Eran semanas que insistía en que fuera a ver su galería.
Finalmente exponía cerca de casa y eso me dejaba ya sin más excusas. Por lo que
esa tarde, excepcionalmente libre de mi trabajo, decidí ir hasta allí.
No advertí que iría, deseaba observar cada una de sus obras sin
la presión que produce la admiración hacia el artista, al cual aparte se conoce.
Apenas entré quedé impactada por aquello que ví. El nombre había hecho que
imaginara muchas cosas pero no lo que encontré. Recorría cada pequeño salón deteniéndome
delante de cada cuadro. Los colores que había elegido, cada una de las tonalidades
de estos, hacían un todo magnífico. Pero fue al final de la galería cuando
quedé subyugada por él.
Solo allí, con una tenue luz que lo hacía aún más importante, especial,
único. Y ese color tan característico, que despertaba cada uno de mis sentidos,
ese morado que era tan él. Deseaba tocarlo, sabiendo que era absolutamente
prohíbido... lo que lo hacía aún más tentador. Fue en ese instante, mágico,
mientras empezaba a sonar el Duke suavemente de fondo, que lo supe. Supe que
era él lo que deseaba ver cada mañana apenas abriera los ojos. Lo deseaba mío. Deseaba
esas sombras, con ese particular haz de luz. Era él... el cuadro.
(Este relato
pertenece a los "52 retos de 'El libro del Escritor'".
Es el número
9: Escribe un relato que integre las palabras 'luz' y 'cuadro'
como elementos
relevantes del argumento.)
