Encendió un cigarrillo y salió al balcón. Fumaba observando la
ciudad fluir. Allí abajo el mundo seguía su ritmo, mientras a él se le detenía. Había dado todo por sentado. Muchas cosas las creyó
descontadas, obvias, hasta banales. Creyó que tendría tiempo. Tiempo para
hacer, tiempo para decir. Pero no. No lo tuvo, no lo
encontró, no se lo hizo. Y ahora todo esto era el menor de sus problemas. Ahora
debía encontrar el valor de seguir adelante. Esta vez, solo.
La antigua biblioteca del
pueblo estaba cada vez más vacía. La gente había perdido el interés en los
libros, en la lectura; y la joven bibliotecaria no era de ayuda, era demasiado
inexperta.
Esto Ana no podía
soportarlo, desde siempre las bibliotecas eran su lugar favorito. Había conocido
varias, pero ésta era la del lugar donde nació, donde iban las personas que la
habían visto crecer. Por lo que ahora debía encontrar una solución; no podía
dejar que su biblioteca cerrara para siempre.
Ana pensó en varias opciones
para que la gente volviera a interesarle la lectura; en definitiva, los libros
siempre habían sido su pasión. Cuando susurró esas ideas a la bibliotecaria,
ésta las tomó como suyas. Entonces se organizaron visitas para los niños de la
escuela, y algunas tardes, lecturas compartidas para los adultos. Ana estaba
feliz, se paseaba entre ellos, sintiendo cada emoción. Lo que más adoraba era
ese instante en que un niño descubría que podía leer solo. Esa maravillosa luz
que inundaba sus ojos, la misma que aparecía en los grandes cuando escuchaban
una poesía, tal vez la misma con la que habían conquistado al amor de su vida.
Ana no podía ser más
feliz. La biblioteca, su biblioteca, volvía a tener vida. Los libros, los
relatos, los poemas, cada una de las historias que estaban encerradas allí dentro
volvían a ser reales. Y ya no le importaba que no la vieran, ser invisible para
todo el mundo, porque ella era entre cada una de las letras. Ella era la esencia
de cada palabra, de cada párrafo, de cada verso. Ella era simplemente, Ana.
Es el número 42: Escribe el relato de una persona invisible
que se cuela en su lugar favorito del mundo.)
Este relato es un pequeño detalle para una amiga,
Auroratris; a la cual aprecio y admiro muchísimo...
Para ti, en tu día, con todo mi cariño... ♥
martes, 24 de julio de 2018
Suena la alarma del
celular, pero él ya está despierto desde hace más de media hora, como casi
todos los días en los últimos años. O, al menos, desde que tiene memoria. Ahora
ya está acostumbrado, superó los ataques de ansiedad y quedó descartada
cualquier tipo de enfermedad mental; aunque en un principio era la respuesta
más lógica.
Apoyó los pies en el
suelo, debía ir a trabajar, y de repente recordó la primera vez que le dijo a su
madre lo que le pasaba. Ella no le hizo caso, trató de minimizar y le habló de “amigo
immaginario”. Le dijo que era normal y que ya se le pasaría. Pero no, no se le
pasó. Era mejor que se apurara o llegaría tarde.
Entró a la ducha, algo
rápido; al contrario de lo que pensarían muchos, no le gustaba perder tiempo en
ciertos rituales. Por suerte había decidido cortarse el pelo, eso facilitaba
las cosas. Fue allí que pensó en su padre, e imaginó qué le diría. Esto si aún
se hablaran. Él nunca aceptó lo que le pasaba, y nunca quiso escuchar sus
razones. Terminó dándose por vencido, y simplemente se alejó. De él como de
tantas otras personas.
Se vistió de manera
ligera, era uno de esos clásicos húmedos días de invierno en la ciudad. A pesar
de lo importante de ese día, no deseaba ser muy formal. Un jean y una camisa, las
botitas y la campera negra, y el pañuelo que le había regalado su hermana. El
de la suerte, como decía ella.
Estaba saliendo del
departamento, cuando escuchó el sonido del contestador automático que se
accionaba.
Corazón... soy yo... –la
voz de su mejor amiga era inconfundible. No logro contactarte al celular, y
esta tarde quiero acompañarte al juzgado sí o sí... por nada al mundo me pierdo
ese momento...
Hacía años que esperaba lo que ocurriría ese día. Desde
que comprendió que estaba atrapado en un sitio que no le correspondía. Un juez
declararía lo que él siempre sintió. Y esa tarde, finalmente, Andrea Prieto
sería quien siempre hubiese debido ser, Mauro Prieto.
...amigo, amiga, amistad ...que palabra grande ésta.
Hay tantos tipos de amigos; los amigos de la infancia, los amigos del secundario, los amigos del barrio, los amigos del club, los amigos de la facu, los amigos del trabajo... tantos, muchos. Y luego están los amigos de la vida, de una vida. Son esos seres que encontramos un día "x", y sin muchas explicaciones, sin demasiadas razones, surge un chispazo, se produce magia, y se comienza a crear un lazo... o, tal vez, siempre ha estado ahí, esperando, ese invisible hilo rojo que une las almas.
