jueves, 27 de febrero de 2020


Si alguien hubiese tenido que describir a Alma, seguramente hubiese dicho que era una niña que soñaba demasiado. Miraba el mundo siempre con ojos curiosos y, a pesar de tener las rodillas lastimadas por tanto tropiezo, no dejaba de alzarse e intentarlo una vez más.

Un día, sus pasos –o tal vez fueron sus alas, esas que para no olvidarse quién era se había dibujado en la espalda-, la llevaron hasta el mar, ese sitio donde podía sentirse sí misma, sin límites ni barreras. Y fue allí que la encontró, la conoció... ella, la Luna.

Al inicio fue un tibio reflejo, parecía como que ninguna de las dos deseaba asustar a la otra con la propia impulsividad, las propias ganas de saberlo todo. Pero la atracción es algo inevitable y ni queriendo podían no buscarse. Parecía que llevaban varias vidas siendo amigas, conociéndose. Las experiencias y sentimientos tan parecidos, tan vividos, tan de ambas.

Desde ese día no volvieron a separarse. Se contaban todo; hasta compartían los silencios, esos que estaban tan llenos de significado y que ambas entendían tan bien. Luna y Alma; dos seres que la vida y las circunstancias habían unido, mucho, muchísimo tiempo antes de encontrarse.


(Este microrrelato pertenece a los "Relatos Jueveros"
y esta semana la convocatoria fue hecha por Demiurgo desde su blog: "El Demiurgo de Hurlingham".
Te invito a leer el resto de los participantes aquí!)

viernes, 21 de febrero de 2020

Los abrazos rotos

22:00 horas. Eso marcaba el reloj cuando Emme decidió meterse en la cama y dormir. Decir que llevaba unos días fatal era un eufemismo. En realidad, hacía semanas, meses, que no encontraba su propio eje; parecía haber perdido su habitual equilibrio. Aunque tratara de disimularlo, escondiéndose detrás del trabajo y sus miles de ocupaciones diarias; cuando llegaba a su departamento, no tenía escape, debía enfrentarse a esa tristeza que le pesaba en los hombros.

00:00 horas. Los números rojos del reloj despertador parecían una marca a fuego que deseaban grabarse en su frente. No podía conciliar el sueño; había dado tantas vueltas en su cama que hasta Poe, desde su rincón, la observaba entre preocupado y fastidioso. Se levantó a preparar un té, tal vez una tila lograra relajarla de una vez.

02:00 horas. Allí seguía; sentada en el sofá de la sala. La música a bajo volumen al menos había hecho que Poe se durmiera; si hasta parecía que soñaba; allí, echado a sus pies. Al menos uno de los dos en ese departamento lo lograba. Ella sabía qué la atormentaba, pero ya estaba bien; en definitiva, se había hecho responsable de lo sucedido. Tenía un carácter difícil, lo sabía, siempre lo dijo. Quien se acercaba debía estar dispuesto a encontrarse con esas puntas filosas de su temperamento. Era exigente, pero no pedía más de lo que daba, a nadie, nunca. Por lo cual, cuando él se fue no se puso mal, no se lo permitió. Había lanzado la moneda y apostado a la cara equivocada. Eso era todo. Y en cierta forma se lo esperaba. Todos se iban, él sólo había sido uno más, el último de tantos otros. Y ella estaba tranquila, había juntado otra vez sus pedazos rotos y continuado su camino. Otra piedra, otro tropiezo, ¿e iban? Ya había perdido la cuenta. Escuchó cómo comenzaba a llover, habían pasado otras dos horas y el reloj sobre la biblioteca ya marcaba las 04:00 de la madrugada.

