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martes, 30 de abril de 2024

Dom

Dominación. Tanto se había escrito sobre el tema en los últimos tiempos. Provocando la creación de tantos mitos... demasiados. Por ello sonreía delante de los muchos que se presentaban llenos de pretensiones y no tenían ni idea del significado de las palabras. Hasta que lo conoció.
Él no necesitaba títulos; ni tenía necesidad de demostrar nada a nadie.
Cuando estaban juntos, le bastaba un gesto y... punto.


(Este microrrelato pertenece a “ Reto: 5 líneas ” propuesto por Adella Brac.
Las palabras del mes de Abril son : mitos - muchos - punto.)



El mes pasado recibí esta imagen como reconocimiento
por haber participado por tres meses consecutivos...

...pero soy yo la agradecida a Adele y este reto
por impulsarme a seguir escribiendo.

jueves, 27 de agosto de 2020

Buenas madrugadas rebeldes... aquí Lilith al habla... –Eva sonrió y se ajustó los auriculares para seguir transmitiendo desde esa improvisada radio que había armado para contar cómo estaban de verdad las cosas en esa ciudad aislada del mundo llamada “Eden”.

Cuando se mudó allí, junto a su estrenado marido, Gabriele, no podía creer a la perfección del lugar. Todo parecía sacado de una película. Las casas todas iguales, hechas para alguna revista de arquitectura moderna. Y los individuos que en ellas vivían, lo mismo, todos modelos. Maridos impecables, bien vestidos y con trabajos envidiables; y esposas de fábula, que mantenían una casa de admirar y criaban sus hijos al mejor estilo “Novicia rebelde”.

Al principio, Eva creyó que todo era una especie de broma, pero tardó poco tiempo en darse cuenta que era aterradora y patéticamente cierto. No habían parejas homosexuales y se preguntó cómo reaccionarían sus vecinos al conocer a su mejor amigo, que no se cansaba de recorrer el mundo y enrollarse con cuanto moreno tuviese a tiro. Los hombres eran todos profesionales, parecían no existir los simples empleados, menos aún los desocupados; todos tenían un excelente estado físico, apenas salidos del gimnasio. Y ellas, pues eran modelos de pasarela, todas universitarias pero ninguna que trabajaba, parecía que a lo único que aspiraban era a ser madres; aún recordaba los rostros perplejos cuando dijo que ella no deseaba tener hijos. Y, obviamente, ninguna de ellas se lamentaba de sus respectivos maridos, ni por un jardín con el césped sin cortar o el grifo sin reparar.

Pero Eva no creyó al cuento de hadas ni por un minuto. Y no tardó en descubrir que Sara deseaba tanto tener hijos y, ante la presunta esterilidad de su marido, recurría a su vecino Tomas. Que Miriam, la mujer de la esquina, para mantener las apariencias, era adicta a cualquier sustancia que tuviese a su alcance. Y, sin duda alguna, pudo reconocer a Michael, el dentista, entre las fotos de las conquistas de su amigo.

Por ello no se podía quedar callada, aún si esto pusiera en riesgo su vida, porque atentaba contra quienes deseaban esta ciudad hipócritamente perfecta. Un ejemplo a seguir para un mundo de ficción. Y fue así ella, la buena, hermosa y perfecta Eva, se convirtió en Lilith, la voz de los rebeldes, los que ya no querían apariencias, ni máscaras. 

 

(Este microrrelato pertenece a los "Relatos Jueveros"
y esta semana la convocatoria fue hecha por Demiurgo desde su blog:
"El Demmiurgo de Hurlingham".
Te invito a leer el resto de los participantes aquí!)

 




Mi participación a este encuentro de "Relatos Jueveros"
es mi homenaje especial a un bloguero único,

quien, no sólo es un 'paisano' y referente del 'buen hacer' en este mundillo virtual,

sino a quien le debo haber conocido esta iniciativa...


...feliz blog aniversario, Demi

y que sean muchos muchos más,

te lo mereces!!!

viernes, 7 de agosto de 2020

Escuché el ascensor. Sabía que era Él.


La puerta del departamento se abrió. Todo estaba iluminado con velas. La música suave, de fondo, que provenía de la habitación. Sentada sobre el borde de la cama. Las piernas cruzadas. Sólo la lencería negra como vestimenta.


Se paró delante mío y sonrió de lado. Dejó el saco sobre el sillón, tomándose todo el tiempo. Aflojó la corbata, sin quitarsela. Vino hacia mí y me hizo alzar. Se acercó a mis labios, pude sentir su respiración sobre el rostro. Temblé, y Él lo percibió.


Su profunda mirada ahora estaba fija en mis ojos oscuros. Una de sus manos rozó distraidamente mi pierna, sabía que quería ver mi reacción. Continué a fijarlo.


Al improviso, me empujó contra la pared. Mi respiración se hizo más marcada, pesada…, se agitó. Sus dedos comenzaron a acariciarme el cuello, y no pude no apoyarme a su cuerpo.


