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martes, 26 de mayo de 2020

Llegó lo más rápido que pudo, había corrido hasta ahí como alma que la lleva el diablo. Leyó el mensaje, abandonado ahora en el suelo. Su escritura, perfecta como siempre, no reflejaba el sin sentido que había a su alrededor. “Lo debes aceptar.”, continuaban a repetir luego de un tiempo. No sabía quiénes eran; no le importaba tampoco. Sólo sentía el vacío. El que ocupó el espacio a partir de esos cinco minutos. El tiempo que bastó para perderlo todo. Perderlo definitivamente.




(Este microrelato pertenece a “Reto: 5 líneas” propuesto por Adella Brac.
Las palabras del mes de Mayo son: escritura - aceptar - cinco.)

jueves, 28 de febrero de 2019

Para siempre...


“(...)
¿Cuánto tiempo es para siempre? –preguntó Alicia.
A veces sólo un segundo... –respondió el Blanco Conejo.
(...)”

No dejaba de pensar en ese fragmento de “Alicia en el país de las maravillas”. En realidad, hacia casi dos meses que vivía en modo autómata. Se levantaba, iba a trabajar, volvía a ocuparse de su casa, y no hablaba, no hablaba con nadie. Es decir que no hablaba de lo ocurrido, sentía que no tenía con quién hacerlo. Nadie cercano a ella había sido capaz de abrazarla y dejar que llorara, creyeron que era mejor decirle las frases comunes que se usan en estas situaciones. Lo único que habían conseguido es que ella se aislara aún más.

En las horas libres, o ponía música y se dedicaba a pintar; o se sumergía en un libro. Cualquier cosa, menos escribir de ello. Por alguna extraña razón, no lograba exhorcizar ese dolor con las letras, como siempre había hecho...

...al menos hasta el momento que esa pregunta de Alicia cruzó su cabeza. Ella podría responder igual y a la vez tan diferente. Porque podría decir con minucioso detalle cuánto tiempo había durado la esperanza. Cuánto la silenciosa incertidumbre que se escondía detrás de una puerta. Y cuánto la demoledora certeza de la realidad. Tal vez ella podría ser menos exacta con el tiempo que dura la angustía, porque a ésta le gusta jugar a intermitencias. Pero, como dijo el Blanco Conejo, para siempre a veces es sólo un segundo.

El segundo en el cual cruzaron sus miradas. El segundo en el que escuchó su risa. Aquel en el que su voz la llamó por primera vez. O en el que sus manos acariciaron las suyas. El segundo en el que la emoción le explotó en el pecho con el que hoy sabe, fue el último “te quiero”.

Para siempre, sólo un segundo o cientos de miles guardados en tantos y tantos recuerdos.

(Este relato pertenece a los "Relatos Jueveros"
y esta semana la convocatoria fue hecha por Ame desde su blog: "Ame...".
Te invito a leer el resto de los participantes aquí!)

lunes, 2 de julio de 2018

24 Retos de Lectura - #12

Reto 12:
Ahora te toca como lectura una novela que se desarrolle en Vietnam.
Elección: “El color de la guerra”, de Elizabeth Ann Scarborough

Sinopsis:
“Nadie le dijo a la teniente Kitty McCulley que eso era lo que tenía que hacer una enfermera. Nadie le dijo que a Vietnam no iba a curar pacientes, sino a contemplar, impotente, su dolor. Que no estaba allí para aliviar el sufrimiento ajeno, sino para convertirse en objeto del desprecio de sus congéneres, y de su lujuría. Que no salvaría las vidas de las víctimas, sino que los propios médicos la abofetearían con su indiferencia. Nadie se lo dijo. Aunque no habría cambiado nada. Cuando uno de sus pacientes, un hombre santo venerado por los vietnamitas, le entrega a Kitty un amuleto con unos supuestos poderes inexplicables, su mundo cambiará para siempre.”

Bueno... bueno... bueno... esta vez la consigna ha puesto a dura prueba toda mi tenacidad, y lo mejor de mi ser cabeza dura. Ya la temática no me producía ningún tipo de entusiamo, y elegir el libro fue una odisea (porque como ya dije en alguna ocasión, no he querido repetir aquellos propuestos en el blog de los retos).

El tema bélico lo he siempre conscientemente evitado, como digo muy habitualmente, si quisiera “bajonearme” o amargarme, me bastaría los periódicos o los canales de noticias. De allí mi dificultad en el momento de decidirme, y si lo hice por esta novela, primera de esta autora, fue porque no estaba escrita desde la perspectiva de los soldados sino de las víctimas. Y ésta la autora la conoce bien, porque ha sido enfermera en el mismo Vietnam; aparte de licenciada en historia.

“(...) Empecé a darme cuenta de la diferencia entre el cuidado de los enfermos en tiempo de guerra y en período de paz, la noche en la que uno de mis pacientes vietnamitas tuvo una reacción a una transfusión y sólo yo me mostré disgustada por ello. (...)”

Una novela de base realista pero con esa parte de fantasía indispensable para hacer una lectura que llega al corazón, porque hace que el lector se acerque al dolor vivido y sentido por los soldados y las víctimas anónimas, y no centrándose en el conflicto. Y, aunque tiene algún que otro momento en el cual la intensidad baja, yo te la recomiendo.

