De repente un día se quedó en silencio. No porque no tuviese qué decir, sino todo lo contrario. Tenía tanto que las palabras no le salían, se le atoraban en la garganta y la laceraban por dentro. Lloraba sin lágrimas; y se iba rompiendo. Lo hacía de una forma imperceptible. Como esa mañana cualquiera que te despiertas y te das cuenta que definitivamente el verano ha terminado y el frío es lo único que logras sentir en la piel... en el alma.
Fue cuando necesitó ese abrazo por la espalda que nunca llegó. Ese gesto casi de prepo; porque sí, porque cuando estaba así era –aún más– caprichosa e infantil. Y se alejaba, tomaba distancia. Se volvía arisca, terriblemente desconfiada y racional. Y fue desde esa distancia que vió todo claro. Todo era tan sencillo, tan simple, tan obvio, que no comprendía cómo no se había dado cuenta antes.
Entonces se recumpuso otra vez como tantas otras había hecho antes. Ya no había más preguntas por responder; no había explicaciones para dar ni recibir; no había nada, absolutamente nada, por decir. Ahora, lo único que quedaba, era ese silencio lleno de significado.
(Este relato pertenece a los "Relatos Jueveros"
y esta semana la convocatoria fue hecha por Mag desde su blog: "La trastienda del Pecado".
Te invito a leer el resto de los participantes aquí!)
