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domingo, 12 de julio de 2020

Confío plenamente...

Esa mañana se había levantado más temprano que de costumbre. Deseaba tener el tiempo suficiente para prepararse como se debe, si bien hacía días había decidido su vestuario y todo lo necesario para la ocasión, que había guardado dentro el nuevo bolso. Y es que volver a estudiar después de tantos años, no era algo tan simple como parecía.

En un pestañeo se había duchado, vestido y maquillado, ese poco delineador de ojos que ella usaba, y ya se encontraba en la calle rumbo a la universidad.

Tenía tiempo, por lo que decidió parar a comprarse un café, de esos vasos XL que podías llevarte a cualquier lado y pareciera que estás en una película americana.

Llegó a la universidad y comenzó a buscar el edificio donde debía ir. Aquello era una maldita ciudad y ya no recordaba nada; también ¿cuánto tiempo había pasado desde que estuvo allí por última vez? ¿veinte... veinticinco años? En otra vida, definitivamente.

Después de media hora de dar vueltas por todos lados y cruzar tanta gente joven a la que no deseaba preguntar, se sentó en las escalinatas. Apoyó todo a su lado y se tomó el rostro con las manos. A pesar de todo, llegaría tarde... ¡genial!

¿Qué sucede señorita? ¿Puedo ayudarla? –una profunda voz la sacó de sus pensamientos autodemoledores.
Es que... –comenzó a decir levantando la cabeza y cubriéndose los ojos del sol. Me he perdido... debo ir a este edificio, a esta facultad, pero estoy dando vueltas desde hace rato y no logro encontrarla.

Mientras, le extendía la hoja donde se había copiado las instrucciones. Aún si no podía verle el rostro con nitidez, sólo sus largas piernas y sus zapatos, imaginaba que no se trataba de otro estudiante; lo que hizo se alzara como un rayo y de la vergüenza evitara mirarlo a los ojos.

Pues no hay mayor dificultad... –dijo él finalmente y con toda la calma le indicó perfectamente cómo llegar.

Ella agradeció y mencionó que quedaba en deuda, pero recogió sus cosas a toda velocidad y se marchó sin más. Tal vez aún podría llegar a tiempo.

Lo hizo. La primera mañana en la facultad de psicología había pasado. Y, en todo ese tiempo, se obligó a no pensar al desconocido que la había ayudado a encontrar el camino. Pero ahora estaba de vuelta en su departamento y eso ya no era tan fácil. Esa voz... ¿se cruzaría con él alguna otra vez? ¿lo reconocería? Estaba segura que sí, pero no podía pensar en ello, no ahora, no después de todo.

Había pasado más de un mes y ya no había pensado en nada más que sus estudios. Una compañera le había dicho que ese sábado se llevaría a cabo una especie de conferencia, una clase magistral abierta a todos, en la facultad de humanidades; y que el principal orador sería un antiguo profesor de allí, una eminencia según ella. Deseaba asistir, nutría una profunda curiosidad e interés por el tema.

Llegó con tiempo de sobra, desde aquella primera mañana no había vuelto a perderse. Se ubicó en uno de los bancos de la primera fila, no deseaba distracciones de ningún tipo.

Cuando entró el profesor invitado, su instinto lo supo. No reconocía su rostro, ni sus facciones obviamente, pero algo dentro de ella lo había reconocido. Y, cuando comenzó a hablar y se presentò, no tuvo ninguna duda. Él era su desconocido, el de aquella primera mañana.

Sin saber muy bien el porqué, se notaba inquieta. El profesor no la había reconocido, al menos no había dado ninguna señal de ello. Sus miradas no se habían ni siquiera cruzado por casualidad, a pesar que ella había participado activamente a toda la charla. Sin embargo, allí estaba, haciendo tiempo y quedando por última. Con estúpidas excusas había dejado que los compañeros que estaban con ella, se marcharan. No había querido tampoco que David la esperase para almorzar, es que su simpatía y lo guapo, no le hacía olvidar que era un niño.

Veo con placer que no ha vuelto a perderse. –otra vez aquella voz la sacaba de sus pensamientos.
Disculpe... –probó a poner rostro de sorpresa y cierta ingenuidad en la voz. ¿Cómo dijo?
El primer día de clases, la encontré en las escalinatas que se había perdido. –mientras hablaba su mirada no dejaba de recorrer y analizar cada centímetro del rostro de ella. Creí me había reconocido.
Ahhh... ¿fue usted? –su voz resultaba demasiado fingida hasta para ella misma. No lo reconocí, llevaba tal apuro ese día.
Me imagino. –él tampoco había creído a la respuesta de ella, pero sonrió. Me han gustado sus intervenciones en la charla de hoy, muy apropiadas.
Es un tema que me apasiona desde hace tiempo... –le sonrió ella también; creía estar coqueteándolo aún sin proponérselo pero él la atraía y eso era innegable.
Si lo desea, en la semana puedo alcanzarle un libro que a mí ha sido más que útil. –dijo no sin cierta curiosidad y desafío en la mirada.
Me encantaría... –fue rotunda, no dejando espacio a dudas.

Unos días después se encontraron al finalizar de la última lección de ella.

Lo prometido es deuda. –dijo entregándole el libro.
¿Y será muy inapropiado si lo invito a tomar un café? –le preguntó ella fijándose bien que no hubiese nadie a su alrededor.

