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jueves, 28 de mayo de 2020

El invierno había convertido a la ciudad en un lúgubre muestrario de tonalidades grices. El cielo, plomizo, parecía a punto de llorar y, sin embargo, me encantaba caminar cuando era así. Perder mi mirada en las calles del puerto cuando los rayos iluminaban el horizonte. ¿Serían acaso un presagio? Tal vez hoy finalmente lo vería; lo encontraría cara a cara. Sólo así, mirándolo a los ojos, podría entender el porqué de aquel gesto para conmigo, aún si esa respuesta ya no importase.

Mis pasos, lentos, no tenían eco, el asfalto los absorbía. Como yo había hecho con mi rabia todo ese tiempo. Cruzaba a la gente pero ellos no me veían. Nunca lo hicieron, ¿por qué ahora tendría que ser diferente? En cambio, yo sí los veía. Veía cómo se arrastraban cual muertos vivientes; ellos y sus desilusiones; ellos y sus apatías; ellos y sus hipócritas satisfacciones; ellos y sus traiciones. Ellos, que como él, iban tan impunes en eso que llamaban vida.

Y ahí estaba; sentado en el bar de siempre. En cierto modo, me encantaba que fuera tan rutinario, me haría las cosas más fáciles. Esperé a que saliera y lo seguí. Ya era de noche y él caminaba distendido hacia nuestra casa. Había visto su sonrisa, debía admitir que no había perdido una pizca de su atractivo. Colocó las llaves en la puerta, me pegué a su espalda y entré con él.

Cuando finalmente me dejé ver, me encantó lo que me transmitía su mirada. El terror en sus ojos hizo que sonriera. Podía sentir la adrenalina corriendo por sus venas sin saber qué pensar ni qué hacer. Inmóvil, con la frente perlada de sudor, incapaz de modular algo con sentido. Apoyé mi mano en su pecho, lo atravesé. Podía sentir el latir de su corazón. Entonces me acerqué a su oído...

Te dije que no debías hacerlo... que vendría por ti... –le susurré. Esta vez, ni la muerte nos separará.

Continué a sonreir mientras me iba, llevándome la única cosa de él que siempre había deseado tener.

 

 

 

(Este microrrelato pertenece a los "Relatos Jueveros"

y esta semana la convocatoria fue hecha por Mag desde su blog: "La trastienda del Pecado".

Te invito a leer el resto de los participantes aquí!)


lunes, 23 de septiembre de 2019

El grupo de animales yacía a sus pies. La sangre de ellos corría por sus manos. Pero no tenía otra opción. Le bastó ver entrar a su hija aquella noche. El vestido hecho jirones; el maquillaje corrido; el rostro desencajado. Lloró por días enteros. Había perdido la cuenta de cuántas duchas había tomado, hasta casi desprenderse la piel, hasta dejarse ir y sucumbir al dolor. Entonces, el sabor a metal invadió su boca, la furia cegó su razón y la brutal venganza guió sus pasos.


(Este microrelato pertenece a “Reto: 5 líneas” propuesto por Adella Brac.
Las palabras son las de los meses de Septiembre: metal - vestido - grupo.)

lunes, 20 de mayo de 2019

Miro fuera por la ventanilla mientras volamos hacia ese destino maravilloso y tantas veces soñado. Después de todo lo ocurrido, me llevaba de vacaciones como decía él. De ese modo, yo había pasado a ser una más de sus pertenencias.
Estaba silenciosa. Desde hacia tiempo había aprendido que la venganza es un plato que se sirve frío. Por eso estaba segura que cuando sintiera el rugido de mi alma, el terror le calaría hasta los huesos.






(Este microrelato pertenece a “Reto: 5 líneas” propuesto por Adella Brac.
Las palabras son las de los meses de Mayo: huesos - volamos - rugido.)


miércoles, 21 de noviembre de 2018

Parecía increíble que en pocas horas la vida de alguien pudiese cambiar de esa manera. Habían pasado sólo cuarenta y ocho horas desde cuando había recibido la llamada que marcaría el final de algo que, tal vez, ni siquiera había comenzado.