Me quitó el sujetador y se inclinó sobre mi seno. Sentí su boca saborear uno de mis pezones. Duros…, erectos…, por y para Él.


El tiempo pareció detenerse. Podía sentir cada movimento suyo, cada respiro.

Su mano bajó por mi vientre, hasta mi sexo. Se separó un poco de mí, para observarme. Sonrió ante el rubor que inundó mi cara. Volvió a sujetarme entre su cuerpo y la pared. Sentí su dedo entre mis pliegues, moviéndose lento, mojándose con mi humedad. Pese a la oscuridad, Él vió el brillo en mis ojos oscuros, el fuego que me provoca cada vez. Cada vez que soy suya, porque lo soy.


Continuó apretándome contra la pared. Su lengua recorría mi cuello con hambre. Sentí la fuerza de su miembro penetrándome, como aquella de sus dientes en mi hombro. Fue su respiración que comenzó a crecer en intensidad. Se volvió feroz…, casi animal. Así eran sus embestidas. Mis manos se enredaban en su pelo y mis gemidos se ahogaban en su cuello. Marqué con mis uñas su espalda en el preciso instante en que su semen quemaba mis entrañas. Mi boca pronunció su nombre al explotar en un exquisito orgasmo.

El tiempo volvió lentamente a transcurrir. Me besó permaneciendo aún dentro de mí. Luego de unos segundos me llevó en sus brazos hasta la cama. Su cuerpo y la profundidad del sueño acabó por envolverme. 

domingo, 26 de julio de 2020

Cuenta la leyenda, que si abres bien tu corazón, puedes escuchar una hermosa voz...
“¿Quieres que te cuente una historia?

Había una vez una niña a la que le gustaba escribir. Creció en medio de libros e inventando un sinfín de cuentos e historias. Ella no lo sabía, pero cuando dejaba que las palabras salieran de su pluma, hacía magia. Su nombre es Auroratris...”



Este es un pequeño detalle para la hermosa Auroratris,
maravillosa amiga y espléndida mujer
a la que admiro y aprecio de todo corazón.
Feliz Cumpleaños Auro...
y por muchos muchos más,
que todos tus deseos se hagan realidad preciosa!!!




(Este microrelato pertenece a “Reto: 5 líneas” propuesto por Adella Brac.
Las palabras del mes de Julio son: quieres - magia - creció.)

domingo, 12 de julio de 2020

Confío plenamente...

Esa mañana se había levantado más temprano que de costumbre. Deseaba tener el tiempo suficiente para prepararse como se debe, si bien hacía días había decidido su vestuario y todo lo necesario para la ocasión, que había guardado dentro el nuevo bolso. Y es que volver a estudiar después de tantos años, no era algo tan simple como parecía.

En un pestañeo se había duchado, vestido y maquillado, ese poco delineador de ojos que ella usaba, y ya se encontraba en la calle rumbo a la universidad.

Tenía tiempo, por lo que decidió parar a comprarse un café, de esos vasos XL que podías llevarte a cualquier lado y pareciera que estás en una película americana.

Llegó a la universidad y comenzó a buscar el edificio donde debía ir. Aquello era una maldita ciudad y ya no recordaba nada; también ¿cuánto tiempo había pasado desde que estuvo allí por última vez? ¿veinte... veinticinco años? En otra vida, definitivamente.

Después de media hora de dar vueltas por todos lados y cruzar tanta gente joven a la que no deseaba preguntar, se sentó en las escalinatas. Apoyó todo a su lado y se tomó el rostro con las manos. A pesar de todo, llegaría tarde... ¡genial!

¿Qué sucede señorita? ¿Puedo ayudarla? –una profunda voz la sacó de sus pensamientos autodemoledores.
Es que... –comenzó a decir levantando la cabeza y cubriéndose los ojos del sol. Me he perdido... debo ir a este edificio, a esta facultad, pero estoy dando vueltas desde hace rato y no logro encontrarla.

Mientras, le extendía la hoja donde se había copiado las instrucciones. Aún si no podía verle el rostro con nitidez, sólo sus largas piernas y sus zapatos, imaginaba que no se trataba de otro estudiante; lo que hizo se alzara como un rayo y de la vergüenza evitara mirarlo a los ojos.

Pues no hay mayor dificultad... –dijo él finalmente y con toda la calma le indicó perfectamente cómo llegar.

Ella agradeció y mencionó que quedaba en deuda, pero recogió sus cosas a toda velocidad y se marchó sin más. Tal vez aún podría llegar a tiempo.

Lo hizo. La primera mañana en la facultad de psicología había pasado. Y, en todo ese tiempo, se obligó a no pensar al desconocido que la había ayudado a encontrar el camino. Pero ahora estaba de vuelta en su departamento y eso ya no era tan fácil. Esa voz... ¿se cruzaría con él alguna otra vez? ¿lo reconocería? Estaba segura que sí, pero no podía pensar en ello, no ahora, no después de todo.

