martes, 9 de junio de 2020

Despertó...

La luz de la mañana entraba por la ventana. Sentió su mano sobre el cuerpo. Su mano..., ni siquiera recordaba su nombre. Se cubrió con las sábanas y se levantó. Eran tantos años que había dejado de fumar, pero necesitaba encenderse un pucho y salir al balcón. ¿Cómo había podido ser tan estúpida?, pensó. Se había pasado la vida haciendo atención, caminando como una gata sobre los techos de zinc caliente; divirtiéndose sin involucrar ningún tipo de sentimento; siguiendo su instinto, que nunca antes le había fallado. Pero él...

Él había derribado todos los muros. Había logrado penetrar su coraza. Y ella le había entregado no sólo su cuerpo sino también su corazón. Se había envuelto en sus brazos; refugiado en su pecho. Había bebido de su savia tantas noches, lo había alimentado con sus mieles tantas madrugadas. Había creido a sus palabras... y ese fue su error. Su más grave error.

Pero él ya no estaba; se había marchado. Así, como había llegado un día, giró la espalda y desapareció. Como si nada..., como si todo. ¿Mintió? ¿Jugó? Tal vez. Si lo hizo, fue de forma perfecta... o al menos eso creyó. Él también se había equivocado; ¿su error? ...la había subestimado. Él la había convertido en esto que ahora era. Nunca notó cuánto le había enseñado. Tardó tiempo en lamerse las heridas y ahora estaba lista. Ahora era su turno de jugar y había comenzado a hacerlo. Lo haría a su modo, con sus propias reglas. Esta vez no sería su corazón a quedar a pedazos.

Emme... ¿dónde te has metido? –no recordaba su nombre pero por lo visto él sí el de ella. Apagó el cigarrillo y entró a la habitación.

Buenos días... –y fingió su mejor sonrisa. Deseaba fumar y no he querido molestarte.

Cariño, si tú no podrías hacerlo... –comenzó a sonreir y ya intuyó por dónde iría. Es que me he despertado con un problemita y al no verte, pues me asusté de tener que arreglarme solo... –terminó diciendo mientras arrojaba las sábanas a un lado y descubría su tremenda erección.

Ella dejó caer aquellas con las que se había cubierto y comenzó a ir hacia él contoneando las caderas. No estaba particularmente encendida, pero el tipo estaba bueno y ella no encontraba mejor manera de no pensar en ciertas cosas, que echándose un buen polvo. Subió a la cama y por su cuerpo como una gata, acariciando sus piernas. Lo miró fijamente a los ojos y se lo comió de un sólo bocado. Subía y bajaba con sus labios y lengua, mientras él tiraba hacia atrás su cabeza. Su pelo se enredaba entre los dedos de él. Lo sentía hincharse a cada lametazo. Pero ella quería otra cosa, quería más. Besó su vientre, su pecho, su cuello. Hasta que se colocó a hojarcadas sobre él como una amazona. Pasó las manos por su nuca y bajó hasta su oído.

Ni se te ocurra acabar... –le susurró mientras mordisqueaba su lóbulo. No hasta que yo te lo diga al menos... Y continuó a cabalgarlo sin piedad.

Sus manos le magreaban el seno, pellizcándole sus pezones. Las suyas le sujetaban las piernas, acariciándole los testículos, cada vez más duros y llenos. Sentía su sexo contraerse entorno al de él. Acabó mientras clavababa las uñas en su pecho. Una vez... y continuaba. Una segunda... Y ahora esperaba la tercera junto con él.

Emme... –susurró.

Acabá conmigo... –casi le ordenó.

Siiií... –gimió. Ven mi niña... Ven...

Ella se detuvo por algunos segundos donde cambió la expresión de su rostro. Lo sujetó por los cabellos, jalando de ellos y se acercó a su oído nuevamente.

No vuelvas a llamarme así... –su voz estaba cargada de furia. No soy una niña... Y, sobre todo, no soy tu niña...

Sus movimientos comenzaron a ser aún más fuertes, violentos. Su vagina chocaba duramente contra las caderas de él, como si fuera ella quien lo embestía. Rasguñó sus hombros y brazos cuando lo sintió acabarle dentro. Esperó a que los espasmos se calmaran y la respiración volviera a la normalidad, para bajarse de él. Se puso de pie y no le importó cubrirse. Tomó otro cigarrillo y le acercó su ropa.

¿Fuego? –y le mostró el pucho.

Sí... por supuesto... –se apresuró a responder y encender, se lo veía perplejo.

Ahora es mejor si te marchas... –inició a fumar mientras buscaba su propia ropa. Y cierra bien la puerta al salir.