Aceptó y se dirigieron a un bar un poco alejado que a ella le gustaba particularmente. Se acomodaron en una mesa un poco alejada de la entrada. Ella no sabía cuánto habían estado conversando; con él le resultaba fácil y natural contarse. Pero cuando salíeron hacía horas que se había hecho de noche.

¿Me dejas que te alcance hasta tu casa? –preguntó él; después de los primeros minutos de conversación habían coincidido en hablarse de tú.
Me encantaría... –otra vez ella le respondió de forma certera, sonriéndole hasta con los ojos.

Ya en la puerta del edificio de departamentos donde ella vivía, debían despedirse y bajar del coche. Y eso era lo último que ella deseaba. Fue instintivo. Se acercó para saludarlo con un beso pero su mano se apoyó en su rostro acariciándole la barba. Se detuvo frente a su boca, mordiéndose.

Tal vez sea un error... –dijo él pero no se apartaba de ella.
No veo el porqué... –respondió ella. Ambos somos adultos y tú no eres mi profesor ni yo tu alumna.
Pero a mis años... –rebatió. Podría ser tu padre.

Se acercó a su oído, se sentía osada esa noche y le susurró: Pero no lo eres.

Y sus bocas se fundieron en un beso.




(Este relato pertenece a los retos de "Gym para escritores".
Éste particularmente corresponde a la semana dos: "Frase".
Esta semana, deben inspirarse con la siguiente frase, si quieren citarla, pueden hacerlo, aunque la gracia reside en inspirarse en ella: "Y debo decir, que confío plenamente en la capacidad de haberte conocido", de Julio Cortázar)

jueves, 26 de marzo de 2020

Metamórfosis


En el momento que entró a la habitación y lo vió, todo desapareció y volvió a aquel fin de semana de algunos meses atrás.

A última hora se había decidido y comprado los pasajes del tren. Ale como siempre tenía trabajo por hacer, para adelantar. Ella ya no estaba segura que eso le molestase, era mucho tiempo que ella y Ale no compartían más que silencios incómodos y  sexo rutinario. Tal vez fue por eso, o por el aburrimiento, pero no pensó demasiado cuando se inscribió a esa chat. Sólo deseaba que alguien la escuchara.

Así fue que lo conoció a él. Al principio había sido raro, como que ninguno de los dos confiaba en el otro. Cuando ella le preguntó el nombre, él se limitó a decir: “Puedes llamarme Sandro” y ella pensó que no sería su verdadero nombre. Entonces tampoco le dijo el suyo. Pasaron semanas hasta que comenzaron a relajarse y conversar realmente. Se daban los ‘buenos días’, como un ritual mágico para enfrentar mejor la jornada. Se contaban desde los detalles más banales hasta las intimidades más inconfesables. Así y todo, había un límite invisible; sin decirlo con todas las letras, habían entendido que ambos tenían pareja, que si bien amaban, algo no estaba funcionando. Por eso ella se sorprendió cuando él propuso de encontrarse. Se negaba a creer que todo no fuera más que un simple deseo hacia lo nuevo, lo desconocido, lo prohibido. Pero aquel viernes, cuando por enésima vez Ale permanecía ajeno a ella, refugiándose en un trabajo que ambos sabían podría esperar; se decidió y le dijo que sí. Al fin y al cabo era sólo un encuentro, un café sin compromiso a ninguna continuación que no se deseara.

Debió admitir que se desilucionó cuando Sandro no le propuso esperarla en la estación central, sino hacerlo en un bar anónimo en el centro de aquella ciudad que ella conocía tan bien. Había optado por el mismo hotel de siempre, y fue allí que se dirigió primero; dejaría el pequeño bolso y la ansiedad, si era capaz. Tomó el metro hasta el centro y lo esperó en aquella esquina pensando si lograría reconocer. Ninguno de los dos había querido enviarse fotos, no las creían necesarias, no buscaban algo físico por lo cual poco importaba cómo tenía el cuerpo. ¿Sería verdad eso? ¿Y entonces por qué estaba tan nerviosa? Los minutos pasaban y él no llegaba. Y, ¿si él la hubiese reconocido y se hubiese marchado? ¿Qué haría? No quería pensarlo. Pidió un tè, le daría más tiempo para pensarlo, esperarlo.

No llegó. Y ella se sintió tan tonta. Pagó la cuenta y caminó sin rumbo, por suerte la ciudad siempre ofrece mil distracciones. Le sonó el móvil en el bolsillo. Un mensaje de Sandro que le advertía, tarde, que por un contratiempo de último momento no podría acudir a la cita. Lo remetió en el bolsillo sin siquiera responder. En un impulso, para no pensar más, entró a una muestra de arte. Y fue justo cuando se detuvo frente a ese cuadro que la estremeció y serenó a la vez, que decidió responderle.

Fue su último mensaje. Luego canceló también su cuenta de chat. Al otro día volvió a casa, a su vida de siempre pero con la convicción de que algo debía cambiar. No buscó fuera, reconstruyó dentro. Y ahora, ahora que todo finalmente era como siempre había deseado, ese cuadro la llevaba a un punto que creía haber olvidado.

Ale... Ale... Alessandro... –él desde la cocina no la escuchaba.