Había pasado más de un mes y ya no había pensado en nada más que sus estudios. Una compañera le había dicho que ese sábado se llevaría a cabo una especie de conferencia, una clase magistral abierta a todos, en la facultad de humanidades; y que el principal orador sería un antiguo profesor de allí, una eminencia según ella. Deseaba asistir, nutría una profunda curiosidad e interés por el tema.

Llegó con tiempo de sobra, desde aquella primera mañana no había vuelto a perderse. Se ubicó en uno de los bancos de la primera fila, no deseaba distracciones de ningún tipo.

Cuando entró el profesor invitado, su instinto lo supo. No reconocía su rostro, ni sus facciones obviamente, pero algo dentro de ella lo había reconocido. Y, cuando comenzó a hablar y se presentò, no tuvo ninguna duda. Él era su desconocido, el de aquella primera mañana.

Sin saber muy bien el porqué, se notaba inquieta. El profesor no la había reconocido, al menos no había dado ninguna señal de ello. Sus miradas no se habían ni siquiera cruzado por casualidad, a pesar que ella había participado activamente a toda la charla. Sin embargo, allí estaba, haciendo tiempo y quedando por última. Con estúpidas excusas había dejado que los compañeros que estaban con ella, se marcharan. No había querido tampoco que David la esperase para almorzar, es que su simpatía y lo guapo, no le hacía olvidar que era un niño.

Veo con placer que no ha vuelto a perderse. –otra vez aquella voz la sacaba de sus pensamientos.
Disculpe... –probó a poner rostro de sorpresa y cierta ingenuidad en la voz. ¿Cómo dijo?
El primer día de clases, la encontré en las escalinatas que se había perdido. –mientras hablaba su mirada no dejaba de recorrer y analizar cada centímetro del rostro de ella. Creí me había reconocido.
Ahhh... ¿fue usted? –su voz resultaba demasiado fingida hasta para ella misma. No lo reconocí, llevaba tal apuro ese día.
Me imagino. –él tampoco había creído a la respuesta de ella, pero sonrió. Me han gustado sus intervenciones en la charla de hoy, muy apropiadas.
Es un tema que me apasiona desde hace tiempo... –le sonrió ella también; creía estar coqueteándolo aún sin proponérselo pero él la atraía y eso era innegable.
Si lo desea, en la semana puedo alcanzarle un libro que a mí ha sido más que útil. –dijo no sin cierta curiosidad y desafío en la mirada.
Me encantaría... –fue rotunda, no dejando espacio a dudas.

Unos días después se encontraron al finalizar de la última lección de ella.

Lo prometido es deuda. –dijo entregándole el libro.
¿Y será muy inapropiado si lo invito a tomar un café? –le preguntó ella fijándose bien que no hubiese nadie a su alrededor.

Aceptó y se dirigieron a un bar un poco alejado que a ella le gustaba particularmente. Se acomodaron en una mesa un poco alejada de la entrada. Ella no sabía cuánto habían estado conversando; con él le resultaba fácil y natural contarse. Pero cuando salíeron hacía horas que se había hecho de noche.

¿Me dejas que te alcance hasta tu casa? –preguntó él; después de los primeros minutos de conversación habían coincidido en hablarse de tú.
Me encantaría... –otra vez ella le respondió de forma certera, sonriéndole hasta con los ojos.

Ya en la puerta del edificio de departamentos donde ella vivía, debían despedirse y bajar del coche. Y eso era lo último que ella deseaba. Fue instintivo. Se acercó para saludarlo con un beso pero su mano se apoyó en su rostro acariciándole la barba. Se detuvo frente a su boca, mordiéndose.

Tal vez sea un error... –dijo él pero no se apartaba de ella.
No veo el porqué... –respondió ella. Ambos somos adultos y tú no eres mi profesor ni yo tu alumna.
Pero a mis años... –rebatió. Podría ser tu padre.

Se acercó a su oído, se sentía osada esa noche y le susurró: Pero no lo eres.

Y sus bocas se fundieron en un beso.




(Este relato pertenece a los retos de "Gym para escritores".
Éste particularmente corresponde a la semana dos: "Frase".
Esta semana, deben inspirarse con la siguiente frase, si quieren citarla, pueden hacerlo, aunque la gracia reside en inspirarse en ella: "Y debo decir, que confío plenamente en la capacidad de haberte conocido", de Julio Cortázar)

martes, 30 de junio de 2020

Él apareció en su vida un día cualquiera. Como uno más, uno de tantos. Pero pronto descubriría lo equivocada que estaba. Porque fue esa simple pregunta suya a poner en acción, en movimiento, su lado más perverso.

¿Tienes miedo? –le susurró, mientras su aliento le acariciaba el cuello.

Ella sonrió cómplice. Se le encendió la mirada y el cuerpo; y dejó que él le enseñara a jugar de nuevo.




(Este microrelato pertenece a “Reto: 5 líneas” propuesto por Adella Brac.