Había decidido quedarme en la playa a ver el atardecer. Nadie me esperaba en casa; no que me arrepintiera de las decisiones que había tomado en mi vida, pero... en fin, aún suspiraba pensando a una vida en pareja. Mejor dejaría de pensar tanto, y disfrutaría de esa última tarde de verano.

¿Puedo sentarme a tu lado? –una voz grave me quitó de la nube gris de mis pensamientos. Una vez me dijieron que los grandes espectáculos hay que disfrutarlos en buena compañía.

Miré hacia ambos lados; quedaba poca gente acá y allá, y sonreí por lo que estaba por hacer. La mujer racional que siempre había sido estaba por terminar, como ese día.

¿Por qué no? –y no pude evitar alzar una ceja. Habiendo tan pocos lugares libres en la playa.
Mmmmm... –dijo conteniendo evidentemente una carcajada. Atractiva e irónica, una combinación letal para un hombre como yo.

Entonces ambos comenzamos a reír. Él se sentó a mi lado y hablamos durante horas; perdiéndonos el atardecer. Nos levantamos de la arena cuando ya era de noche y mi piel mostraba los signos del frío. Seguimos conversando en un bar, delante de unos cafés; a lo largo de las calles que recorrimos hasta mi casa, y una hora en el portal de ésta. Me contó de su vida y yo de la mía. Del fracaso de su pareja y yo que ni siquiera había tenido una relación tan larga como para considerar fracaso a la ruptura de ninguna de ellas. Me habló de cuanto le gustaba su trabajo y yo de que era dueña de una agencia de viajes. No había pasado un día y parecía que nos conocíamos de una vida entera.

Por eso no me pareció raro planificar un viaje juntos veinte días después de habernos conocido. Para su cumpleaños iríamos a Venecia; ambos adorábamos Italia, y él insistía en querer que conociera Roma de su mano. Todo era perfecto, un sueño. Todo... al menos hasta que sonó el despertador.

Buenos días... –una voz titubeante llamaba a mi celular personal. ¿Agencia de viajes?
Sí... buenos días... –respondí con algo de perplejidad. ¿Quién habla?
Ahhh... me disculpe, no me presenté... soy la señora... –y se detuvo, tal vez dudó. Mi nombre es Carmen, y encontré su número en el celular de mi marido... Paolo.

El mundo acababa de detenerse. No así mi cabeza; que pasó lista de cada instante que habíamos compartido, de cada mínimo detalle. ¿En cuál de ellos se me había escapado el hecho que él continuaba casado? ¿Cómo había podido ser tan imbécil de creerle? Ni siquiera podía culparlo de algo, ¿de qué podría... de serme infiel? En medio de todo ese desastre que se estaba por desencadenar, tuve que taparme la boca para no soltar una carcajada.

Silvia... Silvia... –una voz del otro lado del celular me traía de nuevo a la realidad. ¿Sigue usted ahí?
Sí... sí... me disculpe... –respondí tratando que mi voz fuera lo más serena posible. Estaba controlando mi agenda porque no recordaba quién era su marido... pero ahora sí; ha venido a consultar por un viaje.
Pues entonces, ¿me podría pasar usted la dirección de la agencia para hablar sobre ello de persona? –me interrumpió.
Sí, por supuesto... –debía mantener la calma. Apenas terminemos con la llamada le paso todos los datos por mensaje, ¿de acuerdo?
Sí, gracias... –dijo sin más. Tenga usted muy buenos días.
También usted, hasta pronto... –saludé y cerré el celular, me esperaría un largo día.

Finalmente había llegado la noche, y yo ya estaba cerrando la agencia. No veía la hora de llegar a mi departamento, ducharme, y meterme debajo de las sábanas, para no pensar. Deseaba sólo dormir, un mes de ser posible.

He llegado justo a tiempo... –la voz de él sonó por detrás de mi espalda.
Paolo... no te esperaba... –dije tratando de sonreír.
Quería sorprenderte... –susurraba mientras sus manos rodeaban mi cintura. Pasar un rato contigo...
Wooww... qué idea estupenda... –respondí pero él no notó la ironía, yo sabía qué buscaba. Justamente estaba pensando en pasar por lo de mi hermano a dejarle copia de las llaves de la agencia para que se ocupe en mi ausencia... en una semana nos vamos de viaje, sería una buena ocasión para conocerlo, ¿qué dices?
Ufff... sería genial... pero es que tengo una reunión de trabajo y terminaré tarde... –mintió, la expresión de su rostro lo delataba. Esta semana será un caos, debo dejar todo listo antes de viajar... me entiendes, ¿no?
Sí, claro... por supuesto... no te preocupes... –mentí yo también. Ya tendremos tiempo de relajarnos y disfrutar.

