miércoles, 26 de junio de 2019

No sabía ni recordaba qué exactamente la había conducido hasta allí.
Ni tampoco en cuál momento las estrellas se habían alineado de la forma precisa para que ella hoy se encontrara en esa situación.
Su única y plena certeza era que, en el interior de aquella habitación, se hallaba todo lo que tanto deseaba: él.



(Este microrelato pertenece a “Reto: 5 líneas” propuesto por Adella Brac.

Las palabras son las de los meses de Junio: conducido - estrellas - interior.)

jueves, 20 de junio de 2019

De repente un día se quedó en silencio. No porque no tuviese qué decir, sino todo lo contrario. Tenía tanto que las palabras no le salían, se le atoraban en la garganta y la laceraban por dentro. Lloraba sin lágrimas; y se iba rompiendo. Lo hacía de una forma imperceptible. Como esa mañana cualquiera que te despiertas y te das cuenta que definitivamente el verano ha terminado y el frío es lo único que logras sentir en la piel... en el alma.

Fue cuando necesitó ese abrazo por la espalda que nunca llegó. Ese gesto casi de prepo; porque sí, porque cuando estaba así era –aún más– caprichosa e infantil. Y se alejaba, tomaba distancia. Se volvía arisca, terriblemente desconfiada y racional. Y fue desde esa distancia que vió todo claro. Todo era tan sencillo, tan simple, tan obvio, que no comprendía cómo no se había dado cuenta antes.

Entonces se recumpuso otra vez como tantas otras había hecho antes. Ya no había más preguntas por responder; no había explicaciones para dar ni recibir; no había nada, absolutamente nada, por decir. Ahora, lo único que quedaba, era ese silencio lleno de significado.



(Este relato pertenece a los "Relatos Jueveros"
y esta semana la convocatoria fue hecha por Mag desde su blog: "La trastienda del Pecado".
Te invito a leer el resto de los participantes aquí!)

sábado, 8 de junio de 2019

Recordando[te]


El aroma de la tarta de manzanas había invadido toda la cocina. Ese día Laura se había levantado temprano, casi al alba. El sol entraba tímido por las ventanas, el otoño comenzaba a hacerse presente. Suspiró, sin querer que los recuerdos la invadieran. Arregló las sábanas de su cama, hacía años que era una tarea de lo más fácil. Bajó al jardín, dejando que la hierba aún con el rocío, le mojara los pies. Fue cuando vió las manzanas, parecía una propuesta. Sonrió. Volvió a entrar a la casa, controló de tener todo lo necesario y comenzó a cocinar la tarta. Escuchó los pasos de Abril, se había despertado.

No había podido casi dormir en toda la noche, la ansiedad la estaba consumiendo. En pocos días partiría para Buenos Aires de forma definitiva y su madre se quedaría allí, sola. Abril no entendía esa terquedad de parte de su madre, ¿qué la retenía allí? Nada. Eran años que su padre se había ido y ella no había vuelto a tener otro hombre; ni siquiera un amigo le conocía. Su madre era una bella mujer aún, y se merecía ser feliz. Laura decía que lo era, allí, entre esos muros, con sus cosas... sus fantasmas. Abril se levantó apenas escuchó rumores en la cocina, seguro su madre se habría puesto a cocinar.

La tarta estaba lista, bastaba se enfriara un poco. Laura deseaba mimar un poco más de lo normal a su hija esos días. Pronto su niña, ya no más niña, partiría hacia la tierra de sus orígenes. Sonreía con lágrimas en los ojos pensando en las vueltas que tiene la vida. Ella había llegado allí de pequeña, y pese a que le costó mucho al principio, fue allí donde hizo su vida, donde construyó todo lo que era. Y ahora Abril, su única hija, elegía hacer el viaje de regreso. Volvió a suspirar, ¿cuántos eran ya esta mañana? ...había perdido la cuenta. Tomó la tarta y la cortó, se enfriaría más rápido. Se sentía el aroma de su ingrediente secreto, en todos esos años Abril nunca lo había adivinado, y eso que era fácil. Pero Laura se lo había escrito; en realidad, eran meses que le estaba preparando un libro especial, sus mejores recetas. Había comprado un cuaderno con tapas de cuero y le había hecho grabar su nombre; allí había escrito, con su mejor caligrafía, las recetas preferidas de Abril. Todos los pasos, los pequeños trucos y, obviamente, los ingredientes secretos que ella misma usaba. Sabía que era un regalo que su hija apreciaría, más ahora que estaría tan lejos.

