domingo, 10 de septiembre de 2017

Llegué a su casa y entré por el jardín, por la parte de atrás; estaba abierto. Ya había perdido la cuenta de cuántas veces le había dicho que debía cerrar con llave, que ya los tiempos habían cambiado. Pero era inútil discutir con él ciertas veces.

Hola... –le dije apoyándole una mano en la espalda. Encontré abierto como siempre.
Es que te estaba esperando... –sonrió y me besó en la frente. Acabo de preparar el té, ¿sin azúcar, no?
Sí, sin azúcar... –respondí mientras lo abrazaba por unos segundos, sabía que no era de muchas demostraciones, aunque yo no pudiese lamentarme. Voy a buscar las express.

Fui hasta el mueble donde él tenía su propia despensa, y volví con las galletitas para el té. Me senté a su lado, donde él había puesto mi taza, y miré el frasco de mermelada medio vacío ya. Lo miré, y no hacía falta más, otra cosa por la que era inútil pelear.

¿Me dirás qué te pasa o continuarás a soplar haciendo como que enfrías el té? –me preguntó sin siquiera mirarme.
Nada... –respondí haciendo girar la cucharita dentro la taza. Bueno... en realidad sí... no sé qué hacer con Pi, no sé qué decirle para hacerla razonar, se le ha metido en la cabeza estudiar algo que no creo la lleve a ningún lado, y eso que es muy inteligente pero terca, ufff como una mula...

Seguía diciéndole todo lo que venía acumulando en los últimos días, mientras él continuaba a untar una galletita después de otra, y sonreír.

La historia se repite... –dijo serenamente. Es que las manzanas no caen muy lejos del árbol.
No podés comparar, yo... –quise responderle enseguida.
Vos ahora lo ves con ojos de madre. –sentenció, interrumpiéndome y dejándome sin palabras.

Terminó su taza de té y tomó mi mano entre las suyas. Me sentía tan niña cuando lo hacía.

Escucha... –comenzó a decir. Hace unos años, recuerdo una jovencita; para mí la más bonita, aunque nunca se lo dije.

Hizo una pausa y mis ojos se llenaron de lágrimas.

Ella era muy inteligente... –pronunciaba mientras sonreía. Tanto cuanto era rebelde. Todavía la veo entrando por esa misma puerta cuando peleaba con su madre y escapaba de casa. Siempre le dije que ella sería capaz de llegar a donde se lo propusiera. La imaginé tantas veces arquitecta o abogada. Sin embargo, un día vino y me dijo que sería madre, cuando ella misma era aún una niña, y yo no supe qué decirle, sólo la abracé fuerte a mí. Pasaron los años y estuve a su lado a cada paso, apoyándola; pero ella nunca escuchó de mi boca lo orgulloso que yo estaba de ella...

Quedó en silencio, y vi en sus ojos ese amor infinito que sabía me tenía. Me acerqué a él, abrazándolo, su metro noventa me envolvió, haciendo de sus brazos un refugio como siempre. No necesitaba decir más, pero lo hizo.

No importa lo que haga tu hija, basta que lo que sea la haga feliz... –me dijo haciendo que lo mirara a los ojos. Vos me enseñaste eso. Y debes decirle lo orgullosa que estás de ella, tanto como yo lo estoy de vos.
Te amo nonno... –no pude decir más, y sabía que tampoco hacía falta.


En memoria
09/septiembre/1919 – Nonno – 10/marzo/1993

 (Este relato pertenece a los "52 retos de 'El libro del Escritor'".
Es el número 32Piensa en alguien a quien echas de menos
y ya no está para recrear un relato cargado de emoción.)