Si sólo lograrás morderte la lengua, finalmente ella se sentirá
orgullosa de vos... –le decía para tratar de convencerla, sabía que siempre había
buscado su aprobación. Pero aún siendo niña, su espíritu era fuerte y aunque
se mordía la lengua, sus ojos gritaban rebeldía.
Si los ayudas con los estudios, seguro te aceptarán... –escuchaba decirse
casi al oído. Y si bien era aceptada y querida, ella sentía que no era lo que
deseaba. Ella continuaba a ser siempre “la amiga… la simpática… la que sabe
escuchar…”, y eso, ciertas veces, no le bastaba.
Si te acercas a su mundo, él se acercará al tuyo... –afirmaba con
voz decidida. Pero los años pasaban y por más que ella siguiera sus gustos, él
no la acompañaba en las cosas que le gustaban.
Y ella no aprendía, y esa vocecita cada tanto le repetía: “Si
fueras más flaca… si fueras una mujer activa, deportiva… si fueras bella… si
fueras más disponible… si… si… si…”.
Hasta que un día fue su propia voz la que escuchó: “Si sólo te
aceptaras… si sólo te amaras…”, y desde ese momento cambiò, y ya no hubo
(auto)chantajes. Comenzó a ser, dejando los “si…” que usaba como excusas, como
escudos, cambiándolos por los “sí!”. Dejó de sentirse culpable por lo que no era, por lo que no quería, por
lo que no sentía.
Empezó a quererse y respetarse por lo que sí era...., e inició a ser feliz.
(Este texto pertenece a los "Relatos Jueveros" y esta semana
la convocatoria fue hecha por Pepe desde su blog "Desgranando momentos".
Te invito a leer al resto de los participantes aquí!)







