Ella era una mujer en tierra extranjera. Una mujer buscando
respuestas.
De día, sus huellas se perdían en la arena de esas grandes dunas. Caminaba
detrás de las historias del antiguo Egipto. Sus pies se hundían en la arena tan
profundamente como sentía que estaba su alma.
Al caer la tarde, su figura recorría las calles de la ciudad. Los
últimos rayos de sol iluminaban las telas que los marchantes iban guardando
para el día siguiente. Una leve brisa movía los abanicos de las palmas,
mitigando el calor de su cuerpo. Sus pasos sin rumbo, se dejaban llevar por ese
perfume exótico, mezcla de tierra y especias.
Mientras paseaba entre aquellas estrechas y ocres calles, cerró
por un instante los ojos; inspirando ese aire que sabía a libertad. Iba inmersa
en sus propios pensamientos, todo rumor había desaparecido, era la calma a
cubrirla. Giró en una esquina y literalmente chocó con él, dos seres en una
misma trayectoría. Su mirada se clavó en ella, dejándola sin palabras, sin
respiro.
En un gesto involuntario, sus manos se habían apoyado en el pecho
de él. Sabía que era una imprudencia, algo que no debía... sin embargo, no
podía dejar de sentir esos latidos. Como si cada uno de ellos dijieran su
nombre. Fueron segundos que duraron una eternidad.
Cuando ella se apartó, él tomó su mano para posarla aún sobre su
pecho, justo en medio.
Ruhi... –susurró él. Ruhi...
Ella no sabía qué significaba, pero lo sentía. Su voz llamaba a
una parte de ella tan profunda, tan olvidada. Desde esa noche no lograron
separarse, porque simplemente se pertenecían.
Ella había necesitado perderse para encontrarse.
(Estas letras pertenecen a los
"Relatos Jueveros" y esta semana la convocatoria