06:00 horas. Una luz cegadora atravesó el departamento, acompañada de un estruendo que hizo que Poe, asustado, echase a esconderse debajo de la cama. Emme despertó sobresaltada de lo que le pareció una eternidad que llevaba durmiendo. No hacía frío, menos debajo de la manta que la cubría, pero ella temblaba. Y de golpe, comenzó a llorar. No pudo evitarlo, ni detenerse. Lloraba con una angustía que le venía de tan adentro que parecía estar vaciándose. Lloraba y esas lágrimas la limpiaban, la sanaban. Se estaba perdonando. Perdonando de haberse culpado de cosas que no eran. Él se había ido; la había abandonado cuando ella más lo necesitaba. El porqué no importaba ni tenía ya sentido preguntárselo. No había excusa suficientemente válida para romper los abrazos que los habían unido. Él la había dejado, enseñándole que los “para siempre” nunca se cumplen y que los “nunca lo haré” siempre llegan. Lloraba y con cada lágrima derramada era más y más fuerte.

08:00 horas. Después de la lluvia, el sol entró con fuerza por las ventanas, todo lo iluminaba. Emme había dejado de llorar y sonreía. Llamó al trabajo para advertir que ese día no iría; alguien necesitaba su ayuda y era importante. Ella...


(Este relato pertenece a los retos de "Gym para escritores".
Éste particularmente corresponde a la semana dos: "Música".)

lunes, 17 de febrero de 2020

Allí estaba ella, “la Tana”, como la conocían en aquel pueblo costero al que había llegado algunos años atrás. Siempre con una sonrisa en el rostro, en el alma, ‘nunca se sabe quién puede necesitar una’ decía, mientras tomaba una caracola entre las manos. ‘Los ecos del pasado....’ comentaba. ‘...esos que me recuerdan quién soy’. Porque ella siempre supo que estaba hecha de infinitos detalles... la picardía de su padre; la fuerza de su madre; la templanza y perseverancia de sus abuelos. Y esta consciencia de sí misma había sido como una cerilla encendida, una pequeña luz venciendo cualquier oscuridad.




(Este microrelato pertenece a la iniciativa "Escribir jugando"
y ésta es organizada por Lídia desde su blog: "El Blog de Lídia".
Ésta es la propuesta para el mes de Febrero.)

jueves, 13 de febrero de 2020

Faltaban pocos días para que comenzara el verano, y en Buenos Aires la gente ya se sentía como en el infierno. Daniel no era la excepción. Los años pasaban y cada vez estaba más harto de ese trabajo de sueldo discreto y capacidades desperdiciadas. Pero ahí estaba, esperando el colectivo hasta Flores. Ese barrio sí que había cambiado, ya no era el de Dolina, ahora... alguien llamó su atención.

Excuse me, can you help me? –preguntó quien sin dudas sería un turista asiático.
Yes, of course... –respondió desplegando su –casi– inglés.
I need to go to this site... –marcaba insistentemente sobre un mapa todo doblado. If I take this bus, can you tell me where to get off?
Yes, no problem... –dijo satisfecho. It’s on the way before my destination.

Ambos se subieron al colectivo y se sonrieron complacidos. El turista no iba solo y se acomodó por detrás; Daniel viajaba parado pero podía verlo sin problemas. Eran apenas pasadas las ocho de la mañana y el tráfico ya estaba congestionado. Pensó que él uno de los últimos lugares que recorrería en verano, sería la ciudad de Buenos Aires, la humedad se te pega a la ropa y al cuerpo, y viajar en el transporte público era una velada tortura. A él no le quedaban muchas opciones, ir con su propio coche estaba fuera de discución, pero los turistas... ¿El turista? ¿Dónde estaban ya? Estuvo distraído en sus propios pensamientos y había completamente olvidado a pobre hombre. Se giró rápido y lo vió aún sentado.

Comes down! –gritó Daniel. Comes down here... now!

El hombre lo miraba atónito  y Daniel cada vez más nervioso, olvidó hasta el inglés.

Bajate... bajate acá... –seguía gritándole, haciéndole gestos.

El colectivo arrancó otra vez. Daniel miraba al hombre y fuera del colectivo, agitado. Fue ahí cuando vió, en la vereda, al turista consultando nuevamente el mapa. Mudo, volvió la vista al fondo del colectivo y notó que quien estaba sentado, de hecho, era otro. Quería que lo tragara la tierra.

