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miércoles, 12 de julio de 2017

Hubo un tiempo, donde él se sentía lleno de vida, con una constante curiosidad por todo lo que lo rodeaba. Viajaba alrededor del mundo y las páginas de su vida estaban llenas de aventuras. Pero eso había pasado; y ahora, hasta los viajes se habían convertido en una aburrida monotonía. Sus días parecían una continuación de hojas en blanco, no había nada que lo hiciera sentir satisfecho. Nada que lograra hacerlo sentir pleno como un tiempo. Se sentía un personaje más. Uno de los de esas historias que tanto le gustaba contar en sus noches de insomnio. Esas historias con las que había seducido a un sinfín de mujeres; con las que, en cierto modo, había vivido.

Así se sentía cuando ella entró en su vida. Sin embargo no pudo resistirse a presentarse como ese personaje, ese trotamundos, ese papel que tan bien conocía y que sabía infalible. Pero ella lo sorprendió... pudo ver más allá. Ella lograba leerlo entre líneas, sentía aquello que él trataba, en vano, de ocultar. Poco a poco descubrió que con ella no era necesario llevar máscaras. Reía de sus faltas y lograba siempre corregir cada cosa con una sonrisa suya. El entusiasmo de ella lo contagiaba, le donaba las ganas de hacer cosas nuevas... ¿y por qué no?

Él estaba cansado de fantasiosas aventuras. Ella sólo deseaba escribir historias verdaderas.
Él, un viejo cuaderno de viaje. Ella, su nueva pluma.


(Este relato pertenece a los "52 retos de 'El libro del Escritor'".
Es el número 11: Inventa un cuento con dos objetos a los que dotas de vida.)


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