Eyyy... ¿qué pasa? –preguntó Ale mientras entraba al cuarto y la abrazaba por la espalda.

¿Y ese cuadro? –tenía miedo de girarse y verle a los ojos. ¿De dónde ha salido?

¿Te gusta? –susurró. Hace unos meses me hablaron de él, y cuando lo ví, simplemente me enamoré... otra vez.

Ninguno de los dos se movió, ni dijo más nada. No hacía falta.

"Metamórfosis de ángeles en mariposa", Salvador Dalí (1973)

(Este microrrelato pertenece a los "Relatos Jueveros"
y esta semana la convocatoria fue hecha por Mağ desde su blog: "La Trastienda del Pecado".
Te invito a leer el resto de los participantes aquí!)

domingo, 11 de agosto de 2019

¿Cómo lo había conocido? Tal vez si hubiese sido otra no lo recordaría, pero ella, ella recordaba cada pequeño detalle de ese encuentro.

Se había presentado ante ella casi en puntas de pie, pero con el rostro lleno de preguntas. Ella le dejó abiertas todas las posibilidades, porque él había sabido hacerle cosquillas a su curiosidad. Por cada pregunta que le hacía, ella sonreía de forma pícara, alzaba los ojos al cielo y le respondía no sin cierta timidez.

Me gusta ser el que provoca tu sonrisa. –le dijo y ella se ruborizó como si fuera una adolescente y esa fuera una declaración de amor.

La verdad es que él le gustaba desde mucho antes de cruzar las primeras palabras. Lo había oído hablar tantas veces, siempre con la respuesta pronta, aquella justa. Él no dejaba de preguntarle, deseaba saber todo sobre su vida y ella, con su más sincera naturalidad, le respondía, le contaba todo.

Si sigues... si sigo... te me harás vicio... –le dijo ella como con miedo en la voz.
Me encanta hacerme vicio. –respondió él tomándola por el mentón y obligándola a mirarlo. ¿A qué le tienes tanto miedo? ¿A mí?
Sí... y no... –las palabras salieron de su boca sin poder detenerlas.
Explícame. –le pidió.
Me gustas mucho... me encantas... pero mi vida es demasiado complicada como para dejar que lo que siento, que esto que tú me provocas, me invada y tenga el sobreviento... –más sincera que así no podía ser.
¿Y qué harás? –preguntó mientras se acercaba peligrosamente. ¿Te frenarás? ¿Pondrás límites?
Sí... sí, si es necesario... –respondió mostrando una seguridad que no tenía.
Si crees lograrlo, te dejaré intentarlo. –y su aliento le rozaba el cuello.
No me dejes... –murmuró colocándose en ese espacio que él le había hecho entre sus brazos.
Dejarte sería castigarme a mí mismo. –la abrazó fuerte y selló sus palabras con un beso.


sábado, 8 de junio de 2019

Recordando[te]


El aroma de la tarta de manzanas había invadido toda la cocina. Ese día Laura se había levantado temprano, casi al alba. El sol entraba tímido por las ventanas, el otoño comenzaba a hacerse presente. Suspiró, sin querer que los recuerdos la invadieran. Arregló las sábanas de su cama, hacía años que era una tarea de lo más fácil. Bajó al jardín, dejando que la hierba aún con el rocío, le mojara los pies. Fue cuando vió las manzanas, parecía una propuesta. Sonrió. Volvió a entrar a la casa, controló de tener todo lo necesario y comenzó a cocinar la tarta. Escuchó los pasos de Abril, se había despertado.

No había podido casi dormir en toda la noche, la ansiedad la estaba consumiendo. En pocos días partiría para Buenos Aires de forma definitiva y su madre se quedaría allí, sola. Abril no entendía esa terquedad de parte de su madre, ¿qué la retenía allí? Nada. Eran años que su padre se había ido y ella no había vuelto a tener otro hombre; ni siquiera un amigo le conocía. Su madre era una bella mujer aún, y se merecía ser feliz. Laura decía que lo era, allí, entre esos muros, con sus cosas... sus fantasmas. Abril se levantó apenas escuchó rumores en la cocina, seguro su madre se habría puesto a cocinar.

La tarta estaba lista, bastaba se enfriara un poco. Laura deseaba mimar un poco más de lo normal a su hija esos días. Pronto su niña, ya no más niña, partiría hacia la tierra de sus orígenes. Sonreía con lágrimas en los ojos pensando en las vueltas que tiene la vida. Ella había llegado allí de pequeña, y pese a que le costó mucho al principio, fue allí donde hizo su vida, donde construyó todo lo que era. Y ahora Abril, su única hija, elegía hacer el viaje de regreso. Volvió a suspirar, ¿cuántos eran ya esta mañana? ...había perdido la cuenta. Tomó la tarta y la cortó, se enfriaría más rápido. Se sentía el aroma de su ingrediente secreto, en todos esos años Abril nunca lo había adivinado, y eso que era fácil. Pero Laura se lo había escrito; en realidad, eran meses que le estaba preparando un libro especial, sus mejores recetas. Había comprado un cuaderno con tapas de cuero y le había hecho grabar su nombre; allí había escrito, con su mejor caligrafía, las recetas preferidas de Abril. Todos los pasos, los pequeños trucos y, obviamente, los ingredientes secretos que ella misma usaba. Sabía que era un regalo que su hija apreciaría, más ahora que estaría tan lejos.

