Giré hacia la derecha,
y nuevamente no sabía dónde estaba. ¿Cómo era posible? Había hecho ese
recorrido mil veces; inclusive ayer a la noche con mis amigos. Y sin embargo podría
jurar de haberme perdido.
¡Maldición! –pronuncié,
y mi voz no fue demasiado alta por suerte, porque la señora que estaba allí
cerca, con el ramo de flores en las manos, ni siquiera me dignó de su mirada.
Continué a caminar
derecho por esa callecita, sino lograba encontrar la salida al menos debería
lograr volver a la entrada. No paraba de preguntarme dónde estaba toda la gente
que comúnmente llenaba ese lugar. Era ya pasada casi toda la mañana y no había
visto a nadie, lo cual era muy extraño, este sitio se llenaba un día como hoy, y no
había visto a nadie como para pedir indicaciones.
Sabía que era uno de
esos días, esos en los que mi madre insistía en ir de todos y cada uno de los
parientes, a saludarlos como decía ella. Y yo odiaba hacer eso, por ello había
salido temprano, para ir a la playa, aunque ya era otoño aún los días eran
cálidos. Después me enfrentaría al enfado de mi padre por el enésimo acto de
rebeldía, como él los definía. Y sería todavía peor cuando supiera que ayer a
la noche entramos aquí con mis amigos para festejar la noche de Halloween. ¿Qué
sitio podía ser mejor que un cementerio? Y ahora me había perdido, no
encontraba la salida ni era capaz de volver a la entrada. Y conocía este lugar,
lo conocía como la palma de mi mano, y sin embargo, era ya casi de noche y yo continuaba a dar
vueltas.
Esta vez me pondrían
en castigo media vida, hasta finales del 2010 seguro... y yo aún estaba dentro
el cementerio.
(Este relato pertenece a los "52 retos de 'El libro del Escritor'".
Es el número 30: Describe un relato con un personaje inventado,
una situación que te ponga de los nervios.)