Las palabras del mes de Junio son: jugar - acción - miedo.)

Una vez más debo y quiero agradecer a Adella Brac, por haberme otorgado esta mención que luzco con muchísimo placer, trás haber participado durante seis meses seguidos a su iniciativa...
gracias Adella, de ♥

martes, 9 de junio de 2020

Despertó...

La luz de la mañana entraba por la ventana. Sentió su mano sobre el cuerpo. Su mano..., ni siquiera recordaba su nombre. Se cubrió con las sábanas y se levantó. Eran tantos años que había dejado de fumar, pero necesitaba encenderse un pucho y salir al balcón. ¿Cómo había podido ser tan estúpida?, pensó. Se había pasado la vida haciendo atención, caminando como una gata sobre los techos de zinc caliente; divirtiéndose sin involucrar ningún tipo de sentimento; siguiendo su instinto, que nunca antes le había fallado. Pero él...

Él había derribado todos los muros. Había logrado penetrar su coraza. Y ella le había entregado no sólo su cuerpo sino también su corazón. Se había envuelto en sus brazos; refugiado en su pecho. Había bebido de su savia tantas noches, lo había alimentado con sus mieles tantas madrugadas. Había creido a sus palabras... y ese fue su error. Su más grave error.

Pero él ya no estaba; se había marchado. Así, como había llegado un día, giró la espalda y desapareció. Como si nada..., como si todo. ¿Mintió? ¿Jugó? Tal vez. Si lo hizo, fue de forma perfecta... o al menos eso creyó. Él también se había equivocado; ¿su error? ...la había subestimado. Él la había convertido en esto que ahora era. Nunca notó cuánto le había enseñado. Tardó tiempo en lamerse las heridas y ahora estaba lista. Ahora era su turno de jugar y había comenzado a hacerlo. Lo haría a su modo, con sus propias reglas. Esta vez no sería su corazón a quedar a pedazos.

Emme... ¿dónde te has metido? –no recordaba su nombre pero por lo visto él sí el de ella. Apagó el cigarrillo y entró a la habitación.

Buenos días... –y fingió su mejor sonrisa. Deseaba fumar y no he querido molestarte.

Cariño, si tú no podrías hacerlo... –comenzó a sonreir y ya intuyó por dónde iría. Es que me he despertado con un problemita y al no verte, pues me asusté de tener que arreglarme solo... –terminó diciendo mientras arrojaba las sábanas a un lado y descubría su tremenda erección.

Ella dejó caer aquellas con las que se había cubierto y comenzó a ir hacia él contoneando las caderas. No estaba particularmente encendida, pero el tipo estaba bueno y ella no encontraba mejor manera de no pensar en ciertas cosas, que echándose un buen polvo. Subió a la cama y por su cuerpo como una gata, acariciando sus piernas. Lo miró fijamente a los ojos y se lo comió de un sólo bocado. Subía y bajaba con sus labios y lengua, mientras él tiraba hacia atrás su cabeza. Su pelo se enredaba entre los dedos de él. Lo sentía hincharse a cada lametazo. Pero ella quería otra cosa, quería más. Besó su vientre, su pecho, su cuello. Hasta que se colocó a hojarcadas sobre él como una amazona. Pasó las manos por su nuca y bajó hasta su oído.

Ni se te ocurra acabar... –le susurró mientras mordisqueaba su lóbulo. No hasta que yo te lo diga al menos... Y continuó a cabalgarlo sin piedad.

Sus manos le magreaban el seno, pellizcándole sus pezones. Las suyas le sujetaban las piernas, acariciándole los testículos, cada vez más duros y llenos. Sentía su sexo contraerse entorno al de él. Acabó mientras clavababa las uñas en su pecho. Una vez... y continuaba. Una segunda... Y ahora esperaba la tercera junto con él.

Emme... –susurró.

Acabá conmigo... –casi le ordenó.

Siiií... –gimió. Ven mi niña... Ven...

Ella se detuvo por algunos segundos donde cambió la expresión de su rostro. Lo sujetó por los cabellos, jalando de ellos y se acercó a su oído nuevamente.

No vuelvas a llamarme así... –su voz estaba cargada de furia. No soy una niña... Y, sobre todo, no soy tu niña...

Sus movimientos comenzaron a ser aún más fuertes, violentos. Su vagina chocaba duramente contra las caderas de él, como si fuera ella quien lo embestía. Rasguñó sus hombros y brazos cuando lo sintió acabarle dentro. Esperó a que los espasmos se calmaran y la respiración volviera a la normalidad, para bajarse de él. Se puso de pie y no le importó cubrirse. Tomó otro cigarrillo y le acercó su ropa.

¿Fuego? –y le mostró el pucho.

Sí... por supuesto... –se apresuró a responder y encender, se lo veía perplejo.

Ahora es mejor si te marchas... –inició a fumar mientras buscaba su propia ropa. Y cierra bien la puerta al salir.