Antes de bajar a desayunar, decidió ir hasta el desván, no sabía porqué su madre cambiaba todo de lugar constantemente; y las valijas que siempre habían estado en el garage, ahora debía buscarlas allí donde no le gustaba demasiado entrar.

De repente Laura escuchó pasos en el desván, seguro Abril había ido a buscar las valijas. Su hija siempre había sido muy impaciente, como si no hubiese podido bajar a desayunar y luego ocuparse de ello.

No recordaba la última vez que había entrado al desván y debía admitir que su madre se había hecho allí un bonito rincón. Tenía sus revistas de decoración que siempre había guardado; sus antiguas cajas de hilos, esas que habían pertenecido a la abuela; y sus libros, todos sus libros. Había colocado una alfombra y un mullido sillón. ¿Cuándo era que había hecho todo eso? Miraba todo como si fuera que había aparecido allí por magia. Un objeto llamó su atención, se acercó a la librería para verlo mejor, cuando notó que su madre estaba detrás.

Buenos días... –dijo Laura abrazando a su hija. Hubieses podido bajar a desayunar, que luego ya hay tiempo para las valijas.
Buenos días mamá... ya sabes que no puedo estarme quieta. –respondió Abril girándose y dándole un beso en la mejilla. ¿Qué es esto? Nunca había visto este cofre, ¿de dónde lo has sacado?

Por un momento a Laura le pareció que el tiempo se detenía. Ese era su espacio, así lo había armado, poniendo atención a cada objeto y detalle que allí se encontraba. Y ese cofre estaba entre sus cosas más preciadas. Guardaba en él un secreto desde hacia años, una eternidad le parecía. La emocionaba pensar a aquellos años en los que él le escribía cada día; sus correos era lo primero que abría al despertar. Ya luego sus letras la acompañaban durante todo el día. Él había sido una presencia más allá de cualquier distancia.

Nada, Abril... un cofre donde guardo algunas cosas de tiempo atrás... –dijo Laura en un tono de voz casi inaudible.
¿Puedo ver? ...sabes que soy curiosa. –preguntó su hija, y sin esperar la respuesta abrió el cofre. Mira... tus aretes de plata!! ...sólo te los había visto en fotos.

Abril sacó una a una las cosas del cofre, sin notar el temblor en las manos de la madre, ni las lágrimas que amenazaban en inundar sus ojos. Allí estaban esos aretes que había usado día a día por tantos años; una servilleta de un bar en Buenos Aires con el sobrecito de azúcar aún intacto; un viejo billete de tren; una carta que ya no se leía porque se había borrado la tinta, y donde sólo quedaba la inicial que la firmaba. Esa G que para Laura era un tatuaje en el alma. Aquel otoño en Buenos Aires había cambiado su vida. Él lo había hecho. Volver luego a su casa, a su trabajo, a su rutina, a su marido, había sido la desición más difícil de toda su vida. Pero él había siempre dejado las cosas en claro, no podían, no debían. Y aún sabiendo que fue lo correcto, no pasó un instante sin recordarlo. Ni siquiera cuando tiempo después de su regreso, él dejó de escribirle. Había desaparecido tan rápido como había llegado, y ella no tenía modo de saber, de preguntar. Y así fue como intentó comenzar a olvidarlo, metiendo una a una las cosas que la unían a él dentro ese cofre, 

Sin embargo, cómo hubiese podido siquiera pensar en olvidarlo, si cada vez que veía los ojos verdes de su hija era como si lo tuviese delante.

martes, 30 de abril de 2019

Vuelo

Pensé que definitivamente ese viaje sería interminable...

Apenas llegé al aeropuerto de Heathrow, mi vuelo había sido suspendido hasta nuevo aviso; eso sumado a las horas que aún me faltaban para llegar a mi destino, no hacían que estuviese de muy buen humor. Decidí tomármelo con calma, respiré profundamente y me senté en una de las butacas. Me pondría a leer o escucharía algo de música. El aeropuerto estaba practicamente vacío, sin embargo él se sentó frente a mí.

Era un hombre atractivo, sin dudas, las miradas de las mujeres –pocas– que había alrededor, eran todas para él. Cabellos muy cortos, muy prolijo; algunas canas que le daban ese encanto de la madurez. Bien vestido, traje oscuro, Prada o Armani, seguramente. No podía dejar de observarlo, aunque él ni se dignó a devolverme la mirada una sola vez. Sacó una agenda y comenzó a escribir algo. Sus manos, cuidadas, perfectas… y de repente, no pude más que imaginarlas sobre mi cuerpo. Decidí ir por un café, debía despejarme; ese desconocido estaba despertando todas mis fantasias. Yo, que generalmente soy considerada un poco fría y distante, estaba probando una extraña excitación.

Volví con mi café y empecé a leer; él seguía allí, en sus cosas. Comencé a observarlo otra vez, como si tuviese un imán al que no podía sustraerme. Sus piernas cruzadas. Su camisa un poco abierta. Su cuello tan masculino. En ese instante alzó la vista y nuestras miradas se cruzaron. Él hizo una media sonrisa y automáticamente me mordí el labio, mientras mi pulso se disparaba. Me sentí arder, y sentí arder también sus ojos oscuros recorriendo mi piel. Nerviosa me levanté, recogí mis cosas rápidamente y me fui hasta el baño.

