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jueves, 29 de septiembre de 2016

Debía sacarme ese tipo de nostalgia que se había apoderado de mí. Decidí cocinar, eso siempre me ponía de buen humor y, modestamente, lo hago bien.

No necesitaba la receta, la conocía de memoria. Tenía todos los ingredientes.

Preparé.
Corté y piqué.
Reahogué.
Mezclé.
Salé y condimenté.
Fuego lento.
Probé...

Algo no iba bien. Algo faltaba. O algo sobraba. Pero definitivamente algo no iba bien. Recorrí mentalmente el paso a paso. Nada..., no lograba saber qué era ese algo en lo que me había equivocado. Enfadada arrojé todo. Fui por mi cuaderno y mi biro, tal vez si escribía la receta, recordando la última vez que la hice, lograba ver el error.

Preparar los langostinos; lavarlos y pelarlos... me acuerdo que en ese momento apareciste por la cocina, te me quedaste mirando apoyado al marco de la puerta, sonriendo.
Cortar las cebollas y los zucchini; picar el ajo... te colocaste por detrás mío, tomaste mi mano, oliéndola, y me dijiste cuánto adorabas los aromas de mi piel cuando cocinaba para vos.
Reahogar todas las verduras cortadas anteriormente, y agregar algunos corazones de alcaucil... comenzaste a besarme el cuello, mientras tus manos me rodeaban la cintura.
Mezclar todo para amalgamar... sentía tu cuerpo presionar el mío, tu respiración cálida en mi oído, y esas mordidas a mi lóbulo.
Salar y condimentar con hierbas frescas... tus dedos superaron la barrera de mis jeans para hundirse allí donde saben hacer magia.
Cocinar a fuego lento... me giraste, y mirándome a los ojos dijiste que tenías mucha hambre y ninguna intención de esperar. Tu boca se apoderó de la mía. Tu lengua no dejó ángulo sin saborear. Me alzaste y mis piernas abrazaron tus caderas. Fue en la mesa que saciaste tu apetito, y el mío también.

Y entonces comprendí. Supe dónde estaba el error. Faltaba algo. Ese algo que me faltaba eras vos. Porque nada sabe igual sin vos.






("Algo", haz click para escuchar la canción de inspiración,
39 de 52 para "Contando las semanas" de Sindel.
Estas letras pertenecen a los "Relatos Jueveros" y esta semana la convocatoria
fue hecha por Leonor desde su blog "Mi blog de fotos".
Te invito a leer el resto de los participantes aquí!)



jueves, 11 de agosto de 2016



Ella era una mujer en tierra extranjera. Una mujer buscando respuestas.

De día, sus huellas se perdían en la arena de esas grandes dunas. Caminaba detrás de las historias del antiguo Egipto. Sus pies se hundían en la arena tan profundamente como sentía que estaba su alma.

Al caer la tarde, su figura recorría las calles de la ciudad. Los últimos rayos de sol iluminaban las telas que los marchantes iban guardando para el día siguiente. Una leve brisa movía los abanicos de las palmas, mitigando el calor de su cuerpo. Sus pasos sin rumbo, se dejaban llevar por ese perfume exótico, mezcla de tierra y especias.

Mientras paseaba entre aquellas estrechas y ocres calles, cerró por un instante los ojos; inspirando ese aire que sabía a libertad. Iba inmersa en sus propios pensamientos, todo rumor había desaparecido, era la calma a cubrirla. Giró en una esquina y literalmente chocó con él, dos seres en una misma trayectoría. Su mirada se clavó en ella, dejándola sin palabras, sin respiro.

En un gesto involuntario, sus manos se habían apoyado en el pecho de él. Sabía que era una imprudencia, algo que no debía... sin embargo, no podía dejar de sentir esos latidos. Como si cada uno de ellos dijieran su nombre. Fueron segundos que duraron una eternidad.

Cuando ella se apartó, él tomó su mano para posarla aún sobre su pecho, justo en medio.

Ruhi... –susurró él. Ruhi...

Ella no sabía qué significaba, pero lo sentía. Su voz llamaba a una parte de ella tan profunda, tan olvidada. Desde esa noche no lograron separarse, porque simplemente se pertenecían.