Él se fue a su inventada reunión; y yo me fui a casa. Tenía que preparar la ropa, decidir el calzado para las vacaciones, todo lo que debía meter en la valija; después de todo sólo faltaba una semana para el viaje.

Era la hora, había sido una de las primeras a embarcar, y eso porque al final había elegido hacerlo en business class. Sabía que él llegaría a último momento, porque le había dado el horario equivocado. Nos encontraríamos allí... o eso le hice creer.

Señoras y señores, soy James Hernandéz, el comandante de este avión para el vuelo de hoy que los llevará a la maravillosa ciudad de Acapulco... –mientras escuchaba esa voz y me imaginaba ya nadando en el maravilloso océano Pacífico, sabía que Paolo se debía estar sentando, sorprendido, al lado de su mujer en un vuelo directo a Venecia, un viaje carísimo, pagado todo con su dinero...

Algunos podrían decir que lo mío fue una venganza, yo en cambio, que cada uno tiene lo que se merece... y yo merecía mucho más que uno como él.


(Este relato responde a la propuesta de Gin, "La llamada".
Te invito a hacer 'click' sobre el título de la propuesta y leer a todos los que participan.
Y no dejo de agradecer el enorme trabajo y la dedicación de Gin... infinitas veces, gracias!!)

lunes, 22 de octubre de 2018


Estábamos en las afueras de la ciudad, estaba segura. No habían pasado ni diez minutos desde cuando el vehículo donde me encontraba había tomado la ruta nord, la misma que atravesaba toda la llanura. Otros tal vez no se hubiesen dado cuenta, pero yo sí. Yo reconocía cada sonido, cada aroma u olor, cada mínimo detalle. Yo era ciega.

A los pocos meses de nacer, mis padres se dieron cuenta que tenía problemas. Pero no pudieron hacer nada, antes de los seis años ya vivía en la más absoluta oscuridad. Igual eso no fue un obstáculo, al contrario; fue lo que me permitió conocer el mundo de una forma diferente al resto, de una manera más profunda. Por eso sabía que habíamos ido hacia el noroeste. El aire era seco, y por la época del año, fin del verano, olía a grano maduro.

También sabía, que de las tres personas que estaban conmigo en el auto, dos eran hombres; y la tercera, la que conducía, era mujer. Era ésta la que mandaba sobre los otros, era la que daba las órdenes; pese a que hablaba poco, casi nada. Como si tuviese miedo a que reconociera su voz. Como si me hiciera falta. Supe inmediatamente quién era; la mezcla del perfume de su piel y el de sus cabellos, era inconfundible. A pesar de los años que habían pasado de la última vez que estuvimos juntas, jamás habría podido olvidarla.

Fue por ese motivo que intuí dónde estábamos yendo; y el porqué. Y sabía, que fuera lo que fuera que tenían planeado, si no escapaba en los próximos minutos, estaría muerta al terminar el día.

Quisieron detenerse en la estación de servicio. La única en kilómetros y kilómetros de nada, sólo tierra. Lo recordaba porque allí paraba papá cuando íbamos a la casa del campo.

“Si no aprovechas ahora Cris, luego no me detengo hasta llegar...”, decía siempre mi padre tratando de parecer severo. Aunque ambos sabíamos que no era así. Al llegar, ella venía a mi encuentro. Su piel perfumaba a jazmines y su pelo a agua de lluvia. Flora, su mamá, decía que así brillaba más. En el mes que pasaba allí, aparte de encargarse de la casa y las comidas como siempre; me preparaba el baño, y también a mí me lavaba la cabeza con agua de lluvia. Como si yo también fuera su hija.

Mi madre permanecía en la ciudad. No le gustaba el campo, decía; y argumentaba que allí no había nada... sin embargo, a mí me parecía todo lo contrario. Nada era lo que allí faltaba.

