jueves, 11 de abril de 2019


He llegado tarde, lo sé... pero apenas ví la propuesta de este jueves,
la inspiración me llegó pensando en ti, Gin...
...así que, aún con un poco de retraso, espero te guste tu regalo;
yo te digo otra vez "gracias", por ser y estar, de verdad;
eres un ser espléndido y es un honor ser tu amiga.



(Este texto/imagen pertenece a los "Relatos Jueveros"
y esta semana la convocatoria fue hecha por Mag desde su blog: "La trastienda del Pecado".
Te invito a leer el resto de los participantes aquí!)

jueves, 4 de abril de 2019

La última vez

Estaba allí sentada mirando la gente pasar pero no viendo nada. No sabía cuánto tiempo llevaba ahí, ni cómo había llegado. Ni siquiera recordaba muy bien el porqué, en realidad, se encontraba en esa situación. O sí. Por eso no sabía tampoco si partir e irse de una vez y para siempre; o si levantarse y volver definitivamente; o si esperar, continuar a esperar. Pero, ¿esperar qué? ¿esperar a quién?

La verdad era que hacía meses que esperaba. Esperaba que se diera cuenta; esperaba despertar no sintiéndose insatisfecha; esperaba escuchar algo más que meras insinuaciones. Esperaba y esperaba. Creo se había pasado más de media vida esperando. Como si la responsabilidad de lo que le sucedía hubiese podido dársela a algún otro; nunca a sí misma.

Nadie pareció darse cuenta. Ni el hombre de traje, que haciéndose el interesante la observaba y sonreía de lado; ni la mujer que estaba a su lado, notablemente fastidiosa. Mucho menos la niña que jugaba de manera distraída casi sobre sus pies. Pero ella sí; ella lo supo desde el inicio.

Se puso en pie, sujetó su cabello en la nuca, acomodó su bolso en el brazo izquierdo; y comenzó a caminar. Se marchó de allí sin mirar atrás. Las puertas automáticas se abrieron y tomó aire a pleno pulmón, casi como si tuviese que viajar lejos. Y es que, en cierta forma, así era. Comenzaría el viaje más largo: el viaje de su propia vida. Esta vez ya no dejaría que nadie más condujera; lo haría ella misma. Sólo ella.

Habían existido muchas primeras veces; pero ésta no sería la crónica de otra de esas que nunca, al final, se concluyen. No. Ésta era, sin dudas, la crónica de su última vez. La última vez que ella había dejado las riendas de su propia vida en manos de alguien más. Ahora, finalmente, lo único que algunos verían, sería su espalda mientras se alejaba.

(Este relato pertenece a los "Relatos Jueveros"
y esta semana la convocatoria fue hecha por Neogéminis desde su blog: "Neogéminis".
Te invito a leer el resto de los participantes aquí!)

jueves, 28 de marzo de 2019


Después de años se había reunido toda la familia. “Demasiado tiempo”, añado mentalmente, casi como hablando conmigo misma. Pero había valido la pena trabajar tanto, superar los malos momentos, todo por verlos sonreír como esa noche. Aún si debía aguantar esas canciones de reggaeton que los chicos se empeñaban en poner a todo volumen. Recuerdo la sensación de que nada hubiese podido empañar esa felicidad... pronto descubriría lo equivocada que estaba.


(Este microrelato pertenece a “Reto: 5 líneas” propuesto por Adella Brac.
Las palabras son las de los meses de Enero-Febrero-Marzo:
añado, familia, demasiado/canciones, felicidad, trabajar/sensación, aguantar, malos.)

sábado, 23 de marzo de 2019

No sabía explicar cómo se sentía, pero no estaba bien y eso era evidente. De un tiempo a esa parte estaba sin ganas de nada; se limitaba a un pasar de las horas, de los días; todo en la más completa y monótona rutina. Vacía. Tal vez esa era la palabra exacta, aquella que fielmente la representaba en esos momentos. Nada lograba quitarla de ese estado... hasta aquella mañana.

Antes de ir al trabajo, pasó por el bar; la costumbre del capuchino y el croissant eran de las pocas cosas que no habían cambiado. Caminaba distraída y estaba por entrar, cuando se topó con un hombre al que no había visto antes. No pudo evitar el gesto de sorpresa cuando, levantando la vista del suelo, encontró esos ojos negros que la atravesaban.  Alzó una ceja y abrió la boca para decir algo, pero ningún sonido salió de ella. Simplemente inspiró todo el aire que cabía en sus pulmones, y con ello también su perfume. Él la hizo pasar sin decir una palabra, pero sin dejar de observarla. Ella entró, sonrojándose al pasar a su lado; su imaginación siempre le había hecho trampas.

Eyyy... pensé que ya no venías esta mañana... –la saludó Caro, la chica del bar, sacándola de la nube de sus pensamientos. ¿Cómo te sientes?
Pues ya me ves, parezco una tortuga de lo lenta que voy últimamente... –respondió sentándose en la barra y pidiéndole lo de siempre.

