domingo, 24 de diciembre de 2017

Esos días con Nícolas eran más complicados que de costumbre. Era el último día de escuela antes de Nochebuena y él estaba cada vez más ansioso. Razón por la que había decidido llevarlo a pasear por la ciudad, habían varias cosas para ver y visitar. Y, pese a las bajas temperaturas, estaba segura nos divertiríamos.

Pasé a buscarlo por la escuela y nos fuimos a almorzar; no había nada que un par de hamburguesas y papas fritas no pudiera solucionar.

¿Podemos entrar al Muse? –preguntó Nícolas apenas terminó la última de sus papas fritas.
Sí... –respondí un poco perpleja. Pero, ¿estás seguro que quieres ir al museo?
Sí, sí... no quiero ir a otro lado. –se apresuró a decir mientras se limpiaba las manos, y ya casi se marchaba solo.

Salimos apurados, como si tuviéramos una cita con el médico. Unos pocos metros y entramos al pabellón principal del Muse. Nícolas observaba todo con entusiasmo, como si fuera la primera vez. Nos pasamos toda la tarde, subiendo y bajando por las escaleras y mirando cada detalle, leyendo cada descripción; hasta que se hizo la hora de volver.

Nícolas, debemos irnos o se hará muy tarde... –le dije señalando mi reloj.
Ufff... está bien... pero antes voy al baño... –respondió sin darme tiempo a nada que lo ví desaparecer por el corredor.

Luego de pocos minutos apareció y nos fuimos de allí. Ya era de noche, y las calles estaban todas iluminadas por las fiestas. Nícolas iba extraña y particularmente silencioso. Cinco minutos después de entrar en casa, llegó su madre a recogerlo.

¿Cómo se ha comportado hoy? –me preguntó ella apenas abrí la puerta.
Perfecto... hemos pasado la tarde en el museo... –respondí mientras ayudaba a Nícolas a cerrar su abrigo.
Ahhh... ¿es por eso que no has respondido a mis mensajes? –preguntó mirando a Nícolas.
Mmmmm... no... –decía sin alzar la mirada fija en sus zapatillas. No diría.... es que no tengo más el móvil.
No me digas que has perdido el celular... –comenzó a decir la madre al cuanto alterada, y mirándome a mí.
No... no que no lo he perdido... –respondía Nícolas de lo más tranquilo. Sólo lo he prestado.
¿Y se puede saber a quién se lo has prestado? –y el tono de voz de la madre era cada vez más alto. Que ya estoy perdiendo la paciencia, Nícolas...

Yo no sabía ni qué hacer, ni qué decir. No recordaba haberlo perdido de vista un minuto. Y sin embargo...

Se lo he dejado con una nota al hombre del tercer piso, a ese que está todo solo... –susurró Nícolas.
¿Al Neanderthal? –preguntó su madre sin entender nada aún. ¿Y para qué necesitaría un smartphone un Neanderthal, Nícolas?
Simple... para llamarme esta noche cuando despierte como en la película... –mientras respondía le brillaba la mirada. Mamá... mañana es Nochebuena y Alma me ha enseñado que nadie merece estar solo...

Los ojos se me allenaron de lágrimas. Nícolas era tremendo, pero lleno de una ternura infinita. Entonces, para no quitarle la ilusión prometí a su madre, recuperar yo el móvil a la mañana siguiente, para que ella se lo dejara al niño bajo el árbol con una nota. Ya se me ocurriría algo mágico, como debe ser todo en estos días.

 (Este relato pertenece a los "52 retos de 'El libro del Escritor'".
Es el número 46Utilicemos la fantasía e imaginación.
Inventa una historia en la que se mezcle en algún momento un smartphone con un neanderthal.)

4 comentarios:

  1. Un mágico relato como debe ser el espíritu navideño. Que hayas pasado una Navidad así de mágica y despidas bien el año.

    Besos dulces y dulce última semana del año Alma.

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    1. Así es Dulce, esos días son mágicos... gracias por tus deseos y por estar siempre allí, aquí, con tus huellas.

      Besos grandes como el mar.

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  2. Cierto,
    no hay nada que las papas
    y las hamburguesas no puedan solucionar,
    doy fe de ello😊

    Que bonito relato, Alma,
    nadie merece estar solo y en estas fechas menos...

    Besicos muchos!!!!

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    1. Jajajajajajajaja mi niña!! ...sabía que lo dirías!

      Besotes enormes y quieroTe!

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