viernes, 1 de diciembre de 2017

#VDLN - 72

Para ciertas luchas, todos los días deberían ser el "día D"
(haz click sobre la imagen para saber más sobre el tema...)

miércoles, 29 de noviembre de 2017

Finalmente los resultados de las pericias habían llegado. “Muerte accidental”. Una frase, dos palabras, y la serenidad invadía su alma, terminando con todo.

Tres meses antes...

Casi medianoche y él no llegaba, ni siquiera un mensaje advirtiendo dónde estaba. No que comúnmente lo hiciera, sólo era otro modo de cubrir las apariencias. Decidió  llamar a la policía; pero no pudo decir más que estaba preocupada por su marido. Esa mañana había ido a escalar y aún no volvía, no creía fuese normal. Pero le dijieron que antes de las 48 horas no se podía hacer denuncia de desaparición. Igualmente, ella también había cumplido, ahora podría dormir tranquila.

A la mañana siguiente, ella despertó cuando tocaron a la puerta. Esta vez era la policía que había venido hasta allí. Uno de ellos le informaban que se había encontrado el cuerpo del marido en fondo al valle en donde había ido a escalar.

Ella sintió que las piernas le fallaban, la mujer policía tuvo que sostenerla para que no terminara a tierra. La acompañaron dentro, e iniciaron con las preguntas, decían que eran de rutina. Ella respondió a todo, que no sabía escalar, que su vértigo le había impedido siquiera probar, que a su marido no le gustaba la compañía, ya que era un solitario, y que ella había estado toda la tarde en una clase magistral en la Universidad.

Finalmente se marcharon, no sin antes decirle que investigarían, como era normal en esos casos. Más tiempo, tal vez unos meses más y todo terminaría, sólo quedaba esperar.

Un año antes aún...

Había llegado tarde del supermercado, es que en realidad la clase de aeróbica había durado más de lo habitual. Pero él no podía saberlo, y ya se encontraba en casa cuando ella llegó; lo que, como siempre, hizo que él se enfadara muchísimo. Comenzó a hablar en ese tono bajo que predecía la furia que arrasaría luego con todo. Ella se lo esperaba, pero no por eso dolió menos. El primer puño la dejó sin aire, el segundo la echó al suelo, y las dos patadas siguientes hicieron que quedara allí por los siguientes quince minutos. Cuando ella logró volver a respirar sin tanta dificultad, se arrastró hasta el baño. Demasiado tarde, la hemorragia era más que evidente del resultado final del último encuentro con su marido. Se duchó y eliminó cualquier signo de lo ocurrido. Decidiendo firmemente que esa, su “pequeña” esperanza en el futuro, sería su última pérdida.

El día siguiente había comenzado como siempre después de cada tornado. Un desayuno completo la esperaba en la cocina y su típica nota: “Nos vemos esta noche a la cena. Te amo.” Contrariamente a lo que se podía pensar, ningún fuego corría por sus venas, su alma se había congelado la noche anterior. Y con esa frialdad fue a casa de su mejor amiga, la única que sabía absolutamente todo, la única que podría ayudarla incondicionalmente. Bajo su nombre se inscribió a unas lecciones privadas con el mejor instructor de alta montaña. Poco a poco venció su vértigo, y se convirtió en una muy buena escaladora. Su marido nunca lo supo... hasta ese día.

Él partió esa mañana, como había hecho tantas otras veces. Le había dejado una nota; lo mismo de siempre, una velada amenaza bajo un simple “te veo a mi regreso...”. Desayunó y se fue a la Universidad, donde su amiga la esperaba. Intercambiaron sus ropas, sus documentos, y sus vehículos. Una entró a una clase magistral sobre arte moderna, la otra se dirigió hacia el grupo de montañas donde él había ido a escalar. No tardó en localizarlo, pero se cuidó bien de no hacerse ver. Lo observó mientras iniciaba a subir por la pared de roca. Siempre tan preciso, como cuando le señalaba sus errores, nunca en donde se pudiesen ver, con la fuerza adecuada para hacer daño pero que parezcan simples hematomas. Se apresuró a subir por el otro lado con el auto, no había nadie en kilómetros, esta vez agradecía su gusto por la soledad, y esperó. Esperó hasta que él llegó a la cima, lo vió mientras se descansaba y comía algo. Luego de unos minutos él se preparó a bajar; pasó su cuerda por uno de los dos clavos que habían e inició a descender. Conociéndolo, ella sabía que tenía veinticinco metros para realizar su plan.

