Habían pasado apenas unas pocas horas y ella estaba decidida a ir
a buscarlo, sin importarle los riesgos ni las consecuencias. Nadie había podido
darle una explicación de lo ocurrido y ella no se resignaría. Nunca lo había
hecho, no sería ésta la ocasión para comenzar.
Juntaba unas pocas pertenencias, no tenía idea de cuánto le
llevaría el viaje. Mientras, recordaba el día en que lo vió nacer. Se había
pasado toda la noche entre dolores, hasta que finalmente, al surgir del sol, él
vino a la luz y se lo apoyaron en su pecho. Ya desde ese inicio tuvo que luchar
por su lugar. Su padre no quiso reconocerlo y ella se encontró sola con todo, y
contra todos. Pese a ello, él había nacido con la sonrisa pegada en el rostro,
y su destino marcado en la piel. Creció del mismo modo, con infinidad de
carencias, pero no de amor; para eso estaba ella. Mientras ella estuviese, a él
no le faltaría nada. Por eso no entendía qué había pasado, si ella no se había
jamás ausentado. ¿Dónde era que se había equivocado? ¿Cuáles eran las señales
que no había sabido interpretar? Necesitaba respuestas. De otro modo no sería
capaz de continuar. Y él era el único que podría dárselas. Por eso no importaba
hasta dónde debiera ir, pero llegaría a obtenerlas o moriría en el intento.
Mujer... ¿sabes a dónde vas? –escuchó una voz a su espalda en el
momento que cruzaba el umbral de casa, rumbo a emprender su camino. No es
casualidad si allí se esconde hasta el sol.
Su mirada estaba allí, en ese punto, al oeste, porque en el oeste
se encontraban las ciudades de los muertos. Y porque una madre llegaría hasta
donde sea para que alguien le explicara la razón de semejante pérdida.
(Este relato pertenece a los "52 retos de 'El libro del Escritor'".
Es el número 5: Usa la frase 'en el oeste se encontraban las ciudades de los muertos'
para hacer una compasición creativa.)