Ella había necesitado perderse para encontrarse.



(Estas letras pertenecen a los "Relatos Jueveros" y esta semana la convocatoria
fue hecha por Noa desde su blog "Hidden words".
Te invito a leer al resto de los participantes aquí!)



jueves, 7 de julio de 2016

No, no puede ser... –y sentía como el fastidio la invadía. Hace semanas que he pedido cambiar la reservación del camarote, y me habían dicho que todo estaba solucionado.

La señorita en la recepción de la nave continuaba a explicarle, con la mejor sonrisa, qué había sucedido; pero ella no daba crédito, y cada vez aumentaba más su enojo. No tuvo más remedio que acomodar su equipaje, repitiendo como un mantra que sólo serían 20 días, y no los pasaría en un camarote justamente.

El día pasó entre cocktail de bienvenida, algún masaje, visita al sauna y la tarde en piscina. Bajó al camarote a prepararse para la cena; y, aunque vió todas sus cosas perfectamente ubicadas, él no estaba... por suerte.

Fue una velada tranquila a pesar de la gran cantidad de gente, después de la medianoche saludó a sus compañeros de mesa y se retiró, dando un último paseo por cubierta. Al llegar al camarote sintió su perfume inundando cada rincón, hasta los de su alma. Se durmió esperando su retorno, y cuando despertó por la mañana ya no estaba.

Y así continuó por los siguientes días hasta esa noche... ella sintió su presencia y sin siquiera mirarlo preguntó...

¿Hasta cuando piensas jugar al gato y al ratón? –y seguía su ritual de prepararse para la cena.

Sólo hasta que vuelva a domar a la fierecilla... –dijo apoyándose contra una de las paredes del camarote.

Lo odiaba cuando se ponía así, amo y señor... de la situación... de los sentires... de ella misma. Y la excitaba... la excitaba muchísimo. Siempre había sido así, desde que se conocieron.

Ella pasó por su lado con toda la intención de ir a cenar en cubierta. Él la tomó por un pulso, llevando su brazo por detrás de la espalda. La otra mano tomó su nuca entrelazando los dedos por sus cabellos y la besó... Invadió su boca, su lengua recorrió cada rincón de ella, de esa boca que tan bien conocía. Ella se rebeló al inicio, pero no tardó en claudicar ante él... porque esa era la verdad, y ella lo sabía... ella era de él, siempre había sido de Él.


(Estas letras pertenecen a los "Relatos Jueveros" y esta semana la convocatoria
fue hecha por Leonor desde su blog "Mi blog de fotos".
Te invito a leer el resto de los participantes aquí!)



jueves, 31 de marzo de 2016

El aire es fresco, debe ser porque las montañas aún están cubiertas de nieve. Sin embargo es primavera. Así lo dice el calendario y el jardín tapizado de bucaneve. Y sí, la siento... la siento en la piel y en esta necesidad de andar más ligera... de camisas más flojas, de pies descalzos, y pensamientos más claros.
Pero, si por un momento freno mis pasos, cierro los ojos y pienso en "La Primavera"... entonces pienso en septiembre.

Una brisa perfumada a jazmines me invade el alma. Los jacarandá pintan las calles de lila. A lo lejos escucho a un grupo de chicos organizando un picnic cerca de los lagos. Él disimula los nervios que le produce el pensar que la encontrará allí. Y su mirada se pierde en los adoquines de una ciudad que le parece ajena. La veo a ella, le pedirá un helado o un ramo de fresias. Y está serena, muy serena; porque sabe que lo besará apenas la acompañe a caminar por el Botánico.

Abro los ojos. Respiro profundo. Veo a mi gato corriendo una mariposa entre los tulipanes. Enciendo la radio y sonrio al escuchar "♫ ...che fretta c'era maledetta primavera... ♫".





(Este relato pertenece a los "Relatos Jueveros" y esta semana la convocatoria
fue hecha por Lucia desde su blog "Sintiendo en la piel".
Te invito a leer el resto de los participantes aquí!)




jueves, 21 de enero de 2016

El autobus estaba lleno, como siempre a esas horas. Volver del trabajo se convertía día a día en una odisea. Subí, señé el boleto como pude y traté de ir hacia atrás..., tenía algunos minutos de viaje.