Se pusieron a conversar mientras ella desayunaba, estaban prácticamente solas y aún tenía poco más de media hora. Con el rabillo del ojo observaba al  hombre que se había cruzado al entrar. Solo; bien vestido; elegante en sus maneras; abstraído en su mundo; serio, tal vez demasiado. Vió que se levantaba y se dirigía donde estaba ella; pagó la cuenta y se marchó, pero dejó el periódico allí. Sin un motivo o quizás sólo por su innata curiosidad, tomó el periódico; enseguida notó algo escrito al pie de la página.

“No importa la velocidad de tus pasos, sino la claridad de tu rumbo.”  No podía quitar la vista de aquellas palabras. Esa caligrafía prolija, precisa; decididamente masculina. ¿Acaso la frase sería para ella? ¿Había escuchado su conversación? No sabía si ofenderse por la indiscreción o sentirse halagada por la atención. Sacudió la cabeza, como tratando de quitarse esas ideas y pensamientos; al fin y al cabo era un desconocido, y seguiría siéndolo.

Fue así hasta la mañana siguiente. Entrando al bar giró la cabeza instintivamente  hacia la mesa donde el día anterior se había sentado aquel hombre. Y allí estaba. Parecía que esperaba a a alguien, y eso la cabreó. Ahora se comportaba como una niña; pero ¿qué motivos tenía ella para ponerse de ese modo? Ninguno; él seguía siendo el mismo desconocido del día anterior, aunque esa idea era lo que parecía disgustarla.

Casi ni abrió boca;  el bar estaba lo suficientemente lleno como para que Caro ni lo notara. Algunos minutos después, él se acercó nuevamente a la barra y, como la mañana anterior, pagó la cuenta y se marchó, dejando el periódico allí. Apenas se cerró la puerta ella lo tomó y buscó, apresurada, alguna señal. Y allí estaba, otra vez. Sólo una frase que la hizo temblar toda.

“A veces, no hay nada más elocuente que el silencio.”  Era para ella sin duda. Sino sería una coincidencia demasiado grande, y ella no creía en las coincidencias. De todos modos, la pregunta que continuaba girando en su cabeza era ¿qué le hacía suponer a ese hombre que ella habría leído lo que él escribía en un periódico cualquiera? Comenzó a cabrearse otra vez; ¿desde cuándo permitía que alguien asi penetrara en su cabeza; dominara sus pensamientos; merodeara en  sus sensaciones? Aún así pensó en él todo el maldito día, y eso la enfurecía más.

Siguió yendo al bar cada mañana, a pesar  de decirse una y otra vez que sería la última. Y como cada mañana, él estaba allí; y después de un rato se marchaba dejando alguna frase en el periódico del día. Luego de una semana, cuando infaltablemente él abandonó el bar y ella, como una felina curiosa, no se resistió a buscar lo que habría escrito; deseó salir corriendo detrás para preguntarle ¿quién diablos se pensaba que era?  Pero no, no lo hizo. Como siempre pudo más su timidez que su furia; aunque ésta la hizo pensar en  cómo encararlo. Decidió que no pasaría del día siguiente. Tímida sí, cobarde jamás.
 
Así fue hasta la mañana siguiente en que lo vió sentado en la misma mesa de todos esos días. Lo observó por unos cuantos minutos, mientras terminaba su capuchino, sin decidir si acercarse de una vez por todas. Hasta que lo vió consultar su reloj, y supo que se marcharía otra vez. La verdad es que nada tenía que perder.

¿Puedo...? –preguntó sentándose atrevidamente frente a él.
Finalmente... te estaba esperando. –y sonrió complacido.


viernes, 8 de marzo de 2019

Cuando ella nació, aún no era tiempo de cambios; pero aquello no le impidió crecer de la manera que lo hizo. Soñaba con las heroínas que veía en las pantallas, y con las de las historias de los libros que leía. Tal vez por ello o porque era destino, a una cierta edad y hasta casi sin darse cuenta, se hizo parte de un clan. Un clan de heroínas como las que tanto había deseado ser.

En ese clan estaba aquella heroína que había logrado alzarse después de haber perdido su gran amor; y aquella que siendo la única de su estirpe supo formar una aún más fuerte. Aquella que continuó a estar en pie y caminar a pesar de encontrarse sola con todo el peso en su espalda; y aquella que pudiendo alcanzar la cima, eligió construir el propio refugio para ella y los suyos. Aquella que nunca se dejó vencer ni por males ni por desilusiones; y aquella que aún peleando con sus propios fantasmas, eligió hacerlo con los de algún otro. Aquella que pasó todo el tiempo necesario para cuidar su herencia; y aquella que aún enterrando uno de sus más grandes tesoros, no dejó de creer. Y aquellas que siendo las más jóvenes ya habían pasado por pruebas tremendas.

