Hubo un
tiempo, donde él se sentía lleno de vida, con una constante curiosidad por todo
lo que lo rodeaba. Viajaba alrededor del mundo y las páginas de su vida estaban
llenas de aventuras. Pero eso había pasado; y ahora, hasta los viajes se habían
convertido en una aburrida monotonía. Sus días parecían una continuación de
hojas en blanco, no había nada que lo hiciera sentir satisfecho. Nada que
lograra hacerlo sentir pleno como un tiempo. Se sentía un personaje más. Uno de
los de esas historias que tanto le gustaba contar en sus noches de insomnio.
Esas historias con las que había seducido a un sinfín de mujeres; con las que,
en cierto modo, había vivido.
Así se sentía cuando
ella entró en su vida. Sin embargo no pudo resistirse a presentarse como ese
personaje, ese trotamundos, ese papel que tan bien conocía y que sabía
infalible. Pero ella lo sorprendió... pudo ver más allá. Ella lograba leerlo
entre líneas, sentía aquello que él trataba, en vano, de ocultar. Poco a poco
descubrió que con ella no era necesario llevar máscaras. Reía de sus faltas y
lograba siempre corregir cada cosa con una sonrisa suya. El entusiasmo de ella
lo contagiaba, le donaba las ganas de hacer cosas nuevas... ¿y por qué no?
Él estaba cansado de
fantasiosas aventuras. Ella sólo deseaba escribir historias verdaderas.
Él, un viejo cuaderno
de viaje. Ella, su nueva pluma.
Es el número 11: Inventa un cuento con dos objetos a los que dotas de vida.)