Obviamente de un lugar para sentarse ni hablar. Me quedé en pie, sosteniéndome con una mano y con la otra revisando los mensajes del celular. Evaluaba la posibilidad de ir a cenar de mis padres, tenía la cabeza nublada de pensamientos. Tal vez lo mejor sería ir a mi departamento, una ducha relajante, buena música y algo ligero de comer..., al fin y al cabo al otro día debería ir a trabajar otra vez.

Estaba tan absorbida en mis reflexiones que no noté su presencia detrás de mí. Hasta que sentí unos dedos correrme el cabello muy suavemente y su rostro en mi nuca; como queriendo respirar todo mi perfume. Por una extraña razón esto no me disgustó, al contrario, me excitó. Igualmente me dí la vuelta para enfrentarlo y decirle algo; pero me quedé muda ante su mirada. Me perdí en el mar de sus ojos sin poder articular palabras.
El autobus frenó de golpe y mi celular cayó al suelo. Él se inclinó a recogerlo y me lo dio. Sin ni siquiera mirar, lo coloqué en el bolsillo y soné la campanilla, debía descender.

¿Qué había pasado? ¿Quién sería ese completo desconocido que en un sólo momento me había revolucionado por entera? ... Continuaba a pensar en ello cuando sentí vibrar el celular en mi bolsillo, un mensaje. Lo tomé y vi que no era mi teléfono. “¿Y ahora?” pensé. Reconocí como proprio el número que enviaba el mensaje.

“Sabía que un día te encontraría. Reconocí tu perfume..., tu esencia..., tu alma. Me he enamorado... Así que detente... Voy a tu encuentro... Voy por ti.”



(Este relato pertenece a los "Relatos Jueveros" y esta semana la convocatoria
fue hecha por Pepe desde su blog "Desgranando momentos".
Te invito a leer el resto de los participantes aquí!)



jueves, 17 de diciembre de 2015

Yo,
el brillo de tu luna.
Vos,
la luz de mi sol.

Mi cuerpo,
tu posible condena.
Tu amor,
mi segura salvación.

Yo,
la arena que bañan las aguas de tu mar.
Vos,
el cielo que alcanzan las cimas de mis montañas.

Mis ojos,
tus estrellas muertas.
Tus brazos,
mis espacios vivos.

Yo... Vos...
Vos... Yo...
Un ahora...
Y un siempre.




domingo, 6 de diciembre de 2015

Y cuando me anclas a tu cuerpo,
tú dejas de ser nave,
para convertirte en mi puerto seguro.
Y te caliento la carne, la sangre y hasta los huesos,
me (re)enseñas a volar sujeta a tus caderas
en este juego [con]sentido que a veces olvido.




domingo, 29 de noviembre de 2015

Vecino ...final.

¿Te parece si cenamos aquí? –me preguntó mientras colocaba un mantel y dos vasos comunes sobre la mesita que se encontraba delante del sofá.
Sí, por mí no hay problema... –e iniciaba a relajarme. ¿Puedo encender la televisión?
Puedes hacer todo aquello que desees... –me respondió sonriendo hasta con los ojos.

Cenamos cómodamente sentados en el sofá, conversando y escuchando música en la televisión; pero comencé a sentir un poco de frío e, involuntariamente, temblé. Esperé que Daniele no lo notara, porque pese al cansancio quería seguir allí con él más que cualquier otra cosa. Pero él se giró, tomó una manta de detrás del sofá y me cubrió, abrazándome.
¿Mejor? –me preguntó acercándose a mi rostro.
Sí, mucho mejor... –inicié a responder. Gracias, pero…
Tranquila, te he dicho que estás en tu casa... –dijo y no dejaba de mirarme a los ojos. ¿Qué deseas?
¿Cómo? –tuve miedo de no entender qué quería decir realmente.
¿Quieres un té? –respondió sonriendo de lado. Siempre viene bien un té…
Ahhh… Sí, claro. –y por un momento me sentí confundida. Este hombre parecía un adolescente a ratos. Había hablado sin parar, yendo y vieniendo, mostrándome cosas, explicándome de su trabajo. Loco, rematadamente loco …pero encantador.
Pero me da cosa separarme de ti y no será cuestión de llevarte conmigo... –susurró casi a mi oído.

