lunes, 23 de septiembre de 2019

El grupo de animales yacía a sus pies. La sangre de ellos corría por sus manos. Pero no tenía otra opción. Le bastó ver entrar a su hija aquella noche. El vestido hecho jirones; el maquillaje corrido; el rostro desencajado. Lloró por días enteros. Había perdido la cuenta de cuántas duchas había tomado, hasta casi desprenderse la piel, hasta dejarse ir y sucumbir al dolor. Entonces, el sabor a metal invadió su boca, la furia cegó su razón y la brutal venganza guió sus pasos.


(Este microrelato pertenece a “Reto: 5 líneas” propuesto por Adella Brac.
Las palabras son las de los meses de Septiembre: metal - vestido - grupo.)

sábado, 31 de agosto de 2019

Otra vez tenía esa sensación, ese cosquilleo que le invadía el cuerpo, el sexo, cuando lo leía. Sentía esa sirena de alarma dentro su cabeza. Él era de esos hombres peligrosos, sabía siempre qué decir.

“Me gusta tu presencia e intentaré merecérmela,
aunque no gane el derecho de ocupar parte de tu cama.”

Sin saber que con sólo esa frase, él ya se había metido en ella.


(Este microrelato pertenece a “Reto: 5 líneas” propuesto por Adella Brac.
Las palabras son las de los meses de Agosto: tenía - sirena - hombres.)

domingo, 11 de agosto de 2019

¿Cómo lo había conocido? Tal vez si hubiese sido otra no lo recordaría, pero ella, ella recordaba cada pequeño detalle de ese encuentro.

Se había presentado ante ella casi en puntas de pie, pero con el rostro lleno de preguntas. Ella le dejó abiertas todas las posibilidades, porque él había sabido hacerle cosquillas a su curiosidad. Por cada pregunta que le hacía, ella sonreía de forma pícara, alzaba los ojos al cielo y le respondía no sin cierta timidez.

Me gusta ser el que provoca tu sonrisa. –le dijo y ella se ruborizó como si fuera una adolescente y esa fuera una declaración de amor.

La verdad es que él le gustaba desde mucho antes de cruzar las primeras palabras. Lo había oído hablar tantas veces, siempre con la respuesta pronta, aquella justa. Él no dejaba de preguntarle, deseaba saber todo sobre su vida y ella, con su más sincera naturalidad, le respondía, le contaba todo.

Si sigues... si sigo... te me harás vicio... –le dijo ella como con miedo en la voz.
Me encanta hacerme vicio. –respondió él tomándola por el mentón y obligándola a mirarlo. ¿A qué le tienes tanto miedo? ¿A mí?
Sí... y no... –las palabras salieron de su boca sin poder detenerlas.
Explícame. –le pidió.
Me gustas mucho... me encantas... pero mi vida es demasiado complicada como para dejar que lo que siento, que esto que tú me provocas, me invada y tenga el sobreviento... –más sincera que así no podía ser.
¿Y qué harás? –preguntó mientras se acercaba peligrosamente. ¿Te frenarás? ¿Pondrás límites?
Sí... sí, si es necesario... –respondió mostrando una seguridad que no tenía.
Si crees lograrlo, te dejaré intentarlo. –y su aliento le rozaba el cuello.
No me dejes... –murmuró colocándose en ese espacio que él le había hecho entre sus brazos.
Dejarte sería castigarme a mí mismo. –la abrazó fuerte y selló sus palabras con un beso.


martes, 30 de julio de 2019

Esa mañana cuando abrió los ojos, el dolor le hizo recordar que todo continuaba en el mismo exacto modo que lo había dejado la noche anterior; y que ningún milagro había ocurrido en esas pocas horas de sueño. Miró el celular y respondió al único mensaje que realmente le importaba: “Estoy bien... aquí sigo... no te preocupes...”. Y es que, cómo le explicaba que lo sucedido todos esos meses la había rota por dentro y nada tenía que ver con la fractura de su pie.