Antes de bajar a desayunar, decidió ir hasta el desván, no sabía porqué su madre cambiaba todo de lugar constantemente; y las valijas que siempre habían estado en el garage, ahora debía buscarlas allí donde no le gustaba demasiado entrar.

De repente Laura escuchó pasos en el desván, seguro Abril había ido a buscar las valijas. Su hija siempre había sido muy impaciente, como si no hubiese podido bajar a desayunar y luego ocuparse de ello.

No recordaba la última vez que había entrado al desván y debía admitir que su madre se había hecho allí un bonito rincón. Tenía sus revistas de decoración que siempre había guardado; sus antiguas cajas de hilos, esas que habían pertenecido a la abuela; y sus libros, todos sus libros. Había colocado una alfombra y un mullido sillón. ¿Cuándo era que había hecho todo eso? Miraba todo como si fuera que había aparecido allí por magia. Un objeto llamó su atención, se acercó a la librería para verlo mejor, cuando notó que su madre estaba detrás.

Buenos días... –dijo Laura abrazando a su hija. Hubieses podido bajar a desayunar, que luego ya hay tiempo para las valijas.
Buenos días mamá... ya sabes que no puedo estarme quieta. –respondió Abril girándose y dándole un beso en la mejilla. ¿Qué es esto? Nunca había visto este cofre, ¿de dónde lo has sacado?

Por un momento a Laura le pareció que el tiempo se detenía. Ese era su espacio, así lo había armado, poniendo atención a cada objeto y detalle que allí se encontraba. Y ese cofre estaba entre sus cosas más preciadas. Guardaba en él un secreto desde hacia años, una eternidad le parecía. La emocionaba pensar a aquellos años en los que él le escribía cada día; sus correos era lo primero que abría al despertar. Ya luego sus letras la acompañaban durante todo el día. Él había sido una presencia más allá de cualquier distancia.

Nada, Abril... un cofre donde guardo algunas cosas de tiempo atrás... –dijo Laura en un tono de voz casi inaudible.
¿Puedo ver? ...sabes que soy curiosa. –preguntó su hija, y sin esperar la respuesta abrió el cofre. Mira... tus aretes de plata!! ...sólo te los había visto en fotos.

Abril sacó una a una las cosas del cofre, sin notar el temblor en las manos de la madre, ni las lágrimas que amenazaban en inundar sus ojos. Allí estaban esos aretes que había usado día a día por tantos años; una servilleta de un bar en Buenos Aires con el sobrecito de azúcar aún intacto; un viejo billete de tren; una carta que ya no se leía porque se había borrado la tinta, y donde sólo quedaba la inicial que la firmaba. Esa G que para Laura era un tatuaje en el alma. Aquel otoño en Buenos Aires había cambiado su vida. Él lo había hecho. Volver luego a su casa, a su trabajo, a su rutina, a su marido, había sido la desición más difícil de toda su vida. Pero él había siempre dejado las cosas en claro, no podían, no debían. Y aún sabiendo que fue lo correcto, no pasó un instante sin recordarlo. Ni siquiera cuando tiempo después de su regreso, él dejó de escribirle. Había desaparecido tan rápido como había llegado, y ella no tenía modo de saber, de preguntar. Y así fue como intentó comenzar a olvidarlo, metiendo una a una las cosas que la unían a él dentro ese cofre, 

Sin embargo, cómo hubiese podido siquiera pensar en olvidarlo, si cada vez que veía los ojos verdes de su hija era como si lo tuviese delante.

sábado, 25 de mayo de 2019

Se subió al auto sin pensarlo demasiado, y antes de ponerlo en marcha, controló por enésima vez el maquillaje, ahora en el espejo retrovisor. Se preguntaba en qué momento había tenido la brillante idea de volver, ¿a caso no se encontraba bien ella así como estaba? Pero le había dicho a él que lo haría, se lo había prometido, y si algo siempre le había gustado, era cumplir con su palabra.