Entonces, no hagas nada y…, quédaTe. –ironicé en el “te” final, poniendo cara de niña y abriendo mucho mis ojos.
Perfecto, porque no deseo más que besarte... –agregó. Y ha de ser sí o sí…
¿Seguro? –lo desafié más que preguntarle.
¿Dudas? –y su mirada se clavó tan incisivamente en mí que sentí incendiarme la piel y la sangre.

No esperé a que él hiciera algo. Simplemente me senté a hojarcadas sobre sus piernas, tomé su rostro entre las manos y lo besé. Noté sus manos en mi espalda, quietas primero, recorriéndola después. Mi lengua no dejaba de saborear cada rincón de su boca, lo hacía lentamente. Mordisquié su labio y subí por su mandíbula, besándolo, hasta su lóbulo, que lamí. Pasé mis dedos entre los cabellos de su nuca y llevé su cabeza hasta mi seno. Daniele era tan hábil…, cuidadoso en sus movimientos…, se notaba su experiencia. Suavemente me recostó sobre el sofá y…


Desperté en su habitación..., en su cama y el perfume del café invadió mis pulmones …otra vez. No encontré mi ropa por lo que me puse su camisa y descalza fui hasta la cocina.
¡Buenos días dormilona! Mmmm… Tu perfume...  –saludó Daniele girándose apenas entré y depositando un pequeño beso en mi boca.  Estaba probando tu nueva máquina de café… ¿cómo lo quieres?


martes, 17 de noviembre de 2015

Donde se encuentra el alma ...final.

¿Vamos? –preguntó ella entre desafiante y espectante.
Obviamente... –respondió sonriendo de lado. ¿Dónde me llevas?
Por ahí... –e inició a caminar. Ahhh, por cierto, mi nombre es Alma.

Por una extraña razón Leo lo supo. Llevó su mano al bolsillo y sacó la tarjetita del negocio que horas antes había visitado. “Donde se encuentra el alma”. Definitivamente, destino. Se apuró hasta alcanzarla.

Habían pasado algunas horas. Alma no paró de hablar, pero a Leo le gustaba oirla. Le gustaba ese modo en el que se sonrojaba su rostro y cómo probaba a cubrirse con sus manos. Esa forma de mirarlo, como si lo que estuviese contando fuera lo más interesante del mundo. Y esa manía de mordisquearse el labio.
Interesante esto del “Street Food”... –comenzó a decir Leo y ya le brillaban los ojos. Aunque si después del regalo, había imaginado un clásico plato de la cocina italiana…
No tenía con qué... –respondió apurada Alma, un poco nerviosa por la observación.
¿Y sería muy atrevido de mi parte pedirte un verdadero “espresso”? –preguntó Leo acercándose a su oído. Es que me ha dado curiosidad esa nueva máquina que me has contado tienes.
Atrevido, sí…, pero terriblemente tentador... –dijo Alma mordiéndose el labio nuevamente.

Pasaron delante del negocio, Leo no dijo nada, y subieron. Todo el primer piso era su departamento, amueblado con el mismo buen gusto del negocio. Los espacios eran abiertos, grandes y luminosos.
Este es mi refugio... –dijo Alma y con la mano le mostraba el alrededor. Ponte cómodo…
¿Segura? –respondió Leo con picardía en los ojos.

Alma sirvió el café... Lo tomaron y las horas seguían pasando. Ella sentía de conocerlo desde siempre. Conversaban animadamente, provocándose ambos, hasta que sonó el celular de ella, que se apartó para responder.
Hola… no, estoy en casa… no, no… cierra tú con tus llaves… sí, ok, nos vemos mañana en algún momento… sí… yo también te quiero… chau... –se giró para explicar: Era mi madre… el negocio de aquí abajo es mío y es la hora de cierre…
Bueno… me marcho, así te dejo con tus deberes... –dijo Leo simulando no haber escuchado la conversación.
Absurdamente a Alma se le detuvo el corazón, al fin y al cabo era un desconocido pero… Lo vió acercarse lentamente hasta ella, parándose a escasos centímetros de su rostro.
Podría también quedarme, sólo debes pedírmelo... –y con su mano le alzó el mentón.
Si basta tan poco... –dijo Alma temblando. Quédate…
Leo apoyó sus labios en los de ella, suavemente, apenas los rozaba. Mirándola a los ojos, los delineó con su lengua. Alma suspiró y cerró los ojos. Él siguió besándola, hasta llegar al lóbulo de su oreja.
Si quieres que me frene, dilo ahora... –susurró Leo.
No lo hagas… no te frenes... –pronunció Alma pasando su mano por la nuca de él, acercándose a su boca.