A la próxima!

(Nota: la sinopsis fue sacada del sitio: quelibroleo)

domingo, 11 de marzo de 2018

Allí estaba, otra vez en ese bar. Observándolo mientras entraba y se sentaba frente a mí. Su clase, sus modos. Habían pasado algunos años pero él continuaba a ser un hombre de apariencia fascinante. Tenía ese no sé qué por el cual las mujeres, sin importar la edad, giraban la cabeza. Y ese había sido el comienzo de todos los problemas. Su porte; ese modo todo suyo de ser siempre dueño de la situación, de hacer que una mujer se sintiera una princesa, pero poniéndola a sus pies.

Me había costado unos meses acercarme a él. Debí tener mucho cuidado, nunca me gustó ser yo la del rol de cazadora, y con él menos que menos. Pero debía ponerme en situación de ser su botín. Sabía sus gustos, sabía sus debilidades, sabía con qué podía tentarlo, seducirlo. Sólo debía ser yo. Sólo debía ser lo que había sido ella.

Una mirada atrapante, profunda. Una mente curiosa, inquieta. Una pizca de inocencia en esa sonrisa tímida. Y el cazador fue cazado. Agradecí no notara el parecido y su falta de memoria auditiva. Ahora estaba allí, delante mío, desplegando todos sus encantos, mientras le sonreía, no por el instante, sino por lo que sabía que vendría.

Me invitó a su departamento, finalmente. Acepté, entre complacida y repugnada. Entraría allí, donde todo había iniciado, donde todo había terminado. Sus manos quitaron cada una de mis prendas de forma magistral, como seguramente había hecho con ella. Estaba excitada, sabía que en poco apagaría mi hambre, mi sed. Tomó unas esposas, unas de las cosas con las que le gustaba jugar. Lo miré fijo, y él cambió la oscuridad de mi mirada por pícaro atrevimiento. Lo excitó mi osadía, su erección me lo decía, y se dejó hacer.

Lo esposé al cabezal de la cama. Allí, donde tantas otras veces había sido otra la presa. Donde ella lo había sido. Ya no se lo veía tan poderoso.

Con estos jueguitos una niña podría enamorarse... –dije mientras la suave piel de mis muslos rozaba su vientre.
Que suerte que tú no eres una niña entonces... –respondió sonriendo de lado.

Aún se sentía muy seguro. Entonces le vendé los ojos, me apoyé a su pecho y lo besé. Necesitaba que confiara, no podía arriesgarme a ninguna duda.

Tienes razón, hoy estoy yo en tu cama, y no una niña... –susurré en su oído. Pero no siempre ha sido así, ¿o no?
¿De qué hablas? –murmuró. ¿No estarás celosa?
¿Celosa? –casi me reí a carcajadas, más por los nervios. No, no son celos, es certeza. Certeza que nunca te ha importado quién metías en tu cama, ni qué sentimientos despertabas...
¿De qué carajo hablas? –decía mientras empezaba a moverse debajo de mi cuerpo.
Hablo de una niña a la que enamoraste... por la cual hiciste de todo para meterla en tu cama... por capricho, por sacarte el gusto... sin importarte nada... –continuaba a decirle mientras él ya se lastimaba las muñecas. Y esa niña te creyó... creyó en tus palabras... y vos la envolvistes en tus perversiones, en tus juegos... ni siquiera te frenaste cuando te advertí...
Suéltame... no sé de qué hablas... –no lograba gritar, o no quería; moviéndose tanto, se quitó la venda de los ojos, y por un instante, vi su sorpresa. ¿Me advertiste? ¿Cuándo?
Esa niña te creyó y se involucró... esa niña no se dió cuenta que para vos era todo un juego... y busqué tu número y te llamé... te advertí que ella era una niña, y se estaba enamorando... te pedí de no herirla... pero no te frenaste... –mi voz era tan fría como la sangre que me corría por las venas y no me detuvo ni siquiera el terror de su mirada delante de la navaja que ahora tenía en mis manos. Por eso te digo que es certeza... certeza que te he advertido, y que te he dado tiempo... pero no me has escuchado... y todo se transformó en dolor... el dolor de esa niña que se sintió usada, dejada... un dolor que llevó a esa niña al abismo, a la desesperación... y mi dolor, por no poder ayudarla, rescatarla, salvarla... mi dolor cuando la perdí, cuando perdí a mi niña...

Y mientras el filo cortaba su orgullo, y mis manos esta vez se mojaban del rojo de su sangre, volví a acercarme a su oído.

Esta vez no olvidarás mi voz, porque será lo último que oirás... –el rostro de mi niña en sus últimos minutos cruzó por mi mente. Tendrías que haberme escuchado... tendrías que haberme creído... te lo advertí, yo por mi hija mato...

(Este relato pertenece a los "52 retos de 'El libro del Escritor'".
Es el número 20: Un relato que acabe "Yo por mi hija mato".)

domingo, 4 de febrero de 2018

Finalmente abría los ojos. Me sonrió y yo sentí como si respirara por primera vez después de mucho tiempo.