Arrancó; no eran demasiado los kilómetros que la separaban de aquella casa, pero tampoco deseaba encontrarse en medio al tráfico de aquellos que elegían salir a pasear un domingo a la mañana. Él le había contado que todo era prácticamente igual, las mismas costumbres, las mismas tradiciones. Aunque no había profundizado mucho sobre el tema, como si él evitara ponerla de frente a la realidad. Pero no hacía falta, ella ya sabía lo que encontraría. Imaginaba ya el rostro de su tía cuando abriera la puerta de la casa. No lo creería. Después de todos esos años, diecisiete para ser exactos, donde sólo había reinado el silencio. Ella no le había contado ni a su madre que pensaba volver, y es que sentía que no lograría comprenderla. Hacía ya tiempo que había dejado de librar batallas que no eran suyas, y mucho menos, continuaría a combatir enemigos ajenos. Estaba preparada; preparada para los reproches, al fin y al cabo, serían los de siempre, segura que eso tampoco había cambiado. Le parecía ya oír esa voz que marcó su infancia, diciendo lo egoísta que era; que con qué coraje se presentaba allí hoy y, sobre todo, para qué, qué buscaba.

El paisaje de los costados de la autopista continuaba a pasar como si nada y ella probaba a respirar para serenar toda la agitación que comenzaba a invadirle el cuerpo. Cada tanto se cruzaba con imágenes de todo lo que había sido y no podía dejar de preguntarse cómo había llegado a tanto. En definitiva, había sido ella a dar el portazo y alejarse lo más posible. Y ahora volvía. Es que diecisiete años no son pocos; ella había crecido, había vivido tantas cosas y aprendido que, tal vez, no todo era blanco o negro. Ya no era esa veinteañera rebelde, que quería llevarse el mundo por delante y que estaba segura de poder lograrlo. Ahora era una mujer adulta, y una que necesitaba cerrar ciertos círculos. No pretendía disculpas de nadie, no era eso. Sabía que los errores habían sido de ambas partes, aunque esto no le fuera jamás reconocido. No importaba. Ya estaba allí.

Estacionó frente a la casa; todo se veía exactamente igual, como si el tiempo no hubiese pasado. Sólo faltaba que tres niños salieran corriendo por el costado. Gritando, sonriendo, jugando. Tembló y por un momento pensó en escapar otra vez. Respiró profundamente, bajó del auto y sonó a la puerta.

Un momento... ya llego... –la inconfundible voz de su tía le gritó desde adentro.

Dos minutos después la puerta de la casa de su nonna se abría y su tía se la quedaba mirando emocionada. Ninguna de las dos lograba pronunciar una palabra, y por todo gesto se abrazaron.

Pasa... pasa... –dijo su tía mientras casi la empujaba dentro. Tu nonna está en la cocina, porque supongo que es a ella a quien quieres ver, ¿no?
Sí... –respondió en un susurro. Sé que es la hora del almuerzo, y no quiero molestar...
¿Qué dices? –respondió su tía deteniéndose de golpe. Ella no entenderá nada, pero se pondrá contenta de que alguien haya venido a visitarla.

¿Alguien? ...se preguntó para sus adentros. Estaba allí, preparada y lista para la lluvia de ataques que le caería encima. Entró en la cocina; ahí estaba ella, su nonna. Parada de espaldas no la había visto, estaba concentrada girando lo que sin dudas sería el estofado; pese a los años, ese perfume era inconfundible. No podía decir nada, en un segundo había perdido la voz, sólo pudo toser.

Hola nena... no te escuché entrar... –dijo la anciana girándose con la cuchara de madera en la mano. Has llegado justo en tiempo, ¿te quedas a almorzar?

Ella seguía muda, inmóvil en mitad de ese espacio lleno de recuerdos. Su tía apareció por detrás, y como si supiera que estaba a punto de caer, la sujetó por la cintura.

Mamá... ¿viste quién vino a visitarte? –preguntó su tía sin soltarla.
La nena... –respondió la anciana. La amiga de Fer... ¿se queda a comer?

La escuchaba y era como que el tiempo transcurría en cámara lenta, nada tenía sentido; y a la vez, todo comenzaba a encajar perfectamente. Por ello él le había hecho prometer que iría hasta allí. Le había hecho entender que se lo debía, sino a otra persona, a ella misma. Su nonna ya no recordaba todo, había olvidado muchas cosas, entre esas, a ella.

