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domingo, 11 de agosto de 2019

¿Cómo lo había conocido? Tal vez si hubiese sido otra no lo recordaría, pero ella, ella recordaba cada pequeño detalle de ese encuentro.

Se había presentado ante ella casi en puntas de pie, pero con el rostro lleno de preguntas. Ella le dejó abiertas todas las posibilidades, porque él había sabido hacerle cosquillas a su curiosidad. Por cada pregunta que le hacía, ella sonreía de forma pícara, alzaba los ojos al cielo y le respondía no sin cierta timidez.

Me gusta ser el que provoca tu sonrisa. –le dijo y ella se ruborizó como si fuera una adolescente y esa fuera una declaración de amor.

La verdad es que él le gustaba desde mucho antes de cruzar las primeras palabras. Lo había oído hablar tantas veces, siempre con la respuesta pronta, aquella justa. Él no dejaba de preguntarle, deseaba saber todo sobre su vida y ella, con su más sincera naturalidad, le respondía, le contaba todo.

Si sigues... si sigo... te me harás vicio... –le dijo ella como con miedo en la voz.
Me encanta hacerme vicio. –respondió él tomándola por el mentón y obligándola a mirarlo. ¿A qué le tienes tanto miedo? ¿A mí?
Sí... y no... –las palabras salieron de su boca sin poder detenerlas.
Explícame. –le pidió.
Me gustas mucho... me encantas... pero mi vida es demasiado complicada como para dejar que lo que siento, que esto que tú me provocas, me invada y tenga el sobreviento... –más sincera que así no podía ser.
¿Y qué harás? –preguntó mientras se acercaba peligrosamente. ¿Te frenarás? ¿Pondrás límites?
Sí... sí, si es necesario... –respondió mostrando una seguridad que no tenía.
Si crees lograrlo, te dejaré intentarlo. –y su aliento le rozaba el cuello.
No me dejes... –murmuró colocándose en ese espacio que él le había hecho entre sus brazos.
Dejarte sería castigarme a mí mismo. –la abrazó fuerte y selló sus palabras con un beso.


lunes, 27 de febrero de 2017

Decidido... lo hago. –dije a mí mismo dándome coraje.

Cinco... Total ¿qué puede salir mal?
Cuatro... Creo estar preparado, he visto cómo lo hacen, y yo puedo también.
Tres... ¿Y si va mal? Lo volveré a intentar, eso es.
Dos... Me tiemblan las piernas, tal vez debería esperar otra ocasión.
Uno... No, no, es ahora o nunca...

Y la besé.

Aún lo recuerdo. Después de hacer la cuenta atrás para mis adentros, le toqué el hombro y al darse vuelta, le robé un beso. Lo había visto hacer miles de veces en las telenovelas que miraba mi madre por las tardes, no podía ser tan complicado. Recuerdo también, haber rogado no me diera un bofetón delante de todos los demás. Y es que desde el primer día que la había visto, supe era la niña más bonita que jamás habría conocido. Sus dos coletas de bucles perfectos, con esos lazos rojos que tanto resaltaban en sus cabellos oscuros. Sus ojos, negros, pero mágicamente iluminados. Y su sonrisa, no había día que ella no sonriera. Ella. fue la razón por la que ese año no falté un sólo día.

Debe ser verdad aquello de que el primer amor nunca se olvida, pues yo tenía sólo seis años, el primero en aquella escuela. Y ella... ella es la niña más bonita que yo jamás he conocido.


(Este relato pertenece a los "52 retos de 'El libro del Escritor'".
Es el número 16: Crea un relato que gire en torno a una cuenta atrás.)


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