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jueves, 26 de marzo de 2020

Metamórfosis


En el momento que entró a la habitación y lo vió, todo desapareció y volvió a aquel fin de semana de algunos meses atrás.

A última hora se había decidido y comprado los pasajes del tren. Ale como siempre tenía trabajo por hacer, para adelantar. Ella ya no estaba segura que eso le molestase, era mucho tiempo que ella y Ale no compartían más que silencios incómodos y  sexo rutinario. Tal vez fue por eso, o por el aburrimiento, pero no pensó demasiado cuando se inscribió a esa chat. Sólo deseaba que alguien la escuchara.

Así fue que lo conoció a él. Al principio había sido raro, como que ninguno de los dos confiaba en el otro. Cuando ella le preguntó el nombre, él se limitó a decir: “Puedes llamarme Sandro” y ella pensó que no sería su verdadero nombre. Entonces tampoco le dijo el suyo. Pasaron semanas hasta que comenzaron a relajarse y conversar realmente. Se daban los ‘buenos días’, como un ritual mágico para enfrentar mejor la jornada. Se contaban desde los detalles más banales hasta las intimidades más inconfesables. Así y todo, había un límite invisible; sin decirlo con todas las letras, habían entendido que ambos tenían pareja, que si bien amaban, algo no estaba funcionando. Por eso ella se sorprendió cuando él propuso de encontrarse. Se negaba a creer que todo no fuera más que un simple deseo hacia lo nuevo, lo desconocido, lo prohibido. Pero aquel viernes, cuando por enésima vez Ale permanecía ajeno a ella, refugiándose en un trabajo que ambos sabían podría esperar; se decidió y le dijo que sí. Al fin y al cabo era sólo un encuentro, un café sin compromiso a ninguna continuación que no se deseara.

Debió admitir que se desilucionó cuando Sandro no le propuso esperarla en la estación central, sino hacerlo en un bar anónimo en el centro de aquella ciudad que ella conocía tan bien. Había optado por el mismo hotel de siempre, y fue allí que se dirigió primero; dejaría el pequeño bolso y la ansiedad, si era capaz. Tomó el metro hasta el centro y lo esperó en aquella esquina pensando si lograría reconocer. Ninguno de los dos había querido enviarse fotos, no las creían necesarias, no buscaban algo físico por lo cual poco importaba cómo tenía el cuerpo. ¿Sería verdad eso? ¿Y entonces por qué estaba tan nerviosa? Los minutos pasaban y él no llegaba. Y, ¿si él la hubiese reconocido y se hubiese marchado? ¿Qué haría? No quería pensarlo. Pidió un tè, le daría más tiempo para pensarlo, esperarlo.

No llegó. Y ella se sintió tan tonta. Pagó la cuenta y caminó sin rumbo, por suerte la ciudad siempre ofrece mil distracciones. Le sonó el móvil en el bolsillo. Un mensaje de Sandro que le advertía, tarde, que por un contratiempo de último momento no podría acudir a la cita. Lo remetió en el bolsillo sin siquiera responder. En un impulso, para no pensar más, entró a una muestra de arte. Y fue justo cuando se detuvo frente a ese cuadro que la estremeció y serenó a la vez, que decidió responderle.

Fue su último mensaje. Luego canceló también su cuenta de chat. Al otro día volvió a casa, a su vida de siempre pero con la convicción de que algo debía cambiar. No buscó fuera, reconstruyó dentro. Y ahora, ahora que todo finalmente era como siempre había deseado, ese cuadro la llevaba a un punto que creía haber olvidado.

Ale... Ale... Alessandro... –él desde la cocina no la escuchaba.

Eyyy... ¿qué pasa? –preguntó Ale mientras entraba al cuarto y la abrazaba por la espalda.

¿Y ese cuadro? –tenía miedo de girarse y verle a los ojos. ¿De dónde ha salido?

¿Te gusta? –susurró. Hace unos meses me hablaron de él, y cuando lo ví, simplemente me enamoré... otra vez.

Ninguno de los dos se movió, ni dijo más nada. No hacía falta.