Ella se enganchó al otro clavo y comenzó a bajar, lo hizo más rápido de lo normal. Su marido le gritaba, no la había reconocido. Cuando la vió era demasiado tarde. Ella ubicó su cuerda en modo que no colgara, y se sujetó a la de él haciendo peso. Había pasado días mojando todas sus cuerdas con un solvente inodoro y ahora era el momento de hacer que se rompiera. La cara de terror de él cuando se dió cuenta de lo que estaba ocurriendo tal vez hubiese podido pagar cada sufrimiento de esos últimos diez años. En cambio ella no se frenó; miró hacia abajo.

Por cada mentira... cada engaño... cada golpe... –le dijo antes que la cuerda terminara de cortarse y él hiciera un vuelo de ochenta metros.

Volvió a subir, recogió su equipo, borró sus huellas, y regresó a la Universidad. Se cambió nuevamente, y regresó a su casa, antes de las dieciocho. Si su marido no la hubiese encontrado, se enojaría, y ella no lo permitiría, porque como él decía siempre en público, ella era la esposa perfecta.


(Este relato pertenece a los "52 retos de 'El libro del Escritor'".
Es el número 43: Convierte a tu personaje en un asesino.
Trabaja la coartada con esmero y cuida de no dejar pistas... todo ello sobre el papel.)

domingo, 26 de noviembre de 2017

Hacía meses que no se veían; se comunicaban sólo por mail y algún que otro mensaje por whatsapp. Sabía que Javi finalmente había abierto su propia peluquería, y aún si era su mejor amigo, no le había dicho nada de su regreso. Por eso, pensó en presentarse directamente allí y sorprenderlo.

Llegó al local y rió por lo bajo; le había dicho que ese tipo de decoración era más del estilo “Cabaret” con la Minelli que de un viejo salón para señoras restaurado. Pero hoy debía estar allí, porque él era su amigo y se lo debía. Entró con paso arrogante porque sabía que daría que hablar a esa hora de la mañana. Y ese enorme pañuelo color fucsia era el toque final para una escena que había repetido mil veces en su cabeza.

¡Santo Dios... Martin! –el grito de Javi casi hizo se rompiera el gran ventanal de la entrada. ¿Y vos de dónde saliste?
Mirá si serás bruja... –respondió Martin agudizando el tono de voz a propósito. Yo hago diecisiete horas de vuelo para verte y vos ni siquiera me das un abrazo.

Martin se detuvo en medio del salón con los brazos abiertos, mientras Javi lo tomaba por el pañuelo, sonriendo. El rostro de la octagenaria señora sentada esperando para continuar con los golpes de sol, era entre el asombro y el divertido. Aunque verla a ella con esa gorra ridícula no sólo era gracioso, sino que subrayaba lo subreal.

Y..,. ¿me dirás qué haces aquí o tendré que tirarte uno a uno estos rizos que tanto me gustan? –dijo Javi mientras sus manos se dirigían hacia el cabello de su amigo.
¿Aparte venir a ver a mi mejor amigo? –respondió Martin frenando las manos que iban derecho a su cabeza. Bueno... creí eras el mejor peluquero de la ciudad...
Estilista... –corrigió Javi dándose aires. Y éste es el mejor salón de la ciudad... pero para señoras no para un Casanova como vos.
Podrás hacer una excepción... –agregó Martin, sonriendo y guiñándole un ojo a la rubia que hacia cinco minutos había salido de la parte de atrás, donde se lavan las cabezas. Y esto parece más “La jaula de las locas” que otra cosa!

Ambos estallaron en sonoras carcajadas y se volvieron a abrazar.

Entonces le digo a Carla que te lave esa melena de rey león que llevas... –dijo Javi girándose para buscar a su ayudante.
No hace falta... –respondió Martin sentándose en una de las sillas delante del espejo. Quiero me afeites.

Ambos se quedaron mirando a través del espejo. Martin se acomodaba mientras su amigo se acercaba. Sus pasos eran lentos, y no dejaba de observar a su amigo, aunque éste evitaba su mirada.

Javi se puso detrás de Martin, tomó el cepillo y comenzó con su trabajo. Un mechón completo cayó en su hombro.

Martin... –murmuró Javi y los ojos se le llenaron de lágrimas. ¿Por qué...?
Porque él también ha vuelto y si tengo que perder mis rizos, ¿qué mejor que en manos de mi mejor amigo? –respondió y sonrió, emocionado.


(Este relato pertenece a los "52 retos de 'El libro del Escritor'".
Es el número 25: Utiliza toda tu creatividad para describir de forma cómica
un relato de una visita a la peluquería con final dramático.)

sábado, 25 de noviembre de 2017


Le bastó cruzar la mirada con esos ojos oscuros como una noche sin luna, para saber que ese sería un vuelo especial. La vista de su escote; ese modo de cruzar las piernas al sentarse, y esa forma de morderse el labio, eran una clara declaración de intenciones. Y él no pensaba en otra cosa que cumplir a todas y cada una de ellas.

