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jueves, 21 de mayo de 2020

¿Cuándo ha sido el primero? ¿Te acuerdas?

Sí, obvio que me acuerdo. El primero fue cuando debía volver a mi casa y vos no querías. Me pediste que me quedara con vos, te quitaste la cadenita del cuello con aquella medalla que aún conservo.

Era fácil, las primeras veces no se olvidan.

Pues yo también recuerdo la segunda; la tercera; la cuarta... y la vez que decidiste volver, que me elegiste. También aquella en la que angustiada te conté lo que pasaba y me dijiste que era la mejor noticia que podía darte. Recuerdo la vez que te ví con ella en los brazos y me dijiste: “gracias”. O la vez que me sorprendiste con aquella canción que escribiste para mí y la cantaste por la radio. Recuerdo todas y cada una de las veces. Aquellas después de pelear como gatos –y es que yo soy tremenda cuando me enfado, lo sé– y todas las veces luego que dabas “el brazo a torcer”, demostrándome que yo soy más importante que tener razón. O una de las últimas, cuando después de tanta espera lo hice aliviada y feliz sobre tu pecho. Porque soy una mujer de buena memoria y porque ¿cómo podría olvidar veintisiete años de encuentros y desencuentros; de búsquedas y hallazgos; de aciertos y errores; de construcción constante? ¿Cómo podría olvidarme del amor y de todas las veces que éste me ha hecho suspirar? ¿Cómo? No podría. No deseo hacerlo. Quiero continuar a sorprenderme, a emocionarme, y a suspirar. Como esta mañana, cuando pensé lo habías olvidado y, con un beso y un simple “feliz aniversario, te amo” susurrado sobre los labios, has hecho que yo suspire de nuevo.






(Este microrrelato pertenece a los "Relatos Jueveros"
y esta semana la convocatoria fue hecha por Mónica desde su blog: "Neogeminis".
Te invito a leer el resto de los participantes aquí!)

sábado, 25 de mayo de 2019

Se subió al auto sin pensarlo demasiado, y antes de ponerlo en marcha, controló por enésima vez el maquillaje, ahora en el espejo retrovisor. Se preguntaba en qué momento había tenido la brillante idea de volver, ¿a caso no se encontraba bien ella así como estaba? Pero le había dicho a él que lo haría, se lo había prometido, y si algo siempre le había gustado, era cumplir con su palabra.

Arrancó; no eran demasiado los kilómetros que la separaban de aquella casa, pero tampoco deseaba encontrarse en medio al tráfico de aquellos que elegían salir a pasear un domingo a la mañana. Él le había contado que todo era prácticamente igual, las mismas costumbres, las mismas tradiciones. Aunque no había profundizado mucho sobre el tema, como si él evitara ponerla de frente a la realidad. Pero no hacía falta, ella ya sabía lo que encontraría. Imaginaba ya el rostro de su tía cuando abriera la puerta de la casa. No lo creería. Después de todos esos años, diecisiete para ser exactos, donde sólo había reinado el silencio. Ella no le había contado ni a su madre que pensaba volver, y es que sentía que no lograría comprenderla. Hacía ya tiempo que había dejado de librar batallas que no eran suyas, y mucho menos, continuaría a combatir enemigos ajenos. Estaba preparada; preparada para los reproches, al fin y al cabo, serían los de siempre, segura que eso tampoco había cambiado. Le parecía ya oír esa voz que marcó su infancia, diciendo lo egoísta que era; que con qué coraje se presentaba allí hoy y, sobre todo, para qué, qué buscaba.

El paisaje de los costados de la autopista continuaba a pasar como si nada y ella probaba a respirar para serenar toda la agitación que comenzaba a invadirle el cuerpo. Cada tanto se cruzaba con imágenes de todo lo que había sido y no podía dejar de preguntarse cómo había llegado a tanto. En definitiva, había sido ella a dar el portazo y alejarse lo más posible. Y ahora volvía. Es que diecisiete años no son pocos; ella había crecido, había vivido tantas cosas y aprendido que, tal vez, no todo era blanco o negro. Ya no era esa veinteañera rebelde, que quería llevarse el mundo por delante y que estaba segura de poder lograrlo. Ahora era una mujer adulta, y una que necesitaba cerrar ciertos círculos. No pretendía disculpas de nadie, no era eso. Sabía que los errores habían sido de ambas partes, aunque esto no le fuera jamás reconocido. No importaba. Ya estaba allí.