Él la alzó en brazos y ella lo rodeó con sus piernas a la altura de sus caderas. Siguieron besándose en aquellos pocos pasos que los separaban de la cama. Ahí, Alma se dejó caer de espaldas mientras observaba a Leo quitarse la ropa. Y él lo hacía lentamente porque le gustaba verla ruborizar, lo excitaba. Se quedó mirándola por algún segundo y luego comenzó a recorrerle las piernas, hasta llegar al cierre del jeans, que bajó despacio mientras sus ojos se clavaban en ella. Alma temblaba, jamás había deseado a alguien tanto. Leo continuó a desvestirla; se acercó a su oído en el momento de quitarle el sujetador.
Ahora seré yo a morderte los labios... –Leo mordisqueó su lóbulo, bajo por su cuello e inició a tormentar sus pezones. Primero uno y luego el otro. Alma pasó sus manos por la nuca de él, que bajó por su vientre hasta su sexo, donde se perdió saboreándola. Ella arqueó la espalda y pronunciando su nombre le pidió que la hiciera suya. Leo volvió a trepar hasta su boca, que besó hasta casi quedar sin aire.
Yo ya soy tuyo... –susurró él en el momento que la pasión inundaba las entrañas de ella.
Bebió su aliento, cada uno de sus jadeos; pues, aunque ella no lo dijiera, sabía que ya era suya, de él. Se convulsionaba sobre ella, penetrando suave, dejando que lo inundara por completo, mientras sentía las uñas de ella clavarse como garfios en su espalda. Le comía la boca, como si eso le diera fuerza. La atrapaba entre sus brazos, presionándola contra su pecho. Le daba su aliento, parecía no querer perderla.

Leo le dejó espacio para que recuperara la respiración, pero no cesó en mimarla, abrazarla, besarla… Él también necesitaba recobrar la calma después de tanta intensidad; pero en algún momento se quedaron dormidos. Y cuando los primeros rayos del sol se colaron por la ventana, Alma dormía sobre el pecho de Leo. Apenas se separó un poco, no deseaba despertarlo; y se detuvo algunos minutos para observarlo. Se lo veía tan sereno, tan bien ahí donde estaba, como si ese lugar le perteneciera desde siempre.

Siempre… El lugar donde se encontraba el alma… Su Alma.





jueves, 12 de noviembre de 2015

Dos días desde que había enterrado a mi hermano. No teníamos contacto desde hacía años, pero era mi hermano gemelo. Muerto, así, al improviso, aún me resultaba difícil de creer. Un accidente habían dicho. Pues ahora no podía pensar a ello; debía ordenar sus pertenencias. Su celular inició a sonar y por un momento no supe qué hacer. Finalmente respondí.

Si?… Hola... –dije con un tono poco convencido.
Gastón! …finalmente te encuentro mi amor! –era la voz de una mujer. Necesito verte… Ya.
Disculpame pero... –comencé a decir, pero ella me interrumpió.
No hay tiempo para explicaciones Gastón… Nos vemos en una hora debajo del muelle. –y cortó.
No entendía. ¿Quién era esa mujer? ¿Y qué tenía que ver con Gastón? Para responder, la única solución era ir y encontrarla.

