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domingo, 4 de marzo de 2018


El día era espléndido e invitaba a disfrutarlo.
Salí a caminar con el gusto del café aún en la boca. Sin rumbo, sin expectativas. Mis pasos se dirijieron solos hacia ese sitio que sentía como un refugio. A medida que avanzaba los sonidos del pueblo se volvían un lejano rumor. Sólo escuchaba el grupo de albatros que incansablemente buscaba de comer.
El sol me calentaba más allá de la piel y el viento se enredaba entre mis cabellos y pensamientos. El camino comenzaba a descender, hasta perderse en las dunas. Allí, por un instante, me detuve para sentir como mis pies se hundían en la arena. Sentía cómo cada pequeño granito pasaba entre mis dedos; como si esas grandes montañas doradas quisieran hacerme parte de ellas. Sonreí ante esa idea y continué a caminar.
Llegué a su orilla y, sorprendentemente, estaba sola en el paraíso. Observé el infinito que tenía delante mis ojos. Dejé que mi mirada buscara ese límite inexistente entre el cielo y el mar. Y respiré. Respiré profundamente, dejando que el aire salino penetrara hasta el último espacio de mis pulmones, limpiándolos. Limpiándome.
Me despojé de todo y cada cosa, y me puse de puntillas, como si dentro mío le pidiera permiso. Permiso para entrar, para ser parte de él, y que él hiciera parte de mí. Su espuma envolvió mis piernas y yo me dejé seducir por su ímpetu. Me sumergí en su profundidad, sintiéndome nueva al salir una y otra vez a la superficie.
El día era espléndido y yo lo estaba viviendo.

El día era espléndido porque yo lo estaba viviendo.

(Este relato pertenece a los "52 retos de 'El libro del Escritor'".
Es el número 07: Haz un relato ASMR para que tu lector se relaje leyéndolo.)

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