sábado, 30 de diciembre de 2017

Al inicio, cuando lo conoció, le pareció estupendo. No dejaba de repetir la maravilla de hombre que era y que fortuna había tenido que se fijara en ella. Él siempre tenía ganas de hacer cosas; era curioso de todo aquello que lo rodeaba; siempre dispuesto a nuevas experiencias. Encantador en cada uno de sus modos. Nunca haciéndole faltar una atención.

Pero la magia duró poco.

La primera vez que lo notó distinto, dió la culpa a la situación; a la compañía, que no era de la mejor; y, por último, a alguna copa de más.

La segunda vez en cambio, pensó que el exceso de trabajo y los diferentes compromisos, lo tenían muy nervioso. Es que aquellos ataques explosivos de rabia debían ser producto de una acumulación de stress. Frustración, eso mismo. Debía sentirse frustrado, sino no podría explicarse aquellos arrebatos.

La tercera vez ya no encontró ninguna justificación. Estaba acelerado; enfadado con todo y todos. Gritaba contra ella como haría sólo un energúmeno en los tiempos de las cavernas. Y alzó su puño, sellando su final. Sin excusas, ni tampoco tiempo de otras reflexiones o soluciones.

Lo que ella nunca entendió, es que el café de la mañana con un poco de brandy, no era un “gusto particolar”. Que los constantes aperitivos con los colegas de turno, eran sólo excusas, como tantas otras. Que el pasarse al bar saliendo del trabajo se había convertido en un hábito peligroso. Que el beber una botella de vino fuerte, no lo hacía un “hombre de clase”...

...en fin, lo que ella nunca entendió, hasta ese último instante, fue la adicción de él a la bebida. Porque en realidad, ella sufría una peor... ella era adicta a él.


(Este relato pertenece a los "52 retos de 'El libro del Escritor'".
Es el número 38Documéntate si es preciso para hacer una descripción al detalle
de un personaje que sufre una determinada adicción.)