Llegué. Allí se encontraba esta hermosa mujer; me acerqué sin saber aún bien qué diría. Ella se me arrojó al cuello y me besó. Sentí su lengua buscando la mía con avidez. No pude resistirme y respondí al beso. Mis manos se enredaron entre sus cabellos, sujetándola. Tal vez miedo a que advirtiera que no era Gastón.
Amor… pensé que él te había matado... –y su voz temblaba. No hubiese podido irme sin ti.
Ni lo pienses, él no llegará a mí …amor. –ni siquiera sabía su nombre.
Gastón, sabes que mi marido no se dará por vencido... –y sus ojos se llenaban de lágrimas. Sabes de qué es capaz… El bebé… Nuestro bebé… Esa caída no fue un accidente. Y no es por el dinero que le robamos, él nunca me hubiese dado el divorcio.
Sentía como un puño cerrándome el pecho. No fue un accidente, lo habían matado. Habían asesinado a mi hermano.

Pues cálmate... Déjame pensar… –y la abracé.
Debemos escapar como habíamos planeado... –e inició a llorar nuevamente. Tengo miedo…

Dejé que hablara. Le pregunté como si no lo hiciera; necesitaba saber qué pasaba realmente, juntar toda la información.
Y entonces, decidí.

A los días su marido recibió un sobre con fotos del cadáver de Gastón, su certificado de defunsión, y una grabación con su voz …la mía.
“Si está escuchando esto, significa que ha logrado matarme, pero no a ella. Y espero que eso le baste, porque es el último daño que le hará. Dentro el sobre están los papeles del divorcio. Fírmelos y déjela ir. Es el único modo que las pruebas de mi asesinato queden ocultas. Sino, ella se marchará igual y usted irá a prisión. Recuerde que fui su mano derecha y no todos sus secretos se fueron conmigo.”

48hs más tarde ella estaba sentada en un avión rumbo a alguna isla perdida del Pacífico …junto a mí, Gastón.





(Este relato pertenece a los "Relatos Jueveros" y esta semana
la convocatoria fue hecha por El Demiurgo desde su blog "El Demiurgo de Hurlingham".
Te invito a leer el resto de los participantes aquí!)




domingo, 8 de noviembre de 2015

Vecinos II

Planta baja ¿no? –preguntó él sin dejar de observarme.
Sí, sí, obvio... –respondí nerviosamente.
Pero el ascensor, en vez de bajar inició a subir. Daniele pareció sorprenderse y comenzó a presionar el botón de nuestro piso y el de la planta baja, con mucha ansiedad.

Noooo, espera que... –inicié a decir, pero ya era demasiado tarde. Bloquearás el ascensor… Hecho.
Ohh… No lo sabía. –respondió con un tono por demás tranquilo.
Bien… Ahora sí llegaré definitivamente tarde al trabajo... –dije por lo bajo. Y sin ni siquiera haber podido tomar café.
En cuanto salgamos de aquí, si quieres, puedo llevarte hasta tu trabajo. –se ofreció acercándose un poco.

Lo pensé unos segundos, y si bien no era de aceptar pasajes de desconocidos a esas horas sería complicado conseguir un taxi para no perder más tiempo.
Gracias…, me harías un gran favor. –respondí mirándolo a los ojos.
Es el mínimo después que te bloqueé conmigo aquí. –dijo sonriendo y no pude evitar morderme el labio.

Diez minutos más tarde el ascensor finalmente comenzó a bajar. Apenas se abrieron las puertas nos encontramos con Matilde.
Nos habíamos quedado bloqueados. –le dije alzando los ojos al cielo.
Menos mal... –comenzó a decir ella mirando a Daniele, pero él la interrumpió.
Menos mal que estaba usted aquí abajo para salvarnos, Matilde. –dijo él guiñándole un ojo y saliendo detrás mío.
Me indicó su auto en el garaje. Subimos y le dije dónde trabajaba. El auto olía a nuevo. Ese perfume a cuerina se mezclaba con el suyo y… Miraba por la ventanilla esforzándome en pensar en otra cosa.
Luego de veinte minutos habíamos llegado.
Acá…, acá está bien. –dije señalando el edificio donde trabajaba.
Se ve importante. –observó desde su lado.
Soy solo una secretaria. –agregué. Bueno… Gracias del pasaje…
Ya te dije, era el mínimo... –respondió sonriendo de lado. E igualmente, fue todo un placer.
No sabía si despedirme dándole la mano o un beso, por lo que me bajé despidiéndome con un simple “Chau…”.