Entró al baño y se miró al espejo. Él también se había equivocado,  ella no era la misma. Él la había subestimado; señado a fuego. Y ya no dejaría que nadie jamás volviera a llamarla de ese modo.


viernes, 5 de junio de 2020

Había estado mirando dentro sus obsesivamente ordenados cajones, cuando encontró una vieja foto de él. ¿Cómo había llegado allí? No lo sabía; no tenía la mínima importancia ya, ¿o sí?

Pensó cuando lo conoció. Aquel solitario y taciturno lobo estepario. Un moderno Don Quijote en lucha con míticos molinos de viento. Toda una ficción, una de tantas. Una de las que se sirvió para derribar esa gran muralla que ella había construído a su alrededor. Esa coraza con la que se protegía y que se había forjado decepción trás decepción. Sin embargo, volvía a temblar con aquella imagen entre sus manos. No como antes, no de pasión ni nada que se le pareciera. En todo caso de rabia. Odiaba la persistencia de la memoria en recordarle cuánto la había herido. Y continuaba preguntándose ¿para qué? Después de todo, no habían habido promesas ni juramentos que infringir. Sólo el deseo de un abrazo, de esos que quitan el frío del alma. Pero claro, él no era quien ella creía conocer, jamás hubiese podido ser ese alguien que tanto insistía en decir, era ella en su vida. Porque decía querer llevarla hasta su cielo y no hacía más que caminar en su propio infierno de mentiras.

De todos modos ella no había buscado venganza ni revancha alguna, no caería tan bajo, ni perdería su tiempo. Simplemente y sin ninguna piedad, le dió lo que él más temía... lo hizo parte de su olvido.



Este relato pertenece al reto: "Sinfonía de las Artes", organizado por Ginebra desde su blog "Variétés".

Para la propuesta elegí para cada rama del arte:
Pintura: "La persistencia de la memoria", de Salvador Dalí
Escultura: "La piedad", de Miguel Ángel
Literatura: "El lobo estepario", de Hermann Hesse
Música: "Somebody", de Depeche Mode (aquí he usado la traducción literal: 'alguien')
Danza: "Don Quijote", act II por la Royal Opera House
Arquitectura: "La gran muralla", ubicada en China
Cine: "Revenge", de Tony Scott con Kevin Costner y Anthony Queen (aquí también he usado la traducción literal: 'venganza')


Gracias a ti, Gin, una vez más por la propuesta y por todo el trabajo y amor que pones en cada uno de nosotros y de nuestros textos.


(Lee el resto de los participantes aquí!)

jueves, 28 de mayo de 2020

El invierno había convertido a la ciudad en un lúgubre muestrario de tonalidades grices. El cielo, plomizo, parecía a punto de llorar y, sin embargo, me encantaba caminar cuando era así. Perder mi mirada en las calles del puerto cuando los rayos iluminaban el horizonte. ¿Serían acaso un presagio? Tal vez hoy finalmente lo vería; lo encontraría cara a cara. Sólo así, mirándolo a los ojos, podría entender el porqué de aquel gesto para conmigo, aún si esa respuesta ya no importase.

Mis pasos, lentos, no tenían eco, el asfalto los absorbía. Como yo había hecho con mi rabia todo ese tiempo. Cruzaba a la gente pero ellos no me veían. Nunca lo hicieron, ¿por qué ahora tendría que ser diferente? En cambio, yo sí los veía. Veía cómo se arrastraban cual muertos vivientes; ellos y sus desilusiones; ellos y sus apatías; ellos y sus hipócritas satisfacciones; ellos y sus traiciones. Ellos, que como él, iban tan impunes en eso que llamaban vida.

Y ahí estaba; sentado en el bar de siempre. En cierto modo, me encantaba que fuera tan rutinario, me haría las cosas más fáciles. Esperé a que saliera y lo seguí. Ya era de noche y él caminaba distendido hacia nuestra casa. Había visto su sonrisa, debía admitir que no había perdido una pizca de su atractivo. Colocó las llaves en la puerta, me pegué a su espalda y entré con él.

Cuando finalmente me dejé ver, me encantó lo que me transmitía su mirada. El terror en sus ojos hizo que sonriera. Podía sentir la adrenalina corriendo por sus venas sin saber qué pensar ni qué hacer. Inmóvil, con la frente perlada de sudor, incapaz de modular algo con sentido. Apoyé mi mano en su pecho, lo atravesé. Podía sentir el latir de su corazón. Entonces me acerqué a su oído...

Te dije que no debías hacerlo... que vendría por ti... –le susurré. Esta vez, ni la muerte nos separará.

Continué a sonreir mientras me iba, llevándome la única cosa de él que siempre había deseado tener.

 

 

 

(Este microrrelato pertenece a los "Relatos Jueveros"

y esta semana la convocatoria fue hecha por Mag desde su blog: "La trastienda del Pecado".