(Este microrelato pertenece a “Reto: 5 líneas” propuesto por Adella Brac.
Las palabras son las de los meses de Julio: pie - rota - preocupes.)

miércoles, 26 de junio de 2019

No sabía ni recordaba qué exactamente la había conducido hasta allí.
Ni tampoco en cuál momento las estrellas se habían alineado de la forma precisa para que ella hoy se encontrara en esa situación.
Su única y plena certeza era que, en el interior de aquella habitación, se hallaba todo lo que tanto deseaba: él.





(Este microrelato pertenece a “Reto: 5 líneas” propuesto por Adella Brac.
Las palabras son las de los meses de Junio: conducido - estrellas - interior.)

jueves, 20 de junio de 2019

De repente un día se quedó en silencio. No porque no tuviese qué decir, sino todo lo contrario. Tenía tanto que las palabras no le salían, se le atoraban en la garganta y la laceraban por dentro. Lloraba sin lágrimas; y se iba rompiendo. Lo hacía de una forma imperceptible. Como esa mañana cualquiera que te despiertas y te das cuenta que definitivamente el verano ha terminado y el frío es lo único que logras sentir en la piel... en el alma.

Fue cuando necesitó ese abrazo por la espalda que nunca llegó. Ese gesto casi de prepo; porque sí, porque cuando estaba así era –aún más– caprichosa e infantil. Y se alejaba, tomaba distancia. Se volvía arisca, terriblemente desconfiada y racional. Y fue desde esa distancia que vió todo claro. Todo era tan sencillo, tan simple, tan obvio, que no comprendía cómo no se había dado cuenta antes.

Entonces se recumpuso otra vez como tantas otras había hecho antes. Ya no había más preguntas por responder; no había explicaciones para dar ni recibir; no había nada, absolutamente nada, por decir. Ahora, lo único que quedaba, era ese silencio lleno de significado.



(Este relato pertenece a los "Relatos Jueveros"
y esta semana la convocatoria fue hecha por Mag desde su blog: "La trastienda del Pecado".
Te invito a leer el resto de los participantes aquí!)

sábado, 8 de junio de 2019

Recordando[te]


El aroma de la tarta de manzanas había invadido toda la cocina. Ese día Laura se había levantado temprano, casi al alba. El sol entraba tímido por las ventanas, el otoño comenzaba a hacerse presente. Suspiró, sin querer que los recuerdos la invadieran. Arregló las sábanas de su cama, hacía años que era una tarea de lo más fácil. Bajó al jardín, dejando que la hierba aún con el rocío, le mojara los pies. Fue cuando vió las manzanas, parecía una propuesta. Sonrió. Volvió a entrar a la casa, controló de tener todo lo necesario y comenzó a cocinar la tarta. Escuchó los pasos de Abril, se había despertado.

No había podido casi dormir en toda la noche, la ansiedad la estaba consumiendo. En pocos días partiría para Buenos Aires de forma definitiva y su madre se quedaría allí, sola. Abril no entendía esa terquedad de parte de su madre, ¿qué la retenía allí? Nada. Eran años que su padre se había ido y ella no había vuelto a tener otro hombre; ni siquiera un amigo le conocía. Su madre era una bella mujer aún, y se merecía ser feliz. Laura decía que lo era, allí, entre esos muros, con sus cosas... sus fantasmas. Abril se levantó apenas escuchó rumores en la cocina, seguro su madre se habría puesto a cocinar.

La tarta estaba lista, bastaba se enfriara un poco. Laura deseaba mimar un poco más de lo normal a su hija esos días. Pronto su niña, ya no más niña, partiría hacia la tierra de sus orígenes. Sonreía con lágrimas en los ojos pensando en las vueltas que tiene la vida. Ella había llegado allí de pequeña, y pese a que le costó mucho al principio, fue allí donde hizo su vida, donde construyó todo lo que era. Y ahora Abril, su única hija, elegía hacer el viaje de regreso. Volvió a suspirar, ¿cuántos eran ya esta mañana? ...había perdido la cuenta. Tomó la tarta y la cortó, se enfriaría más rápido. Se sentía el aroma de su ingrediente secreto, en todos esos años Abril nunca lo había adivinado, y eso que era fácil. Pero Laura se lo había escrito; en realidad, eran meses que le estaba preparando un libro especial, sus mejores recetas. Había comprado un cuaderno con tapas de cuero y le había hecho grabar su nombre; allí había escrito, con su mejor caligrafía, las recetas preferidas de Abril. Todos los pasos, los pequeños trucos y, obviamente, los ingredientes secretos que ella misma usaba. Sabía que era un regalo que su hija apreciaría, más ahora que estaría tan lejos.