Estacionó frente a la casa; todo se veía exactamente igual, como si el tiempo no hubiese pasado. Sólo faltaba que tres niños salieran corriendo por el costado. Gritando, sonriendo, jugando. Tembló y por un momento pensó en escapar otra vez. Respiró profundamente, bajó del auto y sonó a la puerta.

Un momento... ya llego... –la inconfundible voz de su tía le gritó desde adentro.

Dos minutos después la puerta de la casa de su nonna se abría y su tía se la quedaba mirando emocionada. Ninguna de las dos lograba pronunciar una palabra, y por todo gesto se abrazaron.

Pasa... pasa... –dijo su tía mientras casi la empujaba dentro. Tu nonna está en la cocina, porque supongo que es a ella a quien quieres ver, ¿no?
Sí... –respondió en un susurro. Sé que es la hora del almuerzo, y no quiero molestar...
¿Qué dices? –respondió su tía deteniéndose de golpe. Ella no entenderá nada, pero se pondrá contenta de que alguien haya venido a visitarla.

¿Alguien? ...se preguntó para sus adentros. Estaba allí, preparada y lista para la lluvia de ataques que le caería encima. Entró en la cocina; ahí estaba ella, su nonna. Parada de espaldas no la había visto, estaba concentrada girando lo que sin dudas sería el estofado; pese a los años, ese perfume era inconfundible. No podía decir nada, en un segundo había perdido la voz, sólo pudo toser.

Hola nena... no te escuché entrar... –dijo la anciana girándose con la cuchara de madera en la mano. Has llegado justo en tiempo, ¿te quedas a almorzar?

Ella seguía muda, inmóvil en mitad de ese espacio lleno de recuerdos. Su tía apareció por detrás, y como si supiera que estaba a punto de caer, la sujetó por la cintura.

Mamá... ¿viste quién vino a visitarte? –preguntó su tía sin soltarla.
La nena... –respondió la anciana. La amiga de Fer... ¿se queda a comer?

La escuchaba y era como que el tiempo transcurría en cámara lenta, nada tenía sentido; y a la vez, todo comenzaba a encajar perfectamente. Por ello él le había hecho prometer que iría hasta allí. Le había hecho entender que se lo debía, sino a otra persona, a ella misma. Su nonna ya no recordaba todo, había olvidado muchas cosas, entre esas, a ella.

No supo de dónde sacó la fuerza pero permaneció allí el tiempo del almuerzo y una larga sobremesa. Se sentó junto a su nonna; la cual se pasó todo el tiempo contándole su vida. Le habló de su nono, de su madre, de sus nietos, hasta de ella misma. Se sorprendió que a pesar del muro que había alzado entre las dos, ella estuviera tan informada de su vida. Así y todo, no la reconoció en ningún momento, ni siquiera cuando le repitió por décima vez su nombre.

Nena... yo ahora me voy a dormir la siesta, ya estoy grande para aguantar tantas horas en pie... –comenzó a decir su nonna soltándole la mano que había sujetado por todo el almuerzo y acariciándole el rostro. Tienes unos ojos hermosos, una mirada con luz... espero vuelvas otro día...

Seguro... –respondió ella. ¿Por qué no?

No pudo evitar romperse en llanto. Ella estaba preparada para todo, para los reproches, para las recriminaciones... para todo, menos para lo que había pasado. Menos para que su nonna no la reconociera, menos para no poder disculparse. Menos para darse definitivamente cuenta que, tal vez, ya era demasiado tarde para volver.

lunes, 21 de mayo de 2018

Veinticinco vueltas alrededor del sol
y aún recuerdo el sabor de las palabras
que pronunciaste esa mañana mientras me marchaba.

Veinticinco vueltas alrededor del sol
y aún oigo la ansiedad de tus manos
que, como aquella primera vez, buscan mi cuerpo.

Veinticinco vueltas alrededor del sol
y aún veo la sal de las lágrimas
que produjeron el amor y rodaron por mi rostro.

Veinticinco vueltas alrededor del sol
y aún huelo el roce de tus labios
tatuándome cada centímetro de piel.

Veinticinco vueltas alrededor del sol
y aún siento el brillo de tus ojos
que enlazan mi alma.

Veinticinco vueltas alrededor del sol
y aún tú y yo.
Aún, aquí y ahora.















(Este relato pertenece a los "52 retos de 'El libro del Escritor'".
Es el número 38: ¿Sabes lo que es la sinestecia?
En tu texto tendrás que describir cambiando los receptores de los sentidos.)

viernes, 18 de mayo de 2018

#VDLN - 96

Vos y yo...
...y no hay mucho más por decir.



Si quieres, déjame aquí tu huella...

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