Pedí ir al baño. Hacía años que no pasaba por allí, y esperaba que no hubiese cambiado mucho desde entonces. Tenía suerte, aunque suene irónico. Todo permanecía exactamente igual. El baño era una letrina un poco apartada, y las maderas posteriores de la casilla seguían estando flojas. Las separé tratando de no hacer ruido y pasé entre ellas. Si algo debía agradecer a mi madre era el físico delgado; al menos eso, algo es mejor que nada.

Debía correr a sud, donde pasaba el arroyo y estaban los tubos de descarga. Me escondería allí. Ninguno podría creer que una ciega pudiese hacerlo. Lo que no sabían es que no era la primera vez. Aún recuerdo cuando había sido. La última que mi madre vino a la casa del campo. Creo que sus gritos histéricos se oyeron hasta en la ciudad.

“Nunca nadie me había humillado de esta forma...”, le gritaba a mi padre en el camino de vuelta, cuando eran menos de veinticuatro horas que habíamos llegado al campo. Yo tenía apenas doce años, y esa vez Flora nos había recibido con una niña de meses en sus brazos. La furia de mi madre fue instantánea. Y a mi padre no le quedó más remedio que llevarla de regreso a la ciudad. De haber sabido que discutirían de ese modo, no hubiese elegido acompañarlos. Por eso me escapé. Corrí por el campo hasta el arroyo, y me escondí en el gran tubo de desagüe. Horas le llevó a mi papá encontrarme. Esta vez esperaba que ninguno más lo hiciera.

No sé cuánto tiempo había pasado, sólo sabía que ya era de noche. Ni los hombres ni la mujer habían venido por mí. Se los oía un poco, -bastante-, inexpertos. Seguro habían escapado también ellos. Siempre había creído en eso que la venganza es un plato que se sirve frío. Y, para ser sincera, una vez que algo se enfría, pierde importancia, inclusive la venganza. Aunque era evidente que ella no se había enfriado. Había pasado solamente un mes desde que mi madre, como única propietaria desde la muerte de mi papá, vendiera la casa del campo. Sin importarle dejar en la calle a una anciana y enferma Flora. No había tenido suficiente tiempo para solucionar la situación antes de este maldestro intervento de ella, su hija... mi hermana.

Cris... Cris... –la voz de él me sacó de mis pensamientos. ¿Dónde estás?
¡Amor! –grité saliendo del tubo que me había servido de escondite.
¡Por Dios! –gimió casi mientras sus brazos me sujetaban con fuerza; no hizo falta que me dijiera que había temido perderme para siempre. Amor, ¿estás bien? ...ha sido una suerte que tu madre recordara la vez que habías escapado por el campo...
Sí... una verdadera suerte tener una madre así... –respondí con cierto sarcasmo en la voz. ¿Ella dónde está?
Ha preferido esperar en casa, ya sabes cómo es... –me dijo sin dejar de abrazarme. Ya la llamarás al llegar... y también me tendrás que decir cada detalle para saber quiénes te han hecho esto.
Mi amor... –susurré, y respiré profundo. No reconocí nada, ni a nadie... no tengo ni idea de nada... sólo quiero volver a nuestra casa, nada más.

Mentí. En definitiva, si de algo estaba segura, es que los hijos no deben pagar las culpas de los padres. Y eso era lo que ella había hecho toda la vida, y no sería yo a hacerle pagar algo más.

(Este relato pertenece a los "52 retos de 'El libro del Escritor'".
Es el número 24: Te han secuestrado y eres ciego. Tienes una hora para salir o estás muerto.)

jueves, 27 de septiembre de 2018

Hacia ya más de un mes que ella seguía las noticias sobre este asesino que atacaba mujeres en la ciudad. La tenía angustiada, para qué negarlo. Yo lo sabía, la sentía, y no podía entender cómo la policía no era capaz de atraparlo; llegando al punto de pedir ayuda a la comunidad. Pero ahora había dado un paso en falso.

Él la había encontrado en el tren de vuelta a casa del trabajo. Fue allí donde comenzaron a hablar. Él le hizo creer que fue por casualidad, y ella se dejó encantar por sus modos de galán. Una semana más tarde lo invitaba a cenar en su departamento. ¡Cuánto era ingenua!