Te invito a leer el resto de los participantes aquí!)


martes, 26 de mayo de 2020

Llegó lo más rápido que pudo, había corrido hasta ahí como alma que la lleva el diablo. Leyó el mensaje, abandonado ahora en el suelo. Su escritura, perfecta como siempre, no reflejaba el sin sentido que había a su alrededor. “Lo debes aceptar.”, continuaban a repetir luego de un tiempo. No sabía quiénes eran; no le importaba tampoco. Sólo sentía el vacío. El que ocupó el espacio a partir de esos cinco minutos. El tiempo que bastó para perderlo todo. Perderlo definitivamente.




(Este microrelato pertenece a “Reto: 5 líneas” propuesto por Adella Brac.
Las palabras del mes de Mayo son: escritura - aceptar - cinco.)

jueves, 21 de mayo de 2020

¿Cuándo ha sido el primero? ¿Te acuerdas?

Sí, obvio que me acuerdo. El primero fue cuando debía volver a mi casa y vos no querías. Me pediste que me quedara con vos, te quitaste la cadenita del cuello con aquella medalla que aún conservo.

Era fácil, las primeras veces no se olvidan.

Pues yo también recuerdo la segunda; la tercera; la cuarta... y la vez que decidiste volver, que me elegiste. También aquella en la que angustiada te conté lo que pasaba y me dijiste que era la mejor noticia que podía darte. Recuerdo la vez que te ví con ella en los brazos y me dijiste: “gracias”. O la vez que me sorprendiste con aquella canción que escribiste para mí y la cantaste por la radio. Recuerdo todas y cada una de las veces. Aquellas después de pelear como gatos –y es que yo soy tremenda cuando me enfado, lo sé– y todas las veces luego que dabas “el brazo a torcer”, demostrándome que yo soy más importante que tener razón. O una de las últimas, cuando después de tanta espera lo hice aliviada y feliz sobre tu pecho. Porque soy una mujer de buena memoria y porque ¿cómo podría olvidar veintisiete años de encuentros y desencuentros; de búsquedas y hallazgos; de aciertos y errores; de construcción constante? ¿Cómo podría olvidarme del amor y de todas las veces que éste me ha hecho suspirar? ¿Cómo? No podría. No deseo hacerlo. Quiero continuar a sorprenderme, a emocionarme, y a suspirar. Como esta mañana, cuando pensé lo habías olvidado y, con un beso y un simple “feliz aniversario, te amo” susurrado sobre los labios, has hecho que yo suspire de nuevo.






(Este microrrelato pertenece a los "Relatos Jueveros"
y esta semana la convocatoria fue hecha por Mónica desde su blog: "Neogeminis".
Te invito a leer el resto de los participantes aquí!)

martes, 19 de mayo de 2020

Fuimos hasta la habitación envueltos en nuestras toallas. Sentía su mirada clavada en mí, y me sentí quemar. Me recosté sin saber qué decir, quedé en silencio a observarlo. Parecía ahogarme en sus ojos, en su mirada, donde leía mil intenciones, mil promesas. Me sentí sonrojar ante esto.

Acercó su rostro y sentí cómo me respiraba. Me olfateaba como un animal con su presa. Mi cuerpo deseaba otro contacto con él. Cerré los ojos y lo sentí suspirar. Su mano me acarició, posándose en mi nuca. Me sujetó con fuerza del cabello, alzando mi boca hasta la suya. Sentí la invasión de su lengua, buscando la mía. Sus besos recorrieron mi cuello, alternándose con pequeñas mordidas.

Mi resistencia, si alguna vez había tenido alguna, cayó definitivamente. Me aferré a él con todas mis fuerzas. Sentí su brazo rodeando mi cintura, me tiró hacia él; hasta que su cadera presionó contra la mía. Pude percibir su excitación, separada de mí sólo por la toalla con la que todavía se cubría. No me frené y seguí sus movimientos. Me froté a su cuerpo arrancándole un gemido. Separó su boca de mi piel sólo para mirarme a los ojos. Mi seguridad, mis ganas de él, hicieron que su deseo aumentara.

Finalmente quitó la toalla, dejándola caer al costado de la cama. Su erección se izaba ante mí en toda su virilidad, provocándome un deseo irrefrenable. No pude evitar tomarlo entre mis manos, y él cerró los ojos dejándose hacer por un instante. Sentirlo caliente, cada vena latiendo bajo el toque de mis dedos, hacia que temblara. Sus manos aferraron las mías y su boca inició a torturar mi seno. Lamía y mordía mis pezones. Primero uno y luego el otro. De forma lenta pero intensa. Entonces sus manos tomaron mis pechos colocando su sexo entre ellos, iniciando a masturbarse. Mis puños se cerraron apretando los bordes de las sábanas. Me mordí para ahogar los gemidos. Sentí como la humedad bajaba por mis muslos y arqueé la espalda, ante lo que creí inevitable. Pero él comenzó a frenarse hasta detenerse, y esperó que yo abriera mis ojos. Sé que mi mirada le imploraba de continuar, pero continué callada, sólo se oía mi respiración agitada. Le sonreí de forma maliciosa, levantando apenas la cabeza para apoyar un beso sobre la punta de su excitación. Me hizo girar bajo su cuerpo. Sentí su mano entre mis piernas, abriéndome para él. Lo sentía... sentía cada pliegue de él en mí. Me sostenía por las caderas, haciendo más fuerte cada arremetida. Se acercó y me mordió el hombro en el exacto momento que explotábamos en un orgasmo.

