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miércoles, 13 de diciembre de 2017

Su madre había decidido volver a casarse. Había encontrado un viudo, con una modesta pero buena posición económica; el cual tenía también una hija. Por un momento creyó que finalmente formarían una familia, que su madre estaría más serena y dejaría ya de atormentarla por no ser ese modelo de perfección que siempre había anhelado, y al cual ni ella ni su hermana habían jamás podido alcanzar.. ¡Cuánto poco le duró la ilusión!

Antes de cumplirse los seis meses del nuevo matrimonio y que ella, junto a su madre y hermana, se instalaran en la mansión de su padrastro, éste falleció de un repentino paro cardíaco. Y todo volvió a ser como antes, o aún peor, si esto podía ser posible. Aunque esta vez no era ella el objeto de las crueldades de su madre, su hermanastra pasó a ocupar su lugar. Más angustía y desesperación sentía su madre, más maltrataba a esa joven que no tenía más culpa que haber sido amada incondicionalmente por su padre hasta el último instante.

El tiempo pasó y su madre se convirtió en un ser aún más despiadado. Se instaló definitivamente como gran señora de esa casa, relegando a la hija de su difunto marido, al rol de servidumbre. Y si bien ella no se sentía a gusto en humillar a su hermanastra, por primera vez en su vida creía que compartía algo con su madre. Que había algo por lo cual ésta la necesitaba, y eso, de una forma enferma y malvada, la hacía sentir amada.

O al menos eso pensaba hasta el día del evento más importante de la región, el baile para las jóvenes solteras. La forma en la cual su madre engañó, y luego, castigó a su hermanastra, la dejó sin palabras. Y aún si ésta última logró participar a la fiesta, perdiendo su sandalia al final y delatando su presencia allí; ella decidió marcharse. Había abierto los ojos y visto quién era quien. Su madre una mujer totalmente insatisfecha que hacía pagar a los demás las propias frustraciones. Su única y verdadera hermana, una silenciosa colaboradora, que tal vez imaginase un futuro reconocimiento y aprecio, que ella hoy estaba segura no llegaría. Y su joven hermanastra, la única y verdadera víctima de la historia. Pero, pese a todo, ella no podía ayudarla en ningún modo, al menos no sabía cómo. Y esa misma noche, juntó algunas de sus pertenencias y se alejó de allí para siempre, cambiando no sólo ciudad, sino hasta el nombre.

Luego de algunos meses supo que su hermanastra se casó con un joven muy bello, de una familia muy poderosa. La cual, al saber todo lo padecido a manos de su madrastra, -su madre-, exilió a esa mujer, obligándola a cumplir las peores labores para ganar con lo que vivir, ya que todas la propiedades pasaron a su legítima heredera. Ella sonrió con la noticia, deseando a la distancia lo mejor para aquella que un tiempo había sido su hermanastra.


(Este relato pertenece a los "52 retos de 'El libro del Escritor'".
Es el número 18: Cambio de roles.
Elige una novela e intercambia los papeles de los personajes principales
con los secundarios para crear una nueva ficción.)

miércoles, 12 de julio de 2017

Hubo un tiempo, donde él se sentía lleno de vida, con una constante curiosidad por todo lo que lo rodeaba. Viajaba alrededor del mundo y las páginas de su vida estaban llenas de aventuras. Pero eso había pasado; y ahora, hasta los viajes se habían convertido en una aburrida monotonía. Sus días parecían una continuación de hojas en blanco, no había nada que lo hiciera sentir satisfecho. Nada que lograra hacerlo sentir pleno como un tiempo. Se sentía un personaje más. Uno de los de esas historias que tanto le gustaba contar en sus noches de insomnio. Esas historias con las que había seducido a un sinfín de mujeres; con las que, en cierto modo, había vivido.

Así se sentía cuando ella entró en su vida. Sin embargo no pudo resistirse a presentarse como ese personaje, ese trotamundos, ese papel que tan bien conocía y que sabía infalible. Pero ella lo sorprendió... pudo ver más allá. Ella lograba leerlo entre líneas, sentía aquello que él trataba, en vano, de ocultar. Poco a poco descubrió que con ella no era necesario llevar máscaras. Reía de sus faltas y lograba siempre corregir cada cosa con una sonrisa suya. El entusiasmo de ella lo contagiaba, le donaba las ganas de hacer cosas nuevas... ¿y por qué no?

Él estaba cansado de fantasiosas aventuras. Ella sólo deseaba escribir historias verdaderas.
Él, un viejo cuaderno de viaje. Ella, su nueva pluma.


(Este relato pertenece a los "52 retos de 'El libro del Escritor'".
Es el número 11: Inventa un cuento con dos objetos a los que dotas de vida.)


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