Llevaban algunas horas en vuelo, y sólo se habían rozado las manos cuando trajeron la cena. Ella lo había provocado todo el tiempo, pero ese juego lo excitaba, y sabía que a ella también, aunque no hubiese pronunciado una sola palabra. Hasta el momento en el que apagaron todas las luces.

¿Me dejaría pasar? ...necesito ir a la toilet. –susurró tan cerca de él que hizo que la piel de su cuello, de todo su cuerpo, se erizara.
Obviamente... –respondió, sonriendo de lado.

Él se puso en pie, y ella le pasó delante contoneando sus caderas, casi tocando su entrepierna. Esperó dos minutos, mientras veía la curva que hacía su espalda en ese punto que lo hacía enloquecer, y la siguió. Había dejado la puerta sin el pestillo y cuando entró, ella ya se había quitado su vestido negro, estaba sin sujetador; y mirándolo fijo. Bloqueó la puerta, desabrochó uno a uno los botones de su jeans, y sin mediar palabra, la giró y la penetrò. Sintió su sexo abrirse paso dentro ella, y mordió su hombro. Sus gemidos eran tan fuertes que temió se escucharan fuera del minúsculo baño. Por mucho tiempo esa había sido sólo una fantasía y ahora estaba a punto de explotar dentro de ella, allí, en mitad del vuelo.

Perdieron la cognición del tiempo, hasta que sintieron calmarse los espasmos de los propios orgasmos. Ella sonreía de forma única mientras él continuaba a mirarla en el espejo.

¿Entiendes ahora por qué te digo que tu fotografía más bella es la que tomo con mis retinas? –le dijo besándole el cuello en tanto que ella se volvía a vestir. Belleza es tu rostro cuando me donas tu orgasmo.
Te amo... –respondió girándose y saliendo del baño, aún quedaban más de seis horas de vuelo antes de llegar a Buenos Aires.


Este texto ha sido escrito para la iniciativa de Gin;
Aprovecho la ocasión para agradecerle a ella tanto trabajo y tanta dedicación,
y, sobre todo, su gran amistad.
Por eso, ahora que has leído este relato, te invito a comentarlo allí
(haz click en el título de la iniciativa)
y podrás también encontrar otros relatos maravillosos.

Gracias por todo, Gin!

viernes, 24 de noviembre de 2017

#VDLN - 71

"Me gusta la calma que da el tiempo,
porque lo que ayer se sintió como un huracán,
hoy vemos que era el viento abriéndonos camino."
(Mi granero)


martes, 21 de noviembre de 2017

Lara era el ser más curioso que habitaba la tierra. Le gustaba aprender cosas nuevas, y conocer todo lo que la rodeaba. Su abuela siempre la llamaba pispireta, porque decía que tenía el alma inquieta.

Igualmente, ella a veces se desanimaba. No se sentía bonita, ni nada especial. No creía tener algún tipo de habilidad particular, se sentía pequeña, y se dejaba ganar por la ansiedad. Deseaba ser ya grande, tomar sus propias decisiones, elegir su camino.

Aún no estás preparada... –le continuaba a decir su mamá. Ya llegará tu momento, pequeña.

Lara no se resignaba. No podía esperar como le decía su madre, ella quería crecer ya. Quería cambiar, quería ser otra. Esa noche se fue a dormir como tantas otras noches. Con la mirada baja y la voz apagada, a pesar que en el mundo de los sueños ella podía ser todo lo que deseaba.

A la mañana siguiente, apenas abrió los ojos, se percibió diferente, aunque no lograba explicar cómo. Entonces, rápidamente se levantó y salió corriendo hacia donde estaban los demás. Y ellos, al verla, sonrieron. Porque finalmente el momento, su momento, había llegado. Ahora ella era todo lo que siempre había soñado.

Porque sólo logramos cambiar cuando estamos preparados para ello, sólo necesitamos tiempo.

(Este relato pertenece a los "52 retos de 'El libro del Escritor'".
Es el número 36: Haz una historia que tenga al final una frase moralizante a modo de fábula.)

viernes, 17 de noviembre de 2017

#VDLN - 70

"La vida tiene sus reglas:
paradoja, humor, y cambio.
Paradoja: La vida es un misterio, no desperdicies tu tiempo tratando de entenderla.
Humor: Mantén el sentido del humor, especialmente acerca de ti mismo, es una fuerza inconmensurable.
Cambio: Recuerda que nada permanece inmutable.

Cada momento es único..., no hay instantes vacios.

¿Dónde estás? ...AQUI.
¿Qué hora es? ...AHORA.
¿Qué eres? ...ESTE MOMENTO."

Si quieres, déjame aquí tu huella...

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