Bajó del colectivo en la siguiente parada; caminaría lo que restaba hasta el trabajo.



(Este relato pertenece a los "Relatos Jueveros"
y esta semana la convocatoria fue hecha por Alfredo desde su blog: "La plaza del diamante".
Te invito a leer el resto de los participantes aquí!)

martes, 11 de febrero de 2020

Estaba allí. Había pensado una y mil veces en darme la vuelta; en salir corriendo con toda la velocidad que mis piernas pudiesen darme. Sin embargo, continuaba quieta, inmóvil, petrificada; con las manos que no dejaban de sudar, de temblar. Pero es lo que elegí, lo que deseo desde hace tiempo. Entiendo que debo, que quiero continuar hasta el final. Y entonces, camino por el largo pasillo que me llevará a ese, mi destino. Cierro los ojos, cruzo los dedos y abro la puerta...


(Este microrelato pertenece a “Reto: 5 líneas” propuesto por Adella Brac.
Las palabras del mes de Febrero son: manos - entiendo - pasillo.)

jueves, 6 de febrero de 2020

Al que nace barrigón...

Esa mañana no deseaba levantarse. A pesar de haberse despertado temprano, lo único que había hecho durante todas esas horas, había sido mirar por la ventana desde el calor de su cama. Mientras observaba como la niebla envolvía todo el paisaje, sentía cómo la ebullición de su interior dejaba finalmente lugar a esa fría calma. Ella sabía que quien siembra vientos, cosecha tempestades, pero así y todo había continuado. Había querido apostar una vez más a lo que sentía, pese a todos los racionales pronósticos en contra. Porque, hay que decirlo, si el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra, pues las mujeres hacen altares con ellas; y encima, ponen allí al semidios del momento. Es que ahora se daba cuenta y hasta se reía de haberlo siquiera intentado. Se preguntaba quién habría sido el imbécil al que se le ocurrió eso de que un clavo saca a otro clavo; es que ¿alguien había probado alguna vez? Era imposible. Pero bueno, sarna con gusto no pica y ella, mientras había durado, se lo había gustado. ¡Y cómo si lo había hecho!

Ahora, como es de bien nacidos ser agradecidos, ella pensaba a lo que le debía, a todo lo que le había enseñado. La que era, en la que se había convertido después de aquello. No volvería a confiar en palabras bonitas; en quienes se presentan con la capa del superhéroe queriéndote salvar; en los que te dan cátedra cuando la propia vida es una colección de fracasos... En definitiva había dicho basta.

Finalmente se levantó y así como estaba, sólo con la camiseta y descalza, fue a hacerse el café; cuando oyó la señal del móvil que le había entrado un nuevo mail. Sin esperar, lo abrió y lo leyó. Sonrió al recordar cuánta razón tenía su nonno cuando a la frase “nunca digas de esta agua no beberé” agregaba “porque el camino es largo y puede darte sed”... a ella le había bastado ir del dormitorio hasta la cocina para no ver la hora de beber y disfrutar de ese cappuccino.


(Este relato pertenece a los "Relatos Jueveros"
y esta semana la convocatoria fue hecha por Mag desde su blog: "La Trastienda del Pecado".
Te invito a leer el resto de los participantes aquí!)

lunes, 3 de febrero de 2020

Como lluvia

Llovía, no demasiado, pero lo suficiente para ponerla nerviosa. Se había tomado la tarde libre; necesitaba prepararse. Iniciaba a pensar que encontrarlo era una locura. ¿Cómo se le había ocurrido? Era como aceptar caramelos de un desconocido..., o peor. Pero él había despertado su curiosidad, eran meses que la provocaba. Y ahí estaba. Como las gotas de esa lluvia que se colaba tras el paragüa y su rostro, deseaba dejarse ir, a abandonar cada prejuicio. Y allí estaba, delante de un elegante edificio en pleno centro de la ciudad. Tomó el ascensor. Llegó hasta la puerta del departamento, estaba apenas apoyada; dejó su paragüas y abrió.