"Metamórfosis de ángeles en mariposa", Salvador Dalí (1973)

(Este microrrelato pertenece a los "Relatos Jueveros"
y esta semana la convocatoria fue hecha por Mağ desde su blog: "La Trastienda del Pecado".
Te invito a leer el resto de los participantes aquí!)

domingo, 25 de marzo de 2018

Sí, yo soy creyente, pero no he podido evitarlo. –balbuceó Raquel, claramente bajo shock, a ese joven policía que le tomaba declaración.

(...)


El ruido de las sirenas despertaba al entero barrio; y rompía la falsa serenidad en la que vivían. Una vecina había llamado, había escuchado lo que le parecieron disparos, y temía hayan entrado ladrones en la casa de al lado. Cuando estos llegaron a la dirección que le habían indicado, se encontraron con un grupo de casas que parecían sacadas de una de esas películas extranjeras. Todas iguales, salvo por algún detalle. Todas con un muy prolijo y cuidado jardín delante a la entrada principal. La mujer que había llamado salió a la puerta apenas vió aparecer la patrulla.

Ésta es la casa de donde escuché los ruidos... –indicaba señalando hacia su derecha.

No se notaba nada fuera de lugar, salvo por el hecho que el piso superior estaba todo iluminado, y una camioneta mal estacionada sobre la acera, casi cerrando el paso. La señora, más curiosa que prudente, comenzó a explicar que ese vehículo pertenecía a Dario; el muchacho que hacia poco más de un año se había mudado allí con su pareja, Pato.

En pocos minutos, los policías sabían vida y obra del joven matrimonio. Él, un hombre bastante reservado, que trabajaba fuera toda la semana; y que los sábados por la mañana, siempre llegaba con un regalo para ella.

Aunque hoy es viernes... –suspiró y comentó la vieja señora, tomando la mano del oficial. Se ve que está muy enamorado.

Ella, Patricia, una bonita profesora de literatura; muy buena en lo suyo, de hecho estaba ayudando a su hija, Raquel, con unos exámenes de la universidad.

Simpática... aunque no habla mucho de sí misma y de sus cosas... –insistía la vecina, mientras seguía muy de cerca a los policías. Y eso que podríamos decir que somos colegas... yo también soy profesora... de catequismo, aquí en la parroquia del barrio.

El policía la miraba y escuchaba pacientemente, después de tantos años ya nada lo sorprendía.

Señora... –le dijo el mayor de los oficiales, mientras la detenía al observar que estaba abierta la puerta de entrada de la propiedad en cuestión. Ahora le pedimos que por favor vaya a su casa y nos espere allí... déjenos hacer nuestro trabajo.

La vecina se retiró, al cuanto molesta por no poder ver qué había sucedido. Aún si la puerta estaba entreabierta, la policía golpeó y se identificó. Al no recibir respuesta, entraron con muchísimo cuidado. Apenas lo hicieron, vieron un bolso de viaje en el suelo. Estaba abierto, se veía algo de ropa masculina y una caja de bombones. Más allá, sobre una pequeña mesa, que separaba un enorme sofá de una moderna televisión, dos tazas de café, y dos copas de algo que parecía restos de algún licor. Volvieron a llamar, pero nada, sólo silencio. Vieron la escalera que conducía al primer piso, regada por fina lencería. Sin dudas alguien tenía apuro por desvestirse.

Señores... somos de la policía... ¿hay alguien en casa? –volvieron a repetir mientras subían lentamente, sin tocar nada.

Uno de ellos escuchó rumores que provenían de una de las habitaciones. A medida que se acercaban pudieron distinguir a alguien llorando en el dormitorio. Abrieron lentamente la puerta de éste, quedándose mudos delante la escena que estaban viendo.

Un hombre yacía a los pies de la cama, con un disparo en la sien. Sin dudas se había suicidado, luego de encontrar a su mujer haciendo el amor con otra persona, y matarla. El cuerpo ensangrentado de ésta era abrazado por su joven amante, que como en un trance no dejaba de repetir: “He sido castigada... no desearás la mujer de tu prójimo... me lo ha enseñado mi madre...”.


(Este relato pertenece a los "52 retos de 'El libro del Escritor'".
Es el número 14: Tu texto empieza con:
'Sí, soy creyente, pero no he podido evitarlo.' dicho a un policía.)

Si quieres, déjame aquí tu huella...

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