La cena se convirtió en un fin de semana de sexo, ni al teléfono respondía. Pero él no pudo contener su instinto homicida. En el último acto de pasión de ese domingo, la asfixió. ¿Su error? Creerla muerta y marcharse antes de confirmarlo.

Desperté en el hospital sin entender qué había pasado, pero no tardé mucho en unir las piezas. Ahora ayudaría a la policía, pero a mi modo. Mi ventaja era que conocía su rostro y forma de actuar. Me llevó unas semanas encontrarlo; mi peinado y mi maquillaje lo desconcertaron, y no pudo disimular la sorpresa al verme.

Ann... qué bueno que estás bien... –dijo, tragando saliva. Distinta... déjame que te explique qué pasó la otra vez...
Hola Daniel... –respondí lo más parecido a ella posible. Creo saber qué sucedió...
Es que pensé que lo habíamos hecho tan fuerte... –explicaba mientras hacía el vergonzoso. No sé... no reaccionabas, me asusté... me fui, me equivoqué... lo siento...

Sólo podía mirarlo. Lo invité al bar más cercano, lo que hizo se relajara. En un momento de distracción coloqué veneno en su vaso; y cuando su lengua comenzó a hincharse, me acerqué a su oído.

¿Sabes qué te sucederá ahora? –susurré en su oído.

Las palabras no le salieron de su garganta y únicamente fue capaz de emitir una breve negación. Sonreí.

Tendrás el fin que deseabas para Ann y todas tus otras víctimas... –le dije alzándome de la mesa y llamando a la policía.

(Este relato pertenece a los "Relatos Jueveros"
y esta semana la convocatoria fue hecha por Mag desde su blog "La trastienda del Pecado".
Mi línea 20 fue sacada del libro "Sin corazón" de Kat Martin, página 173.
Te invito a leer el resto de los participantes aquí!

También participa en los "52 retos de 'El libro del Escritor'".
Es el número 37: Un asesino anda suelto por tu ciudad y
tienes que ayudar a la policía a atraparle.)

domingo, 11 de marzo de 2018

Allí estaba, otra vez en ese bar. Observándolo mientras entraba y se sentaba frente a mí. Su clase, sus modos. Habían pasado algunos años pero él continuaba a ser un hombre de apariencia fascinante. Tenía ese no sé qué por el cual las mujeres, sin importar la edad, giraban la cabeza. Y ese había sido el comienzo de todos los problemas. Su porte; ese modo todo suyo de ser siempre dueño de la situación, de hacer que una mujer se sintiera una princesa, pero poniéndola a sus pies.

Me había costado unos meses acercarme a él. Debí tener mucho cuidado, nunca me gustó ser yo la del rol de cazadora, y con él menos que menos. Pero debía ponerme en situación de ser su botín. Sabía sus gustos, sabía sus debilidades, sabía con qué podía tentarlo, seducirlo. Sólo debía ser yo. Sólo debía ser lo que había sido ella.

Una mirada atrapante, profunda. Una mente curiosa, inquieta. Una pizca de inocencia en esa sonrisa tímida. Y el cazador fue cazado. Agradecí no notara el parecido y su falta de memoria auditiva. Ahora estaba allí, delante mío, desplegando todos sus encantos, mientras le sonreía, no por el instante, sino por lo que sabía que vendría.

Me invitó a su departamento, finalmente. Acepté, entre complacida y repugnada. Entraría allí, donde todo había iniciado, donde todo había terminado. Sus manos quitaron cada una de mis prendas de forma magistral, como seguramente había hecho con ella. Estaba excitada, sabía que en poco apagaría mi hambre, mi sed. Tomó unas esposas, unas de las cosas con las que le gustaba jugar. Lo miré fijo, y él cambió la oscuridad de mi mirada por pícaro atrevimiento. Lo excitó mi osadía, su erección me lo decía, y se dejó hacer.

Lo esposé al cabezal de la cama. Allí, donde tantas otras veces había sido otra la presa. Donde ella lo había sido. Ya no se lo veía tan poderoso.

