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miércoles, 15 de febrero de 2017

Nada, no le queda nada.
Así se sentía; nada le había quedado, nada tenía, nada era. Vacía. De una forma inconmensurable, inexplicable.
Siempre había creído en lo relativo de los números. Todos desean ser los número uno en lo suyo, pero si recibes un uno en tu examen, ya no es lo mismo. Pues eso le había pasado a ella. Seis, siempre le había gustado ese número, no le parecía ni mucho ni poco, una media, “la mitad más uno”. Sin embargo, ahora se había transformado en demasiado.
Seis; seis veces había creído, se había ilusionado, había fantaseado. Y seis veces había terminado destruída, en mil pedazos, con el alma rota y el cuerpo desgarrado. Las tres primeras veces fue de forma natural. Era joven, recién casada, un gran amor que daba sus frutos. Y una y otra vez todo se hacía añicos.
Luego llegaron los tratamientos. No fue fácil. Estaban las inyecciones, los horarios, los cuidados desmedidos. Y, aunque sabía que no debía, que todas las probabilidades estaban en contra, allí estaban de nuevo las ilusiones, los sueños. Todo puntualmente hasta el tercer mes. Nada había por hacer, parecía como si su cuerpo no deseara aquello por lo que tanto estaba luchando. Pero fue el seis, fue el número seis que la rompió, y de una forma que no pudo más recomponerse.
Había superado el fatídico tercer mes, pero no quiso ilusionarse; es más, se negaba a decir qué estaba pasando. Luego de superar el sexto mes, no pudo ocultarlo más. Y en realidad, no deseaba hacerlo. Por primera vez en mucho tiempo, volvía a mirar hacia adelante con esperanza. Dejó que él pintara la pequeña habitación, y una noche hasta hablaron de posibles nombres.
Una mañana despertó y supo que algo no andaba bien. No había indicios físicos ni ninguna prueba real, pero ella lo sabía. Insistió hasta que la llevaron a la clínica. Los mismos médicos no supieron decir mucho. Simplemente el corazón había dejado de latir. Simplemente... ¿qué tenía aquello de simple? Quedó allí hasta que hicieron lo que debían hacer.
Había pasado un año. Todos los rastros de esas seis veces habían desaparecido. La pequeña habitación ahora era un estudio. Sin embargo, cuando ella miraba en los ojos de él, veía el mismo vacío que sentía dentro. Y también lo supo. Supo que a veces el amor no alcanza, que el dolor te vence, y que no todas las historias tienen final feliz. Entonces decidió. Sabía que él no lo entendería, y que si lo hablase trataría de detenerla, y lo lograría. Y eso terminaría por destruirlos a los dos. Al menos uno de ellos merecía ser feliz, él debía tener la posibilidad de recomenzar.
Esa noche hicieron el amor como nunca, hasta en un momento habría podido dudar de lo que estaba por hacer. Pero no. Esa madrugada, mientras él aún dormía profundamente, le dejó una carta sobre la mesilla de noche, y se marchó sin decir a dónde. Sabía que él no la perdonaría. Aún así, cerró la puerta a su espalda, tomó aire e inició a caminar sin mirar atrás.
Ahora sí pensó: "Nada, no me queda nada"...


...o al menos eso creía ella.




(Este relato pertenece a los "52 retos de 'El libro del Escritor'".
Es el número 23: Comienza un relato con "Nada, no le queda nada.")


viernes, 13 de enero de 2017

#VDLN - 27

"El frío es bueno para tomar café,
para acostarse,
para hacer el amor,
para que nos digan 'tienes las manos frías',
para fumar y para no salir del cuarto.
Para todo lo demás es malo el frío."
(Jaime Sabines)




...y lo peor está por llegar, yo lo sé.

Si quieres, déjame aquí tu huella...

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