Adelante... –su voz profunda la hizo temblar.

Atravesó el umbral. Toda su seguridad se había diluido con el “clack” de la puerta cerrándose a su espalda. Se apoyó en ella, mientras esperaba que él la llamara o algo. Sin embargo, sólo el rumor de la lluvia contra los cristales de la habtación rompía ese silencio. Comenzó a caminar, y se dió cuenta de hacerlo en puntas de pie. Las manos heladas aún dentro los bolsillos del tapado. Entonces lo vió.

Él estaba sentado en un ángulo de la habitación. Debajo de una lámpara de pie que apenas lo iluminaba, y con un vaso de algo en la mano.

Haz aquello que deseas... –dijo sin agregar más.

Sin saber cómo, y de manera totalmente natural, se quitó el tapado, dejándolo caer por sus hombros hasta los pies. Había elegido un vestido negro, corto y enlazado al cuello, en modo de tener la espalda al descubierto. Caminó lentamente hasta el sillón dónde estaba él, parándose delante sin decir una palabra. Sintió sus manos subiendo por sus piernas, acarició sus muslos, se sobresaltó cuando una de ellas se apoyó por completo en su pubis y sus dedos separaron sus labios.

Me gusta que estés ya así de húmeda... –dijo mientras se alzaba y se llevaba la mano a su boca. Y también me gusta tu sabor...

Instintivamente se acercó más a él e inició a desabrocharle la camisa. La invadió su perfume, pasó sus manos por su nuca y..., él temblo, quiso simularlo, pero ella lo notó. Continuó a desvestirlo, sin dejar de observarlo. Él sentía sus ojos y le mantuvo la mirada, llevando sus manos al cuello de ella, para desabrochar su vestido, dejándola sólo con la lencería.

Ella comenzó a bajar besando su pecho, su vientre, deteniéndose a la altura de su sexo. Excitado, erecto..., tanto que casi no estaba dentro del pantalón. Lo desabrochó y bajó junto con el boxer. Él sonrió, seguro que ella lo observaba..., y había adivinado. Se sentó nuevamente sobre el sofá, haciendo que ella lo hiciera sobre él.

Las manos de él recorrieron su espalda, y las de ella se enredaron en sus cabellos. Lamió el lóbulo de su oreja.

Hazme tuya... –susurró. Muero de deseo... Te deseo.

Él besó su cuello bajando hasta el seno, liberándolo del sujetador. Tomó posesión uno a uno de sus pezones con los dientes, mordisqueándolos, succionándolos. Su mano corrió las bragas de ella, la alzó apenas, lo suficiente para penetrarla. Lentamente. La hizo subir y bajar por su virilidad, disfrutando en ver sus gestos de placer, en oír sus gemidos. Ella clavó las uñas en sus hombros, aumentando la intensidad de los movimientos. Él sintió como ella se contraía entorno a su sexo y la tomó por el cabello.

Eres mía... –dijo en su oído. Y desde hace mucho tiempo. Sino no estarías aquí.

En ese preciso instante su hombría quemó sus entrañas mezclándose con la esencia que ella derramaba. Pasaron unos minutos para que sus latidos y respiración se calmaran.

Ella se alzó lentamente, e inició a vestirse. Él hizo lo mismo, ajustándose los pantalones se detuvo a observarla.

Quédate esta noche... –y su tono de voz era apenas más alto que un susurro. Quédate conmigo...

Ella se giró, mirándolo a los ojos, terminó de vestirse y le respondió.

No. –se acercó a su oído. Me voy, porque yo no tengo dueño, pero tú..., tú eres mío.

Salió de esa habitación, del edificio. Continuaba a llover. No importaba, ya no. Ni siquiera abrió el paragüas, así dejaría que esa agua mojara su rostro, su cuerpo entero. Y sonrió, ya no estaba nerviosa; finalmente había sido como la lluvia; finalmente había sido ella. Simple y auténtica, ella.

(Este relato pertenece a los retos de "Gym para escritores".
Éste particularmente corresponde a la semana uno: "Lluvia".)

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