No supo de dónde sacó la fuerza pero permaneció allí el tiempo del almuerzo y una larga sobremesa. Se sentó junto a su nonna; la cual se pasó todo el tiempo contándole su vida. Le habló de su nono, de su madre, de sus nietos, hasta de ella misma. Se sorprendió que a pesar del muro que había alzado entre las dos, ella estuviera tan informada de su vida. Así y todo, no la reconoció en ningún momento, ni siquiera cuando le repitió por décima vez su nombre.

Nena... yo ahora me voy a dormir la siesta, ya estoy grande para aguantar tantas horas en pie... –comenzó a decir su nonna soltándole la mano que había sujetado por todo el almuerzo y acariciándole el rostro. Tienes unos ojos hermosos, una mirada con luz... espero vuelvas otro día...

Seguro... –respondió ella. ¿Por qué no?

No pudo evitar romperse en llanto. Ella estaba preparada para todo, para los reproches, para las recriminaciones... para todo, menos para lo que había pasado. Menos para que su nonna no la reconociera, menos para no poder disculparse. Menos para darse definitivamente cuenta que, tal vez, ya era demasiado tarde para volver.

lunes, 20 de mayo de 2019


Miro fuera por la ventanilla mientras volamos hacia ese destino maravilloso y tantas veces soñado. Después de todo lo ocurrido, me llevaba de vacaciones como decía él. De ese modo, yo había pasado a ser una más de sus pertenencias.
Estaba silenciosa. Desde hacia tiempo había aprendido que la venganza es un plato que se sirve frío. Por eso estaba segura que cuando sintiera el rugido de mi alma, el terror le calaría hasta los huesos.






(Este microrelato pertenece a “Reto: 5 líneas” propuesto por Adella Brac.
Las palabras son las de los meses de Mayo: huesos - volamos - rugido.)


jueves, 16 de mayo de 2019

Hoy al llegar a casa sentí su ausencia más que nunca. Definitivamente ella había sido el amor de mi vida. Lo era. Aún hoy, ahora, lo es, estoy seguro.

Recuerdo el día que entró por primera vez en mi panadería. Se había mudado hacía poco al barrio. Nadie sabía nada de ella, yo menos, pero no me importó. Me bastó ver cómo se movía su falda al compás de sus tacones. La brisa que jugaba con la solapa de su camisa, mostrando su escote. Abierto lo justo, un poco más hubiese sido indecentemente provocador. Quise atenderla yo mismo, casi podía adivinar qué me pediría. No era de dulces, de hecho quiso unos pancitos con semillas.

Deberías probar estos... –le dije ofreciéndole unos grisines con sésamo.
Gracias... –me respondió tímidamente, pero sonriendo de una manera que hizo que el resto de las personas allí dentro desaparecieran al instante. ¿Cuánto le debo?
Nada. –le dije mientras le colocaba todo dentro una bolsa y me aseguraba que llevara la tarjetita del local con los números de teléfono. Es un regalo de bienvenida al barrio, faltaría más.

Volvió a sonreír, sonrojándose apenas. Eso me volvió loco, y supe que existía el amor a primera vista. Se giró, saludó y se marchó.

Continuó a venir dentro la panadería día tras día después de esa primera vez. Llevaba siempre lo mismo, y siempre la atendía yo personalmente, colocándole en la bolsa alguna nueva especialidad para que probara. Parecía una danza de cortejo y seducción. Hasta que un día junté coraje y la invité a salir.

¿Qué te parece si esta tarde cuando cierro aquí, te paso a buscar por donde me digas y nos vamos a comer y tomar algo por ahí? –pregunté casi sin tomar aliento, temía que si hacía alguna pausa no sería capaz de terminar.

La ví que dudaba y no entendía porqué, en definitiva no le estaba proponiendo nada malo.

Podría ser... –me respondió finalmente. Vendré yo hasta aquí, lo prefiero; dime a qué hora.

No me pareció lo más correcto, ni muy caballero de mi parte, pero se lo dejaría pasar por esa vez, ya luego tendría tiempo de que entendiera.

Pese a toda mi simpatía y mis esfuerzos por hacerla sentir cómoda, ella mantenía la distancia. Sentía que había algo que la hacía desconfiar. No me importaba, me había enamorado y la conquistaría. Ella terminaría amándome, sabía que lo haría, no podía ser diferente.

