te invito a verlo aquí
y comentar en este maravilloso Paraíso de Letras que ha creado para cada uno de nosotros.
Gracias Gin... de verdad, muchísimas gracias por tanto y tanto que nos brindas.)

sábado, 25 de noviembre de 2017


Le bastó cruzar la mirada con esos ojos oscuros como una noche sin luna, para saber que ese sería un vuelo especial. La vista de su escote; ese modo de cruzar las piernas al sentarse, y esa forma de morderse el labio, eran una clara declaración de intenciones. Y él no pensaba en otra cosa que cumplir a todas y cada una de ellas.

Llevaban algunas horas en vuelo, y sólo se habían rozado las manos cuando trajeron la cena. Ella lo había provocado todo el tiempo, pero ese juego lo excitaba, y sabía que a ella también, aunque no hubiese pronunciado una sola palabra. Hasta el momento en el que apagaron todas las luces.

¿Me dejaría pasar? ...necesito ir a la toilet. –susurró tan cerca de él que hizo que la piel de su cuello, de todo su cuerpo, se erizara.
Obviamente... –respondió, sonriendo de lado.

Él se puso en pie, y ella le pasó delante contoneando sus caderas, casi tocando su entrepierna. Esperó dos minutos, mientras veía la curva que hacía su espalda en ese punto que lo hacía enloquecer, y la siguió. Había dejado la puerta sin el pestillo y cuando entró, ella ya se había quitado su vestido negro, estaba sin sujetador; y mirándolo fijo. Bloqueó la puerta, desabrochó uno a uno los botones de su jeans, y sin mediar palabra, la giró y la penetrò. Sintió su sexo abrirse paso dentro ella, y mordió su hombro. Sus gemidos eran tan fuertes que temió se escucharan fuera del minúsculo baño. Por mucho tiempo esa había sido sólo una fantasía y ahora estaba a punto de explotar dentro de ella, allí, en mitad del vuelo.

Perdieron la cognición del tiempo, hasta que sintieron calmarse los espasmos de los propios orgasmos. Ella sonreía de forma única mientras él continuaba a mirarla en el espejo.

¿Entiendes ahora por qué te digo que tu fotografía más bella es la que tomo con mis retinas? –le dijo besándole el cuello en tanto que ella se volvía a vestir. Belleza es tu rostro cuando me donas tu orgasmo.
Te amo... –respondió girándose y saliendo del baño, aún quedaban más de seis horas de vuelo antes de llegar a Buenos Aires.


Este texto ha sido escrito para la iniciativa de Gin;
Aprovecho la ocasión para agradecerle a ella tanto trabajo y tanta dedicación,
y, sobre todo, su gran amistad.
Por eso, ahora que has leído este relato, te invito a comentarlo allí
(haz click en el título de la iniciativa)
y podrás también encontrar otros relatos maravillosos.

Gracias por todo, Gin!

viernes, 7 de julio de 2017

#VDLN - 51

"Nos enseñaron desde niños cómo se forma un cuerpo,
sus órganos, sus huesos, sus funciones, sus sitios,
pero nunca supimos de qué estaba hecha (el) Alma."
(Mario Benedetti)




Alma...
tres letras formando un nombre,
donde no hay principio y fin,
sino un infinito latir.

Alma...
un mar de contradicciones,
de fuego en las venas,
para resurgir cual Fénix eterna.

Alma... con sus mareas y contrastes.
Alma... con palabras y silencios.
Alma... ahora y siempre.
Alma... simplemente Alma.
(letras escritas para una iniciativa de mi querida Gin)

Si quieres, déjame aquí tu huella...

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