Antes de bajar a desayunar, decidió ir hasta el desván, no sabía porqué su madre cambiaba todo de lugar constantemente; y las valijas que siempre habían estado en el garage, ahora debía buscarlas allí donde no le gustaba demasiado entrar.

De repente Laura escuchó pasos en el desván, seguro Abril había ido a buscar las valijas. Su hija siempre había sido muy impaciente, como si no hubiese podido bajar a desayunar y luego ocuparse de ello.

No recordaba la última vez que había entrado al desván y debía admitir que su madre se había hecho allí un bonito rincón. Tenía sus revistas de decoración que siempre había guardado; sus antiguas cajas de hilos, esas que habían pertenecido a la abuela; y sus libros, todos sus libros. Había colocado una alfombra y un mullido sillón. ¿Cuándo era que había hecho todo eso? Miraba todo como si fuera que había aparecido allí por magia. Un objeto llamó su atención, se acercó a la librería para verlo mejor, cuando notó que su madre estaba detrás.

Buenos días... –dijo Laura abrazando a su hija. Hubieses podido bajar a desayunar, que luego ya hay tiempo para las valijas.
Buenos días mamá... ya sabes que no puedo estarme quieta. –respondió Abril girándose y dándole un beso en la mejilla. ¿Qué es esto? Nunca había visto este cofre, ¿de dónde lo has sacado?

Por un momento a Laura le pareció que el tiempo se detenía. Ese era su espacio, así lo había armado, poniendo atención a cada objeto y detalle que allí se encontraba. Y ese cofre estaba entre sus cosas más preciadas. Guardaba en él un secreto desde hacia años, una eternidad le parecía. La emocionaba pensar a aquellos años en los que él le escribía cada día; sus correos era lo primero que abría al despertar. Ya luego sus letras la acompañaban durante todo el día. Él había sido una presencia más allá de cualquier distancia.

Nada, Abril... un cofre donde guardo algunas cosas de tiempo atrás... –dijo Laura en un tono de voz casi inaudible.
¿Puedo ver? ...sabes que soy curiosa. –preguntó su hija, y sin esperar la respuesta abrió el cofre. Mira... tus aretes de plata!! ...sólo te los había visto en fotos.

Abril sacó una a una las cosas del cofre, sin notar el temblor en las manos de la madre, ni las lágrimas que amenazaban en inundar sus ojos. Allí estaban esos aretes que había usado día a día por tantos años; una servilleta de un bar en Buenos Aires con el sobrecito de azúcar aún intacto; un viejo billete de tren; una carta que ya no se leía porque se había borrado la tinta, y donde sólo quedaba la inicial que la firmaba. Esa G que para Laura era un tatuaje en el alma. Aquel otoño en Buenos Aires había cambiado su vida. Él lo había hecho. Volver luego a su casa, a su trabajo, a su rutina, a su marido, había sido la desición más difícil de toda su vida. Pero él había siempre dejado las cosas en claro, no podían, no debían. Y aún sabiendo que fue lo correcto, no pasó un instante sin recordarlo. Ni siquiera cuando tiempo después de su regreso, él dejó de escribirle. Había desaparecido tan rápido como había llegado, y ella no tenía modo de saber, de preguntar. Y así fue como intentó comenzar a olvidarlo, metiendo una a una las cosas que la unían a él dentro ese cofre, 

Sin embargo, cómo hubiese podido siquiera pensar en olvidarlo, si cada vez que veía los ojos verdes de su hija era como si lo tuviese delante.

Si quieres, déjame aquí tu huella...

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