Pasaban los días, las semanas, y continúabamos a salir aquí y allá, pero nuestra situación no cambiaba demasiado. Yo le había demostrado más de una vez lo que sentía y hubiese jurado que era más que obvio. Como cuando casi la obligué a ponerse mi chaqueta para que no anduviese tan destapada por la calle, no deseaba se enfermara tampoco. O como cuando le quité el cigarrillo de la boca, diciéndole que no debería fumar, sería un pecado arruinarse de ese modo la salud.

Esa noche no decía nada, sólo me observaba. No supe decifrar esa mirada, pero la noté cabreada. No deseaba pelear y la convencí para ir hasta la panadería. Era domingo y a esas horas ya estaba cerrada hacía rato, y hasta el martes a la madrugada sería toda para nosotros.

Me costó. Al inicio no quería, no entendía el sentido, deseaba terminar la velada allí y basta. No podía permitirlo.

Vamos niña, que no te pongas así, que sólo quiero cuidarte... –le decía mientras entrábamos al local. Tú sabes que me he enamorado de ti... que haría lo que fuera por ti...
Mario, por favor... termínala ya... –dijo con cierto fastidio y mirándose alrededor. Creo que esto ha llegado demasiado lejos.
¿Lejos? –pregunté perplejo. Pero si esto apenas ha iniciado mi niña.
Odio que me llames así... –dijo dándose la vuelta. No soy tu niña, soy una mujer adulta y libre... ya te lo he dicho Mario, ya he pasado por muchas y no volveré a cometer ciertos errores, no deseo enrollarme, ni contigo ni con nadie...
Pero ¿qué dices dulzura? –le dije mientras me acercaba para abrazarla. Te he dicho, te amo y nada ni nadie podrá separarnos.
Basta Mario... –y trató de soltarse de mis manos que la sujetaban con fuerza por los brazos. Tú no estás bien... apenas nos conocemos y hemos salido unas cuantas veces, pero nada más... ni amor ni nada... esto acaba aquí... creo que me marcharé, he siempre querido vivir en la playa...

(...)

No recuerdo exactamente qué pasó después. Todo había sido sólo un mal entendido. Ella no se daba cuenta cuánto la amaba, y yo sólo deseaba cuidarla.

Habían pasado unos meses desde aquella noche. A último momento había decidido cerrar la panadería y tomarme unos días de vacaciones. Ya de madrugada, apagué los hornos y le dejé un mensaje en el celular a la señora que me ayudaba en el local.

“María, me tomaré unos días de descanso, los necesito como me dice siempre usted. No se preocupe por nada, he dejado todo limpio en la panadería. Me iré a la casa del mar. Nos vemos a la vuelta.
Mario.”

Y hoy, entrando a casa sentí su ausencia. Ella, que aún sin quererlo, lo había sido todo, que todavía hoy era todo para mí, me hacía falta. Pero yo no me equivocaba, nada ni nadie podría separarnos porque yo la amaba, la amo. Sonreía mientras pensaba en ello y agregaba un poco de mi arena especial a la pequeña pecera marina. En definitiva, a ella le gustaba el mar y ¿qué no haría yo por hacer feliz a mi niña?





(Este relato pertenece al Reto: "Fuego en las palabras" del mes de Mayo;
blog "Crónica de la loca que cazaba nubes"... te invito a visitar el blog y su dueña, Rebeca.)

domingo, 12 de mayo de 2019


Siempre me sentí diferente.
No me gustaba seguir las normas
y las únicas reglas eran las mías.
Creí que aquello nunca cambiaría
y temblé el día que supe pasaría.
La mayoría decía era una locura,
una más de las mías,
una que arruinaría mi vida.
Sin embargo, desde ese primer instante
mi alma ya vibraba diferente;
y cuando sin apenas aliento
te apoyaron en mi pecho,
mis alas se abrieron
comenzando el más magnífico vuelo.


(Estas letras pertenecen a la iniciativa, "El sombrero loco", propuesta por Gin;
y hoy, que aquí se festeja el Día de la Madre, se las dedico a mi hija, el motivo de todo...

...si así lo desean, AQUI pueden leer a los otros participantes.
Y un GRACIAS enorme a Gin, por todo, todo lo hermoso que nos ofreces día a día.)