No había nadie… mejor. Abrí el grifo, dejé correr el agua fresca por mis manos y cerré los ojos. Hasta que escuché cerrar la puerta con llave a mis espaldas. Ahora era él quien me observaba a través del espejo. No me moví. No sentí temor sino deseo. Se acercó lentamente por detrás y se apretó a mi cuerpo. Recogió mis cabellos, haciendo que inclinase el cuello, que besó… mordió. Sus manos abrieron mi camisa y sujetaron mis pechos, sacándolos del sujetador. Sentía su excitación presionando mis nalgas. Levanté mi falda y llevé su mano a mi entrepierna, quería sintiera lo que me estaba provocando.

Hundió sus dedos en mi sexo; entraba y salía de él lentamente. Comencé a gemir y sentía esos espamos que preanunciaban mi orgasmo. Se abrió el pantalón y sentí cómo frotaba su miembro contra mi culo. Con un moviemiento delicado pero decidido, me giró e hizo que me sentara sobre el mármol. Me penetró enredando sus manos en mis cabellos. Su lengua hambrienta recorría mi boca con la misma intensidad con la que sus caderas me embestían. Mi calor lo envolvía y hacía que desapareciera dentro de mí. Ambos vibrábamos al mismo ritmo acompasado. Por momentos se detenía, dejándome empalada en su virilidad; para luego retomar con más énfasis.

Y finalmente, su voz. Un susurro… un pedido en mi oído… “…acaba conmigo…”. No hizo falta más. Sentí su caliente hombría llenando mis entrañas, en el preciso instante que me derramaba en un inevitable orgasmo.

Nuestras respiraciones comenzaban a calmarse cuando escuché el anuncio de mi vuelo. Nos miramos a los ojos, él esbozó otra vez una media sonrisa y yo, yo después de todo, me sonrojé como una adolescente que había cometido su primera gran trasgresión. Me arreglé; tomé mis cosas, y salí del baño dejándolo allí. Me dirigí a la puerta de embarque, no deseaba pensar en lo que acababa de ocurrir. Luego de unos minutos ya estaba en mi asiento. Faltaba poco para el despegue y parecía que viajaría sola; nadie llegaba para sentarse a mi lado. Miraba por la ventanilla cuando oí a la azafata indicar mi fila. Levanté la vista… era él.

Me corrijo, ese viaje definitivamente no sería interminable, sino inolvidable.




(Relato presentado al concurso de "El Tintero de Oro"
Para leer los restantes participantes te invito a pasar por aquí.)

sábado, 23 de marzo de 2019

No sabía explicar cómo se sentía, pero no estaba bien y eso era evidente. De un tiempo a esa parte estaba sin ganas de nada; se limitaba a un pasar de las horas, de los días; todo en la más completa y monótona rutina. Vacía. Tal vez esa era la palabra exacta, aquella que fielmente la representaba en esos momentos. Nada lograba quitarla de ese estado... hasta aquella mañana.

Antes de ir al trabajo, pasó por el bar; la costumbre del capuchino y el croissant eran de las pocas cosas que no habían cambiado. Caminaba distraída y estaba por entrar, cuando se topó con un hombre al que no había visto antes. No pudo evitar el gesto de sorpresa cuando, levantando la vista del suelo, encontró esos ojos negros que la atravesaban.  Alzó una ceja y abrió la boca para decir algo, pero ningún sonido salió de ella. Simplemente inspiró todo el aire que cabía en sus pulmones, y con ello también su perfume. Él la hizo pasar sin decir una palabra, pero sin dejar de observarla. Ella entró, sonrojándose al pasar a su lado; su imaginación siempre le había hecho trampas.

Eyyy... pensé que ya no venías esta mañana... –la saludó Caro, la chica del bar, sacándola de la nube de sus pensamientos. ¿Cómo te sientes?
Pues ya me ves, parezco una tortuga de lo lenta que voy últimamente... –respondió sentándose en la barra y pidiéndole lo de siempre.

Se pusieron a conversar mientras ella desayunaba, estaban prácticamente solas y aún tenía poco más de media hora. Con el rabillo del ojo observaba al  hombre que se había cruzado al entrar. Solo; bien vestido; elegante en sus maneras; abstraído en su mundo; serio, tal vez demasiado. Vió que se levantaba y se dirigía donde estaba ella; pagó la cuenta y se marchó, pero dejó el periódico allí. Sin un motivo o quizás sólo por su innata curiosidad, tomó el periódico; enseguida notó algo escrito al pie de la página.

“No importa la velocidad de tus pasos, sino la claridad de tu rumbo.”  No podía quitar la vista de aquellas palabras. Esa caligrafía prolija, precisa; decididamente masculina. ¿Acaso la frase sería para ella? ¿Había escuchado su conversación? No sabía si ofenderse por la indiscreción o sentirse halagada por la atención. Sacudió la cabeza, como tratando de quitarse esas ideas y pensamientos; al fin y al cabo era un desconocido, y seguiría siéndolo.