Con esos amigos podemos cambiar de escuela, de trabajo, de barrio, de provincia, de país y de continente... hasta podemos cambiar nosotros mismos, o ellos, porque crecemos, porque evolucionamos, porque maduramos... y esos amigos siguen ahí. Y no importa si hablamos todos los días o una vez cada... cada tanto (😉); porque lo que sí importa, lo único que cuenta, es que ese amigo va a estar ahí. Va a estar ahí para lo que sea, no importa si lo que tienes para decir es el psicodrama del momento o la mejor noticia del mundo; no interesa qué día de la semana es, ni qué hora... porque simplemente puedes contar con él. Y como decía Benedetti, no contar hasta uno, o hasta dos o hasta diez, sino infinito; porque un día, sin darte cuenta ambos han hecho una silente promesa, un para siempre.
Yo me considero una mujer muy afortunada, tengo seres así en mi vida, Amigos así, con la A mayúscula; con los cuales no importa el tiempo que ha pasado, siempre es ayer que nos vimos; ni la distancia que nos separa, esos son sólo kilómetros, porque ellos están, ellos son; con ellos he compartido charlas interminables, infinidad de risas, muchas lágrimas, han estado con el pasar de los años, en fiestas, en nacimientos, en llegadas a metas, en inevitables despedidas... ellos han estado, ellos están, y sé que ellos estarán...siempre.
“A
nadie le gusta estar enfermo. Afortunadamente, en el siglo XXII los científicos
han encontrado la cura para la pandemia que, durante milenios, asoló el planeta.
Un delirio que se contagiaba más rápido que cualquier otra enfermedad,
afectando a cientos cada día, y a millones al cabo del año. Era tan grave que, encontrada
la cura, el gobierno decretó su administración a todos los ciudadanos a partir
de la mayoría de edad. Lena Holoway está emocionada. Lleva años esperando
cumplir los 18. Por fin recibirá la cura, por fin vivirá sin dolor, de un modo
predecible y feliz. Por fin hay cura para esa enfermedad que se llama amor.”
“Delirium”
es el primer libro de una trilogía que lleva el mismo nombre. Hacía mucho
tiempo que quería comenzarla, pero por ‘a’ o por ‘z’ al final nunca lo hacía.
Despertaba mucho mi curiosidad una historia creada en una sociedad que ha
llegado a considerar el amor como una enfermedad... ¿se lo imaginan?
Es
un libro complejo aunque no lo parezca, -y, al inicio es lento, podríamos
decir-, pero, así y todo, lo he encontrado muy interesante. Un mundo donde la
sociedad trata al amor como sinónimo de desequilibrio, de
infelicidad, de desgracia. Es una infección que debe ser combatida, cuestión de
vivir en forma serena y rutinaria. Para esto, cuando cada persona cumple
dieciocho años, es sometida a “la cura”, nada más y nada menos que la
exportación de la parte del cerebro que regula las emociones... (😱ésta ha sido
mi carita cuando leí). ¿El resultado de esto? ...pues una pequeña cicatriz
detrás de la oreja y una vida –supuestamente- feliz y perfecta. Todo esto no
significa que hombres y mujeres no puedan relacionarse, de hecho lo hacen. Una
vez que cada individuo es “curado”, se le realizan una serie de evaluaciones y
se le presentan algunas posibles “parejas”.
Y,
como era obvio que sucediera, la protagonista se enamora y aquí digamos que
comienza toda la cuestión y el planteo del libro en sí.
“(...)
Tienes que comprenderlo: yo no soy nadie especial. Soy sólo una chica normal.
Mido uno sesenta y soy del montón en muchas cosas.Pero
tengo un secreto. Aunque construyan murallas que lleguen hasta el cielo, ya
encontraré la forma de volar sobre ellas. Aunque intenten atraparme con cientos
de armas, yo encontraré un modo de resistir. Y hay muchos como yo ahí afuera,
más de los que crees. Gente que se niega a dejar de creer. Gente que se niega
volver a la tierra. Gente que ama en un mundo sin murallas, gente que ama
frente al odio, frente al rechazo, sin miedo y contra toda esperanza.Te
amo. Recuerda. Eso no pueden quitártelo. (...)”
Un
libro que, según mi opinión, te deja pensando, reflexionando. ¿Se puede amar
sin ser infeliz en algún momento, o alguna vez? Y si no, ¿aún así, vale la pena?
Yo tengo mis respuestas, y seguro me dirás las tuyas... Espero pronto poder
seguir con los otros dos libros que le siguen (“Pandemonium” y “Requiem”); mientras
te recomiendo que leas éste.
A la próxima!
(Nota:
la sinopsis fue sacada del sitio: Casa del Libro)