domingo, 26 de julio de 2020
domingo, 12 de julio de 2020
Confío plenamente...
¿Qué sucede señorita? ¿Puedo ayudarla? –una profunda voz la sacó de sus pensamientos autodemoledores.martes, 30 de junio de 2020
Él apareció en su vida un día cualquiera. Como uno más, uno de
tantos. Pero pronto descubriría lo equivocada que estaba. Porque fue esa simple pregunta
suya a poner en acción, en movimiento,
su lado más perverso.
¿Tienes miedo? –le susurró, mientras su aliento le acariciaba el cuello.
Ella sonrió cómplice. Se le encendió la mirada y el cuerpo; y dejó que él le enseñara a jugar de nuevo.
martes, 16 de junio de 2020
martes, 9 de junio de 2020
Despertó...
La luz de la mañana entraba por la ventana. Sentió su mano sobre el cuerpo. Su mano..., ni siquiera recordaba su nombre. Se cubrió con las sábanas y se levantó. Eran tantos años que había dejado de fumar, pero necesitaba encenderse un pucho y salir al balcón. ¿Cómo había podido ser tan estúpida?, pensó. Se había pasado la vida haciendo atención, caminando como una gata sobre los techos de zinc caliente; divirtiéndose sin involucrar ningún tipo de sentimento; siguiendo su instinto, que nunca antes le había fallado. Pero él...
Él había derribado todos los muros. Había logrado penetrar su coraza. Y ella le había entregado no sólo su cuerpo sino también su corazón. Se había envuelto en sus brazos; refugiado en su pecho. Había bebido de su savia tantas noches, lo había alimentado con sus mieles tantas madrugadas. Había creido a sus palabras... y ese fue su error. Su más grave error.
Pero él ya no estaba; se había marchado. Así, como había llegado un día, giró la espalda y desapareció. Como si nada..., como si todo. ¿Mintió? ¿Jugó? Tal vez. Si lo hizo, fue de forma perfecta... o al menos eso creyó. Él también se había equivocado; ¿su error? ...la había subestimado. Él la había convertido en esto que ahora era. Nunca notó cuánto le había enseñado. Tardó tiempo en lamerse las heridas y ahora estaba lista. Ahora era su turno de jugar y había comenzado a hacerlo. Lo haría a su modo, con sus propias reglas. Esta vez no sería su corazón a quedar a pedazos.
Emme... ¿dónde te has metido? –no recordaba su nombre pero por lo visto él sí el de ella. Apagó el cigarrillo y entró a la habitación.
Buenos días... –y fingió su mejor sonrisa. Deseaba fumar y no he querido molestarte.
Cariño, si tú no podrías hacerlo... –comenzó a sonreir y ya intuyó por dónde iría. Es que me he despertado con un problemita y al no verte, pues me asusté de tener que arreglarme solo... –terminó diciendo mientras arrojaba las sábanas a un lado y descubría su tremenda erección.
Ella dejó caer aquellas con las que se
había cubierto y comenzó a ir hacia él contoneando las caderas. No estaba
particularmente encendida, pero el tipo estaba bueno y ella no encontraba mejor
manera de no pensar en ciertas cosas, que echándose un buen polvo. Subió a la
cama y por su cuerpo como una gata, acariciando sus piernas. Lo miró fijamente
a los ojos y se lo comió de un sólo bocado. Subía y bajaba con sus labios y
lengua, mientras él tiraba hacia atrás su cabeza. Su pelo se enredaba entre los
dedos de él. Lo sentía hincharse a cada lametazo. Pero ella quería otra cosa,
quería más. Besó su vientre, su pecho, su cuello. Hasta que se colocó a
hojarcadas sobre él como una amazona. Pasó las manos por su nuca y bajó hasta
su oído.
Ni se te ocurra acabar... –le susurró mientras mordisqueaba su lóbulo. No hasta que yo te lo diga al menos... Y continuó a cabalgarlo sin piedad.
Sus manos le magreaban el seno, pellizcándole sus pezones. Las suyas le sujetaban las piernas, acariciándole los testículos, cada vez más duros y llenos. Sentía su sexo contraerse entorno al de él. Acabó mientras clavababa las uñas en su pecho. Una vez... y continuaba. Una segunda... Y ahora esperaba la tercera junto con él.
Emme... –susurró.
Acabá conmigo... –casi le ordenó.