Se dejó caer sobre mi espalda. Su mano acariciaba mis cabellos, la fiera iniciaba a calmarse. Entonces escuché su voz en mi oído: "Recuérdate, sos fuego…, pero yo soy el dueño de ese fuego."


(Todo había comenzado... aquí)






(Este relato pertenece al Reto: "Fuego en las palabras" del mes de Mayo;
blog "Crónica de la loca que cazaba nubes"... te invito a visitar el blog y su dueña, Rebeca.)

miércoles, 13 de mayo de 2020


Él la deseaba tanto esa noche, la había pensado todo el día, imaginándola. Estacionó en la puerta del edificio y mirando el balcón del departamento notó las luces apagadas. Subió con el temor de deber aún esperar, frenar la ansiedad de tenerla. Apenas entró en el salón supo que se había equivocado, un ligero rumor provenía del baño. Cerró la puerta a su espalda y se dirigió allí. La sorprendió que estaba por ducharse. Inmediatamente la tomó empujándola contra la pared y la besó con tal pasión de dejarla sin aliento. El beso continuò en otro y otro más, cada vez con más ganas, hasta ser casi violento. Su lengua se insinuaba de forma prepotente en la boca de ella, entre sus labios carnosos, tan malditamente indecentes, perfectos para…

En ese momento comprendí. Sin decir una palabra me postré ante él. Con un apuro poco habitual, liberó su miembro de la prisión de sus pantalones y tomándome por la cabeza, lo metió en mi boca, hasta el fondo. Era extraño, pero deseaba ser obediente, por lo que lo recibí por entero y me dediqué a él con total devoción.  Lo lamía, lo rodeaba con mi lengua, mientras mis manos sujetaban su culo con fuerza. Haría que se olvidara de todo, tiempo y espacio, sólo él y yo.

Permanecía de rodillas delante de él, que continuaba a hundirlo en mi boca como nunca había hecho antes.  Intuí toda la espera reprimida de ese día, todas las fantasias y convirtí ese gesto en único; haciéndolo a mi modo y con mis reglas. Sentí las primeras gotas, esa mezcla de dulce y amargo sobre mi lengua. Pero él no quiso llegar hasta el final, se quitó antes de explotar en mi garganta. Y me alejó ese poco que bastaba.

Me pusé en pie, sin dejar de mirarlo a los ojos. Había terminado el momento de obedecer, ahora iniciaba mi juego. Me giré preguntándole si quería enjabonarme. Apoyé las manos a la pared de mosaicos, arqueando la espalda y abriendo mis piernas, en una posición que exclamaba claramente mis intenciones. Me deseaba, lo sabía, y haría que lo hiciera aún más. Me inclinaba hacía él sin pudor, sin verguenza. Lo escuché sacarse las últimas ropas y colocarse detrás mío. Comenzó a acariciarme. Aún bajo el agua sentía sus manos quemarme la piel. Mis pezones se endurecieron al contacto de ellas, y él los pellizcaba provocándome. Bajó y sentí como sus dedos separaban mis labios, y entraban en mi sexo. Se recreaba en ellos, haciendo que mi humedad creciera. Inesperadamente, sin ningún cuidado, me penetrò. Duro como el mármol lo sentí hasta el fondo de mis entrañas y no pude tratener una exclamación, algo entre dolor y placer.
Continuó con sus potentes embestidas, se fundía una y otra vez dentro mío. Y más lo hacía, más yo disfrutaba. Esa exclamación inicial se transformó en intensos gemidos. El placer era ya irrefrenabile. Ambos cuerpos eran recorridos de violentos temblores. La respiración agitada de él fue la señal que no duraría mucho más.

En un susurrado gemido, mientras decía mi nombre, sentí su calor inundarme. Y yo me corrí sobre él en el mismo instante. Por un momento nos quedamos inmóviles, con las piernas temblando por la intensidad que nos había envuelto. Dejamos que el agua finalmente refrescara nuestros cuerpos. Tomándome de la cintura me giró y abrazó, aún podía sentir su deseo. Y lo supe. Supe que ese había sido sólo el inicio de una larga noche.







jueves, 30 de abril de 2020

Hacia días que estaba en viaje. Atravesaba esas enormes dunas color ocre junto al tuareg que me llevaba a esa ciudad que tanto ansiaba conocer. Él era un hombre de pocas palabras y a mí me resultaba tranquilizador. Necesitaba pensar en todo lo que había dejado atrás, segura que no volvería sobre mis pasos. Iba totalmente cubierta, lo único que se me veía eran los ojos, de otro modo no hubiese permitido que viajara con él.

