Finalmente había
llegado el domingo. Ante la sorpresa de todos él se levantó temprano. Y es que ese
día terminaría la “Fiesta de la Uva” y él no quería perderse un minuto. Había
estado pensando en esa celebración y preparándose desde hacia meses; desde el día
en que la había conocido.
Había hecho preparar
sus mejores ropas: una camisa blanca, impecable; sus pantalones con esa pechera
toda bordada como marcaba la tradición; y esa mañana estuvo una hora al menos
sacándole brillo a sus ya gastados zapatos. Y es que de sólo imaginarla a ella,
a sus rubios cabellos, como las espigas apenas cosechadas, no podía desear
menos que ser perfecto.
Faltaban unos minutos
a las nueve cuando escuchó sonar las campanas que anunciaban la misa. Se
apresuró con los últimos detalles y corrió hacia la Iglesia, no podía, no
quería llegar tarde.
Y no lo hizo.
Apenas
entró, vió tantos rostros conocidos, y le tomó algunos minutos encontrarla.
Ella estaba sentada en las primeras filas, por lo que él se ubicó detrás. Sus
gestos eran de memoria, casi automáticos; porque toda su atención estaba
concentrada en ella. En el hermoso vestido que llevaba, con el delantal a cuadros;
ni en el mejor de los sueños la hubiese podido imaginar así. Cuando la misa terminò,
ella se giró, y le sonrió; y él no pudo hacer menos que seguirla. Se pasó toda
la mañana observándola de cerca, sin atreverse a hablarle, hasta el desfile de
los carros alegóricos. Nuestros amigos la subieron al carro principal, y en ese
instante me miro, me tendió su mano y me dijo...
¿Vienes? –su voz lo
trajo de vuelta. Nanni apúrate que no podemos llegar tarde.
Habían pasado más de
cincuenta años de aquella vez. Él continúa a vestir su traje tradicional y ella
su delantal a cuadros, y juntos disfrutan de esta típica fiesta otoñal.
(Este relato pertenece a los "52 retos de 'El libro del Escritor'".
Es el número 49: Crea una ficción a partir de una fiesta o
celebración propia de tu municipio/ciudad/país.)
celebración propia de tu municipio/ciudad/país.)
