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viernes, 7 de septiembre de 2018

#VDLN- 112

"Todos tenemos dos elecciones,
estar llenos de miedo
o llenos de amor."
(Albert Einstein)




martes, 31 de julio de 2018

Encendió un cigarrillo y salió al balcón. Fumaba observando la ciudad fluir. Allí abajo el mundo seguía su ritmo, mientras a él se le detenía. Había dado todo por sentado. Muchas cosas las creyó descontadas, obvias, hasta banales. Creyó que tendría tiempo. Tiempo para hacer, tiempo para decir. Pero no. No lo tuvo, no lo encontró, no se lo hizo. Y ahora todo esto era el menor de sus problemas. Ahora debía encontrar el valor de seguir adelante. Esta vez, solo.


(Este microrelato pertenece a “Reto: 5 líneas” propuesto por Adella Brac.
Las palabras para el mes de Julio: balcón, sentado, menor.)

miércoles, 6 de diciembre de 2017

Aún recordaba cuando lo conoció, cuando llegó para quedarse bajo la protección de sus alas. A pesar de ser tan pequeño, él ya cargaba un peso increíble sobre los hombros. Esa frase que todos continuaban a repetir cuando lo veían...

“Hazte fama y échate a dormir.”

Lo que esa gente no entendía es que no había sido él a hacerse la fama; ésta lo precedía. Una herencia que hubiese sido mejor nunca obtener. Pero a ella no le importaba; su abuelo siempre le había repetido que “el ladrón juzga por su condición”. Por eso no se dejaba influenciar de lo que otros decían. Ella creía firmemente que si no podía confiar en él, ¿cómo podía pedirle que confiara en ella?

Así fue que comenzaron. Ella cumplía con cada palabra que le decía, en bien y en mal; y él inició a creer. De a poco aprendió que lo que pasara mañana en gran parte dependía de lo que él eligiera hacer, y no de las elecciones de otros tomadas en pasado.

Hoy se cruzan en la calle, y cuando sus miradas se encuentran, él vuelve a ser un niño y ella, con orgullo, ve el maravilloso hombre en el que siempre supo se convertiría.


(Este relato pertenece a los "52 retos de 'El libro del Escritor'".
Es el número 40: Utiliza un refrán integrado en un texto creativo.)

lunes, 1 de mayo de 2017

Había una vez, en un país muy, muy lejano, una pequeña princesa de largos cabellos dorados como rayos de sol. La princesita era el fruto del amor entre el viejo Rey del Bosque y el Hada Maestra.

Desde muy niña había tenido que enfrentarse a algunas dificultades, que pusieron a prueba su coraje. Pero ella había heredado el temple y la determinación de su padre, y cada cosa la transformaba en algo positivo. De su madre había heredado la curiosidad y las ganas de aprender, de hacer; por ello siempre estaba con la naricita dentro algún libro. Fue así que, aunque todo le fuera hecho y servido, ella aprendió a cocinar y a coser, entre muchas otras cosas.

A medida que la princesa iba creciendo, más aumentaban sus ganas de aprender, su deseo de estudiar. El viejo Rey probaba a explicarle que ella no tenía porqué ir a la escuela, que ella era diferente al resto de las niñas. Sin embargo, exactamente eso era lo que ella no quería. Ella no deseaba ser diferente, ella quería ser como las otras niñas de su edad. Más grande se hacía, más rebelde se volvía. Su madre, el Hada Maestra, ya no recorría el castillo buscándola, iba directamente a la cocina, y allí la encontraba cubierta de harina, probando y preparando alguna nueva receta.

Finalmente, cuando la princesa estuvo por cumplir los dieciocho años, eligió su destino. Al llegar el día de su mayoría de edad, ella dejaría la corona y todo lo que ella significaba. Deseaba partir a recorrer el mundo, a conocer los miles de rincones y misterios que éste aún tenía reservados para ella. Vestiría como cualquier otra joven mujer de su edad. Estudiaría y buscaría un trabajo para mantenerse. Los Reyes temían que su princesa, la niña de sus ojos, no comprendiera del todo aquello a lo que debería enfrentarse; sin embargo la joven les respondió que desde ese día su única corona sería la libertad.