Siiií... –gimió. Ven mi niña... Ven...
Ella se detuvo por algunos segundos donde cambió la expresión de su rostro. Lo sujetó por los cabellos, jalando de ellos y se acercó a su oído nuevamente.
No vuelvas a llamarme así... –su voz estaba cargada de furia. No soy una niña... Y, sobre todo, no soy tu niña...
Sus movimientos comenzaron a ser aún más
fuertes, violentos. Su vagina chocaba duramente contra las caderas de él, como
si fuera ella quien lo embestía. Rasguñó sus hombros y brazos cuando lo sintió acabarle
dentro. Esperó a que los espasmos se calmaran y la respiración volviera a la
normalidad, para bajarse de él. Se puso de pie y no le importó cubrirse. Tomó
otro cigarrillo y le acercó su ropa.
¿Fuego? –y le mostró el pucho.
Sí... por supuesto... –se apresuró a responder y encender, se lo veía perplejo.
Ahora es mejor si te marchas... –inició a fumar mientras buscaba su propia ropa. Y cierra bien la puerta al salir.
Entró al baño y se miró al espejo. Él también se había equivocado, ella no era la misma. Él la había subestimado; señado a fuego. Y ya no dejaría que nadie jamás volviera a llamarla de ese modo.
viernes, 5 de junio de 2020
Pensó cuando lo conoció. Aquel solitario y taciturno lobo estepario. Un moderno Don Quijote en lucha con míticos molinos de viento. Toda una ficción, una de tantas. Una de las que se sirvió para derribar esa gran muralla que ella había construído a su alrededor. Esa coraza con la que se protegía y que se había forjado decepción trás decepción. Sin embargo, volvía a temblar con aquella imagen entre sus manos. No como antes, no de pasión ni nada que se le pareciera. En todo caso de rabia. Odiaba la persistencia de la memoria en recordarle cuánto la había herido. Y continuaba preguntándose ¿para qué? Después de todo, no habían habido promesas ni juramentos que infringir. Sólo el deseo de un abrazo, de esos que quitan el frío del alma. Pero claro, él no era quien ella creía conocer, jamás hubiese podido ser ese alguien que tanto insistía en decir, era ella en su vida. Porque decía querer llevarla hasta su cielo y no hacía más que caminar en su propio infierno de mentiras.
jueves, 28 de mayo de 2020
El invierno había
convertido a la ciudad en un lúgubre muestrario de tonalidades grices. El
cielo, plomizo, parecía a punto de llorar y, sin embargo, me encantaba caminar
cuando era así. Perder mi mirada en las calles del puerto cuando los rayos
iluminaban el horizonte. ¿Serían acaso un presagio? Tal vez hoy finalmente lo
vería; lo encontraría cara a cara. Sólo así, mirándolo a los ojos, podría
entender el porqué de aquel gesto para conmigo, aún si esa respuesta ya no
importase.
Mis pasos, lentos, no
tenían eco, el asfalto los absorbía. Como yo había hecho con mi rabia todo ese
tiempo. Cruzaba a la gente pero ellos no me veían. Nunca lo hicieron, ¿por qué
ahora tendría que ser diferente? En cambio, yo sí los veía. Veía cómo se
arrastraban cual muertos vivientes; ellos y sus desilusiones; ellos y sus
apatías; ellos y sus hipócritas satisfacciones; ellos y sus traiciones. Ellos,
que como él, iban tan impunes en eso que llamaban vida.
Y ahí estaba; sentado
en el bar de siempre. En cierto modo, me encantaba que fuera tan rutinario, me
haría las cosas más fáciles. Esperé a que saliera y lo seguí. Ya era de noche y
él caminaba distendido hacia nuestra casa. Había visto su sonrisa, debía
admitir que no había perdido una pizca de su atractivo. Colocó las llaves en la
puerta, me pegué a su espalda y entré con él.

Te dije que no debías
hacerlo... que vendría por ti... –le susurré. Esta vez, ni la muerte nos
separará.
Continué a sonreir mientras
me iba, llevándome la única cosa de él que siempre había deseado tener.
(Este microrrelato pertenece a los
"Relatos Jueveros"
y esta semana la convocatoria fue hecha
por Mag desde su blog: "La trastienda del Pecado".
Te invito a leer el resto de los
participantes aquí!)