Fue así hasta la mañana siguiente. Entrando al bar giró la cabeza instintivamente  hacia la mesa donde el día anterior se había sentado aquel hombre. Y allí estaba. Parecía que esperaba a a alguien, y eso la cabreó. Ahora se comportaba como una niña; pero ¿qué motivos tenía ella para ponerse de ese modo? Ninguno; él seguía siendo el mismo desconocido del día anterior, aunque esa idea era lo que parecía disgustarla.

Casi ni abrió boca;  el bar estaba lo suficientemente lleno como para que Caro ni lo notara. Algunos minutos después, él se acercó nuevamente a la barra y, como la mañana anterior, pagó la cuenta y se marchó, dejando el periódico allí. Apenas se cerró la puerta ella lo tomó y buscó, apresurada, alguna señal. Y allí estaba, otra vez. Sólo una frase que la hizo temblar toda.

“A veces, no hay nada más elocuente que el silencio.”  Era para ella sin duda. Sino sería una coincidencia demasiado grande, y ella no creía en las coincidencias. De todos modos, la pregunta que continuaba girando en su cabeza era ¿qué le hacía suponer a ese hombre que ella habría leído lo que él escribía en un periódico cualquiera? Comenzó a cabrearse otra vez; ¿desde cuándo permitía que alguien asi penetrara en su cabeza; dominara sus pensamientos; merodeara en  sus sensaciones? Aún así pensó en él todo el maldito día, y eso la enfurecía más.

Siguió yendo al bar cada mañana, a pesar  de decirse una y otra vez que sería la última. Y como cada mañana, él estaba allí; y después de un rato se marchaba dejando alguna frase en el periódico del día. Luego de una semana, cuando infaltablemente él abandonó el bar y ella, como una felina curiosa, no se resistió a buscar lo que habría escrito; deseó salir corriendo detrás para preguntarle ¿quién diablos se pensaba que era?  Pero no, no lo hizo. Como siempre pudo más su timidez que su furia; aunque ésta la hizo pensar en  cómo encararlo. Decidió que no pasaría del día siguiente. Tímida sí, cobarde jamás.
 
Así fue hasta la mañana siguiente en que lo vió sentado en la misma mesa de todos esos días. Lo observó por unos cuantos minutos, mientras terminaba su capuchino, sin decidir si acercarse de una vez por todas. Hasta que lo vió consultar su reloj, y supo que se marcharía otra vez. La verdad es que nada tenía que perder.

¿Puedo...? –preguntó sentándose atrevidamente frente a él.
Finalmente... te estaba esperando. –y sonrió complacido.


miércoles, 21 de noviembre de 2018

Parecía increíble que en pocas horas la vida de alguien pudiese cambiar de esa manera. Habían pasado sólo cuarenta y ocho horas desde cuando había recibido la llamada que marcaría el final de algo que, tal vez, ni siquiera había comenzado.

Había decidido quedarme en la playa a ver el atardecer. Nadie me esperaba en casa; no que me arrepintiera de las decisiones que había tomado en mi vida, pero... en fin, aún suspiraba pensando a una vida en pareja. Mejor dejaría de pensar tanto, y disfrutaría de esa última tarde de verano.

¿Puedo sentarme a tu lado? –una voz grave me quitó de la nube gris de mis pensamientos. Una vez me dijieron que los grandes espectáculos hay que disfrutarlos en buena compañía.

Miré hacia ambos lados; quedaba poca gente acá y allá, y sonreí por lo que estaba por hacer. La mujer racional que siempre había sido estaba por terminar, como ese día.

¿Por qué no? –y no pude evitar alzar una ceja. Habiendo tan pocos lugares libres en la playa.
Mmmmm... –dijo conteniendo evidentemente una carcajada. Atractiva e irónica, una combinación letal para un hombre como yo.

Entonces ambos comenzamos a reír. Él se sentó a mi lado y hablamos durante horas; perdiéndonos el atardecer. Nos levantamos de la arena cuando ya era de noche y mi piel mostraba los signos del frío. Seguimos conversando en un bar, delante de unos cafés; a lo largo de las calles que recorrimos hasta mi casa, y una hora en el portal de ésta. Me contó de su vida y yo de la mía. Del fracaso de su pareja y yo que ni siquiera había tenido una relación tan larga como para considerar fracaso a la ruptura de ninguna de ellas. Me habló de cuanto le gustaba su trabajo y yo de que era dueña de una agencia de viajes. No había pasado un día y parecía que nos conocíamos de una vida entera.

Por eso no me pareció raro planificar un viaje juntos veinte días después de habernos conocido. Para su cumpleaños iríamos a Venecia; ambos adorábamos Italia, y él insistía en querer que conociera Roma de su mano. Todo era perfecto, un sueño. Todo... al menos hasta que sonó el despertador.

Buenos días... –una voz titubeante llamaba a mi celular personal. ¿Agencia de viajes?
Sí... buenos días... –respondí con algo de perplejidad. ¿Quién habla?
Ahhh... me disculpe, no me presenté... soy la señora... –y se detuvo, tal vez dudó. Mi nombre es Carmen, y encontré su número en el celular de mi marido... Paolo.

