Estaba allí sentada
mirando la gente pasar pero no viendo nada. No sabía cuánto tiempo llevaba ahí,
ni cómo había llegado. Ni siquiera recordaba muy bien el porqué, en realidad, se
encontraba en esa situación. O sí. Por eso no sabía tampoco si partir e irse de
una vez y para siempre; o si levantarse y volver definitivamente; o si esperar,
continuar a esperar. Pero, ¿esperar qué? ¿esperar a quién?
La verdad era que
hacía meses que esperaba. Esperaba que se diera cuenta; esperaba despertar no
sintiéndose insatisfecha; esperaba escuchar algo más que meras insinuaciones.
Esperaba y esperaba. Creo se había pasado más de media vida esperando. Como si
la responsabilidad de lo que le sucedía hubiese podido dársela a algún otro; nunca
a sí misma.
Nadie pareció darse
cuenta. Ni el hombre de traje, que haciéndose el interesante la observaba y
sonreía de lado; ni la mujer que estaba a su lado, notablemente fastidiosa.
Mucho menos la niña que jugaba de manera distraída casi sobre sus pies. Pero ella
sí; ella lo supo desde el inicio.
Se puso en pie, sujetó
su cabello en la nuca, acomodó su bolso en el brazo izquierdo; y comenzó a
caminar. Se marchó de allí sin mirar atrás. Las puertas automáticas se abrieron
y tomó aire a pleno pulmón, casi como si tuviese que viajar lejos. Y es que, en
cierta forma, así era. Comenzaría el viaje más largo: el viaje de su propia
vida. Esta vez ya no dejaría que nadie más condujera; lo haría ella misma. Sólo
ella.
Habían existido muchas
primeras veces; pero ésta no sería la crónica de otra de esas que nunca, al
final, se concluyen. No. Ésta era, sin dudas, la crónica de su última vez. La
última vez que ella había dejado las riendas de su propia vida en manos de
alguien más. Ahora, finalmente, lo único que algunos verían, sería su espalda mientras
se alejaba.
(Este relato pertenece a los "Relatos Jueveros"
y esta semana la convocatoria fue hecha por Neogéminis desde su blog: "Neogéminis".