Finalmente, el océano de arena se había transformado en un azul transparente. Él no quería pero convencí al tuareg para que me acompañara por la ciudad, pese a todo no era aconsejable que una mujer anduviera sola por allí. Había una exagerada cantidad de gente, comerciantes y mercaderes de todo tipo y raza; pero esto no me impediría de llegar al único sitio que realmente me importaba.

Me detuve frente a esas primeras escalinatas y me arriesgué a quedar sin aliento ante lo que mis ojos veían en ese momento. Esas enormes estatuas a los lados, custodiando la entrada de ese mítico lugar con el que por tanto tiempo había soñado. Subí lentamente, mis pasos deseaban sentir cada peldaño. Pasé através de las imponentes columnas del ingreso y nada, ni nadie, hubiese podido prepararme para esa maravilla.

Hacia donde dirigiera mis ojos había libros... libros y más libros. Allí estaba el saber de la humanidad desde el inicio de los tiempos. Todo, absolutamente todo se hallaba allí. El sol entraba por las estratégicas aberturas de los techos y ello le daba un aire de irreal; pero no me importaba, porque yo sabía de estar allí.

Empecé a recorrer los pasillos y no pude evitar que mi mano se deslizara por los lomos de los libros; como si al tacto pudiese absorver cada letra, cada palabra, cada historia. La emoción me embargó de tal modo, que sentí faltarme la tierra debajo de los pies, pero unos fuertes brazos me sujetaron.

Y mientras ese hombre me penetraba con su profunda mirada escuché al tuareg decirle en su idioma: “Dios creó el desierto para que los hombres puedan conocer su alma... y tú has apenas conocido la tuya.”.





(Este microrrelato pertenece a los "Relatos Jueveros"
y esta semana la convocatoria fue hecha por Mag desde su blog: "La Trastienda del Pecado".
Te invito a leer el resto de los participantes aquí!)

miércoles, 29 de abril de 2020

Ese confinamiento los estaba volviendo inquietos, irritables. Demasiado tiempo juntos. Hasta que una idea le vino en mente. Era arriesgado pero no podía dejar de pensar en ello.
Tembló al encontrárselo delante y no tardó mucho en estar entre sus brazos.
Me sorprendió tu llamada... –le dijo él. Sabes que estamos rompiendo todas las reglas, ¿no?
Mmmmm... aún más excitante... –respondió ella entre gemidos. Igual basta que nadie lo sepa... ¿qué dices?




(Este microrelato pertenece a “Reto: 5 líneas” propuesto por Adella Brac.
Las palabras del mes de Abril son: estamos - idea - vino.)

jueves, 23 de abril de 2020

"Los días del viaje"

Sinopsis: “Alma entró en la cocina como cada mañana en los últimos años. Sin embargo ella ya no era la misma, algo había cambiado. Pero ¿qué había sido? ¿Ella? ¿Él? ¿Los días pasados? Llenó el hervidor y lo enchufó, el agua tardaría unos minutos en estar lista. Volvió a su habitación y abrió la ventana. El aire fresco de esa primavera que no se decidía a comenzar, le erizó la piel. La misma que aún conservaba el calor de las sábanas, las suyas, pero tan parecidas a aquellas otras. No pudo dejar de sonreír y su mirada se dirigió al horizonte, ese que no lograba ver por las enormes montañas que lo ocultaban, pero que sabía tan cercano. Él estaba allí y, tal vez, todavía la esperara.

El silbido del hervidor la trajo de vuelta. En otros tiempos hubiese hecho café; negro, fuerte y sin azúcar. Otra cosa que había abandonado, ¿o era al revés?No importaba, ya no. Ahora bebía té. Puso las hojas en el filtro y cogió las galletas con jengibre, esas eran irrenunciables. Gatton le pasó entre las piernas, acariciándola. Lo miró con complicidad. No estaba sola y jamás volvería a sentirse así. Él la estaba esperando y, sin importar el tiempo que pasara, ella volvería a encontrarlo.”

La historia de un viaje que inició mucho antes de subir a un avión y llegar a algún destino. La de una mujer que no temió las consecuencias de tomar las riendas de su propio destino.

Prólogo:  La historia de una mujer que se hizo a sí misma; que renunció; que lloró pero que amó con locura. Que vivió y vive intensamente; que crece, crece y crece, con su alma plena y amorosa. (Escrito por mi gran amiga LunaRoja)


Libro: "Los días del viaje"
Autor: Alma Baires
Género: Novela biográfica
Edición: 2019

Palabras de la autora: Estas páginas te las dedico a ti, que has hecho posible este viaje, has sido luz en días oscuros y calma en la tempestad.
Gracias por no soltar mi mano y siempre impulsarme a más.
(Este microrrelato pertenece a los "Relatos Jueveros"
y esta semana la convocatoria fue hecha por Tracy desde su blog: "Tracy correcaminos".
Te invito a leer el resto de los participantes aquí!)

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