Entró al baño y se miró al espejo. Él también se había equivocado,  ella no era la misma. Él la había subestimado; señado a fuego. Y ya no dejaría que nadie jamás volviera a llamarla de ese modo.


viernes, 5 de junio de 2020

Había estado mirando dentro sus obsesivamente ordenados cajones, cuando encontró una vieja foto de él. ¿Cómo había llegado allí? No lo sabía; no tenía la mínima importancia ya, ¿o sí?

Pensó cuando lo conoció. Aquel solitario y taciturno lobo estepario. Un moderno Don Quijote en lucha con míticos molinos de viento. Toda una ficción, una de tantas. Una de las que se sirvió para derribar esa gran muralla que ella había construído a su alrededor. Esa coraza con la que se protegía y que se había forjado decepción trás decepción. Sin embargo, volvía a temblar con aquella imagen entre sus manos. No como antes, no de pasión ni nada que se le pareciera. En todo caso de rabia. Odiaba la persistencia de la memoria en recordarle cuánto la había herido. Y continuaba preguntándose ¿para qué? Después de todo, no habían habido promesas ni juramentos que infringir. Sólo el deseo de un abrazo, de esos que quitan el frío del alma. Pero claro, él no era quien ella creía conocer, jamás hubiese podido ser ese alguien que tanto insistía en decir, era ella en su vida. Porque decía querer llevarla hasta su cielo y no hacía más que caminar en su propio infierno de mentiras.

De todos modos ella no había buscado venganza ni revancha alguna, no caería tan bajo, ni perdería su tiempo. Simplemente y sin ninguna piedad, le dió lo que él más temía... lo hizo parte de su olvido.



Este relato pertenece al reto: "Sinfonía de las Artes", organizado por Ginebra desde su blog "Variétés".

Para la propuesta elegí para cada rama del arte:
Pintura: "La persistencia de la memoria", de Salvador Dalí
Escultura: "La piedad", de Miguel Ángel
Literatura: "El lobo estepario", de Hermann Hesse
Música: "Somebody", de Depeche Mode (aquí he usado la traducción literal: 'alguien')
Danza: "Don Quijote", act II por la Royal Opera House
Arquitectura: "La gran muralla", ubicada en China
Cine: "Revenge", de Tony Scott con Kevin Costner y Anthony Queen (aquí también he usado la traducción literal: 'venganza')


Gracias a ti, Gin, una vez más por la propuesta y por todo el trabajo y amor que pones en cada uno de nosotros y de nuestros textos.


(Lee el resto de los participantes aquí!)

jueves, 28 de mayo de 2020

El invierno había convertido a la ciudad en un lúgubre muestrario de tonalidades grices. El cielo, plomizo, parecía a punto de llorar y, sin embargo, me encantaba caminar cuando era así. Perder mi mirada en las calles del puerto cuando los rayos iluminaban el horizonte. ¿Serían acaso un presagio? Tal vez hoy finalmente lo vería; lo encontraría cara a cara. Sólo así, mirándolo a los ojos, podría entender el porqué de aquel gesto para conmigo, aún si esa respuesta ya no importase.

Mis pasos, lentos, no tenían eco, el asfalto los absorbía. Como yo había hecho con mi rabia todo ese tiempo. Cruzaba a la gente pero ellos no me veían. Nunca lo hicieron, ¿por qué ahora tendría que ser diferente? En cambio, yo sí los veía. Veía cómo se arrastraban cual muertos vivientes; ellos y sus desilusiones; ellos y sus apatías; ellos y sus hipócritas satisfacciones; ellos y sus traiciones. Ellos, que como él, iban tan impunes en eso que llamaban vida.

Y ahí estaba; sentado en el bar de siempre. En cierto modo, me encantaba que fuera tan rutinario, me haría las cosas más fáciles. Esperé a que saliera y lo seguí. Ya era de noche y él caminaba distendido hacia nuestra casa. Había visto su sonrisa, debía admitir que no había perdido una pizca de su atractivo. Colocó las llaves en la puerta, me pegué a su espalda y entré con él.

Cuando finalmente me dejé ver, me encantó lo que me transmitía su mirada. El terror en sus ojos hizo que sonriera. Podía sentir la adrenalina corriendo por sus venas sin saber qué pensar ni qué hacer. Inmóvil, con la frente perlada de sudor, incapaz de modular algo con sentido. Apoyé mi mano en su pecho, lo atravesé. Podía sentir el latir de su corazón. Entonces me acerqué a su oído...

Te dije que no debías hacerlo... que vendría por ti... –le susurré. Esta vez, ni la muerte nos separará.

Continué a sonreir mientras me iba, llevándome la única cosa de él que siempre había deseado tener.

 

 

 

(Este microrrelato pertenece a los "Relatos Jueveros"

y esta semana la convocatoria fue hecha por Mag desde su blog: "La trastienda del Pecado".