Ya no sabía cómo sentarme. Ni en qué concentrarme para no pensar en las horas que ella llevaba sin despertarse. Sentí una especial admiración hacia la mujer que se encontraba en la otra parte de la habitación; llevaba días en mi situación. Y también un poco de compasión. Había cambiado el turno de las enfermeras, y volvían a entrar para controlarla.

Todo está bien mamá... –dijo sonriéndome y mi fastidio fue evidente; no quería que nadie más volviera a llamarme así hasta que ella despertara.

Parecía mucho más pequeña en esa camilla, y sus ojitos me decían que estaba asustada. Traté de calmarla. Continuaba a decirle que nada malo pasaría; y mientras más lo repetía, más trataba de convencerme. Lo mismo probó a hacer el anestesista, pero conmigo. Me senté en el pasillo. No podía pensar en nada, ni en nadie. La única persona que me importaba estaba allí dentro y yo no podía hacer absolutamente nada. El frío del mármol me caló hasta los huesos y, por primera vez en los últimos seis años, tuve miedo.

Despertó de golpe, gritando nuevamente, como si la hora de sueño hubiese intensificado su dolor. No fui la única a sobresaltarme, su llanto había penetrado los oídos de todos los presentes en la sala de espera. Entre lágrimas quiso ponerse en pie, pero no lo lograba, ni siquiera tenerse erguida. Supe que ya no era un simple malestar. Avisé al médico de guardia, que mandó a otra enfermera, mucho más joven, a acompañarnos al baño. No llegó. Comenzó a vomitar, tan fuertes eran sus espasmos que temí se me cayera de los brazos. De la nada ví aparecer al pedíatra. Su diagnóstico fue contundente: apendicitis. Y se estaba agravando.

Se me quedó dormida en brazos, se la veía tan serena. Seguro no sería nada, pero ya estábamos en la puerta del hospital, así que tanto valía entrar y que la vieran. Como siempre, la guardia llena de gente, a pesar de que habíamos superado la medianoche. Apenas ví a la enfermera en la recepción, pensé que hubiese tenido que dedicarse a otra cosa. Es que era la confirmación que los bizarros personajes televisivos tenían una fuente de inspiración en seres reales. Como ella dormía tranquila, dijieron que podíamos esperar. Fuimos hasta la sala, su respiración en mi cuello era pausada, casi una invitación a seguirla. Ganas no me faltaban, había sido un día demoledor; la mañana pasada a estudiar; luego, preparar el almuerzo y llevarla a ella a la escuela; de ahí a las prácticas, y antes de volver a casa, pasar por el Profesorado de nuevo. Cuando finalmente atravesé el umbral de casa, no me esperaba ni perfume a comida, ni dos bracitos que me apretaran fuerte las piernas, como de costumbre. Sólo su voz diciendo, casi en un susurro:

“Mamá... me duele mucho la panza.”

(Este relato pertenece a los "52 retos de 'El libro del Escritor'".
Es el número 02: ¿Recuerdas tu peor noche? Cuéntala desde el final hasta el principio.)

domingo, 11 de junio de 2017

Habían pasado apenas unas pocas horas y ella estaba decidida a ir a buscarlo, sin importarle los riesgos ni las consecuencias. Nadie había podido darle una explicación de lo ocurrido y ella no se resignaría. Nunca lo había hecho, no sería ésta la ocasión para comenzar.

Juntaba unas pocas pertenencias, no tenía idea de cuánto le llevaría el viaje. Mientras, recordaba el día en que lo vió nacer. Se había pasado toda la noche entre dolores, hasta que finalmente, al surgir del sol, él vino a la luz y se lo apoyaron en su pecho. Ya desde ese inicio tuvo que luchar por su lugar. Su padre no quiso reconocerlo y ella se encontró sola con todo, y contra todos. Pese a ello, él había nacido con la sonrisa pegada en el rostro, y su destino marcado en la piel. Creció del mismo modo, con infinidad de carencias, pero no de amor; para eso estaba ella. Mientras ella estuviese, a él no le faltaría nada. Por eso no entendía qué había pasado, si ella no se había jamás ausentado. ¿Dónde era que se había equivocado? ¿Cuáles eran las señales que no había sabido interpretar? Necesitaba respuestas. De otro modo no sería capaz de continuar. Y él era el único que podría dárselas. Por eso no importaba hasta dónde debiera ir, pero llegaría a obtenerlas o moriría en el intento.

Mujer... ¿sabes a dónde vas? –escuchó una voz a su espalda en el momento que cruzaba el umbral de casa, rumbo a emprender su camino. No es casualidad si allí se esconde hasta el sol.

Su mirada estaba allí, en ese punto, al oeste, porque en el oeste se encontraban las ciudades de los muertos. Y porque una madre llegaría hasta donde sea para que alguien le explicara la razón de semejante pérdida.


(Este relato pertenece a los "52 retos de 'El libro del Escritor'".
Es el número 5: Usa la frase 'en el oeste se encontraban las ciudades de los muertos'
para hacer una compasición creativa.)


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