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viernes, 21 de febrero de 2020

Los abrazos rotos

22:00 horas. Eso marcaba el reloj cuando Emme decidió meterse en la cama y dormir. Decir que llevaba unos días fatal era un eufemismo. En realidad, hacía semanas, meses, que no encontraba su propio eje; parecía haber perdido su habitual equilibrio. Aunque tratara de disimularlo, escondiéndose detrás del trabajo y sus miles de ocupaciones diarias; cuando llegaba a su departamento, no tenía escape, debía enfrentarse a esa tristeza que le pesaba en los hombros.

00:00 horas. Los números rojos del reloj despertador parecían una marca a fuego que deseaban grabarse en su frente. No podía conciliar el sueño; había dado tantas vueltas en su cama que hasta Poe, desde su rincón, la observaba entre preocupado y fastidioso. Se levantó a preparar un té, tal vez una tila lograra relajarla de una vez.

02:00 horas. Allí seguía; sentada en el sofá de la sala. La música a bajo volumen al menos había hecho que Poe se durmiera; si hasta parecía que soñaba; allí, echado a sus pies. Al menos uno de los dos en ese departamento lo lograba. Ella sabía qué la atormentaba, pero ya estaba bien; en definitiva, se había hecho responsable de lo sucedido. Tenía un carácter difícil, lo sabía, siempre lo dijo. Quien se acercaba debía estar dispuesto a encontrarse con esas puntas filosas de su temperamento. Era exigente, pero no pedía más de lo que daba, a nadie, nunca. Por lo cual, cuando él se fue no se puso mal, no se lo permitió. Había lanzado la moneda y apostado a la cara equivocada. Eso era todo. Y en cierta forma se lo esperaba. Todos se iban, él sólo había sido uno más, el último de tantos otros. Y ella estaba tranquila, había juntado otra vez sus pedazos rotos y continuado su camino. Otra piedra, otro tropiezo, ¿e iban? Ya había perdido la cuenta. Escuchó cómo comenzaba a llover, habían pasado otras dos horas y el reloj sobre la biblioteca ya marcaba las 04:00 de la madrugada.

06:00 horas. Una luz cegadora atravesó el departamento, acompañada de un estruendo que hizo que Poe, asustado, echase a esconderse debajo de la cama. Emme despertó sobresaltada de lo que le pareció una eternidad que llevaba durmiendo. No hacía frío, menos debajo de la manta que la cubría, pero ella temblaba. Y de golpe, comenzó a llorar. No pudo evitarlo, ni detenerse. Lloraba con una angustía que le venía de tan adentro que parecía estar vaciándose. Lloraba y esas lágrimas la limpiaban, la sanaban. Se estaba perdonando. Perdonando de haberse culpado de cosas que no eran. Él se había ido; la había abandonado cuando ella más lo necesitaba. El porqué no importaba ni tenía ya sentido preguntárselo. No había excusa suficientemente válida para romper los abrazos que los habían unido. Él la había dejado, enseñándole que los “para siempre” nunca se cumplen y que los “nunca lo haré” siempre llegan. Lloraba y con cada lágrima derramada era más y más fuerte.

08:00 horas. Después de la lluvia, el sol entró con fuerza por las ventanas, todo lo iluminaba. Emme había dejado de llorar y sonreía. Llamó al trabajo para advertir que ese día no iría; alguien necesitaba su ayuda y era importante. Ella...


(Este relato pertenece a los retos de "Gym para escritores".
Éste particularmente corresponde a la semana dos: "Música".
Abre tu lista de reproducción preferida y ponla en aleatorio. Pasa tres canciones y la tercera, será que le dará título a tu historia -si está en otro idioma, por favor, traducirla o poner un equivalente al español de título en caso de que sea posible, que si no se puede, tampoco pasa nada, pero queda más bonito en español-. En base a eso, inspírate para hallar una trama para ése título.)

Si quieres, déjame aquí tu huella...

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