Te invito a leer el resto de los participantes aquí!)


martes, 26 de mayo de 2020

Llegó lo más rápido que pudo, había corrido hasta ahí como alma que la lleva el diablo. Leyó el mensaje, abandonado ahora en el suelo. Su escritura, perfecta como siempre, no reflejaba el sin sentido que había a su alrededor. “Lo debes aceptar.”, continuaban a repetir luego de un tiempo. No sabía quiénes eran; no le importaba tampoco. Sólo sentía el vacío. El que ocupó el espacio a partir de esos cinco minutos. El tiempo que bastó para perderlo todo. Perderlo definitivamente.




(Este microrelato pertenece a “Reto: 5 líneas” propuesto por Adella Brac.
Las palabras del mes de Mayo son: escritura - aceptar - cinco.)

jueves, 21 de mayo de 2020

¿Cuándo ha sido el primero? ¿Te acuerdas?

Sí, obvio que me acuerdo. El primero fue cuando debía volver a mi casa y vos no querías. Me pediste que me quedara con vos, te quitaste la cadenita del cuello con aquella medalla que aún conservo.

Era fácil, las primeras veces no se olvidan.

Pues yo también recuerdo la segunda; la tercera; la cuarta... y la vez que decidiste volver, que me elegiste. También aquella en la que angustiada te conté lo que pasaba y me dijiste que era la mejor noticia que podía darte. Recuerdo la vez que te ví con ella en los brazos y me dijiste: “gracias”. O la vez que me sorprendiste con aquella canción que escribiste para mí y la cantaste por la radio. Recuerdo todas y cada una de las veces. Aquellas después de pelear como gatos –y es que yo soy tremenda cuando me enfado, lo sé– y todas las veces luego que dabas “el brazo a torcer”, demostrándome que yo soy más importante que tener razón. O una de las últimas, cuando después de tanta espera lo hice aliviada y feliz sobre tu pecho. Porque soy una mujer de buena memoria y porque ¿cómo podría olvidar veintisiete años de encuentros y desencuentros; de búsquedas y hallazgos; de aciertos y errores; de construcción constante? ¿Cómo podría olvidarme del amor y de todas las veces que éste me ha hecho suspirar? ¿Cómo? No podría. No deseo hacerlo. Quiero continuar a sorprenderme, a emocionarme, y a suspirar. Como esta mañana, cuando pensé lo habías olvidado y, con un beso y un simple “feliz aniversario, te amo” susurrado sobre los labios, has hecho que yo suspire de nuevo.






(Este microrrelato pertenece a los "Relatos Jueveros"
y esta semana la convocatoria fue hecha por Mónica desde su blog: "Neogeminis".
Te invito a leer el resto de los participantes aquí!)

martes, 19 de mayo de 2020

Fuimos hasta la habitación envueltos en nuestras toallas. Sentía su mirada clavada en mí, y me sentí quemar. Me recosté sin saber qué decir, quedé en silencio a observarlo. Parecía ahogarme en sus ojos, en su mirada, donde leía mil intenciones, mil promesas. Me sentí sonrojar ante esto.

Acercó su rostro y sentí cómo me respiraba. Me olfateaba como un animal con su presa. Mi cuerpo deseaba otro contacto con él. Cerré los ojos y lo sentí suspirar. Su mano me acarició, posándose en mi nuca. Me sujetó con fuerza del cabello, alzando mi boca hasta la suya. Sentí la invasión de su lengua, buscando la mía. Sus besos recorrieron mi cuello, alternándose con pequeñas mordidas.

Mi resistencia, si alguna vez había tenido alguna, cayó definitivamente. Me aferré a él con todas mis fuerzas. Sentí su brazo rodeando mi cintura, me tiró hacia él; hasta que su cadera presionó contra la mía. Pude percibir su excitación, separada de mí sólo por la toalla con la que todavía se cubría. No me frené y seguí sus movimientos. Me froté a su cuerpo arrancándole un gemido. Separó su boca de mi piel sólo para mirarme a los ojos. Mi seguridad, mis ganas de él, hicieron que su deseo aumentara.

Finalmente quitó la toalla, dejándola caer al costado de la cama. Su erección se izaba ante mí en toda su virilidad, provocándome un deseo irrefrenable. No pude evitar tomarlo entre mis manos, y él cerró los ojos dejándose hacer por un instante. Sentirlo caliente, cada vena latiendo bajo el toque de mis dedos, hacia que temblara. Sus manos aferraron las mías y su boca inició a torturar mi seno. Lamía y mordía mis pezones. Primero uno y luego el otro. De forma lenta pero intensa. Entonces sus manos tomaron mis pechos colocando su sexo entre ellos, iniciando a masturbarse. Mis puños se cerraron apretando los bordes de las sábanas. Me mordí para ahogar los gemidos. Sentí como la humedad bajaba por mis muslos y arqueé la espalda, ante lo que creí inevitable. Pero él comenzó a frenarse hasta detenerse, y esperó que yo abriera mis ojos. Sé que mi mirada le imploraba de continuar, pero continué callada, sólo se oía mi respiración agitada. Le sonreí de forma maliciosa, levantando apenas la cabeza para apoyar un beso sobre la punta de su excitación. Me hizo girar bajo su cuerpo. Sentí su mano entre mis piernas, abriéndome para él. Lo sentía... sentía cada pliegue de él en mí. Me sostenía por las caderas, haciendo más fuerte cada arremetida. Se acercó y me mordió el hombro en el exacto momento que explotábamos en un orgasmo.

