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jueves, 16 de mayo de 2019

Hoy al llegar a casa sentí su ausencia más que nunca. Definitivamente ella había sido el amor de mi vida. Lo era. Aún hoy, ahora, lo es, estoy seguro.

Recuerdo el día que entró por primera vez en mi panadería. Se había mudado hacía poco al barrio. Nadie sabía nada de ella, yo menos, pero no me importó. Me bastó ver cómo se movía su falda al compás de sus tacones. La brisa que jugaba con la solapa de su camisa, mostrando su escote. Abierto lo justo, un poco más hubiese sido indecentemente provocador. Quise atenderla yo mismo, casi podía adivinar qué me pediría. No era de dulces, de hecho quiso unos pancitos con semillas.

Deberías probar estos... –le dije ofreciéndole unos grisines con sésamo.
Gracias... –me respondió tímidamente, pero sonriendo de una manera que hizo que el resto de las personas allí dentro desaparecieran al instante. ¿Cuánto le debo?
Nada. –le dije mientras le colocaba todo dentro una bolsa y me aseguraba que llevara la tarjetita del local con los números de teléfono. Es un regalo de bienvenida al barrio, faltaría más.

Volvió a sonreír, sonrojándose apenas. Eso me volvió loco, y supe que existía el amor a primera vista. Se giró, saludó y se marchó.

Continuó a venir dentro la panadería día tras día después de esa primera vez. Llevaba siempre lo mismo, y siempre la atendía yo personalmente, colocándole en la bolsa alguna nueva especialidad para que probara. Parecía una danza de cortejo y seducción. Hasta que un día junté coraje y la invité a salir.

¿Qué te parece si esta tarde cuando cierro aquí, te paso a buscar por donde me digas y nos vamos a comer y tomar algo por ahí? –pregunté casi sin tomar aliento, temía que si hacía alguna pausa no sería capaz de terminar.

La ví que dudaba y no entendía porqué, en definitiva no le estaba proponiendo nada malo.

Podría ser... –me respondió finalmente. Vendré yo hasta aquí, lo prefiero; dime a qué hora.

No me pareció lo más correcto, ni muy caballero de mi parte, pero se lo dejaría pasar por esa vez, ya luego tendría tiempo de que entendiera.

Pese a toda mi simpatía y mis esfuerzos por hacerla sentir cómoda, ella mantenía la distancia. Sentía que había algo que la hacía desconfiar. No me importaba, me había enamorado y la conquistaría. Ella terminaría amándome, sabía que lo haría, no podía ser diferente.

Pasaban los días, las semanas, y continúabamos a salir aquí y allá, pero nuestra situación no cambiaba demasiado. Yo le había demostrado más de una vez lo que sentía y hubiese jurado que era más que obvio. Como cuando casi la obligué a ponerse mi chaqueta para que no anduviese tan destapada por la calle, no deseaba se enfermara tampoco. O como cuando le quité el cigarrillo de la boca, diciéndole que no debería fumar, sería un pecado arruinarse de ese modo la salud.

Esa noche no decía nada, sólo me observaba. No supe decifrar esa mirada, pero la noté cabreada. No deseaba pelear y la convencí para ir hasta la panadería. Era domingo y a esas horas ya estaba cerrada hacía rato, y hasta el martes a la madrugada sería toda para nosotros.

Me costó. Al inicio no quería, no entendía el sentido, deseaba terminar la velada allí y basta. No podía permitirlo.

Vamos niña, que no te pongas así, que sólo quiero cuidarte... –le decía mientras entrábamos al local. Tú sabes que me he enamorado de ti... que haría lo que fuera por ti...
Mario, por favor... termínala ya... –dijo con cierto fastidio y mirándose alrededor. Creo que esto ha llegado demasiado lejos.
¿Lejos? –pregunté perplejo. Pero si esto apenas ha iniciado mi niña.
Odio que me llames así... –dijo dándose la vuelta. No soy tu niña, soy una mujer adulta y libre... ya te lo he dicho Mario, ya he pasado por muchas y no volveré a cometer ciertos errores, no deseo enrollarme, ni contigo ni con nadie...
Pero ¿qué dices dulzura? –le dije mientras me acercaba para abrazarla. Te he dicho, te amo y nada ni nadie podrá separarnos.
Basta Mario... –y trató de soltarse de mis manos que la sujetaban con fuerza por los brazos. Tú no estás bien... apenas nos conocemos y hemos salido unas cuantas veces, pero nada más... ni amor ni nada... esto acaba aquí... creo que me marcharé, he siempre querido vivir en la playa...

(...)

No recuerdo exactamente qué pasó después. Todo había sido sólo un mal entendido. Ella no se daba cuenta cuánto la amaba, y yo sólo deseaba cuidarla.

Habían pasado unos meses desde aquella noche. A último momento había decidido cerrar la panadería y tomarme unos días de vacaciones. Ya de madrugada, apagué los hornos y le dejé un mensaje en el celular a la señora que me ayudaba en el local.

“María, me tomaré unos días de descanso, los necesito como me dice siempre usted. No se preocupe por nada, he dejado todo limpio en la panadería. Me iré a la casa del mar. Nos vemos a la vuelta.
Mario.”

Y hoy, entrando a casa sentí su ausencia. Ella, que aún sin quererlo, lo había sido todo, que todavía hoy era todo para mí, me hacía falta. Pero yo no me equivocaba, nada ni nadie podría separarnos porque yo la amaba, la amo. Sonreía mientras pensaba en ello y agregaba un poco de mi arena especial a la pequeña pecera marina. En definitiva, a ella le gustaba el mar y ¿qué no haría yo por hacer feliz a mi niña?





(Este relato pertenece al Reto: "Fuego en las palabras" del mes de Mayo;
blog "Crónica de la loca que cazaba nubes"... te invito a visitar el blog y su dueña, Rebeca.)

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