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lunes, 11 de diciembre de 2017

En el día más frío de todos los tiempos, nacía un ser extraordinario. Venía al mundo para cambiarlo, para cambiar el orden de las cosas. Pero no sería sencillo.

Su madre, poseedora de una extrema belleza y una bondad desmedida, características que habían enamorado al Viejo Jefe; hoy había sido abandonada por él. En todos estos años no había sido capaz de darle un heredero, ninguno que siguiera su dinastía, y tomara su lugar cuando llegara el momento. Por eso ella se fue sin mirar atrás ni una sola vez. Se internó en los bosques apenas comenzaba el verano. Y para cuando fue tiempo de que cayera la primera hoja del otoño, supo que en su vientre estaba creciendo el mejor de los sueños. Pero la misma profecía lo había anunciado muchísimos años antes:

“Cuando la blanca pradera se cubra del carmesí más intenso,
producto del amor más puro y profundo;
una criatura vendrá a cambiar el rumbo de la manada.”

Y así fue. En medio a un níveo paisaje y en la más absoluta soledad, su madre la daba a luz. Parecía una criatura tan indefensa, sin embargo ya se veía en sus ojos el fuego que corría por sus venas.

Los años pasaron rápidamente, demasiado para esa madre. La misma que vió a ese pequeño ser convertirse día a día en un alguien maravilloso. Después de muchos años, fue ella, una hembra, a cambiar el destino... el proprio y el de los suyos.


(Este relato pertenece a los "52 retos de 'El libro del Escritor'".
Es el número 35: Utiliza tres 'clichés de la ficción' para hacer un escrito con ellos.)

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