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martes, 11 de febrero de 2020

Estaba allí. Había pensado una y mil veces en darme la vuelta; en salir corriendo con toda la velocidad que mis piernas pudiesen darme. Sin embargo, continuaba quieta, inmóvil, petrificada; con las manos que no dejaban de sudar, de temblar. Pero es lo que elegí, lo que deseo desde hace tiempo. Entiendo que debo, que quiero continuar hasta el final. Y entonces, camino por el largo pasillo que me llevará a ese, mi destino. Cierro los ojos, cruzo los dedos y abro la puerta...


(Este microrelato pertenece a “Reto: 5 líneas” propuesto por Adella Brac.
Las palabras del mes de Febrero son: manos - entiendo - pasillo.)

jueves, 11 de octubre de 2018

Han pasado poco más de dos años desde cuando te detuviste a leer en aquel parque. Recogiste tus cabellos sobre la nuca, como haces a menudo; y te sentastes sobre la hierba, a la sombra de uno de los árboles que allí se encuentran. Sentías que eras observada; lo sabías, pero continuaste. Te gustaba esa sensación, te excitaba. Y finalmente lo descubriste.

En un sólo momento advertiste su clase, su elegancia aún vestido de forma casual. Cuando se quitó los lentes de sol, pudiste ver sus oscuros ojos, su mirada de paciente cazador. Su cabello matizado de tonos de grises, te hacía suponer experiencia. No pudiste hacer a menos de observar sus manos... finas, cuidadas, de pulso firme. Y, sin razón aparente, temblaste.

Él te observó. Tus hombros, tu cuello, tus labios... que no te frenaste de morder, casi como a provocarlo. Te había puesto nerviosa, un cosquilleo te recorría el cuerpo, por lo que decidiste marcharte. Tu instinto advertía el peligro. Recogiste tus pertenencias y te alzaste. Quisiste pasar por delante de él tan rápido que, sin ni siquiera darte cuenta, caíste de bruces a sus pies, golpeándote la sien.

Déjame que te ayude... –te dijo, mientras sus manos ya sostenían tu cuerpo, levantándolo del suelo. Sólo te has hecho un pequeño corte, nada grave...
Gracias... –estabas definitivamente avergonzada y muy confundida.
Soy un doctor... –agregó él ante tu expresión de incredulidad. Por eso sé lo del corte... pero igual me gustaría me acompañes hasta mi consultorio, es aquí cerca.

Dudaste, había algo en el modo de mirarte. Pero él tomó tu brazo y no supiste negarte. O no quisiste. Él marcaba el paso. Seguro, decidido. Y tú a su lado.

Entraste en el edificio, siguiéndolo,  pese a que tus rodillas casi se tocaban. Cuando se detuvo frente al ascensor, hiciste un paso atrás. Te preguntabas qué demonios hacías allí; pero antes de darte cuenta, él había sujetado tu mano, y estaban subiendo dentro ese reducido espacio.

Tercer piso. Departamento siete. Pasillos alfombrados. Una placa dorada con su nombre y su título en la puerta. Observabas cada detalle, trateniéndolo en la memoria; como si ello te fuera a servir de algo. Pobre ingenua. Abrió la puerta.

Pasa... –te dijo sonriendo de lado. No muerdo... al menos que tú me lo pidas, por supuesto.
¿Cómo? –preguntaste, y tu voz se notaba definitivamente nerviosa.
Bromeaba... –agregó, cerrando la puerta detrás de mí. Acomódate, por favor.

Hiciste un respiro profundo, mientras entrabas para sentarte delante de su escritorio. El corazón te latía tan fuerte que temías lo escuchara sin más. Te pidió dejaras tus cosas y te acomodaras sobre la camilla. Sus manos sostenían la bandeja de los materiales para desinfectarte la herida. Te recostaste sin dejar de mirarlo a los ojos. Sentiste las gotas de sudor frío correrte por la espalda. Cuando apoyó el algodón mojado sobre tu frente, se te nubló la vista. Lo último que recuerdas aquello que te susurró:

Desde ahora estás en mis manos, yo cuidaré de ti... mia cara...

(Este relato pertenece a los "52 retos de 'El libro del Escritor'".
Es el número 43: Toca un relato en clave de thriller relatado en 2° persona.)

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