El mundo acababa de detenerse. No así mi cabeza; que pasó lista de cada instante que habíamos compartido, de cada mínimo detalle. ¿En cuál de ellos se me había escapado el hecho que él continuaba casado? ¿Cómo había podido ser tan imbécil de creerle? Ni siquiera podía culparlo de algo, ¿de qué podría... de serme infiel? En medio de todo ese desastre que se estaba por desencadenar, tuve que taparme la boca para no soltar una carcajada.

Silvia... Silvia... –una voz del otro lado del celular me traía de nuevo a la realidad. ¿Sigue usted ahí?
Sí... sí... me disculpe... –respondí tratando que mi voz fuera lo más serena posible. Estaba controlando mi agenda porque no recordaba quién era su marido... pero ahora sí; ha venido a consultar por un viaje.
Pues entonces, ¿me podría pasar usted la dirección de la agencia para hablar sobre ello de persona? –me interrumpió.
Sí, por supuesto... –debía mantener la calma. Apenas terminemos con la llamada le paso todos los datos por mensaje, ¿de acuerdo?
Sí, gracias... –dijo sin más. Tenga usted muy buenos días.
También usted, hasta pronto... –saludé y cerré el celular, me esperaría un largo día.

Finalmente había llegado la noche, y yo ya estaba cerrando la agencia. No veía la hora de llegar a mi departamento, ducharme, y meterme debajo de las sábanas, para no pensar. Deseaba sólo dormir, un mes de ser posible.

He llegado justo a tiempo... –la voz de él sonó por detrás de mi espalda.
Paolo... no te esperaba... –dije tratando de sonreír.
Quería sorprenderte... –susurraba mientras sus manos rodeaban mi cintura. Pasar un rato contigo...
Wooww... qué idea estupenda... –respondí pero él no notó la ironía, yo sabía qué buscaba. Justamente estaba pensando en pasar por lo de mi hermano a dejarle copia de las llaves de la agencia para que se ocupe en mi ausencia... en una semana nos vamos de viaje, sería una buena ocasión para conocerlo, ¿qué dices?
Ufff... sería genial... pero es que tengo una reunión de trabajo y terminaré tarde... –mintió, la expresión de su rostro lo delataba. Esta semana será un caos, debo dejar todo listo antes de viajar... me entiendes, ¿no?
Sí, claro... por supuesto... no te preocupes... –mentí yo también. Ya tendremos tiempo de relajarnos y disfrutar.

Él se fue a su inventada reunión; y yo me fui a casa. Tenía que preparar la ropa, decidir el calzado para las vacaciones, todo lo que debía meter en la valija; después de todo sólo faltaba una semana para el viaje.

Era la hora, había sido una de las primeras a embarcar, y eso porque al final había elegido hacerlo en business class. Sabía que él llegaría a último momento, porque le había dado el horario equivocado. Nos encontraríamos allí... o eso le hice creer.

Señoras y señores, soy James Hernandéz, el comandante de este avión para el vuelo de hoy que los llevará a la maravillosa ciudad de Acapulco... –mientras escuchaba esa voz y me imaginaba ya nadando en el maravilloso océano Pacífico, sabía que Paolo se debía estar sentando, sorprendido, al lado de su mujer en un vuelo directo a Venecia, un viaje carísimo, pagado todo con su dinero...

Algunos podrían decir que lo mío fue una venganza, yo en cambio, que cada uno tiene lo que se merece... y yo merecía mucho más que uno como él.


(Este relato responde a la propuesta de Gin, "La llamada".
Te invito a hacer 'click' sobre el título de la propuesta y leer a todos los que participan.
Y no dejo de agradecer el enorme trabajo y la dedicación de Gin... infinitas veces, gracias!!)

miércoles, 19 de septiembre de 2018


El día comenzaba mal. Fue nada más levantarse de la cama, y en el intento de tomar su camisa –que la noche anterior había quedado en el suelo–, chocó la mano contra el borde de la cama. Resultado: la uña del dedo mayor se le partió, volando un pedazo por el aire y produciéndole un dolor alucinante. Se cubrió la boca para no gritar y corrió al baño para colocar la mano bajo el grifo del agua fría. Mientras repasaba una y mil veces el porqué se metía siempre en la misma situación.

Cuando al inicio de la semana recibió el mensaje por whatsapp de su madre, ya sospechó. Y es que su madre nunca llamaba “por nada”, o simplemente para saber cómo estaba. Debía necesitar algo, y ese algo seguramente sólo ella podría obtenerlo. Y no se equivocaba.

Resultaba que unos parientes de vaya a saber dónde, estaban visitando la ciudad. Estos se habían puesto en contacto con su madre, vaya a saber Dios cómo también, para informarla y organizar un encuentro.

Pues sí mi querida, así como te digo, son parte de la familia y han venido a visitarme... –le decía la madre al teléfono tras su escasa respuesta a los mensajes.
Mamá... –respiró profundo antes de perder la paciencia. ¿De qué familia me hablas que yo no los conozco de nada?
Barby..., ¿por qué tienes siempre que ser así antipática? –preguntó su madre como era habitual cuando frente a una verdad quedaba sin argumentos.
Barbara mamá... me llamo Barbara... –le aclaraba por enésima vez; ella adoraba el nombre que le había puesto su padre, aunque su madre probara a cambiarlo; pero esa es otra historia. No se trata de ser simpática o antipática, sino realista y directa... Yo no conozco a estas personas que tú llamas familia, y no veo la razón por la cual debería molestar a mi jefe para conseguir las entradas para la muestra del viejo galeón, para todos ellos.
Pero, ¡es que no te cuesta nada! –exclamaba al otro lado de la línea y ya la imaginaba encendiéndose un cigarrillo. Ellos han venido a visitarme y han traído al más longevo de la familia para festejar sus 90 años todos juntos... me ha parecido un buen regalo llevarlos a la mejor exposición de esta ciudad.