Con estos jueguitos una niña podría enamorarse... –dije mientras la suave piel de mis muslos rozaba su vientre.
Que suerte que tú no eres una niña entonces... –respondió sonriendo de lado.

Aún se sentía muy seguro. Entonces le vendé los ojos, me apoyé a su pecho y lo besé. Necesitaba que confiara, no podía arriesgarme a ninguna duda.

Tienes razón, hoy estoy yo en tu cama, y no una niña... –susurré en su oído. Pero no siempre ha sido así, ¿o no?
¿De qué hablas? –murmuró. ¿No estarás celosa?
¿Celosa? –casi me reí a carcajadas, más por los nervios. No, no son celos, es certeza. Certeza que nunca te ha importado quién metías en tu cama, ni qué sentimientos despertabas...
¿De qué carajo hablas? –decía mientras empezaba a moverse debajo de mi cuerpo.
Hablo de una niña a la que enamoraste... por la cual hiciste de todo para meterla en tu cama... por capricho, por sacarte el gusto... sin importarte nada... –continuaba a decirle mientras él ya se lastimaba las muñecas. Y esa niña te creyó... creyó en tus palabras... y vos la envolvistes en tus perversiones, en tus juegos... ni siquiera te frenaste cuando te advertí...
Suéltame... no sé de qué hablas... –no lograba gritar, o no quería; moviéndose tanto, se quitó la venda de los ojos, y por un instante, vi su sorpresa. ¿Me advertiste? ¿Cuándo?
Esa niña te creyó y se involucró... esa niña no se dió cuenta que para vos era todo un juego... y busqué tu número y te llamé... te advertí que ella era una niña, y se estaba enamorando... te pedí de no herirla... pero no te frenaste... –mi voz era tan fría como la sangre que me corría por las venas y no me detuvo ni siquiera el terror de su mirada delante de la navaja que ahora tenía en mis manos. Por eso te digo que es certeza... certeza que te he advertido, y que te he dado tiempo... pero no me has escuchado... y todo se transformó en dolor... el dolor de esa niña que se sintió usada, dejada... un dolor que llevó a esa niña al abismo, a la desesperación... y mi dolor, por no poder ayudarla, rescatarla, salvarla... mi dolor cuando la perdí, cuando perdí a mi niña...

Y mientras el filo cortaba su orgullo, y mis manos esta vez se mojaban del rojo de su sangre, volví a acercarme a su oído.

Esta vez no olvidarás mi voz, porque será lo último que oirás... –el rostro de mi niña en sus últimos minutos cruzó por mi mente. Tendrías que haberme escuchado... tendrías que haberme creído... te lo advertí, yo por mi hija mato...

(Este relato pertenece a los "52 retos de 'El libro del Escritor'".
Es el número 20: Un relato que acabe "Yo por mi hija mato".)

miércoles, 29 de noviembre de 2017

Finalmente los resultados de las pericias habían llegado. “Muerte accidental”. Una frase, dos palabras, y la serenidad invadía su alma, terminando con todo.

Tres meses antes...

Casi medianoche y él no llegaba, ni siquiera un mensaje advirtiendo dónde estaba. No que comúnmente lo hiciera, sólo era otro modo de cubrir las apariencias. Decidió  llamar a la policía; pero no pudo decir más que estaba preocupada por su marido. Esa mañana había ido a escalar y aún no volvía, no creía fuese normal. Pero le dijieron que antes de las 48 horas no se podía hacer denuncia de desaparición. Igualmente, ella también había cumplido, ahora podría dormir tranquila.

A la mañana siguiente, ella despertó cuando tocaron a la puerta. Esta vez era la policía que había venido hasta allí. Uno de ellos le informaban que se había encontrado el cuerpo del marido en fondo al valle en donde había ido a escalar.

Ella sintió que las piernas le fallaban, la mujer policía tuvo que sostenerla para que no terminara a tierra. La acompañaron dentro, e iniciaron con las preguntas, decían que eran de rutina. Ella respondió a todo, que no sabía escalar, que su vértigo le había impedido siquiera probar, que a su marido no le gustaba la compañía, ya que era un solitario, y que ella había estado toda la tarde en una clase magistral en la Universidad.