Se dejó caer sobre mi espalda. Su mano acariciaba mis cabellos, la fiera iniciaba a calmarse. Entonces escuché su voz en mi oído: "Recuérdate, sos fuego…, pero yo soy el dueño de ese fuego."


(Todo había comenzado... aquí)






(Este relato pertenece al Reto: "Fuego en las palabras" del mes de Mayo;
blog "Crónica de la loca que cazaba nubes"... te invito a visitar el blog y su dueña, Rebeca.)

miércoles, 13 de mayo de 2020


Él la deseaba tanto esa noche, la había pensado todo el día, imaginándola. Estacionó en la puerta del edificio y mirando el balcón del departamento notó las luces apagadas. Subió con el temor de deber aún esperar, frenar la ansiedad de tenerla. Apenas entró en el salón supo que se había equivocado, un ligero rumor provenía del baño. Cerró la puerta a su espalda y se dirigió allí. La sorprendió que estaba por ducharse. Inmediatamente la tomó empujándola contra la pared y la besó con tal pasión de dejarla sin aliento. El beso continuò en otro y otro más, cada vez con más ganas, hasta ser casi violento. Su lengua se insinuaba de forma prepotente en la boca de ella, entre sus labios carnosos, tan malditamente indecentes, perfectos para…

En ese momento comprendí. Sin decir una palabra me postré ante él. Con un apuro poco habitual, liberó su miembro de la prisión de sus pantalones y tomándome por la cabeza, lo metió en mi boca, hasta el fondo. Era extraño, pero deseaba ser obediente, por lo que lo recibí por entero y me dediqué a él con total devoción.  Lo lamía, lo rodeaba con mi lengua, mientras mis manos sujetaban su culo con fuerza. Haría que se olvidara de todo, tiempo y espacio, sólo él y yo.

Permanecía de rodillas delante de él, que continuaba a hundirlo en mi boca como nunca había hecho antes.  Intuí toda la espera reprimida de ese día, todas las fantasias y convirtí ese gesto en único; haciéndolo a mi modo y con mis reglas. Sentí las primeras gotas, esa mezcla de dulce y amargo sobre mi lengua. Pero él no quiso llegar hasta el final, se quitó antes de explotar en mi garganta. Y me alejó ese poco que bastaba.

Me pusé en pie, sin dejar de mirarlo a los ojos. Había terminado el momento de obedecer, ahora iniciaba mi juego. Me giré preguntándole si quería enjabonarme. Apoyé las manos a la pared de mosaicos, arqueando la espalda y abriendo mis piernas, en una posición que exclamaba claramente mis intenciones. Me deseaba, lo sabía, y haría que lo hiciera aún más. Me inclinaba hacía él sin pudor, sin verguenza. Lo escuché sacarse las últimas ropas y colocarse detrás mío. Comenzó a acariciarme. Aún bajo el agua sentía sus manos quemarme la piel. Mis pezones se endurecieron al contacto de ellas, y él los pellizcaba provocándome. Bajó y sentí como sus dedos separaban mis labios, y entraban en mi sexo. Se recreaba en ellos, haciendo que mi humedad creciera. Inesperadamente, sin ningún cuidado, me penetrò. Duro como el mármol lo sentí hasta el fondo de mis entrañas y no pude tratener una exclamación, algo entre dolor y placer.
Continuó con sus potentes embestidas, se fundía una y otra vez dentro mío. Y más lo hacía, más yo disfrutaba. Esa exclamación inicial se transformó en intensos gemidos. El placer era ya irrefrenabile. Ambos cuerpos eran recorridos de violentos temblores. La respiración agitada de él fue la señal que no duraría mucho más.

En un susurrado gemido, mientras decía mi nombre, sentí su calor inundarme. Y yo me corrí sobre él en el mismo instante. Por un momento nos quedamos inmóviles, con las piernas temblando por la intensidad que nos había envuelto. Dejamos que el agua finalmente refrescara nuestros cuerpos. Tomándome de la cintura me giró y abrazó, aún podía sentir su deseo. Y lo supe. Supe que ese había sido sólo el inicio de una larga noche.







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