Han pasado poco más de dos
años desde cuando te detuviste a leer en aquel parque. Recogiste tus cabellos
sobre la nuca, como haces a menudo; y te sentastes sobre la hierba, a la sombra
de uno de los árboles que allí se encuentran. Sentías que eras observada; lo
sabías, pero continuaste. Te gustaba esa sensación, te excitaba. Y finalmente
lo descubriste.
En un sólo momento advertiste
su clase, su elegancia aún vestido de forma casual. Cuando se quitó los lentes
de sol, pudiste ver sus oscuros ojos, su mirada de paciente cazador. Su cabello
matizado de tonos de grises, te hacía suponer experiencia. No pudiste hacer a
menos de observar sus manos... finas, cuidadas, de pulso firme. Y, sin razón
aparente, temblaste.
Él te observó. Tus
hombros, tu cuello, tus labios... que no te frenaste de morder, casi como a
provocarlo. Te había puesto nerviosa, un cosquilleo te recorría el cuerpo, por
lo que decidiste marcharte. Tu instinto advertía el peligro. Recogiste tus
pertenencias y te alzaste. Quisiste pasar por delante de él tan rápido que, sin
ni siquiera darte cuenta, caíste de bruces a sus pies, golpeándote la sien.
Déjame que te ayude...
–te dijo, mientras sus manos ya sostenían tu cuerpo, levantándolo del suelo.
Sólo te has hecho un pequeño corte, nada grave...
Gracias... –estabas
definitivamente avergonzada y muy confundida.
Soy un doctor...
–agregó él ante tu expresión de incredulidad. Por eso sé lo del corte... pero
igual me gustaría me acompañes hasta mi consultorio, es aquí cerca.
Dudaste, había algo en
el modo de mirarte. Pero él tomó tu brazo y no supiste negarte. O no quisiste. Él
marcaba el paso. Seguro, decidido. Y tú a su lado.
Entraste en el
edificio, siguiéndolo, pese a que tus
rodillas casi se tocaban. Cuando se detuvo frente al ascensor, hiciste un paso
atrás. Te preguntabas qué demonios hacías allí; pero antes de darte cuenta, él
había sujetado tu mano, y estaban subiendo dentro ese reducido espacio.
Tercer piso.
Departamento siete. Pasillos alfombrados. Una placa dorada con su nombre y su
título en la puerta. Observabas cada detalle, trateniéndolo en la memoria; como
si ello te fuera a servir de algo. Pobre ingenua. Abrió la puerta.
Pasa... –te dijo
sonriendo de lado. No muerdo... al menos que tú me lo pidas, por supuesto.
¿Cómo? –preguntaste, y
tu voz se notaba definitivamente nerviosa.
Bromeaba... –agregó,
cerrando la puerta detrás de mí. Acomódate, por favor.
Hiciste un respiro
profundo, mientras entrabas para sentarte delante de su escritorio. El corazón
te latía tan fuerte que temías lo escuchara sin más. Te pidió dejaras tus cosas
y te acomodaras sobre la camilla. Sus manos sostenían la bandeja de los
materiales para desinfectarte la herida. Te recostaste sin dejar de mirarlo a
los ojos. Sentiste las gotas de sudor frío correrte por la espalda. Cuando
apoyó el algodón mojado sobre tu frente, se te nubló la vista. Lo último que recuerdas
aquello que te susurró:
Desde ahora estás en
mis manos, yo cuidaré de ti... mia cara...
Es el número 43: Toca un relato en clave de thriller relatado en 2° persona.)