Estas heroínas no tenían nombres especiales, no los tienen aún hoy. Hay quien las llama abuela o nonna; tía o mamá; hermana o cuñada o amigas; hija o sobrina o nieta. Porque en realidad, los nombres no importan, porque ellas están a nuestro lado, todos los días; nos acompañan, nos cuidan, nos aman. Y tampoco hay un día o dos para celebrarla, porque todos son “el día”. Estas heroínas son simplemente mujeres y éste es el gran superpoder que tienen.



Esto es para vos que estás leyendo, y en éste como en todo el resto del año, te deseo un gran espléndido día... feliz 8 de marzo heroína.

jueves, 28 de febrero de 2019

Para siempre...


“(...)
¿Cuánto tiempo es para siempre? –preguntó Alicia.
A veces sólo un segundo... –respondió el Blanco Conejo.
(...)”

No dejaba de pensar en ese fragmento de “Alicia en el país de las maravillas”. En realidad, hacia casi dos meses que vivía en modo autómata. Se levantaba, iba a trabajar, volvía a ocuparse de su casa, y no hablaba, no hablaba con nadie. Es decir que no hablaba de lo ocurrido, sentía que no tenía con quién hacerlo. Nadie cercano a ella había sido capaz de abrazarla y dejar que llorara, creyeron que era mejor decirle las frases comunes que se usan en estas situaciones. Lo único que habían conseguido es que ella se aislara aún más.

En las horas libres, o ponía música y se dedicaba a pintar; o se sumergía en un libro. Cualquier cosa, menos escribir de ello. Por alguna extraña razón, no lograba exhorcizar ese dolor con las letras, como siempre había hecho...

...al menos hasta el momento que esa pregunta de Alicia cruzó su cabeza. Ella podría responder igual y a la vez tan diferente. Porque podría decir con minucioso detalle cuánto tiempo había durado la esperanza. Cuánto la silenciosa incertidumbre que se escondía detrás de una puerta. Y cuánto la demoledora certeza de la realidad. Tal vez ella podría ser menos exacta con el tiempo que dura la angustía, porque a ésta le gusta jugar a intermitencias. Pero, como dijo el Blanco Conejo, para siempre a veces es sólo un segundo.

El segundo en el cual cruzaron sus miradas. El segundo en el que escuchó su risa. Aquel en el que su voz la llamó por primera vez. O en el que sus manos acariciaron las suyas. El segundo en el que la emoción le explotó en el pecho con el que hoy sabe, fue el último “te quiero”.

Para siempre, sólo un segundo o cientos de miles guardados en tantos y tantos recuerdos.

(Este relato pertenece a los "Relatos Jueveros"
y esta semana la convocatoria fue hecha por Ame desde su blog: "Ame...".
Te invito a leer el resto de los participantes aquí!)

jueves, 7 de febrero de 2019

Volviendo...

Siempre he dicho que hay que disfrutar cada instante, porque la vida es impredecible, porque todo puede cambiar propio en unos segundos... y eso es exactamente lo que pasó en este último viaje, y que produjo el cierre de mis espacios y mi completa ausencia de las redes.

No sé si podría decir que explicarlo es largo; porque seguramente podría resumirlo en pocas palabras... lo que sí sé es que aún me resulta muy doloroso hacerlo. Pero tampoco deseo, ni puedo, continuar con este aislamiento voluntario.

Y, aunque sea una obviedad, dejenme decir que nada es como hace un tiempo atrás, simplemente porque yo no soy la misma de más de un mes atrás... todo ha cambiado, aunque para la mayor parte esto resulte imperceptible. De igual modo, lo que sí notarán es un cambio en esta playa; no la cerraré y será siempre un lugar donde encontrarnos, pero la dejaré como el rincón donde escribir historias, esos desafíos o retos en los que me gusta participar, y a los cuales espero pronto encontrar la inspiración y las ganas para retornar también. Luego está el sitio donde los invito a reflexionar, ese espacio que hemos creado junto a mi gran amiga Luna Roja, y es:


También está:

...un espacio que nació a inicios de este año (y el cual he también cerrado hasta ahora), algo mucho más íntimo, donde de forma diaria y hablando de diferentes temas, abro el alma. Y por último, pero con el mismo entusiasmo que con los otros, viene a la luz:


...donde, de ahora en más, podrás encontrar los #VDLN, las diferentes reseñas de libros y películas, y a donde también trasladaré las propuestas de "12 Encuentros en la Biblioteca" y "24 Encuentros al Cine".

Por el resto... pues bueno, espero de a poco volver a visitarlos, a leerlos, a comentarlos... a todo... pero como ya dije, de a poco, ténganme aún algo más de paciencia.

Nos vemos pronto, aquí, allá, y en cualquier lado... smu@cksss!

Si quieres, déjame aquí tu huella...

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