Insistía. Si no por otra cosa, su madre le ganaría por cansancio. Entre el dolor por la uña, y el recuerdo de la charla telefónica con su madre, la habían puesto muy fastidiosa, a pesar de la excelente noche que había apenas pasado.

Preciosa... –la voz de él desde el dormitorio la volvía hacer sonreír, quitando las sombras del mal humor. ¿Qué son esos ruidos? ¿Te ha pasado algo?
No, nada... –se apuró a responder saliendo del baño. Me he sólo golpeado una mano y se me ha roto una uña.
¿Aún tenías alguna? –preguntó él divertido. Pensé las habías dejado todas en mi espalda esta noche.
¡Qué tonto eres! –respondió ella tumbándose en la cama otra vez.
Pero te conozco bien y ese rostro no es por la uña rota... –le dijo tomándola por el mentón y haciendo que lo mirase a los ojos. ¿Qué pasa cielo?
Nada... –casi se avergonzaba a decirlo. Mi madre y sus absurdas ideas... ahora resulta que quiere llevar a unos parientes de no se sabe dónde, a la muestra del galeón; y yo debería conseguirle las entradas...
¿Y dónde está el problema? –preguntó quitándole nuevamente la camisa y abriéndole las piernas suave pero decididamente. Alguna ventaja tiene que traer tener tan buen sexo con tu jefe, ¿no crees?

(Este relato pertenece a los "52 retos de 'El libro del Escritor'".
Es el número 32: Un relato en que aparezcan las siguientes palabras:
longevo, galeón, whatsapp, uña.)

miércoles, 29 de agosto de 2018

Él era uno de los hombres más valientes que jamás hubo navegado los siete mares. Nada lo alejaba de sus propósitos, de aquello que deseaba, y que anhelaba hacer suyo. Eso fue lo que sintió la primera vez que cruzó su andar.

Nunca olvidaría esa mañana, cuando después de varias semanas volvía a pisar tierra firme. Sólo pensaba en llegar hasta el bar, el de siempre, el cercano al puerto. Encontrar unos brazos amigos, unos muslos tibios y unos pechos generosos. Un cuerpo que lo hiciera sentir vivo, algo que últimamente le costaba cada vez más. Fue allí donde la vió por primera vez.

Ella tenía la piel clara, contrastaba con el negro de sus cabellos y el rojo fuego de su boca. Sin darse cuenta, la imaginó entre las sábanas blancas del camarote de su nave. Y casi no podía creerlo cuando sus miradas se cruzaron y él sintió que una como ella sería capaz de descubrir cada uno de sus secretos.

Se acercó lentamente, y ella le dedicó una sonrisa que lo desarmó.

Morena... acompáñame mientras bebo algo que alivie mi espíritu... –dijo acercándose aún más.
¿Qué le hace suponer que yo esté aquí para hacerle compañía al primero que así lo desee? –respondió ella alzando una ceja.
Mujer, ¿sabes con quién estás hablando? –preguntó él de forma casi amenazadora.
Con un pirata... –le dijo ella, desafiante. ¿O debería decir con Bastian, el rey de los mares?

Quedó sorprendido al oír su nombre saliendo de la boca de ella. La misma que, sin pedir permiso ni nada, invadió con su lengua e hizo suya. Bastian era así, tomaba lo que deseaba y lo hacía suyo; en este caso a ella.

O eso era lo que él creía. Con las piernas de ella enredadas a su cintura, subió las escaleras que llevaban a uno de los cuartos que habían sobre el bar. Levantó sus faldas y rompió el corsé; antes de atravesar la puerta de la habitación, él ya había plantado la bandera de conquista. Así fue durante toda la noche, hasta que el sueño lo venció.

Despertó en la mañana, con el sol que entraba por la ventana y le iluminaba el rostro. Buscó con su mano el cuerpo que esa noche había sido suyo, y que deseaba volver a poseer. Pero sólo encontró una hoja de papel bien doblada, y su nombre escrito con una hermosa caligrafía.

“Bastian... Pirata de alma canalla... Creíste poder conquistarme como un territorio más de los que sueles encontrar, y no te has dado cuenta que has sido tú el conquistado, el poseído. He sido yo, que como el canto de una sirena, te he encantado. Ahora no te olvidarás jamás de mí, de mi imagen, de mi sabor... y yo como recuerdo, me llevaré tu bien más preciado.

Adrià, la única verdadera Reina de los siete mares.”

Al leer las últimas líneas, saltó de la cama y se asomó a la ventana. No imaginaba cómo había convencido a la tripulación de su nave, pero ésta ya estaba cerca del horizonte. Alguien había sido más canalla que él, y era una mujer. Y en algo tenía razón, jamás la olvidaría.

(Este relato pertenece a los "52 retos de 'El libro del Escritor'".
Es el número 49: Para esta semana toca un cuento de piratas.)


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