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miércoles, 17 de mayo de 2017

Otra vez. Él estaba allí.

No podía entender cómo nadie se daba cuenta. Cómo hacían para no ver el modo en el que él me miraba, me hablaba, se me acercaba. Hubiese querido hablar con alguien, contar lo que me estaba pasando. Pero parecía que nadie estaba dispuesto a creerme. Todo era una mala interpretación mía. Claro, ¿cómo él iba a ser capaz de algo así? Él que era tan respetado, tan educado. Si él era justamente Él.

Pero cuando él estaba en mi casa, y llegaba la noche, yo temía. Temblaba de miedo porque sabía. Sabía que él buscaría la oportunidad, encontraría la forma. Entonces lo escucharía subir las escaleras y entraría en mi habitación. Y yo no tendría salida, no podría escapar de él. Nadie escucharía mis súplicas. Nadie me vería llorar.

Y ahora era la hora. Sus pasos retumbaban sobre la madera de los escalones. Me senté apoyada sobre la puerta, en el vano intento de detenerlo. Llevé mis rodillas al pecho, sujetándome con fuerza. Cerré los ojos y por primera vez en mi vida, comencé a rezar. Pedí desaparecer de allí, morir antes que él volviera a tocarme. Cualquier cosa sería mejor de lo que pasaría si continuaba a estar allí.

Sólo escuchaba los latidos de mi propio corazón retumbando en la habitación. Las lágrimas rodaban por mi rostro, empapándolo. El frío rodeaba mi cuerpo, dejándome inmóvil. El estallido de la puerta golpeándose al abrirse, me despertó. Otra vez llovía torrencialmente y había olvidado cerrar la ventana de mi cuarto.




 (Este relato pertenece a los "52 retos de 'El libro del Escritor'".
Es el número 04: Escribe una historia en la que salves la situación
con un mayúsculo 'deus ex machina'.)

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