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domingo, 4 de febrero de 2018

Finalmente abría los ojos. Me sonrió y yo sentí como si respirara por primera vez después de mucho tiempo.

Ya no sabía cómo sentarme. Ni en qué concentrarme para no pensar en las horas que ella llevaba sin despertarse. Sentí una especial admiración hacia la mujer que se encontraba en la otra parte de la habitación; llevaba días en mi situación. Y también un poco de compasión. Había cambiado el turno de las enfermeras, y volvían a entrar para controlarla.

Todo está bien mamá... –dijo sonriéndome y mi fastidio fue evidente; no quería que nadie más volviera a llamarme así hasta que ella despertara.

Parecía mucho más pequeña en esa camilla, y sus ojitos me decían que estaba asustada. Traté de calmarla. Continuaba a decirle que nada malo pasaría; y mientras más lo repetía, más trataba de convencerme. Lo mismo probó a hacer el anestesista, pero conmigo. Me senté en el pasillo. No podía pensar en nada, ni en nadie. La única persona que me importaba estaba allí dentro y yo no podía hacer absolutamente nada. El frío del mármol me caló hasta los huesos y, por primera vez en los últimos seis años, tuve miedo.

Despertó de golpe, gritando nuevamente, como si la hora de sueño hubiese intensificado su dolor. No fui la única a sobresaltarme, su llanto había penetrado los oídos de todos los presentes en la sala de espera. Entre lágrimas quiso ponerse en pie, pero no lo lograba, ni siquiera tenerse erguida. Supe que ya no era un simple malestar. Avisé al médico de guardia, que mandó a otra enfermera, mucho más joven, a acompañarnos al baño. No llegó. Comenzó a vomitar, tan fuertes eran sus espasmos que temí se me cayera de los brazos. De la nada ví aparecer al pedíatra. Su diagnóstico fue contundente: apendicitis. Y se estaba agravando.

Se me quedó dormida en brazos, se la veía tan serena. Seguro no sería nada, pero ya estábamos en la puerta del hospital, así que tanto valía entrar y que la vieran. Como siempre, la guardia llena de gente, a pesar de que habíamos superado la medianoche. Apenas ví a la enfermera en la recepción, pensé que hubiese tenido que dedicarse a otra cosa. Es que era la confirmación que los bizarros personajes televisivos tenían una fuente de inspiración en seres reales. Como ella dormía tranquila, dijieron que podíamos esperar. Fuimos hasta la sala, su respiración en mi cuello era pausada, casi una invitación a seguirla. Ganas no me faltaban, había sido un día demoledor; la mañana pasada a estudiar; luego, preparar el almuerzo y llevarla a ella a la escuela; de ahí a las prácticas, y antes de volver a casa, pasar por el Profesorado de nuevo. Cuando finalmente atravesé el umbral de casa, no me esperaba ni perfume a comida, ni dos bracitos que me apretaran fuerte las piernas, como de costumbre. Sólo su voz diciendo, casi en un susurro:

“Mamá... me duele mucho la panza.”

(Este relato pertenece a los "52 retos de 'El libro del Escritor'".
Es el número 02: ¿Recuerdas tu peor noche? Cuéntala desde el final hasta el principio.)

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