Para cuando volví a casa era ya de noche, había tenido que recuperar las horas de retraso de la mañana. Delante de la puerta de mi departamento había una caja, con un moño rojo y una tarjeta.
“Para que nunca más salgas de casa sin tu café. Daniele.”
Era una cafetera eléctrica con timer. Había siempre deseado una así, pero no podía aceptarla… Ni siquiera nos conocíamos.

Fui hasta su departamento y toqué timbre.
Un minuto... –gritó y enseguida abrió la puerta, dándome un beso en la mejilla como si me esperara. Estaba descalzo y llevaba sólo un pantalón de algodón. ¡Hola! …veo que has recibido mi regalo.
Hola… Sí,lo recibí y venía a decirte gracias pero... –comencé a decir hasta que me interrumpió.
Pasa… Pasa… No te quedes allí… -y se dirigió para dentro. Estoy cocinando y no quiero se me pegue la paella.
Ahh... –y ese perfume que llegaba de la cocina hizo que cerrara los ojos y me relamiera los labios. No quisiera molestarte, es sólo que no puedo aceptar el regalo.
¿Por qué no? –dijo asomándose desde la cocina. ¿Quieres quedarte a cenar? Hay suficiente para los dos. –agregó y sonrió.
En ese momento, sin saber muy bien por qué, una chispa encendió mis ojos y sonreí yo también.

Hecho… ¡Mesa para dos! –escuché que decía mientras yo apoyaba la caja junto a mis cosas en el comedor. Sabiendo que la noche había apenas iniciado.






jueves, 5 de noviembre de 2015

Enamorando(Nos)

Había decidido que no se enamoraría más. Como si eso se pudiese decidir.
Basta ya de “sos maravillosa pero te quiero como amiga” …o “sos tan especial que te merecés algo mejor”.
Por eso cuando llegó ni siquiera lo notó, es más, lo ignoró completamente. Esa era una noche entre amigos, y él sólo era un “extra”. Siguió divirtiéndose, bromeando de las terribles películas que habían elegido para esa noche…, hasta que decidió  encenderse un cigarrillo y sentarse en un rincón.

¿Puedo? -le preguntó ella mientras apoyaba sus piernas sobre las de él.
Por toda respuesta alzó una ceja y sonrió de costado.
Comenzaron a conversar.
Él, tan diferente a todos los que había conocido. Su voz, tan profunda que la acariciaba sin quererlo. Sus ojos color miel se clavaban en los de ella, tanto que parecía verla dentro.
La noche dió paso al día, y con él la hora de marcharse.
No te vayas… Quiero seguir charlando con vos... -mencionó él mientras tomaba sus manos, seguro que no se las apartaría.
No puedo, sino entro en casa no podré salir por un tiempo... -respondió ella sin querer soltarse.
Tiene esto... -y sacándose su medalla del cuello, la colocó en el de ella. Así tendré un motivo para volver a verte.
Apenas rozó sus labios y se fue.

Ella había decidido que no se volvería a enamorar…, y ya era demasiado tarde.

Pasaron quince días sin noticias de él. Nada. Ni una llamada ni un mensaje. Y ya maldecía por lo repetida de la historia.
Ese fin de semana tocaba cumpleaños de un amigo. Y ahí estaba él. Fue verlo y temblarle las rodillas. Pero no lo haría notar; si algo a ella siempre le sobró, era orgullo.
¿Podemos hablar? -preguntó él casi a su oído. Demos una vuelta.
Vamos... -respondió ella simulando indiferencia.
Te pensé mucho estos días... -inició a decir él antes que ella lo interrumpiera.
Lo simulas bien... -respondió ella con el tono más irónico que pudo.
Es que es complicado de explicar... -continuó él.
Ella ya se imaginaba lo que venía …o no.

Por toda explicación, él la tomó por la cintura y le comió la boca de un beso.




Después de 23 años juntos Ella aún se emociona al recordarlo...


(Este relato pertenece a los "Relatos Jueveros" y esta semana
la convocatoria fue hecha por Alfredo desde su blog "La Plaza Del Diamante".
Te invito a leer el resto de los participantes aquí!)




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