Finalmente se marcharon, no sin antes decirle que investigarían, como era normal en esos casos. Más tiempo, tal vez unos meses más y todo terminaría, sólo quedaba esperar.

Un año antes aún...

Había llegado tarde del supermercado, es que en realidad la clase de aeróbica había durado más de lo habitual. Pero él no podía saberlo, y ya se encontraba en casa cuando ella llegó; lo que, como siempre, hizo que él se enfadara muchísimo. Comenzó a hablar en ese tono bajo que predecía la furia que arrasaría luego con todo. Ella se lo esperaba, pero no por eso dolió menos. El primer puño la dejó sin aire, el segundo la echó al suelo, y las dos patadas siguientes hicieron que quedara allí por los siguientes quince minutos. Cuando ella logró volver a respirar sin tanta dificultad, se arrastró hasta el baño. Demasiado tarde, la hemorragia era más que evidente del resultado final del último encuentro con su marido. Se duchó y eliminó cualquier signo de lo ocurrido. Decidiendo firmemente que esa, su “pequeña” esperanza en el futuro, sería su última pérdida.

El día siguiente había comenzado como siempre después de cada tornado. Un desayuno completo la esperaba en la cocina y su típica nota: “Nos vemos esta noche a la cena. Te amo.” Contrariamente a lo que se podía pensar, ningún fuego corría por sus venas, su alma se había congelado la noche anterior. Y con esa frialdad fue a casa de su mejor amiga, la única que sabía absolutamente todo, la única que podría ayudarla incondicionalmente. Bajo su nombre se inscribió a unas lecciones privadas con el mejor instructor de alta montaña. Poco a poco venció su vértigo, y se convirtió en una muy buena escaladora. Su marido nunca lo supo... hasta ese día.

Él partió esa mañana, como había hecho tantas otras veces. Le había dejado una nota; lo mismo de siempre, una velada amenaza bajo un simple “te veo a mi regreso...”. Desayunó y se fue a la Universidad, donde su amiga la esperaba. Intercambiaron sus ropas, sus documentos, y sus vehículos. Una entró a una clase magistral sobre arte moderna, la otra se dirigió hacia el grupo de montañas donde él había ido a escalar. No tardó en localizarlo, pero se cuidó bien de no hacerse ver. Lo observó mientras iniciaba a subir por la pared de roca. Siempre tan preciso, como cuando le señalaba sus errores, nunca en donde se pudiesen ver, con la fuerza adecuada para hacer daño pero que parezcan simples hematomas. Se apresuró a subir por el otro lado con el auto, no había nadie en kilómetros, esta vez agradecía su gusto por la soledad, y esperó. Esperó hasta que él llegó a la cima, lo vió mientras se descansaba y comía algo. Luego de unos minutos él se preparó a bajar; pasó su cuerda por uno de los dos clavos que habían e inició a descender. Conociéndolo, ella sabía que tenía veinticinco metros para realizar su plan.

Ella se enganchó al otro clavo y comenzó a bajar, lo hizo más rápido de lo normal. Su marido le gritaba, no la había reconocido. Cuando la vió era demasiado tarde. Ella ubicó su cuerda en modo que no colgara, y se sujetó a la de él haciendo peso. Había pasado días mojando todas sus cuerdas con un solvente inodoro y ahora era el momento de hacer que se rompiera. La cara de terror de él cuando se dió cuenta de lo que estaba ocurriendo tal vez hubiese podido pagar cada sufrimiento de esos últimos diez años. En cambio ella no se frenó; miró hacia abajo.

Por cada mentira... cada engaño... cada golpe... –le dijo antes que la cuerda terminara de cortarse y él hiciera un vuelo de ochenta metros.

Volvió a subir, recogió su equipo, borró sus huellas, y regresó a la Universidad. Se cambió nuevamente, y regresó a su casa, antes de las dieciocho. Si su marido no la hubiese encontrado, se enojaría, y ella no lo permitiría, porque como él decía siempre en público, ella era la esposa perfecta.


(Este relato pertenece a los "52 retos de 'El libro del Escritor'".
Es el número 43: Convierte a tu personaje en un asesino.
Trabaja la coartada con esmero y cuida de no dejar pistas... todo ello sobre el papel.)

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