(Este relato pertenece a los "52 retos de 'El libro del Escritor'".
Es el número 47: Escribe un cuento de princesas,
pero dale un vuelco radical a alguno de sus tópicos.)

...dedicado a mi Princesita B.

martes, 18 de abril de 2017

Había cumplido diecisiete años. Pensaba que esa fecha la pasaría con él, pero no. Él le había pedido un tiempo, y eso había roto algo en su interior que no tenía arreglo. Cuando llamó unos días después, ella no quiso hablarle, pese a tener una horrible sospecha. Fue a la escuela como siempre, y a la salida se dirigió a lo de su mejor amiga, necesitaba hablar con alguien, contar todo y aquello que pensaba hacer.

¿Estás segura? –preguntó su hermana del alma, con una mezcla de asombro y angustía en el rostro. Yo creo que él debería saberlo.
No... –ella fue categórica. Él quiso un tiempo... Él no está seguro, y yo no quiero atar a nadie a mi lado... ni siquiera sé si yo deseo atarme a alguien en estos momentos.
Pero... –intentaba por una vez ser la más racional de las dos. No deberías pasar sola por algo así.
No estoy sola, te tengo a vos... –sus ojos decían mucho más que cualquier palabra. Nadie debe saberlo, todos opinarían y me dirían qué hacer... terminarían volviéndome loca... más loca. Aparte, él vendría a saberlo y eso cambiaría sus planes.
¿Y no crees sería lo más justo? –insistía mientras servía a ambas la segunda taza de café.
Que no... –volvió afirmar ella encendiéndose un cigarrillo. Él debe seguir con su vida, debe irse, viajar a Europa con sus padres, es allá su futuro... esto es sólo un accidente.
Claro... un accidente... –repitió su amiga en forma irónica. Un error del cual sólo vos te harás cargo.
Un error que vos me ayudarás a remediar... y olvidar. –respondió ella.

Pasó el tiempo y no volvieron a hablar del tema. Terminó de estudiar ese mismo año e ingresó a la Universidad. Se dedicó a la carrera y no se detuvo hasta convertirse en una de las más conocidas abogadas en ámbito penal de la ciudad. Tuvo algunos amores pasajeros pero nunca formó una pareja estable. Ni siquiera había vuelto a pensar en tener hijos... Al menos no hasta ese momento. Se encontraba en la sala de espera del consultorio médico, le darían los resultados de unos estudios; había estado muy estresada en los últimos meses y eso estaba repercutiendo en su cuerpo seguramente. Pero el rostro de su doctora indicaba que había algo más. Según trataba de explicarle, sin una razón aparente, su reloj biológico se había detenido unos cuantos años antes del tiempo previsto. En pocas palabras, ya no podría tener hijos. Las lágrimas invadieron sus ojos y rodaron por sus mejillas. La angustía invadió su pecho y cerró su garganta, se estaba ahogando...

Despertó sobresaltada en su cama, estaba completamente sudada. Se alzó y caminó hacia la cocina.

¡Mamá! –su hija de veintitrés años estaba preparando el desayuno. ¿Qué haces ya levantada?
Es que... –y no lograba articular palabra.
Dale... volvé a la cama. –insistía mientras la empujaba entre risas hacia la habitación. Papá fue a comprarte una torta y unas flores... sabés que se enfada si no puede sorprenderte y mimarte.

Era la mañana de su cumpleaños número cuarenta y uno, y todo era como tenía que ser... simplemente maravilloso.




(Este relato pertenece a los "52 retos de 'El libro del Escritor'".
Es el número 44: Escribe con sinceridad retomando una historia que te podía haber pasado,
pero en su lugar escogiste otro camino.)


Si quieres, déjame aquí tu huella...

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