El día era espléndido
e invitaba a disfrutarlo.
Salí a caminar con el
gusto del café aún en la boca. Sin rumbo, sin expectativas. Mis pasos se
dirijieron solos hacia ese sitio que sentía como un refugio. A medida que
avanzaba los sonidos del pueblo se volvían un lejano rumor. Sólo escuchaba el
grupo de albatros que incansablemente buscaba de comer.
El sol me calentaba
más allá de la piel y el viento se enredaba entre mis cabellos y pensamientos.
El camino comenzaba a descender, hasta perderse en las dunas. Allí, por un
instante, me detuve para sentir como mis pies se hundían en la arena. Sentía
cómo cada pequeño granito pasaba entre mis dedos; como si esas grandes montañas
doradas quisieran hacerme parte de ellas. Sonreí ante esa idea y continué a
caminar.
Llegué a su orilla y,
sorprendentemente, estaba sola en el paraíso. Observé el infinito que tenía
delante mis ojos. Dejé que mi mirada buscara ese límite inexistente entre el
cielo y el mar. Y respiré. Respiré profundamente, dejando que el aire salino
penetrara hasta el último espacio de mis pulmones, limpiándolos. Limpiándome.
Me despojé de todo y
cada cosa, y me puse de puntillas, como si dentro mío le pidiera permiso.
Permiso para entrar, para ser parte de él, y que él hiciera parte de mí. Su
espuma envolvió mis piernas y yo me dejé seducir por su ímpetu. Me sumergí en
su profundidad, sintiéndome nueva al salir una y otra vez a la superficie.
El día era espléndido
y yo lo estaba viviendo.
El día era espléndido
porque yo lo estaba viviendo.
