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miércoles, 8 de marzo de 2017

Hoy te contaré la historia de Clara.

Clara nació con el siglo, pero no con éste, sino con el pasado. Sus padres, ya bastante mayores, casi habían perdido la esperanza de tener hijos. Vivían en un pueblo perdido a las afuera de una gran ciudad. Tenían una granja con algunos animales y una cuantas hectáreas de tierra destinadas al cultivo. No era una vida fácil, se podría decir que pasó una infancia con bastantes privaciones, aunque si lo que nunca le faltó fue el amor y la atención de sus padres. Tal vez fue por eso que ella sonreía siempre, todos los que la conocían no podían hacer de menos de quererla.

Cuando llegó el momento de comenzar el liceo, Clara decidió que estudiaría en la ciudad. De ese modo podría también seguir el curso para convertirse en enfermera. Así fue que por esos años ella se levantaba antes del alba, viajaba a la ciudad muy temprano, estudiaba toda la mañana, y por la tarde iba al Hospital Central, donde cumpliría el sueño de ser enfermera. Fue allí, en el hospital, que conoció a Pedro, un muchacho muy guapo que estaba en el último año de la carrera de medicina. Fue amor a primera vista.

Lamentablemente parece ser que la vida tenía otros planes. Pocos meses antes que Clara terminase los estudios, perdió a su mamá y su padre cayó muy enfermo. En ese momento ella tomó la desición más dura de toda su vida. Hizo los exámenes pertinentes para diplomarse antes de tiempo, se despidió de Pedro y volvió al pueblo para cuidar de su padre y ocuparse de la granja. A pesar de todo, nadie nunca oyó una queja o un reproche salir de su boca.

Un año más tarde también el papá se marchó; y todos pensaron que Clara vendería todo y se iría a la ciudad, tal vez a buscar ese gran amor. Sin embargo, ella decidió permanecer entre la gente que la había visto nacer, crecer. Por aquellos años el pueblo no contaba con un médico, ni siquiera con un hospital, había que andar muchos kilómetros para llegar a uno. Entonces Clara pensó que la casa era demasiado grande para ella sola, y destinó gran parte de ésta como “salita de primeros auxilios”. En los años que siguieron, si un niño estaba por nacer, allí estaba ella; nadie más quedaría sin vacunas pues se encargaba de registrar el nombre de todos y anotar las fechas en las que debían aplicárselas. Con el tiempo logró que un médico fuera tres veces por semana para visitar a todo el que lo necesitara. Y si había que cuidar un enfermo, así fuera por noches y noches, allí estaba ella sosteniendo esa mano.

El pueblo creció, y finalmente se construyó un pequeño hospital, donde había un médico de forma permanente; aunque la gente continuaba a recurrir a Clara... Era ella la que siempre sabía la cosa justa de hacer.

Una mañana no despertó, se fue de forma serena como había vivido, y si bien se podría pensar que estaba sola en el mundo, nunca se vió tanta gente llorar por la pérdida de alguien. Es por eso, que a pesar que han pasado muchísimos años de todo esto, si aún pasas por ese pueblo, y te acercas a su cementerio, encontrarás una tumba siempre muy bien cuidada, siempre con flores frescas, y grabado en el mármol:

“Aquí descansa en paz Clara,
una heroína anónima
que con su vida
honró a cada una de las de este pueblo.”


(Este relato pertenece a los "52 retos de 'El libro del Escritor'".
Es el número 27: Inventa un relato con una mujer como heroína
y su camino hasta llegar a serlo.)


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