Habían pasado semanas
y aunque le producía dolor, debía hacerlo. Abrío el cajón dentro su armario, donde
él guardaba su ropa cuando se quedaba en la casa. Tenía miedo, no sabía si
estaba preparada para dejarlo ir.
Ella no era de
preguntarse los porqué; aún así, todo le quedaba latiendo en el pecho, dándole
vueltas en la cabeza. Todo había sido tan de repente. Tiempo. Eso era lo que
les había faltado, tiempo.
Tomó la valija roja,
esa que él le había comprado para el viaje a Europa, ese que no habían podido
hacer. Podía recordar sin dificultad cada una de sus palabras cuando se lo propuso. Las caminatas por las callecitas de Paris que tan cuidadosamente
había planificado. Y el paseo en góndola por Venecia que ella dijo no podía faltar.
Una a una quitaba sus
prendas y las colocaba en la valija. Y allí, en el fondo del cajón, la
encontró. Su camisa, llena aún de su perfume, la llevó a esa noche. Esa noche
en la que en sus brazos dejó caer las apariencias, ya no le importó qué podían
pensar o decir. Y bailaron; bailaron sin vergüenza, al ritmo de esa melodía que
luego los llevó entre las sábanas. Ella cerró los ojos, aspiro su camisa, y
volvió a sentir sus caricias recorriéndola. Llevó sus propias manos al cuello,
allí donde él había dejado tatuados sus besos. Aún temblaba, aún le quemaba la
sangre cuando sus labios pronunciaban su nombre.
No lo había podido
retener. No había sido su culpa, sabía que él hubiese querido seguir, pero el
impostor ganó la batalla. Y les había faltado tiempo. Tiempo para tantas y
tantas cosas. No, no lo había podido retener, pero sí se quedaría con su
camisa; porque aún no podía, no estaba lista para dejarlo ir del todo.
Es el número 12: Esta semana toca un relato con una canción
o poema como tema central de tu texto.